Canaima
Ases y suertes
Francisco Vellorini, extranjero y rico, podía disponer de sus cargas a su conveniencia o su capricho, pero no así los demás clientes de Manuel Ladera, y cuando éste les recomendó a Marcos Vargas para que continuasen confiándole el acarreo de sus mercancías, unos respondieron que lo pensarían y otros que acababan de comprometerse con el Coronel —que por antonomasia lo era José Francisco Ardavín, así como para referirse a Miguel decíase, simplemente, el general—. Criollos y pequeños capitalistas, para aquellos comerciantes podía ser sentencia de ruina o de muerte la enemistad de los caciques.
Pero Marcos Vargas no se afligió y la ocasión acudió en su auxilio aquella misma noche, cuando al pasar frente a un garito en cuyo interior sentíase marejada de gentío inquieto, oyó decir que allí estaba José Francisco Ardavín, borracho y perdiendo dinero a los dados.
—¡Conque ahí está el tigre! —se dijo, deteniéndose—. ¿Y si entráramos a batirle en la cueva, antes de que él me lo haga a mí en un momento dado?
Esta noche tiene la mala, según dicen, que si la regla no manca, debe ser la de aprovecharlo. Una ronca a tiempo siempre da buen resultado.
Y entró en el garito, no propiamente con ánimo de provocación, sino para conocer a su peligroso competidor y para someterse de una vez y cuanto antes a una experiencia inevitable: comprobar si en realidad sería capaz, llegado el caso, de enfrentarse con un hombre de las condiciones de Ardavín.
—Porque una cosa son pescozadas y cabezazos, que ya éstos los di cuando muchacho, y otra, muy distinta, tiros y puñaladas de hombres que
pueden dar asco.
Y así diciéndose mentalmente, llegó hasta la mesa de dados donde jugaba el coronel Ardavín.
Era éste un hombre como de treinta años, de buena presencia y facciones finas, pero estropeadas por el gesto del matón, más visible y chocante durante las borracheras, que las tenía sombrías. Los que le hacían el juego, gananciosos, o también pertenecían a lo mejor de Upata, carreros casi todos, o eran forasteros que ya tenían participación en las empresas mineras y purgüeras de los caciques o tratándose de congraciarse con éstos venían en busca de aquélla; pero ni unos ni otros ya se sentían a gusto en torno al tapete, porque Ardavín no sabía perder y se estaba poniendo pesado. A sus espaldas, guardándoselas, estaban tres sujetos malcarados que nunca lo desamparaban.
Acababa de ganar, por primera vez, y ya sacudía los dados cuando advirtió la presencia de Marcos Vargas.
—¡Señores! —exclamó—. Ha llegado el terror de los carreros del Yuruari. El hombre que viene a arruinarnos a todos.
Y como Marcos Vargas se limitase a sonreír, desde el umbral de la puerta donde se había detenido y sin darse por provocado, agregó en lenguaje de gallero y con tono más insolente:
—Un pollo nada más. Emplumando todavía.
—Sí, coronel, emplumando todavía —repuso Marcos Vargas, como si lo tomara a broma amistosa—.
Pero aquí vengo a aprender de usted a dar con la espuela.
—Vamos, José Francisco —intervino uno de sus amigos, viéndolo empalidecer—. Ya está hecho el juego. Di topo y tira los dados.
Pero Ardavín no podía dejar sin respuesta aquellas palabras reticentes:
—Sin embargo —dijo—, Musiú Vellorini anda proclamando por ahí que usted es de los que entran matando al picar. Pero como yo no creo en milagros de patarucos, al careo me remito.
—No haga caso de lo que oiga por la calle, coronel —replicó Marcos sin alterarse—. No pretendo arruinar a nadie, pues para eso se necesita ser rico como usted, sino ganarme la arepa, simplemente.
Deje que el sol alumbre para todos.
—¿Usted como que ha venido a darme consejo? —rebatió Ardavín, pasándose los dados a la mano izquierda para tener la diestra expedita.
Visto lo cual, insistieron sus compañeros:
—Echa los dados, José Francisco.
Mientras otros le hacían señas a Marcos para que se retirase, y a tiempo que uno de los espalderos de Ardavín le susurraba a éste:
—No vale la pena, coronel.
Ahí no hay hombre para usté.
Volvió los dados a la diestra y comenzó a sacudirlos.
