Canaima

Romulo Gallegos · Capítulo 31 de 50

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Canaima

Capítulo XI

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Las horas menguadas

Cielo encapotado sobre Tumeremo en tinieblas, con relámpagos silenciosos en el horizonte anunciando la aproximación de las lluvias. Era medianoche y el calor sofocaba.

Sombras errantes por las calles solitarias; otras, taciturnas, ya congregándose frente a las oficinas de las empresas purgüeras, la cobija en el brazo, la magaya a la espalda, el machete en la diestra... La gente del Turumbán, la gente del Botanamo... Las peonadas que durante el día animaron la población con el despilfarro del dinero del avance, ahora reuniéndose remolonas en espera de los capataces para ponerse en camino de la selva.

—Bueno, Arteaguita —dijo Marcos Vargas, al cabo de un largo silencio de entrambos—. Dentro de poco estarás tú también cogiendo el camino de Suasúa. ¡Cómo te envidio!...

—¿Tú quiele cambiá? Como le contestó el chino al fraile del cuento —

repuso Arteaguita, recurriendo al gracejo, como en toda ocasión lo acostumbraba.

—¡Ah, caramba! —exclamó Marcos, comprendiendo—. ¡Y tan animado que estabas hace unos momentos!

—Sí, pero... ¡Qué sé yo! Confieso que soy supersticioso y ese canto de la pavita que acabamos de oír me ha dejado la empalizada contra el suelo.

Temo resultar uno de esos a quienes no quiere la montaña, como dicen los purgüeros.

—Según tengo entendido, la montaña sólo rechaza a los que van a ella con miedo.

—Como yo, precisamente —repuso el bromista, ahora con acento dramático.

Y al cabo de una pausa:

—¡Soy un cobarde, Marcos Vargas! ¿Para qué ocultártelo? ¡Un cobarde!

¡Maldita sea! Y comenzó a roerse las uñas con una decisión frenética.

—¡Qué es eso, Arteaguita! —repuso Marcos, con indignación que hacía generoso el disgusto que aquella miseria de ánimo le causaba—. ¡No hay derecho!

—Eso digo yo —repuso el menguado—: no hay derecho a que lo coja a uno el toro, quiera o no quiera. Eres pobre y has pasado más hambre que un ratón en un saco de clavos, porque así te echaron al mundo sin pedirte permiso, y además con una vitola de esas que no hacen carrera ni en bicicleta; pero no te da la gana de continuar siéndolo para toda la vida, y para salir de abajo, un día te resuelves a tirar la parada que otros tiran y a todos se les da. Mas cuando ya tienes los dados en la mano, cuando ya estás maraqueándolos —y aquí Arteaguita comenzó a agitar la diestra apuñada, emitiendo luego un pujido de gran esfuerzo ineficaz, a tiempo que aceleraba rabiosamente la mímica, apretando más el puño, con lo cual simulaba que éste se resistía, por inhibiciones voluntarias, a soltar los supuestos dados—, cuando ya has dicho topo, se te tranca el carro y te coge el toro. ¡No hay derecho! ¡Tú lo has dicho! No se podría sostener que estas palabras habían sido patéticas; fueron demasiadas metáforas y todas ramplonas; pero cuando era de esperarse que Marcos Vargas soltara una carcajada estrepitosa, se quedó, por el contrario, en silencio hasta cierto punto respetuoso.

Entretanto, la diestra de Arteaguita continuaba haciendo ahora con intermitencias convulsivas, la mímica explicada, y como esto ya era un espectáculo totalmente desagradable, Marcos se la sujetó, se la inmovilizó, le separó los dedos crispados y para mantenérsela extendida le apoyó su diestra encima. Arteaguita interpretó que se la entregaba para el apretón patético y se la estrechó fuertemente, emocionadamente, exclamando:

—¡Gracias, Marcos Vargas! ¡Qué corazonzote más bien puesto tienes!

Si tú fueras conmigo, ya no le temería a nada.

—No puede ser —dijo Marcos, aprovechando la salida que se le deparaba de aquella desagradable situación—. Ya te he dicho que te envidio, pero por ahora no puedo darle la espalda al compromiso contraído con don Manuel Ladera.

El negocio de los carros me atará por algún tiempo... Que por cierto me extraña que no hayan llegado ya.

—Tienes razón —murmuró Arteaguita—. Dispénsame... En realidad lo que me sucede es que no me siento bien esta noche. Quizá tenga un poco de fiebre, pues de pronto me dan calofríos.

—¿No sería conveniente que te regresaras a la posada? Ya va a ser hora de que te pongas en camino. Digo, si no vas a echarte para atrás del compromiso que tienes ya contraído con los Vellorinis. Que según me has explicado, te han abierto un buen partido en la empresa del Guarampín, y como este año se espera sacar mucha goma, ganarás mucho dinero.

—No. Si ya te digo, suerte no me ha faltado, después de todo, pues hasta se me ha presentado otro negocio que también parece bueno.

Una sastrería, que no las hay aquí que valgan la pena. Y como yo conozco el oficio y hasta ahora no me he comido un trazo...

—Ya estoy viendo por dónde vas a reventar —dijo Marcos.

—No, no. Te hablo de eso para que veas que suerte no me ha faltado, pues hasta me han ofrecido el capital en condiciones ventajosas...

Pero ya Marcos Vargas no le prestaba atención. Un jinete, inconfundible silueta gigantesca a través de la oscuridad, acababa de cruzar la bocacalle próxima.

