Canaima

Romulo Gallegos · Capítulo 21 de 50

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Canaima

Childerico tenia su corcel

Salió a la calle, donde ya reinaba la tenebrosa ausencia del alumbrado público. Anduvo unos pasos.

—¡Adiós, Ureña! —dijéronle desde una ventana sin luz en la sala—.

Tenga cuidado con los tropiezos. Mire que la noche está muy oscura.

—¡Adiós, señorita! —repuso—.

Se le agradece la advertencia y ojalá pudiera decirse otro tanto de la intención.

Se oyeron risas. Sonaron al cerrarse varios postigos de otras ventanas.

Prosiguió su marcha. Advirtió que en la esquina se movían bultos de gente apostada y le cruzó por la mente una interrogación:

—¿Será posible? Eran Arteaguita y aquel comerciante contra quien había sido librada la orden de pago que no llegó a hacer efectiva "El Españolito".

Estaban esperándolo hacía rato y el primero inició la presentación.

—El amigo...

—Hilder —dijo el presentado, adelantándose al nombre que fuese a darle el caraqueñito guasón. Era un sujeto metido en carnes que anadeaba un poco al andar y hacía ademanes muy personales moviendo los cortos brazos a la altura del abombado pecho.

—Soy tal vez, amigo Ureña —dijo en seguida de su nombre—, el último upatense que entra en su estimable conocimiento, no obstante, el ser vecinos de calle por medio y frente a frente. ¿No es así? Sí lo era. Frente a la oficina de telégrafos estaba la casa de comercio de C. Hilder_ amp;Co., denominada "Los Argonautas", y por las ventanas de la primera, siempre

abiertas, ya había podido apreciar Gabriel Ureña los rasgos físicos de C.

Hilder —que no se ponía ni nunca daba su nombre completo por tener el de Ciriacocomo también las muestras que le daba el buen deseo de entrar en su estimable conocimiento, con corteses inclinaciones de cabeza a la primera mirada cruzada en el día —el uno ante su aparato y el otro detrás de su mostrador— y luego con sonrisas afables cada vez que sus ojos volvían a encontrarse.

—Pero es que yo —prosiguió el comerciante— soy de mío respetuoso de las distancias y paciente en la espera de la fortuna.

Con lo cual quería decir que no se había atrevido a presentarse por sí mismo, pero que lo deseaba ardientemente. Ureña lo entendió así y le hizo gracia el "soy de mío".

Tanta que si hubiera tenido la costumbre de aplicar sobrenombres, con esa frase habría reemplazado para siempre la C. de Hilder.

Por otra parte, ya conocía el apodo de Childerico que se le daba, creación del chistoso Arteaguita, quien así leyó la firma de C. Hilder_

amp;Co., y bien le venía al dueño de "Los Argonautas", sin que se pudiese explicar por qué.

Ya la misma denominación de la casa era un poco extraña, pues habiendo dentro de ella todo lo que pudiese necesitar en un momento dado un upatense, carrero o no, no había nada que pareciera de uso exclusivo de navegantes, mitológicos o no.

Mas si una casa de comercio puede ser denominada de cualquier modo y hasta hacer buenos negocios no siéndolo en absoluto, en cambio, los apodos o remoquetes, para tener fortuna, requieren ser de buena manera apropiados. En Upata no eran tal vez muchos los que tenían conocimiento de los Childericos históricos e incluso era ya bien extraño que Arteaguita, que según propia confesión no había pasado de oficial de sastrería, hubiese llegado a conocerlos. Pero ¡ahí del genio! A C. Hilder_ amp;Co., afirma ostensible en la fachada de "Los Argonautas", hacía varios años, le convenía el nombre histórico y el aplicárselo fue obra de un "impromptu".

En el patio de la casa de comercio cultivaba C. Hilder con amor un jardín con cuyas flores regalaba a las personas que acabaran de serle presentadas. El jardín no era, propiamente, sino una aglomeración de matas

de rosas, malabares, novio y jazmines, las más de ellas en latas que habían sido de caramelos de los Alpes o de manteca de cerdos de Chicago, pero allí florecía, y allí fue llevado Arteaguita. No hizo sino verlo, después de haber leído la firma comercial en la fachada, cuando ya tenía el retruécano afortunado.