Marcos Vargas permaneció en el sitio, todavía sonriente y experimentando una voluptuosidad nueva para él: el pleno dominio de sí mismo ante el primer hombre peligroso con quien se encaraba, algo que lo hacía sentirse macizo y clavado en el suelo.
Transcurrieron así unos momentos, pero Ardavín no echaba los dados, su mano tal vez no le obedecía y el sonido de aquéllos entre ésta crispada era ya una larga medida angustiosa del silencio que se había producido en el garito.
De pronto y con la palidez ictérica de una resolución extrema ya pintada en la faz, puso los dados sobre la mesa e interpeló a Marcos, altaneramente:
—Bueno, joven. ¿Ha venido usted a jugar o a buscar lo que no se le ha perdido? Y esta pregunta dio el último toque a la idea que ya se le estaba ocurriendo a Marcos Vargas:
—¿Qué le diré, coronel? —repuso—. Ganas de tirar una paradita no me faltan.
Ardavín se llevó la diestra a la empuñadura del revólver. Se produjo un desplazamiento de los jugadores: unos hacia el que amenazaba esgrimir el arma; otros hacia los lados. Marcos continuó, sonriente:
—No es de eso, coronel.
—¡Ah! Creí que se trataba de una parada de hombre. ¿Es de plata, entonces? Pero ¿tendrá usted la suficiente como para que yo se la acepte en mi tiro?
—De plata, propiamente, tampoco es.
—¿De boquilla, entonces? Pues siga su camino, porque ni yo fío en la palabra del primer recién venido, que bien puede ser un maula, ni he puesto
esta jugada para hacer obras de caridad.
Y a sus espalderos:
—¡Saquen de aquí a ese muérgano! Pero las injurias no hacían sino reforzar aquella sensación de plenitud de sí mismo que experimentaba Marcos.
—Aguarde un momento, coronel —dijo, avanzando hacia la mesa—.
Óigame la parada, que puede ser que le guste.
Detuviéronse los espalderos a una seña involuntaria de Ardavín y Marcos continuó, siempre avanzando hacia la mesa:
—Todavía no tengo sino un cliente: Vellorini Hermanos. Los demás son o serán de usted. Pero como no podré sostener mi negocio con las cargas de los Vellorini solamente y como para estar colgado más vale caer de una vez, le juego Vellorini Hermanos contra Ledezma y Compañía.
La sorpresa de la singular proposición hizo cambiar bruscamente la actitud agresiva de Ardavín:
—¿Qué clase de parada es ésa? —interrogó.
Y Marcos se limitó a replicarle, en la jerga del caso:
—¿Dice o no dice topo? Fíjese en que Ledezma y Compañía son mercancías solamente y en que le doy de ventaja el purguo de los Vellorinis, pues se los juego en paro.
Se produjo un murmullo. Al coronel pareció disipársele de pronto la borrachera. Ahora se le estremecían los músculos maseteros.
Los circunstantes vieron precipi tarse la tragedia y los espalderos se miraron unos a otros. Marcos Vargas se había hecho sitio entre los que rodeaban la mesa. Intervino el empleado que cobraba del monto de las jugadas el tanto por ciento de la casa:
—Esa clase de paradas no están permitidas aquí, joven.
Pero Ardavín reaccionó contra él:
—¿Y a usted quién lo ha autorizado para que se mezcle en este asunto?
Aquí nos jugamos la vida, si nos da la gana.
Y a los amigos, dando libre curso a su propensión por el hablar plebeyo:
—Compañeros, permítanme una palomita. Voy a pegarme rolo a rolo y verbo a verbo con este amigo que está jugando resteado. Voy con usted,
joven. ¡Topo la parada! Recogió los dados y volvió a sacudirlos en el hueco de la diestra, en medio del silencio unánime.
Pero Marcos Vargas advirtió que se había dejado uno, puesto en suerte, sosteniéndolo fijo con el meñique, mientras sacudía solamente el otro contra la sortija. Y protestó:
—Así no, coronel. No me maraquee el dado con la sortija.
Coja el cubilete o retiro la parada. O me deja correr los dados hasta el centro de la mesa.
Ardavín aparentó no hacer caso.
—¡Topo dije! Y echó los dados. Pero los dejó correr hasta el centro del tapete y salieron ases. Había perdido.
Se produjo el murmullo. Se sintió que ya en él palpitaba la admiración.
Marcos Vargas no era un novicio, como se habían imaginado muchos y la martingala de la sortija no le había dado a Ardavín el resultado de otras veces. ¿Se quedaría con aquella protesta? —se preguntaban algunos—.
