Canaima
Noche de "Yagrumalito"
Hacía varios días que estaba allí José Francisco Ardavín, acariciando los tortuosos proyectos concebidos durante la última entrevista con el primo, o mejor dicho, imaginándoselos ya realizados —muerto Miguel en el primer encuentro con las tropas del Gobierno, por aquella bala de la cual nunca se sabría de dónde salió, y él reemplazándolo en la jefatura del partido—
mientras la torva montonera de sus oficiales, toda congregada en el hato con motivo del avance de la empresa purgüera en la cual hacían de capataces, y los peones que bajo la férula de ellos dejarían allá lo servido por lo comido, se regalaban ahora con diarios y opíparos festines de ternera sobre cuyos despojos se precipitaban bandadas de zamuros, precursoras de las que luego habrían de seguir el paso asolador de la revuelta armada.
Y allí estaba aquella tarde el coronel, complacido en aquel ambiente de facción que por primera vez lo rodeaba —pues su coronelato no lo había ganado en campamentos, sino que era regalía de segundón de familia de generales—, meciéndose sosegadamente en su hamaca colgada en uno de los corredores del contorno de la casa, cuando sonó el teléfono del servicio oficial de que disfrutaban todas las fincas de los Ardavines.
Sonó, como era natural, de pronto, inesperadamente, estando silencioso el aparato, entre el cual, instalado en el despacho de José Francisco y la hamaca donde éste acariciaba sus sueños, había una ventana abierta por donde la recelosa mirada del soñador bruscamente devuelto a la realidad de su situación actual saltó a posarse sobre el artefacto al primer timbrazo; pero sonó tres veces, con llamadas cortas, enérgicas, imperiosas, que
sustituyeron la cosa instalada en la pared del despacho por la determinada personalidad que maniobraba la cigüeña al otro extremo del hilo.
—Miguel —murmuró José Francisco. Y luego a uno de sus oficiales, el de su mayor confianza, de apellido Molina, que por allí andaba y ya venía a atender—: ve a ver qué quiere.
Palabras que, sin haber sido acompañadas de guiñadas de ojos ni de otras señales de inteligencia capciosa, contenían, sin embargo, un vasto y minucioso sobreentendido, pues de otro modo no podría explicarse por qué tenía que murmurar el oficial:
—Vamos a ver.
Se acercó a Miguel, le dijo que era Molina, oyó en silencio lo que le hablaba al oído, luego respondió:
—Sí, señor, aquí está.
Y, finalmente, volviéndose al coronel, por la ventana:
—Quiere hablar con usted —le dijo.
José Francisco dejó la hamaca murmurando algo que no se le entendía y se puso al aparato:
—¡Ajá, Miguel!... ¡Cómo! ¿Cuándo murió?
—Esta mañana —respondió Miguel, y Molina lo oyó claramente, después de lo cual siguió hablando al oído de José Francisco.
—¿Y por qué Alcaraván no me llamó directamente a mí? ¿Por qué no me lo avisó inmediatamente? A estas horas ya estaría yo en "Palo Gacho"...
¡Cómo que para qué! Miguel moscardoneaba fuera del oído de José Francisco y Molina se retiró sabiendo ya de qué se trataba.
—¡Cómo! —volvió a exclamar el coronel—. ¿Y quién autorizó a Alcaraván para hacer ese matrimonio? ¿Tú? En todo caso... De todos modos... ¡Cómo que no te interrumpa! Debes comprender que tratándose de José Gregorio...
Bueno, tú no tendrás tiempo que perder, pero yo... De todos modos ese matrimonio es nulo... O anulable, lo mismo da... ¿Quién? ¿Marcos Vargas?
¡Je, je!... !Cómo que no! Ahora mismo voy a estar ensillando...
Se retiró el auricular donde tronaba la voz del jefe y luego volvió a acercárselo, después de haberse cerciorado de que Molina no estaba por allí.