—Está bonito el jardín de Childerico.

Desde la oficina de telégrafos era visible este jardín, ante el cual formaba tertulia el buen humor de Upata, pues para mantenerla tenía Childerico en su tienda el mejor "brandy" que por allí se paladeaba y servicio a un precio que no admitía competencia, ya que no lo importaba para lucrarse sino para darse el gusto de cultivar amistades, sobre todo entre los forasteros, departiendo con ellos sin perder de vista su negocio.

Ureña no había penetrado todavía en aquel círculo, pero en aquel jardín había ya una flor para él, y la más hermosa de todas, por razones que se reservaba Childerico.

Ahora éste se proponía servirle de escolta en compañía de Arteaguita y lo manifestaba de este modo:

—Caminemos, si prefiere usted el movimiento al reposo. Barrunto que usted va para su casa, como yo para la mía, que es otra manera de designar la suya, y...

Había que oirle a Childerico pronunciar esta copulativa final: la emitía como un hipo y la acompañaba moviendo los brazos con un ademán de

"pase usted adelante".

Y echaron a andar. Childerico produciéndose en "soy de mío" y

"barrunto", y Arteaguita mordisqueándose las uñas nerviosamente y explorando las tinieblas que los rodeaban, con tanta insistencia que, para tranquilizarlo, aquél hubo de interpolar entre sus rebuscadas frases, ésta, sencilla y rápidamente pronunciada:

—Ya se fueron.

No se habían alejado mucho de la esquina cuando otra voz surgió de la oscuridad envolvente, en la cual se destacaba una voluminosa sombra blanca en el umbral de un portón. Una voz cachazuda, de hombre viejo, gordo y bondadoso:

—¿Qué hubo, Ciriaco?

—Nada, general —repuso Childerico, a cuya tertulia pertenecía aquella voz—. Vamos bien.

—Me alegro —dijo la sombra, y se metió en su casa.

—Vamos bien —murmuró Ureña—.

¿Luego se esperaba que no lo fuéramos? A lo que repuso Childerico, produciéndose:

—¡Esperar! ¡Cuán profundamente humana es una palabra! ¿Verdad? La vida no es sino esperar: se espera cuando se teme, se espera cuando se quiere. ¡Siempre se espera!

—Pero quizás el amigo Ureña —intervino el guasón de Arteaguita— no se esperaba todo eso.

—¡Quite usted, amigo Arteaga! —exclamó Childerico—. Hay horas de chistes y horas de palabras graves. Yo soy de mío inclinado al buen reír, pero quizá el amigo Ureña no lo sea tanto y va usted a violentar su naturaleza obligándolo a celebrar esos juegos de palabras que lo hacen a usted tan estimable y tan agradable... ¿Ve usted, Arteaga? ¡El amigo Ureña se ríe a carcajadas! ¡Él, que de suyo es una persona dulcemente grave!

Óigalo usted. ¡Fijese, Arteaga, en lo que ha hecho! ¡Los extremos a que lo ha obligado!

—No lo haré más —prometió el chistoso—. Estoy profundamente arrepentido.

—¡Bien! ¡Bien! ¡Hay que reír! ¡Hay que reír! Pero decía usted, amigo Ureña... O mejor dicho: murmuró usted una frase, repitiéndola, que tal vez lo hizo pensar muchas cosas. "Vamos bien" fue la frase. En realidad no es sino una manera nuestra de contestar al saludo que se nos dirija; pero penetrando hasta el fondo de la cuestión, hasta el sentido oculto que tienen todas las cosas, aun las más triviales, hay ciertamente algo de, ¿cómo diremos?..., algo de santo y seña en ese "vamos bien" con que nos reconocemos en la oscuridad de la noche —que no es sino una materialización de los misterios de la vida— los amigos errantes por ella a la buena de Dios ¿No le parece? Pero otra voz, que partió de un grupo detenido en la otra esquina, relevando a Ureña de la obligación de manifestarle su parecer, ocupó la atención del singular comerciante:

—¡Bueno, pues! —dijo la voz anónima.

