Canaima
Capítulo XVII
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Contaban los caucheros
Un grito sobre el bronco mugido del rápido, alarido impresionante entre humano y bestial. Una curiara que pasa silbando raudal abajo y se pierde en la noche hacia donde corren las aguas torrentosas bajo el resplandor lunar.
—¡Se mató ése! —exclama uno de los caucheros acampados en la ribera, ya de regreso a San Fernando de Atabapo con sus cargamentos de caucho del Guainía. Y varios de ellos se incorporaron para asomarse al río.
Pero otro explica:
—No se preocupen. Ése es Marcos Vargas, que corre los raudales las noches de luna como alma que lleva el diablo. El leco es para que se aparten las piedras, dice él, y yo creo que en realidad se le apartan, pues de otro modo no se explica que todavía no se haya matado. ¡Escúchenlo cómo va! Le hacen silencio al grito ya lejano y cuando se ha extinguido en el trueno del varedal, sonríen algunos y otro toma la palabra:
—La primera vez que oí ese leco, hace unos tres años, se me pararon los pelos de punta. Fue una tardecita, al pie del raudal de La Chamuchina.
Estaba yo recién entradito en el territorio y andaba en la gente del
"Brasilero". ¿Lo conocieron ustedes? Uno a quien, por cierto, tuve que mandarlo a hacer una diligencia lejos y sin guayare, porque ya me tenía abacorado.
Sonríen los que saben que así alude a uno de sus homicidios y siguiéndole el atroz sarcasmo le preguntan:
—¿Y todavía no ha regresado, verdad?
—No. Se ha dilatado alguito.
Pero volviendo a mi cuento. Yo que oigo el leco en aquella soledad tan fea, que no parecía grito de hombre ni de animal, sino de cosa del otro mundo, me descompongo todo y le pregunto al indio que me acompañaba:
—¿Qué siendo eso, cuñao¿Y apenas el maquiritaré me responde:
—Canaima— cuando pasa una curiara, chorrera abajo, más rápida que un celaje. Después supe quién era el proero que así se mandaba apretar la boga y luego tuve oportunidad de conocerlo. Un mozo simpático ese Marcos Vargas, pero con unos prontos muy extraños.
Y prosiguen los cuentos, la leyenda que ya corría por toda la selva, desde el Guainía hasta el Cuyuni.
—Veníamos de una fiesta de yeraque de los indios piaroas del costo del Vichada —refiere otro—, íbamos echando una travesía por un lugar que llaman Las Gaviotas, había mucho chapichapi y estaba esa espía como bordón de guitarra, cuando se le ocurre a Marcos Vargas trozarla para ver qué pasaba. Salimos como alma que lleva el diablo, raudal abajo; al caer al remanso la curiara se nos puso de sombrero y cuando logramos ganar la orilla catamos de ver que ni Marcos Vargas ni la curiara estaban por todo aquello. La había enderezado mientras nosotros nadábamos hacia la playa y se había ido en ella dejándonos a pie. Ahí mismo escuchamos el leco, río abajo. Al píritu tuvimos que remontar por el costo, rejendiendo el juajuillal y echándole maldiciones.
Ahora le celebra la ocurrencia y luego prosigue:
—Al año de eso se presentó una mañana en la estación cauchera del delta del Ventuari, donde yo dragoneaba de jefe, pidiendo su recorte, y como siempre le he tenido cariño, le dije:
—¿Hasta cuándo vas a estar haciendo locuras, chico? Coge el recorte que más te guste y ponte a trabajar con fundamento—. Tres semanas estuvo sacando goma en junto con los indios que cargaba, muy prácticos de raudales y buenos gomeros además, encaramándose en los palos a la par de ellos, porque, eso sí, cuando dice a trabajar no hay quien lo iguale; pero en la mañana del tercer domingo viene a la estación y me dice:
—Págame lo mío que ya me estoy yendo—. Traté de hacerlo desistir y le repliqué:
—Pero ¿cómo te lo digo, Marcos Vargas, si aquí no tengo plata?— Pero ya nadie le quitaba la idea de la cabeza y me respondió:
—Con bastimentos, que es lo que necesitamos yo y mis indios. Ahora voy para el Essequibo—. Dos años hace de esto y desde entonces no me lo he vuelto a topar.