—¿Yo por qué... ¡Cómo! ¿Qué dices? ¡Al coronel López! ¿Cuándo lo quitaron?... ¡Ajá! ¡Ajá, Miguel! Agitó bruscamente el gancho para aclararle la voz a Miguel y se oyó que éste decía:
—Lo reemplazó el coronel Menéndez.
—¿El de...?
—¡Sí, sí! Ése mismo.
Volvió a sumirse Miguel dentro del oído de José Francisco, habló así largo rato desde el otro extremo del hilo que unía "Palmasola" con todos los sitios donde, en un momento dado, fuese necesario que se oyera su voz de caudillo, y los gestos que a medida iba haciendo el de "Yagrumalito"
demostraban que no era nada tranquilizador lo que se le comunicaba. Pero si ya no interrumpía, tampoco parecía oír solamente, sino al mismo tiempo acariciar ideas ajenas a la conversación del otro, muy suyas y por lo tanto torvas. Por último comenzó a decir, con la inquietud del que oye cosas imprudentes:
—Bueno, bueno... Sí, sí...
Ya oí, ya oí... Bueno...
Bueno...
Colgó el auricular, respiró profundamente cual para alivio de un penoso esfuerzo, se quedó un momento con la mano apoyada en aquel pesante sobre el gancho que cerraba la comunicación, dirigió una mirada cargada de odio al aparato que había sido Miguel, y murmuró sordamente:
—Bien pudiste participarme todo eso por escrito, con un propio de mi confianza o venir a decírmelo personalmente; pero has preferido gritarlo a voz en cuello de modo que pudiera oírlo todo el que tuviera interés en interceptar la conversación. ¿Quieres perderme para salvarte tú? ¡Ya veremos cuál de los dos será el que cante victoria! Y abandonó el despacho dentro del cual ya era noche oscura, para dirigirse al caney, donde vivaqueaba la montonera regalona de su oficialidad, con una decisión tan impetuosa que tenía que arrollar toda otra que al atravesar el corredor hubiera podido detenerlo.
Pero al acercarse al grupo que formaban sus oficiales —el apellidado Molina entre ellos— tuvo la intuición instantánea y certera de que la voz mandona de "Palmasola" había llegado hasta allí y ya estaba produciendo
un determinado efecto, pues, el silencio que guardaban sus espalderos no era simplemente de estar callados por no tener nada que decirse, sino de haberse quedado así en espera de lo que él llevase entre manos, y una voz secreta le advirtió que no era prudente, a lo menos por el momento, pulsar la fidelidad de aquellos hombres.
Pasó de largo, se alejó un poco, se detuvo de pronto, haciendo el ademán del distraído que de repente advierte que se le ha olvidado algo, y regresó sobre sus pasos.
Pero ya el demonio de la ficción se había apoderado de su espíritu —
había espectadores, él mismo entre ellos, de cierta manera— y ya no se trataba de volverse a la casa por desistimiento del propósito que lo sacara de ella, sino de recordar lo que se le había olvidado, de buscar la idea perdida por el trayecto.
—¡Pero, hombre! —murmuraba—.
¿A qué venía yo? Y hacía cuanto se recomienda en casos de olvidos verdaderos: desandar lo andado, detenerse de pronto y volver a situarse por sorpresa ante los objetos exteriores tal como debió estar en el momento de la distracción, pues era ya absolutamente necesario que se le hubiese olvidado lo que fue a hacer y no hizo o a decir y no dijo.
Pero cuando se dice ficción no se hace, en realidad, sino soslayar el problema escabroso y tremendo de la sinceridad humana, puesto que el que finge ya expresa algo íntimamente verdadero y en el espectáculo de histrionismo que estaba dándose el coronel de "Yagrumalito" —a sí propio, espectador exigente de la verosimilitud de la farsa— había un drama efectivo, tremendamente real.