Y Childerico respondió, como a otro santo y seña:

—Bueno, pues.

Y dirigiéndose otra vez a Ureña:

—¡Sí! ¡Cómo no! Y acaba usted de oir otra frase que tomada al pie de la letra no dice nada. Pero ¿qué quiere usted, amigo mío? ¡Si la vida está llena de cosas sin sentido! Ella misma no lo tiene de suyo muy claro. ¡Sin sentido aparente, entendámonos! Porque en el fondo de todo hay siempre un gran sentido oculto. ¡Sí, sí! ¡Cómo no! A Gabriel Ureña comenzó a parecerle que Childerico fuera, en el fondo del comerciante aparente, filósofo del sentido oculto, cosas que suelen darse en pueblos semejantes; pero más todavía le pareció que, a causa del rumor callejero de que le hablase Maigualida, hubiera puesto en movimiento a todos sus amigos —aquel general, este grupo que acababan de encontrar y otros que probablemente estarían apostados más allá— en espera del golpe alevoso de Ardavín que se cerniera sobre su cabeza y tal vez sólo para darse humos de defensor de vidas en peligro. Y esto, quitándole toda gana de agradecérselo, lo puso a punto de estallar, pues en todo aquello, con lo trágico se mezclaba lo grotesco y a él lo ponían en ridículo.

Pero cuando ya iba a estallar observó que Arteaguita se devoraba materialmente las uñas, a tiempo que echaba miradas recelosas hacia las bocacalles propicias a la emboscada y fue de risa el estallido al considerar a su paisano recluta remolón del ejército de Childerico.

—¡Arteaguita! —exclamó— ¡Que va a quedarse usted sin uñas!

—Es verdad —aceptó, golpeán dose rabiosamente con una mano la que así se dejaba roer—. ¡Maldita sea! Y, sin embargo, era Arteaguita quien había puesto en movimiento aquella tropa alerta.

Momentos antes, ya enterado del rumor callejero al pasar por la esquina próxima a la casa de las Laderas, había visto allí dos hombres que le parecieron sospechosos y dirigiéndose en seguida a "Los Argonautas", de donde acababa de retirarse, dio la voz de alarma como de cosa perfectamente averiguada:

—Esta noche asesinarán a Gabriel Ureña si no acudimos a evitarlo.

Childerico se lo creyó por completo; el general de la voz cachazuda, sólo en parte y por eso se limitó a esperar los acontecimientos en la puerta

de su casa, cercana a la esquina, dispuesto a intervenir cuando fuera menester, y en cuanto al grupo hallado más adelante, quizá no era sino de curiosos con perspectivas de tragedia.

Pero si Arteaguita iba realmente como recluta orejano, no era un forzado de Childerico, sino de aquella especie de divinidad sombría que reinaba en todos los espíritus sobre aquella tierra: el Hombre Macho que sabe jugarse la vida en un momento dado.

Desde la chuscada del fraile fantasma había quedado ante los upatenses en una molesta condición de inferioridad, muy peligrosa por otra parte para un presunto aventurero de la selva cauchera, donde es el hombre el peor enemigo del hombre, y para quitarse este "handicap" —como él decía— no sólo ante los demás, sino ante sí mismo, para demostrar y demostrarse que era capaz de hacerle frente a un peligro cierto, dio crédito a lo que su imaginación, excitada por las tinieblas de la calle, le presentó como emboscados, como espalderos de José Francisco Ardavín esperando a Ureña para asesinarlo, fue a "Los Argonautas" por testigo de su valentía más que por defensor del amenazado, y ahora lo escoltaba para que luego lo supiese toda la ciudad y se terminasen aquellas bromas que le daban y burlas que le hacían por el desenlace de la chuscada del fraile. Todo esto creyendo en su propia invención y atribuyendo ahora a simple mala costumbre el roerse las uñas.

—Tengo que quitármela —dijo, después de haberla maldecido—. Voy a ponerme ají en los dedos.