—¡Cholo Parima! —exclamó a la sordina—. ¡Buen encuentro a estas horas! No hace mucho me decía el jefe civil que ya debía de estar preso, pues había orden de arresto contra él desde esta tarde. Y como que va buscando el camino de Suasúa.

En esto el jinete se detuvo, descabalgó y penetró en un tabernucho que por allí había. Era la salida de la población, vía de El Dorado, por donde ya comenzaba el éxodo de las peonadas; camino de la impunidad de la selva para el asesino de Manuel Ladera.

—Pero no te escaparás —murmuró Marcos, a tiempo que agarraba a Arteaguita por el brazo. Y luego a éste arrastrándolo consigo—:

Ven, para que aprendas a manejarte en esta tierra, curándote de espantos de una vez por todas.

—¡No, chico! —gimió el menguado—. ¿Qué vas a hacer? Avisémosle más bien al jefe civil...

Déjame ir yo si tú no quieres.

Pero ya Marcos Vargas no atendía a razones.

En el tabernucho sólo encontrábanse el dueño, lavando los vasos donde tomaron el último trago los purgüeros que ya partían, una ramera triste, ante el de cerveza ya vacío con que la obsequiaran, y Cholo Parima, tomando asiento al lado de ella.

—¿Qué van a tomar los jóvenes? —preguntó el tabernero.

—Cualquier cosa —respondió Marcos Vargas—. Cerveza.

A tiempo que Parima, dirigiéndose a la mujerzuela:

—¿Desde cuándo por aquí, Gallineta?

—Hace tres meses, chico. Pero hoy es la primera salida que hago, porque vine enferma.

—¿Por dónde andabas?

—Últimamente por El Dorado.

Antes por los laos de Chicanán, con "El Sute". Pero me dio la baja.

¡Qué se hace, chico! Cuando una dice pabajo, ni los perros la quieren para ruñile los güesos.

—¿De modo que na menos que con el amo del alto Cuyuni? ¡Mire, pues!

—¡Cuá! ¿Y qué te crees? Una ha tenío sus tiempos, chico.

—Te tendría bien, por supuesto.

—Asina. Entreveraíto con palizas de cuando en cuando.

—¡Ajá! ¿De modo que el tigre del alto Cuyuni saca también sus campañas con las mujeres? Muy hombrón me habían pintado siempre al

"Sute" Cúpira.

—Y lo es, chico. No te estés creyendo.

—Eso lo veremos pronto, pues pa allá voy rumbiando casualmente.

—¿Sí? Bríndame algo antes de irte, pues.

—¡Cómo no, Gallineta! ¿Cerveza es lo que estás tomando? ¿No se te ampollará la jeta? Y se volvió para pedir servicio; pero se quedó con la

palabra en la boca al descubrir a Marcos Vargas, de espaldas al mostrador, mirándole fijamente.

—¡Hum! —hizo luego—. Yo sí sentía en la nuca como algo que me estuviera haciendo cosquillas. Y era la mirá del joven... ¡Sírvanos cerveza, botiquinero!

—En seguida, comandante Pantoja.

—¡Qué comandante ni qué Pantoja! Cholo Parima soy yo, pa el que me ande buscando sin haberme perdío.

Pero Marcos, sin darse por aludido, no le quitaba la vista de encima y así transcurrió un buen rato hasta que Arteaguita, ya sin uñas que roerse y no pudiendo soportar más la presión de tragedia inminente, le susurró suplicante:

—Déjame salir, Marcos. Déjame ir a avisarle a la policía.

—Bueno —díjole al cabo de un rato—. Anda y avísale.

Y esto lo oyó el tabernero y fue a soplárselo a Parima, disimuladamente, mientras le servía lo pedido.

—¡Ajá! —exclamó el hombrón de las cicatrices y luego, sobándoselas

—: ¡Ah, bichas pa doleme las marcas que me dejó el difunto, la noche en que los machetes alumbra ron el Vichada! ¿Será la entrá de agua, Gallineta?

O algo como agua que quiere corré por aquí esta noche.

Y la mujerzuela asustada, por decir algo:

—¿Con que vas rumbiando pa el alto Cuyuni?

—Si no me lo impiden los mirones, porque me sigue molestando la mosquita. ¿Será que la estoy güeliendo a podrío? Pero yo todavía como que no estoy muerto, ¿verdá, Gallineta?

—Tómate tu cerveza tranquilo, chico —le aconsejó ella— y andá vete de aquí cuanto antes, que la hora es nona.

—Menguás las llaman —repuso Parima— y sin embargo hay quien las busque con sus pasos contaos.

Sereno, espantosamente impávido, recostado contra el mostrador, con los codos apoyados sobre éste y la diestra péndula, sin la más leve vibración de nervios, ya con el hueco donde cabría justa la empuñadura del revólver al cinto, Marcos Vargas no perdía de vista las manos del asesino ambidextro

—particularidad que no le era desconocida—, quien al darle de nuevo la

espalda sólo lo había hecho para prepararse la revuelta impetuosa, ya con el arma esgrimida.

—Déjate de eso, chico —insistió la ramera al verlo sacar el revólver.

Pero ya el hombrón estaba de pie, desatada la revuelta asesina...

Que fue la última... Se le desprendió el arma de la zurda, se llevó la diestra al corazón, dio un pujido y balbució, ya desplomándose, cenicienta la faz sombría:

—¡Me andó alante el joven!

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