Canaima

Romulo Gallegos · Capítulo 38 de 50

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Canaima

Tarangué

Cuyubini abajo habitaba una comunidad de indios guaraúnos, de los llamados "mañoqueros" porque sólo conocían el cultivo de la yuca, de donde derivaban el alimento usual del "mañoco" y extraían el "bureche" o el "yaraque" con que acostumbraban embriagarse para celebrar sus fiestas, danzas primitivas a que se entregaba toda la comunidad durante días y noches continuos, hasta que los rendía el cansancio o los derribaba la borrachera. Por aquellos días celebraban una de estas fiestas a la cual solían concurrir todas las indiadas del contorno, varias leguas a la redonda, y el

"Sute" Cúpira había invitado a Marcos Vargas para ir a presenciarla.

—Es un espectáculo curioso —habíale dicho— que le dará de una vez por todas la idea de lo que es el indio. Lo llaman: baile de ñopo, y también: de la india Rosa, y una vez le escuché decir a uno de los ingenieros de una comisión de límites que estaba trazando la raya divisoria con la Guayana inglesa por estos montes, hombre además entendío en costumbres indígenas, que la tal Rosa puede que haiga sío alguna cacica, probablemente de los tiempos del cacicato a que volvieron los aborígenes de casi toda Venezuela después del régimen de las misiones. Que por cierto para nada le sirvieron al pobre indio, como no fuera para aborrecé más al racional. Valga la palabra del susodicho ingeniero.

En efecto, allí estaban aquellos guaraúnos en plena barbarie, si no totalmente salvajes, tal como se encuentran todos los aborígenes venezolanos que bajo el régimen de la encomienda o la misión no hicieron sino perder el vigor y la frescura de la condición genuina, sometidos como braceros inconscientes a un trabajo ajeno a sus necesidades, cuyo sentido

humano no podía alcanzárseles y cuya técnica, cuando de alguna fue el caso, nunca les fue dada. El indio que empedró el camino frailero por donde ahora crece el arestín y a su orilla clavó la "piedra escrita" que no jalonaría sus marchas libres, porque él anda al rumbo de su instinto por la trocha del váquiro; el indio que amasó la arcilla con que se fabricó el ladrillo frailero para el convento de la misión, mientras él continuaba levantando su churuata tal como lo hacían sus abuelos antes de que apareciera por allí el blanco conquistador. El indio guaraúno, que en su dialecto llama al civilizado "niborasida" —que significa hombre malo— o en español, a su manera, dice el venezolano:

—"Sorano maluco, robando mujé, tumbando conuco"—. Porque si aquello solamente le reportó la colonia, menos aun y a veces peor le ha dado la república.

Ya estaban allí las hembras feas, chatas, de frente huida y pechos fláccidos, con la uarruma y el pequeño mandil de fibra tosca cubriendo sus partes pudendas, mientras con el guayuco las suyas y un cerquillo de plumas a la cabeza los hombres, de estatura pequeña y desproporcionada por el excesivo desarrollo del tórax con detrimento del de la parte inferior del cuerpo, a causa del continuo manejo del canalete sentado en el fondo de la curiara, donde se pasan la mayor parte del tiempo pescando. Ya las mujeres habían sacado las casimbas de bureche, de desagradable olor ácido, y en torno a ellas los hombres, vaciando pichaguas una tras otra, comenzaban a emborracharse.

No estaba por allí el cacique, pues era costumbre que durante aquella fiesta se ausentase de la ranchería e hiciese sus veces el músico, que solía ser el más anciano de la comunidad, y ya se aproximaba la hora de dar comienzo la danza, a la puesta del sol, cuando se presentaron el "Sute"

Cúpira y Marcos Vargas, acompañados de "El Caicareño" y de otro de los doce del primero, apellidado Aceituno. Y no faltó en los corrillos recelosos la palabra guaraúna:

—Niborasida.

Pero saliéronles al encuentro, ofreciéndoles bureche y ñopo.

Es el ñopo o yopo un polvo negruzco extraído de las raíces de cierta planta herbácea, que absorbido a modo de rapé produce extraños efectos

alucinatorios, que los piaches indios utilizan cuando han de desempeñar sus funciones de adivinos y mezclado con bebidas fermentadas, yaraque o bureche, causa una borrachera delirante y bestial.