Ureña condescendió:

—Sí, y del más picante, Arteaguita.

Childerico no caló la intención mordaz. Childerico era un pedazo de pan, sin malicia alguna, antes por el contrario, con un corazón noblote, lleno de una cosa candorosa que podía parecer ridícula, pero que bien vista era bondad.

Y como Ureña había tomado la acera, le hizo la siguiente proposición:

—Caminemos por el medio de la calle, donde hay menos peligro de tropezar y romperse la crisma.

—Y sin mirar las estrellas, porque encandilan, y luego no se distinguen los baches —se le ocurrió a Ureña agregar, refiriéndose pura y simplemente

a las del cielo y por modo de exageración de la oscuridad que reinaba en la calle.

Pero Childerico se apoderó de aquellas palabras y las proyectó sobre un plano donde adquirieran aquel sentido oculto que le agradaba encontrar en el fondo de todas las cosas.

—¡Usted lo ha dicho! Es peligroso contemplar las estrellas.

Se corre el riesgo de cegar para siempre ante la oscura realidad de la vida. ¡Las estrellas! O sea, el amor, el arte, la ciencia. !Cómo nos ciegan!

Pero al mismo tiempo, ¡qué divina ceguera, amigo Ureña! ¡Qué sublime encandilamiento! Aquí entre nos yo le confieso que soy uno de esos ciegos.

Ureña lo miró a la cara, socarronamente, y le pareció que aquel rostro,

"de suyo" luciente por causa de cierto excesivo estiramiento de la piel y de un poco de rezumo de grasa, había adquirido una extraña fosforescencia. Y

le dijo, refiriéndose a la ceguera que confesaba padecer:

—Pues lo disimula usted muy bien.

Arteaguita soltó la risa —lo cual suplió por el momento el ají que se proponía aplicarse a los dedos—, a Childerico se le apagó la misteriosa lumbrarada de la faz y Gabriel rectificó:

—Quise decir que ha tenido usted buen cuidado de no dejarse ver el idealista que lleva por dentro, pues, según lo que he oído decir, todo el mundo lo toma por un hombre práctico que maneja muy bien su negocio.

Pero Childerico había sido herido donde más le dolía y repuso:

—Tiene usted razón: lo disimulo bien, soy un buen comerciante y un buen hombre a quien se le hacen chistes y se le dicen cosas.

Pero quizá algún día oiga usted galopar mi corcel. No será un Pegaso ni un Bucéfalo, pero yo tengo mi corcel y algún día lo jinetearé.

Ureña iba a manifestar que no lo ponía en duda, pero Arteaguita le quitó la palabra, con su buen humor recobrado:

—Siempre que no sea la Mula Maniá, ¿verdad, paisano? Acabó de amoscarse Childerico.

—¿Usted qué sabe de esto, amigo Arteaga? Y como en esto llegaban a la puerta de la oficina de telégrafos:

—¡En fin, amigo Ureña! Lo dejo en su casa. He cumplido un deber y he tenido un placer.

—Que no querría yo habérselo amargado —dijo Ureña, sonriendo.

—¡Nada, nada! Tuve una expansión de sinceridad, usted me correspondió con otra, metió baza el amigo Arteaguita, de suyo ocurrente siempre, y... No se hable más de eso y cuente con un amigo para cualquiera emergencia.

Y atravesó la calzada que lo separaba de "Los Argonautas", tienda y hogar de soltero —por enamorado de la imposible Maigualida, esto no lo sospechaba Ureña— y cuadra de su corcel.

Aunque Arteaguita le aseguró a Ureña, empinándose para hablarle al oído:

—No tiene caballo. Eso es mentira. Yo he registrado toda la casa.

Luego se dirigió a la posada y Ureña entró en su casa, pensando con leve ironía en el oculto sentido de las cosas ocurridas aquella noche.

Pero ya en su habitación, al desnudarse, soltó de pronto una carcajada, porque acababa de representarse a Childerico fosforescente, jineteando su corcel por los aires tenebrosos.

Y se preguntó:

"¿Cuál será el corcel de Childerico?"

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