Canaima
Guayana de los aventureros
La de los innumerables ríos de ignotas fuentes que la atraviesan sin regarla —aguas perdidas sobre la vasta tierra inculta—, la de la trocha de sabana y la pica de montaña al rumbo incierto por donde debieran ser ya los caminos bien trabados, la de las inmensas regiones misteriosas donde aún no ha penetrado el hombre, la del aborigen abandonado a su condición primitiva, que languidece y se extingue como raza sin haber existido como pueblo para la vida del país.
Venezuela del descubrimiento y la colonización inconclusos. Pero la de la brava empresa para la fortuna rápida: selvas caucheras desde el alto Orinoco y sus afluentes hasta el Cuyuni y los suyos y hasta las bocas de aquél, sarrapiales del Caura, oro de las arenas del Yuruari, diamantes del Caroni, oro de los placeres y filones inexhaustos del alto Cuyuni... Guayana era un tapete milagroso donde un azar magnífico echaba los dados y todos los hombres audaces querían ser de la partida.
Y eran, juntos con los de presa —mayorazgo de la violencia que allí encontraría impunidad— los segundones de la fortuna o del mérito: el ambicioso, el manirroto, el tarambana, el que se llenó de deudas y el que se dio a la trampa, los desesperados y los impacientes, uno que necesitaba rehacer su vida —torpemente malograda— con la reputación que le devolviera la riqueza por la que le quitaran las horas menguadas del pobre y otro que para nada quería la suya si no podía vivirla intensamente en las aventuras y ante el peligro.
Porque junto al tesoro vigilaba el dragón. El mortífero beriberi de los bajumbales caucheros, las fiebres fulminantes que carbonizan la sangre, las
fieras, la arañamona y el veinticuatro de las mordeduras tremendas, la culebra cuaíma del veneno veloz, el raudal que trabuca y vuelve astillas la frágil curiara que se arriesga a correrlo, el hombre de presa, fugitivo de la justicia o campante por sus fueros, el Hombre Macho, semidiós de las bárbaras tierras, sin ley ni freno en el feudo de la violencia y el espectáculo mismo de la selva antihumana, satánica, de cuyo fascinante influjo ya más no se libra quien la ha contemplado. Pero Guayana era una palabra mágica que enardecía los corazones.
Tumeremo de los purgüeros; El Callao de los mineros y lavadores de arenas auríferas que arrastraba el Yuruari; Upata de los carreros; El Dorado, fénix de la leyenda que ilusionó a los segundones de la Conquista y ahora renacía en su caserío a orillas del turbio Yuruán, cerca del correntoso Cuyuni; San Fernando de Atabapo de los caucheros; Ciudad Bolívar de los sarrapieros y grandes comerciantes explotadores de casi todas aquellas empresas, y la inmensa selva pródiga para la aventura de la fortuna lograda y tirada, una y otra vez y otra vez... Guayana era una tierra de promisión.
Sobre la margen derecha del Orinoco, en la parte más angosta de su curso, peñusco de fronda de plazas, patios y corrales y de viejas casas coronadas de azoteas, se empina Ciudad Bolívar para contemplar su río.
Frente a ella, en la mitad del cauce, la Piedra del Medio mide la oscilación periódica del nivel de las aguas, y cuando éstas comienzan a descender, al retirarse las lluvias que riegan la inmensa hoya, dice la ciudad:
—Ya está cabeceando el Orinoco.
Y un tiempo agregaba, anuncio de buen suceso:
—Ya los rionegreros están saliéndose de la montaña. Pronto correrán por aquí los ríos de oro.
Hasta que un día se propaga la noticia:
—¡Por ahí vienen ya los rionegreros! Y las azoteas se llenaban de gente atalayando el río.
Eran los de la brava empresa, los hombres animosos vencedores de la selva. Se había dicho que ya regresaban, pero aún no se sabía cuántos ni quiénes se quedarían allá para siempre. Mas era también el Orinoco mismo triunfador de la recia aventura del raudal, y retardando el secreto que
querían arrebatarle las miradas ansiosas, el gran río avanzaba solo, callado y solemne ante la expectación de la ciudad.