Sí, se le había olvidado algo. No propiamente mientras se dirigía al caney, sino cuando acarició aquellas torvas ideas que le habían cruzado por el pensamiento durante la conversación con Miguel —lanzarse en armas a la cabeza de sus oficiales, contra Apolonio Alcaraván, que le había arrebatado "Palo Gacho" con lo del matrimonio de José Gregorio; contra el gobierno del Estado por la substitución del coronel López por persona enemiga suya, contra el mismo Miguel, que quería perderlo para salvarse él
— y antes, durante todos aquellos días en que se entregó a imaginar ya realizado su proyecto de suprimir y reemplazar al cacique del Yuruari
mediante una bala de la cual no se supiera de dónde habría salido, en el primer encuentro con las tropas del gobierno. Se le había olvidado quién era José Francisco Ardavín, que para nada de esto que exigía arrostrar peligros sería nunca bastante osado. Y tratando de recordar lo que en realidad no había olvidado, no hacía sino buscar su fantasma desvanecido.
—¡Je, je! Era Cholo Parima quien había hecho así, desde el corredor de la casa donde ya estaba cuando por allí pasó el distraído, dirigiéndose al caney.
La presencia de este hombre en "Yagrumalito" era obra verdaderamente diabólica de Miguel Arda vín. Obedeciendo a indicaciones de éste se lo había llevado consigo José Francisco, para quien nada podía ser tan molesto como la compañía de su cómplice. ¿Para que lo suprimiese —se preguntaba todavía el coronel— o para que Parima lo vigilase a él? Lo primero parecía lo más probable, ya que de modo cierto nada podría decirse de los designios de aquél, "que se perdía de vista"; pero al mismo tiempo era lo que menos podría hacer José Francisco sin corroborar la acusación tácita de la opinión pública y la expresa de Marcos Vargas de que había sido él quien armó contra Manuel Ladera el brazo homicida del hombrón de las cicatrices.
Pero el tenerlo consigo no habiendo pertenecido nunca a su escolta de espalderos, casi equivalía a lo mismo y el dejarlo libre era correr el peligro de que, echándole mano la justicia, se llegase a descubrir toda la verdad. Y
éste era el círculo atormentador dentro del cual se sentía cogido el coronel, además de no poder asegurar si era él quien "tenía" a Parima o éste a él. Por otra parte, el supuesto Pantoja había sido instrumento de crímenes de Miguel —el más reciente de ellos el asesinato de aquel negro trinitario que conducía preso a Ciudad Bolívar—, y si la intención del cacique al indicarle que se lo llevara consigo había sido aprovechar la ocasión para que se le suprimiese, a él le interesaba, por el contrario, retenerlo en su poder a manera de rehén contra las posibles maquinaciones de quien "se perdía de vista" cuando iba derecho a lo suyo.
En cuanto al mismo personaje en cuestión, su conducta era realmente inquietante. No tomaba parte en los regocijos del vivac; de las terneras sacrificadas cogía su ración para comérsela a solas; no alternaba con los oficiales en las tertulias ni colgaba su chinchorro en el caney para dormir
junto con ellos; pero siempre estaba de ronda por allí llevándose en pos de su corpulencia taciturna las miradas recelosas en el silencio que su paso producía. Acaso habría bastado una guiñada de ojo de José Francisco para que veinte balazos le acribillaran la espalda, porque nadie lo veía allí con buenos ojos y esto no podía escapársele a quien así se comportaba. Pero si podía marcharse de allí cuando a bien lo tuviese y aún no lo había hecho, esto tenía que aumentar la intranquilidad de su cómplice, que quería y no podía hacer aquella guiñada.
Ahora se le acercó con plan de astucia, que no era todo ocurrencia del momento, diciéndole:
—¿Qué hubo, Cholo Parima?
—Pantoja, coronel —corrigió el hombrón, que nunca estaba para equívocos y menos parecía estarlo aquella noche.
—¡Sí, hombre! Siempre me equivoco.
—Que no estaría de más que tratara de corregirse ese defecto —repuso Parima, con un tono que pocas esperanzas de ascendiente personal aprovechable para sus nuevos planes debió dejarle al coronel.