Marcos Vargas le había sacado la trampa a la cara en presencia de todos.
—Coja los dados —díjose José Francisco Ardavín—. Todavía me quedan clientes y esta noche vamos a ver el hueso usted y yo.
—Eso es cosa suya, coronel.
Yo estoy resteado desde el principio.
Recogió y sacudió los dados y agregó, al tono de la fanfarronería chocarrera del otro:
—Vaya diciendo por esa boca.
Los nervios de Ardavín —que nunca fueran tratados así— hacían bruscos y diversos movimientos inútiles, disparados y reprimidos unos por otros.
—Va Pérez Brindis, Sucesores, contra Vellorini Hermanos, con purguo y todo. ¡Y maraquee bien los dados!
—Me lleva prensado, coronel, pero ya le di a entender que su boca sería la medida. Y en cuanto a lo otro, oiga el golpe. Yo no cargo sortija. Este toctoc es hueso puro.
—Diga topo, joven —intervino el casa, creyendo que Marcos iba a echar los dados sin cumplir aquel requisito indispensable para la validez de una jugada.
—No me hable en mi tiro —replicó—. ¿No le han dicho ya que en este asunto no tiene que meterse? Y por Ardavín:
—¡Topo el tercio! Echó los dados con ademán tahur. Salieron suertes.
Una vez más el murmullo ya creciendo; Ardavín había perdido otro de sus principales clientes.
De la mesa había desaparecido todo el dinero de la jugada interrumpida.
Detrás de Marcos se había abierto un claro entre los mirones.
Los espalderos no quitaban la vista del rostro del coronel, pálido como nadie lo viera nunca.
Pero la réplica de Marcos al empleado de la casa produjo de pronto en el ánimo desordenado de Ardavín un efecto a distancia e inesperado aun para él mismo. Se le disipó la tensión agresiva, pues aquellas palabras —
que era ahora cuando propiamente las percibía fueron para él algo así como si Marcos, con quien ya estaba a punto de fajarse a tiros, le hubiese dado una muestra de acatamiento.
Cual si hubiera dicho al casa:
—Aquí no hay sino un hombre, José Francisco Ardavín, que ya le ha prohibido intervenir en esta jugada.
Y los movimientos inútiles e interferidos concurrieron todos a un resultado insólito. Dio unas palmadas llamando al mozo del botiquín y le ordenó:
—Sirva champaña para todos.
Y alzando la voz:
—He perdido dos clientes que maldita la falta que me hacen, pero he descubierto un hombre. ¡Un hombre a quien no se le agua el ojo ante otro hombre completo! ¡Y José Francisco Ardavín es amigo de los hombres machos! Se descargaron en charla ruidosa los ánimos contenidos.
Unos comentaban las genialidades del coronel; otros lo insólito de aquellas paradas; otros, discretamente, la audacia de Marcos Vargas y el humorismo que había en aquello de jugarse los Vellorinis contra los Ledezmas, comerciantes enemigos acérrimos; y cómo durante tales jugadas los gananciosos de las anteriores habían tenido la previsión de retirar sus dineros, aprovechando ahora lo contento que parecía hallarse Ardavín, dieron por terminada la partida y abandonaron el tapete.
Ardavín soltaba ajos estruendosos, pedía más y más champaña y exclamaba una y otra vez:
—¡Así me gustan los hombres! Y era tan frenético su entusiasmo que no parecía sino que hubiese sido él y no Marcos Vargas el héroe de la proeza, tal vez porque sus espalderos y aduladores no se cansaban de exclamar, como quien pondera grandezas:
—¡Ah, coronel! Sin embargo, varios amigos de los que acababa de conquistarse Marcos Vargas se apresuraron a aconsejarle:
—Tenga cuidado con ese hombre, que ahora es cuando está más peligroso. Mejor es que se vaya con nosotros.
Pero ya Marcos no podía retroceder, no sólo porque la prudencia, entendida de otro modo, aconsejaba no dar demostraciones que pudiesen envalentonar a Ardavín, sino porque también en él se había desatado ya la fuerza que los impulsaba a todos a la afirmación violenta de la hombría. En la tierra de los galleros el hombre tenía que hacer como el gallo que se engríe y canta después que mata.
En realidad quien balandroneaba era Ardavín:
—¡Más champaña! Traiga toda la que haya en el botiquín. Aquí todos somos iguales y quiero que todos me acompañen a celebrar el conocimiento que he hecho con este hombre completo que nos trajo Manuel Ladera.