Toma la palabra el cauchero Martínez Franco, que también era hombre de vastos itinerarios:
—Estando yo en el Caura, cuando la sarrapia del año pasado, se me presentó por allá pidiéndome trabajo. Ya estaban repartidas todas las manchas y no me fue po sible concederle nada de provecho; pero, como tal vez ustedes sepan, la zona sarrapiera del bajo Caura, hasta el salto de Pará, se despide con tres grandes árboles que producen de sesenta a ochenta kilos de pepas cada uno, y le dije:
—Trabaja esas matas, si quieres, que es lo único que puedo darte—.
Se pegó a coger las pepas y a machacarlas él mismo y ya tenía sus cinco quintales, que le representaban seiscientos pesos macuquinos, a como entonces los pagaban Dalton y Boccardo, cuando se presentó en la estación
"El Alemán". Un indio albino, de cabellos amarillos tirando a blanco y ojos azules, por lo cual le dábamos el apodo, hombre de carácter suave y juguetón, piachi de las tribus maquiritarés, que cuando estábamos sarrapiando siempre se llegaba hasta allí en busca de sal y papelón a cambio de cachorros de esos perros salvajes que viven en las cuevas de las sierras de Merevari-jiri y Aguari-jiri entre el Erevato y el Caura, por donde andan las tribus errantes de los sarisañas. Marcos Vargas no conocía aquella región y apenas le oyó hablar de ella al "Alemán", cuando, ya resuelto a irse con él, vino y me propuso, lo mismo que a ti en el Ventuari:
—Dame bastimentos por unos días y es tuya otra vez la sarrapia que he recogido—.
Y se fue con el albino aquella misma noche.
—Eso es Marcos Vargas —interviene otro—. Un mozo que a estas horas estaría rico si le hubiera tenido apego al dinero.
Y otro:
—Ése es Marcos Vargas. Ése y el de las grandes parrandas como las que ya se han hecho famosas en San Fernando de Atabapo, en las cuales se
gasta cuanto tenga, sin reparar con quién, y el de las temerarias apuestas al dado corrido, que no hay quien se las aguante.
—Y el de la noche de la yucuta —interrumpe otro—. El que siempre está dispuesto a jugarse la vida junto con quien sea y contra quien sea, y cuando sabe que en tal parte se está preparando una matazón, allí mismo amarra su magaya rumbo para allá, a soltar entre el roznido de los machetes y los tarrayazos de los tiros un grito jacarandoso: "¿Qué hubo? ¿Se es o no se es?"
—Ese también —admite el interrumpido—. Pero ahora voy a ensenarles otro Marcos Vargas que quizás ustedes desconozcan: el que habla con los palos del monte y lo ha sido él también algunas veces.
—¿Cómo es eso, Ramón Maradé? —interrogan varios a un tiempo.
—Ya verán. Esto fue en el costo del Casiquiare. Se había presentado por allí Marcos Vargas, a nada de provecho, como de costumbre, y un día domingo por la tarde, por más señas, iba yo con él por una pica de la montaña a inspeccionar el trabajo de unos peones a quienes había puesto a tumbarme un rastrojo, conversando los dos de todo y de nada muy alegremente, cuando de pronto me interrumpe y me dice:
"
—Aguárdame aquí un momento, que voy a ver qué quieren decirme aquellos amigos que me están haciendo señas para que me les acerque."
—Miro en derredor nuestro y no descubriendo a nadie por todo aquello, le pregunto:
—¿Cuáles, chico?— Y él me responde, ya separándose de mí:
—Aquellos que están allá—. Eran cuatro palos del monte que estaban separados de los demás y realmente como personas reunidas conversando.
No le di mayor importancia a la cosa y pensando que mi compañero tuviera que hacer algo que yo no tenía por qué presenciar, le dije:
—Anda y vuelve, pues. Aquí te espero—. Y me senté sobre el tronco de un seje caído a la vera de la pica. Allí estuve un buen rato, y viendo que mi compañero no regresaba, atravesé el monte en dirección a los árboles mencionados. ¡Ni rastro de hombre por todo aquello!
—¿Qué se habrá hecho?— me pregunto, y en eso sien to algo extraño en derredor mío.
Miro para aquí y para allá buscando la causa de aquello, y entonces caigo en la cuenta de que no eran cuatro, como endenantes me había parecido, sino cinco los palos del monte que estaban allí cual personas reunidas conversando.
Sueltan la risa los caucheros y Martínez Franco exclama:
—¡Cuando no iba a salir Ramón Mercadé con una de las suyas!