Pero éste se hizo el desentendido y prosiguió a lo que iba, más propio del verdadero José Francisco Ardavín y por rodeos que lo hicieran más tortuoso:
—Creí que ya estarías recogiéndote adonde te tocaría dormir esta noche... Porque en "Yagrumalito" nadie sabe cuándo el pez bebe agua ni dónde cuelga Pantoja.
—¡Jm! —hizo el zambo ladino—.
Donde le coja el sueño. Esa ventaja tiene el pobre, a quien no lo amarran casas.
—Y como seguro mató a confiado —agregó Ardavín.
—Deduzca las consecuencias —concluyó el otro.
—¿Y hoy cómo que estás desvelado? Porque a estas horas ya otras veces...
—Acalorao es lo que estoy, coronel —repuso, ya valiéndose de expresiones ambiguas—. Y por eso me dejé llegá hasta acá, a cogé el fresquito que sopla siempre por aquí.
—Sí que hace calor esta noche.
—Mucha.
—¿Será que va a tronar?
—Será.
Pausa. José Francisco ya no estaba tan seguro de sí mismo como cuando se decidió a abordarlo. Algo de lo que le sucedió ante el silencio de sus oficiales volvía a ocurrirle ahora. Pero tenía que jugarse aquella carta esa misma noche.
—Dime una cosa, Pantoja.
¿Cómo fue aquel recado que te dio Miguel para el jefe civil de San Félix?
—¿A cuál se refiere usté? Porque son algunos los del general que en distintas ocasiones he tenío que llevarle al coronel López.
—¡Hombre! Ahora que lo mencionas.
—¡Jm!
—¿Sabes que ha sido destituido?
—Es la primera noticia.
—Sí, hombre. Lo ha reemplazado un enemigo nuestro, por cierto. El pobre Miguel está muy preocupado. Acaba de participármelo por teléfono.
—¡Mire, pues!
—Parece que el gobierno ha olido algo de los planes revolucionarios de Miguel y le está desbaratando el nido, como quien dice.
También han sido reemplazados los jefes civiles de Upata y Guasipati.
Pero esta destitución del coronel López, especialmente, lo ha puesto sobre aviso.
—Las cosas de la política —repuso Parima como si nada le importase el asunto—, que hoy mandan unos y mañana otros.
—Y hoy ponen unos en claro lo que ayer dejaron otros en turbio —
agregó Ardavín, reticente.
—Usté que lo dice...
—Es que temo que vayan a sobrevenirle complicaciones a Miguel por lo del recado que le llevaste a López.
—¿Por el del gallo será?
—¡Ése!... ¡Ah, Miguel, para tener más vueltas que un cacho!
—Eso como que es de familia.
—¿Y cómo pudiste entender,...
Pantoja —ya iba a equivocarme otra vez— que el gallo era Manuel Ladera?
—¿Qué me quiere decir con eso, coronel?
—Que era una manera bien rara y confusa de ordenarte que mataras a Ladera.
—¡Coronel! —exclamó socarronamente el hombre—. Mire que se está pasando de vivo.
—Nadie nos oye, Cholo Parima.
—Pantoja, coronel.
—¡Cholo Parima! —insistió José Francisco, con veladuras de corazón alterado en el acento que debía ser firme.
—¡Jm! —volvió a hacer el hombrón inquietante—. Usté como que está viendo visiones, coronel.
Y quitó de allí su sombría corpulencia dejándolo plantado.
José Francisco se llevó la mano a la empuñadura del revólver... Eran anchas las espaldas de Cholo Parima, casi imposible no hacer blanco en ellas...
Pero ¡se contaban tantas cosas de las tremendas revueltas del gigantón cuando empleaba el ardid de volverlas!... Después, cuando comprendió que no había sido estratagema sino retirada desdeñosa, ya no se distinguía bulto para la mira del arma... ¡Pocas noches habrían sido tan negras como aquella de "Yagrumalito" en que José Francisco Ardavín descubrió que estaba solo!
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