Pero al pronunciar este nombre un nuevo sentimiento se introdujo de pronto entre los que se disputaban su espíritu bajo la tormenta del alcohol.
Contrajo el ceño, le cruzó por el rostro una expresión sombría, soltó luego una risotada que bien podía ser incoherencia de la borrachera, pero que parecía algo más y de súbito:
—¡Vamos, Marcos Vargas! Vamos a despertar a los clientes que me ha ganado para entregárselos personalmente. ¡Para entregárselos, sí! Porque ésos eran míos, como es mío el ganado que lleva mi hierro. Ésos eran clientes de Manuel Ladera hasta ayer no más y tuvieron miedo de seguir dándole las cargas a sus carros en cuanto yo se las pedía para los míos. Por eso se los voy a entregar personalmente, como quien entrega un ganado que ha vendido. Porque con los cobardes no hay que tener consideraciones,
¿verdad, Marcos Vargas?
—Deja eso para mañana, José Francisco —intervinieron los que habían simpatizado con Marcos, recelosos de las intenciones de aquél al querer llevárselo consi go—. Esa gente está durmiendo hace rato.
—¡Como las gallinas, sí! Pero tendrán que levantarse, porque el que pertenece a otro tiene que estar siempre a la orden. Además, yo no puedo dormir tranquilo con deudas pendientes. Y de juego menos. Puedo morirme esta noche y entonces voy a estar penando por toda la eternidad.
Y entre risotadas:
—¡Las cosas suyas, Marcos Vargas! Mire que yo he visto paradas raras desde que estoy jugando dados, pero como ésas que usted me ha ganado esta noche ni me las había imaginado. "Le juego Vellorini Hermanos contra Ledezma y Compañía". ¿No fue así como dijo, Marcos Vargas? Véngase conmigo para entregárselos.
En eso llegaba el mozo del botiquín con el servicio pedido. De una manotada barrió del platón las copas de champaña, vociferando:
—No sirva más champaña por cuenta mía. El que quiera beber que gaste su plata. Aquí no habemos sino dos hombres y ésos nos vamos.
Unos rebulleron ofendidos, otros hicieron señas de que no les diesen importancia a tales palabras y Ardavín se llevó a Marcos Vargas, cogiéndolo del brazo y repitiendo:
—¡Dos hombres, y ésos nos vamos! ¡Dos solamente! Mas apenas había dado unos pasos cuando de pronto se retuvo, empujó a Marcos y echándose atrás sacó el revólver, diciendo:
—¡Qué cuento de dos! Aquí no hay sino un hombre —!uno solo!— que es José Francisco Ardavín. Pele por su revólver para que arreglemos de una vez estas cuentas confusas.
Se interpusieron los amigos, unos a impedir que Marcos hiciese armas, otros a evitar que Ardavín disparase la suya y éste vociferaba y forcejeaba energúmeno, cuando, dominando el tumulto, se oyó una voz de mujer:
—¡José Francisco! ¡Guarda ese revólver! Y como por encanto amainó la furia del borracho.
—No es nada, negra —balbuceó sumiso—. No es nada.
Era una mulata bien formada y vigorosa, antes de la carrera y ahora barragana de Ardavín, a quien por esto y por el inmundo dominio que
ejercía sobre él apodaban La Coronela. Apestaba a perfumes finos copiosamente gastados y entre el carmín y los polvos y la soflama del genio traía amoratada la tez. Como la danta impetuosa por el monte tupido reventando malezas, se abrió paso por entre los hombres que rodeaban al suyo y apoderándose de él, bien asido el brazo ya inerme:
—Vámonos para casa —díjole, sin miramientos.
—¡Cómo no, negra! Sí, nos vamos. Basta que tú lo mandes —repuso Ardavín, tartajosa la voz entre los ahogos que eran todo lo que le quedaba de la cólera—. !Marcos Vargas! No es que me voy, sino que me lleva la negra Juanifacia, como dice ella que se llama, que es la única persona ante quien baja la cabeza José Francisco Ardavín.
—¡Anda para casa, borracho indecente! —dijo la mulata. Y se lo llevó, como cosa suya.
Pero ya en la calle insistió Ardavín a gritos:
—No es que me voy, sino que me lleva la negra Juanifacia. !Adiós, Marcos Vargas! Démele un saludo a Manuel Ladera. Dígale que José Francisco Ardavín le manda un abrazo.
Y soltó una risotada que frunció el ceño de los que la oyeron, ya conociéndola.
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