Canaima

Romulo Gallegos · Capítulo 15 de 50

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Canaima

Caminos de los carreros

Por la sabana descampada, entre nubes de polvo bajo el sol ardoroso del verano; por las agrias cuestas montañosas. Caminos de muchas jornadas y recios trabajos, con la voz del boyero paciente estirándose en el silencio:

—¡Arre, güey! La cobija calada en el invierno bajo la lluvia tenaz. La carrilada perdida dentro del aguazal, la rueda hasta lo cubos atascados en los baches, el buey que no ande, el estímulo de la garrocha, la mula jadeante en los barrizales de la cuesta, el fango hasta las rodillas, la humedad hasta los tuétanos, corriendo de punta a punta del convoy, hechando los bofes, manejando el garrote, estrangulando en el grito el vocablo arrieril:

—¡Mula de carijo! ¡Este maldito animal! Camino de los carreros jalonado de maldiciones.

Parajes del mal descanso: La Josefina, Veladero, Boca del Monte... El trago de caña, el plato de "paloapique", el frasco de "chireles", pasando de mano en mano y la taza de "guacharaca", en el mesón ruidoso. El cuento de los trabajos pasados y las maldiciones echadas en la cuesta de El Pinar, donde el carrero pagaba sus culpas.

La posada de la dura tierra bajo la carreta para el sueño de huesos molidos al despertar.

La posada de las estrellas, al raso de la sabana, para las veladas de los boyeros junto a sus vagones y sus bueyes amarrados a macollas de yerba.

Hablaban de Parasco, referían las últimas apariciones del Muerto de "La Carata", comentaban una y otra vez el crimen de "Rancho de Tejas"...

Hablaban mirando hacia la sabana, donde siempre parecían moverse sombras acechantes.

Parasco fue un carrero de alma bondadosa a cuya ánima se encomendaban todos los del Yuruari cuando se ponían en camino. Un hombre entre los hombres, no mejor que muchos de los de su oficio, que ya también habían muerto o todavía conducían sus mulas, acaso un poco más paciente cuando éstas se les atascaban en los barrizales; de ningún modo un santo, sino un muerto entre los muertos, carrero perenne de un convoy invisible que viajaba de noche dejando por los malos pasos la carrilada buena de seguir. A orillas del camino está el rústico mausoleo que le levantaron los del gremio para perpetuar la memoria de sus duros trabajos y sus marchas pacientes, y para depositarle las ofrendas de velas —luces para su convoy invisible— a fin de que su sombra tutelar los protegiese durante el viaje o en pago de las promesas hechas cuando se les perdían las bestias, las noches de los paraderos a la intemperie, y una silenciosa sombra blanca los ayudaba a encontrarlas.

El Muerto de "La Carata" es un espanto que, según la conseja siempre referida entre risas, tiene la humorada de aparecer en el sitio de tal nombre, arrea los ganados de aquí para allá sólo por molestar a los dueños de la finca, se llega hasta las puertas de las casas e insulta a sus habitantes desafiándolos a pelear con él, con airadas palabras en el aire, sin forma visible de donde provengan, o se mete en ellas, se apodera de las mecedoras, por las cuales demuestra rara predilección y comienza a moverse violentamente, sin que, desde luego, se vea otra cosa sino el mueble donde se agita su atormentada y singular ánima en pena.

"Rancho de Tejas", finalmente, denominábase el sitio donde fue asesinado un correo del oro de las minas de El Callao, que a lomos de mulas lo conducía exponiéndose al riesgo de las emboscadas. ¡Caminos del desierto venezolano, sembrados de maldiciones, jalonados de consejas y de cruces en las cunetas donde cayeron los asesinados! Después de la comida en uno de los paraderos del trayecto, Marcos Vargas y Gabriel Ureña —

interesados por la mutua simpatía que se habían inspirado, por modo de compensación, el uno con la espontaneidad tumultuosa de su carácter y el otro con su tendencia a sacar de todas las cosas motivos de reflexiones empapadas de un hondo sentimiento de las tristezas y calamidades de la tierra— se alejaron charlando hasta el campamento donde pernoctaban los

boyeros de aquél, junto con otros del oficio, y con ellos se fue también Arteaguita, que por fin se había decidido a internarse en el Yuruari, adonde lo llevaron con vacilaciones renitentes su infinita pobreza y una corazonada aventurera.