El "Sute" aceptó el bureche, pero rechazó el ñopo, diciéndole, en su dialecto:

—Oco cacatuja —que significa: nosotros tenemos.

—¿Ato abitoja? (ustedes tienen) —exclamaron los oferentes, complacidos de que se les hablase en su lengua—. ¡Ato abitoja! Y uno, acercándose a Marcos Vargas, a quien ya rodeaban varias guarichas, examinándolo con su impertinente curiosidad característica:

—Ma cuareja mancatida —díjole.

Pero comprendiendo que no lo entendía recurrió al castellano—: Yo teniendo hija hembra. Yo ofreciéndote guaricha bonita si tú no siendo maluco con indio y dejándolo tranquilo bailando india Rosa.

Llegaron luego otros "racionales", encargados y capataces de peonada de la empresa de los Ardavines que por allí caía, algunos de los cuales ya habían amistado con Marcos Vargas desde la noche en que éste y José Francisco se jugaron a los dados sus clientes; pero como Marcos correspondió de mala gana a sus saludos y en seguida se les apartó, quedándose todos rodeando a el "Sute", por quien sentían la admiración que a todos los hombres machos les inspiraba el semidiós canijo.

Y empezó a surgir la luna llena, a tiempo que se ocultaba el sol, hora de comenzar la fiesta con la cual el aborigen conmemora su secular esperanza del término de la dominación del blanco y la vuelta de "tararana", la tribu poderosa que algún día vendrá, aunque este sentido y símbolo no esté sino sepultado en los abismos de embrutecimiento en que languidece el alma indígena.

Ya el viejo músico estaba sentado sobre sus canillas dobladas en el centro del espacio llano y barrido que rodeaban las barbacoas donde se depositaban los frutos de la sementera y la churuata —vasta vivienda común de forma circular y pajiza techumbre cónica, en cuyo interior hacía vida promiscua toda la comunidad— y sacudiendo cerca de su oreja derecha una maraquita, único instrumento que acompasaría la danza, murmuraba, a ojos cerrados, como para darse la tónica:

—¡Ñe! ¡Ñe! ¡Ñe! Y en torno a él iba formándose la rueda de hombres y mujeres que tomarían parte en la danza, incluso los viejos amojamados, después de haber absorbido unas polvadas de ñopo e ingerido otra buena cantidad mezclada con el bureche y cuyo doble efecto diabólico no tardaría en hacerse sentir.

Golpeó el suelo con la diestra el viejo músico, señal esperada por los bailadores y éstos comenzaron a girar en torno a él, con una cadencia lenta y monótona, y canturreando a coro, con destemplada entonación creciente:

—¡Ja, ja! ¡Ta biscó! ¡Ja, ja! ¡Ta biscó! Los forasteros sonreían. En materia de música y danza no podía darse nada más simple: era sólo un ruido persistente y un paso de marcha contenida y apresada en un círculo obsesionante. Y un coro de canto rudimentario que se repetía con desapacible insistencia:

—¡Ja, ja! ¡ta biscó! ¡ja, ja! ¡ta biscó! Y ya la luna llena brillaba en el espacio, todavía diurno.

Pero el ñopo ingerido y el que ahora les ofrecían a los danzantes el

"Sute" Cúpira y sus espalderos y los purgüeros de los Ardavines, para que lo absorbiesen a puñados mientras recorrían el círculo infinito, iba produciendo sus efectos y pronto aquel canturreo monótono se rompió en un coro de gritos roncos a tiempo que las miradas despedían fulgor de lujuria y los cuerpos comenzaban a retorcerse en mímica de amor animal, ya bañados en los reflejos de la luna triunfante el crepúsculo solar. Era la primera faz de la embriaguez: la danza lúbrica, sin arte alguno, bestia pura.

—¡Ja, ja! ¡Ta biscó! ¡Ja, ja! ¡Ta biscó! Ahora los racionales reían a carcajadas, menos Marcos Vargas, en cuyo rostro sombrío se iba perfilando el rasgo revelador de la sorda tempestad mental.

"El Caicareño" y Aceituno recorrían el círculo danzante ofreciendo los diabólicos polvos.