Por fin aparecían los esquifes, las piraguas, las falcas, las chalanas. Eran muchas las velas inclinadas bajo el barinés que de pronto doblaban la vuelta solitaria. Ciudad Bolívar gritaba de júbilo y se echaba a la calle y corría a la playa.
Ya estaba allí fondeada la selva. La savia del árbol del caucho convertida en planchas de fabuloso precio; los pájaros cautivos dentro de las toscas jaulas, la pluma de mil colores ya que negado todavía el canto arisco; las bestias raras, venteando hurañas el olor de la ciudad: los hombres mismos, que ya eran otros, con una extraña manera de mirar, acostumbrados los ojos a la actitud recelosa ante los verdes abismos callados, con otro dejo en la voz, musgo de las resonancias que le nacieron en el húmedo silencio silvestre.
—Dame razón de Maradé —inquieren desde la playa.
—Está bueno —contestan de las barcas—. En el costó del Ventuari lo dejé el año pasado. Te manda memorias.
¡Las riberas del Ventuari, centenares de leguas, un año, mil peligros de muerte a diario! Pero como el interesado no habría de obtener noticias más recientes, ya podía decir que había sabido de Maradé.
La descarga de las chalanas entre el bullicio del gentío. La afanosa hilera de los caleteros, de la playa a la casa de Blohm. Los empleados de ésta que allí recibían las planchas, voceando las pesadas.
La muchedumbre de curiosos afuera, en el corredor pintado de verde sombrío, color de la selva, haciendo comentarios, entusiasmados por la abundancia que nada les reportaría, y los que se burlaban de esta alegría inconsciente y lo hacían de esta manera:
—No te vistas que no vas, zambo parejo. ¿Quién te ha invitado a esa fiesta de los musiues? Los rionegreros ya arreglando sus cuentas. El sonido milagroso del oro acuñado apilándose frente a ellos. Las charlas estrepitosas, costumbre del hombre que vuelve de los vastos espacios callados. Las anécdotas del Territorio, las regocijadas solamente, pues de las trágicas mejor era no hablar, allí en la ciudad. Las risas, sonoras carcajadas y rotundas exclamaciones criollas en la boca de los alemanes
rubicundos de cerveza y satisfacción, porque el dinero de los avances venía multiplicado.
Las fiestas, los bailes, las parrandas. Las noches del club y del garito con luz encendida hasta el alba, sonando el dinero entre el toctoc de los cubiletes. Y los comentarios admirativos después:
—Anoche perdió Continamo todo lo que ganó en tres meses de montaña. Esta mañana fue donde Blohm a avanzarse otra vez para el caucho del año que viene.
—Pues ya se lo está bebiendo.
Escúchalo ahí.
—¡No hay curiá, muchachos, que to es bongo! De aquí no se va nadie hasta que esté borracho. ¡Eche más champaña, botiquinero, que ésta la paga Blohm! Las tardes de la Alameda, a la brisa tibia del río, llena de muchachas risueñas recorriéndola de punta a punta, cogidas del brazo, charlando, chispeantes las amorosas miradas al rionegrero sentado en torno a la mesa donde se bebía y se celebraban las ocurrencias del Territorio. Y
los círculos de muchachos embelesados oyendo las estupendas aventuras.
¡Amanadoma, Yavita, Pimíchin, el Casiquiare, el Atabapo, el Guainía!...
Aquellos hombres no describían el paisaje, no revelaban el total misterio en que habían penetrado; se limitaban a mencionar los lugares donde les hubiesen ocurrido los episodios que referían, pero toda la selva fascinante y tremenda palpitaba ya en el valor sugestivo de aquellas palabras.
Los muchachos de Ciudad Bolívar, del pueblo y de la burguesía, oyendo aquellos relatos y contemplando aquellos ojos que habían visto el prodigio, experimentaban emoción religiosa, y de este modo, de los mayores a los chicos, se pasaba la consigna: Guayana de los aventureros.
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