Ya habían oído varios de aquellos cuentos de camino —conocidos pero siempre interesantes para Marcos Vargas, como todas las manifestaciones del alma popular, hacia lo cual lo inclinaban sus simpatías; nuevos y muy sugestivos para Gabriel Ureña, por estar saturados del panorama visual y espiritual donde se movían aquellos hombres sencillos, pacientes y rudos; nuevos y poco tranquilizadores para Arteaguita, porque los boyeros los referían mirando de cuando en cuando hacia la sabana, donde, a la claridad lunar, parecían moverse sombras sospechosas—, era cerca de medianoche y ya los narradores callaban cuando escucharon rumor de gente que se acercaba.

—Los negros —dijo uno.

—No —replicó otro—. Ya los negros pasaron y deben de ir lejos.

Eran unos hombres que conducían una hamaca, colgada de una vara que dos de ellos sostenían sobre los hombros y cubierta con una manta.

—Es un difunto —observó uno de los boyeros, al advertir que la manta ostentaba la faz negra, pues la otra, roja, se reservaba para los casos de conducción de un enfermo o un herido.

—¿A quién traen ahí? —preguntó Marcos Vargas.

—A don Manuel Ladera, que en paz descanse —respondiéronle.

—¡Cómo! —exclamaron todos a un tiempo—. ¡A don Manuel Ladera!

¡No es posible!

—¡Pues mire! Lo asesinaron esta nochecita, de una puñalada por la espalda, en las afueras de San Félix.

—¿Cholo Parima? —interrogó Marcos.

—No se sabe —respondiéronle—.

A lo menos cuando salimos de San Félix no se había descubierto nada todavía.

Marcos Vargas y Ureña se acercaron a la hamaca y levantaron una punta de la cobertura para cerciorarse de la brutal verdad; los boyeros acudieron con un farol y todos se quedaron largo rato en silencio contemplando el

rostro inanimado del hombre bondadoso que tanto al uno como al otro de aquéllos les había inspirado confianza y brindado amistad desde el primer momento, y de quien los que habían sido peones suyos no tenían quejas, ni de injusticias o mezquindades, ni siquiera de una mala palabra en el trato.

Entretanto a Arteaguita le castañeteaban los dientes y sus miradas giraban en torno, hacia la sabana bañada en el resplandor alucinante de la luna. Mientras los conductores del cadáver explicaban:

—Venimos a marcha forzada. Ya de Upata deben haber salido los que traen la urna. El coronel López le telegrafió la desgracia a la familia.

Al oir la palabra relativa a su profesión, Ureña hizo un movimiento maquinal. Le pareció que había sido él, ya en Upata, quien había recogido del aparato telegráfico la brutal noticia, primera voz clamante que llegaba a sus oídos del ámbito de aquella tierra donde reinaba la violencia impune.

En tanto que los boyeros comentaban indignados:

—¡Maldito sea quien manejó ese puñal! ¡Asesinar asina a un hombre como don Manuel, que a nadie fue nunca capaz de hacerle un daño!

Mientras Marcos Vargas oía reproducida en su interior la voz aguardentosa que gritaba:

"Salúdeme a Manuel Ladera.

Dígale que José Francisco Ardavín le manda un abrazo." Y dirigiéndose a Ureña:

—Me regreso ahora mismo a San Félix. Tengo algo que declarar ante las autoridades respecto a este crimen. Hágame el favor de seguir con esta gente acompañando el cadáver. Y usted también, Arteaguita.

Continuó su marcha la fúnebre comitiva. Por el camino de los carreros, sembrado de maldiciones y de cruces en las cunetas donde cayeron los asesinados.

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