Los indios los sorbían ávidamente y ya por todos los cuerpos corría el inmundo líquido negro y viscoso de la secreción nasal. Eran unas asquerosas bestias que jadeaban y se retorcían bajo la acción deshumanizante del yopo.

—¡Ñe! ¡Ñe! ¡Ñe! El canturreo gangoso del viejo músico apresuraba el ritmo simple y frenético, marcado por el sonido obsesionante de la maraca.

Ya el coro de gritos lúbricos comenzaba a languidecer en gemidos.

La luna resplandecía solitaria remontándose por el espacio nocturno...

Ahora el coro entonaba:

—¡Tarangué! ¡Tarangué! La tribu desaparecida. La que sucumbió defendiendo su tierra bajo el acero y el arcabuz del conquistador, la que en la alta noche de la derrota contempló el incendio de su churuata... Ya algunos indios lloraban, con esa extraordinaria facilidad que para ello tienen...

Ya toda la tribu había prorrumpido en llanto clamoroso.

Era la segunda faz de la embriaguez de yopo. La danza fúnebre y la plañidera por los muertos de la comunidad y por la gran desaparecida en la eterna noche sin luna.

Y el lúgubre clamor se elevaba impresionante en el silencio tendido sobre la tierra bárbara y remota:

—¡Tarangué! ¡Tarangué! Los racionales reían a carcajadas y Marcos Vargas les clavaba miradas fulminantes que les trocaban las risas por ceños fruncidos.

Eran los negros abismos de la infinita tristeza del indio los que ahora se abrían, el fondo atormentado del alma de la raza vencida, despojada y humillada, y un gran dolor rabioso, profundamente suyo, respondía en el corazón de Marcos Vargas a la plañidera invocación de Tarangué.

—¡Ñe! ¡Ñe! ¡Ñe! La voz del músico era un aullido trémulo. Ya la borrachera entraba en su última faz: ahora comenzaba la danza guerrera.

Un grito de cólera rompe de pronto el coro lamentoso. Le responde otro y otro... La luna ilumina la bárbara escena con su resplandor alucinante y decora la miseria de los cuerpos inmundos...

Ahora son miradas enfurecidas y roncos alaridos, que tal vez reproducen los antiguos gritos de combate que ya sólo bajo la acción del yopo lanzan los indios humillados y vencidos. Viejos alaridos de las guazárabas contra el blanco invasor que ya han olvidado los ecos de aquella tierra.

Y Marcos Vargas grita:

—¡Tararana! —(La tribu que volverá)—. ¡Tararana! El "Sute" Cúpira se le acerca, preguntándole:

—¿Qué le pasa, joven?

—¡Que ya es tiempo de que estos pobres indios se sacudan la opresión de ustedes! ¡Hatajo de bandidos que los explotan inicuamente! ¡Usted a la cabeza de todos! Cúpira da un paso atrás y su diestra acude automáticamente a la empuñadura del revólver. Pero en seguida se recobra y mirando a Marcos Vargas serenamente, murmura:

—Por menos son ya difuntos muchos hombres; pero el "Sute" Cúpira no se mata con el hijo de quien lo Vio cumplir su gran juramento.

Dicho lo cual, se le aparta, sin que tales palabras hayan despertado eco alguno en el alma ya frenética de Marcos Vargas.

Entretanto el grito que éste había lanzado hacía poco lo secundaban los indios enfurecidos por el yopo y entre el clamor imponente no se oía ya el canturreo del músico.

De pronto se interrumpe la danza y los hombres se lanzan unos contra otros, mientras las mujeres abandonan el sitio y corren a refugiarse dentro de la churuata.

Luchan, forcejean, escurriéndose los cuerpos babeados de las manos que tratan de apresar, hasta que por fin caen extenuados y ruedan por el suelo, toda la indiada formando una masa inmunda y jadeante. El cuerpo del músico viejo y fláccido es una piltrafa que no rebulle; de sus manos se ha desprendido la maraquita y ya no suena.

Marcos Vargas tiene un gesto de decepción inmovilizado en el rostro sombrío. No fue contra el "racional", contra el opresor inicuo, la rebelión delirante. Y murmura, sordamente:

—¡Tarangué! El fulgor espectral de la luna alumbra el hacinamiento de cuerpos rendidos por la acción deshumanizante del yopo.

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