—Un momento, compañero. Que todavía no he dicho que los palos fueran cuatro al principio y luego cinco, sino que así me había parecido.
—Uno que estaría tapado con otro, vistos desde la pica.
—Eso me dije, precisamente. Y como me interesaba llegar a rastrojo a buena hora, después de haber pegado unos lecos llamando a Marcos Vargas, seguí mi camino.
Fui y vine y cuando regresaba me encontré a Marcos sentado sobre el tronco del seje donde enantes lo había estado yo. ¿Qué te hiciste? —le pregunté—. No me respondió de momento. Tenía una cara sombría, muy distinta de la que llevaba cuando iba conversando conmigo, y así, sin contestarme una palabra, echó a andar por delante mío. Pero luego se me encaró de pronto y se soltó a boca de jarro esta pregunta textual:
"
—¿Tú me oíste, Ramón Maradé?"
—¿Qué, chico? —repúsele, e inmediatamente me acordé de aquello que había sido ruido sin dejar de ser silencio y me voltié a contar los árboles, que todavía se veían desde la pica. Eran cuatro por dondequiera que se los mirara. No me gustó aquello —lo confieso, aunque Martínez Franco se sonría como desde aquí lo estoy viendo—, pero tampoco quise pedirle explicaciones a Marcos Vargas, que además no me las habría dado, pues ya iba enguayabado, y cuando él está así no hay modo de sacarle palabra, y me puse a observarlo quedándome atrasito.
—Y viste que le reventaban pimpollos por encima del cuerpo —
interrumpe socarronamente el de la sonrisa, que era el único que todavía se mostraba incrédulo.
—No. Ni nada extraño le noté, ni por el camino ni después en la estación, salvo el enguayabamiento.
Así llegó la noche y me quedé dormido, cuando de pronto me desperté sintiendo que me sacudían las cabuyeras del chinchorro. Era uno de los bogas de Marcos Vargas, un acarabisi buen mozo, por cierto, y que le era muy fiel.
"
—Despertándote —me dijo—. No durmiendo más. Escuchando siburene".
Palabra ésta que en su lengua significa jefe y con la cual designaba a Marcos Vargas. Me incorporo en el chinchorro y pongo el oído a lo que me indicaba el acarabisi.
—¡Uuu! —sonaba por allá. Un lamento feo, que impresionaba oírlo en el silencio de la montaña. Pero le dije al indio:
"
—¡Indio zoquete! Alguna arañamona llamando a su pareja."
—No, cuñao —me replica el acarabisi—. No siendo arañamona.
Siendo Canaima gritando en cabeza de siburene. Viniendo conmigo y yo enseñándotelo.
Salté del chinchorro y no encontrando a Marcos Vargas en el suyo salí al monte junto con el indio. A poca distancia de la estación, en el medio de un claro donde daba la luna, se divisaba una sombra blanca, inmóvil, de donde salía aquel lamento impresionante. El indio no se atrevía a acercársele y preguntó alzando la voz:
—¿Ginécoro?
—¿Para qué preguntás quién es si ya sabes que es siburene? —Interrogo yo a mi vez, porque tanto como los lamentos de la sombra me había causado mal efecto aquella palabra indígena gritada así en el silencio de la montaña—. Quédate aquí, indio miedoso, mientras yo voy a ver qué le pasa a tu jefe.
—Y cuando llegaste al sitio —interrumpe otra vez Martínez Franco—
no estaba por allí Marcos Vargas, sino un palo más en el monte, ¿no es eso?
—Sí, estaba —responde Maradé, sin inmutarse—. Pero me costó trabajo hacerlo volver en sí. De golpe y dándose una batida salió de su encantamiento, preguntándome:
"
—¿Qué es? ¿Qué pasa?"
—Que estabas dormido y soñando parado —le respondí, sin querer decirle que fuera sonámbulo. Pero al día siguiente, cuando me empeñé en que me explicara todo aquello, me dijo que nada recordaba, ni de lo de la noche ni de lo de la tarde, pero que sentía el cuerpo —fueron sus palabras—
como si alguna vez hubiera sido de madera.
Pausa. Y luego uno de los oyentes, a Martínez Franco:
—¿Qué dice usté a eso, compañero?
—Que Ramón Maradé siempre ha sido muy fantaseador y amigo de contar embustes recién inventados como cosas que le hubieran sucedido; pero que esta vez como que ha referido algo que se le puede creer.
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