Caos calmo
Capítulo 9
Y, esta mañana, Marta.
Marta es mi cuñada, aunque me cuesta trabajo llamarla cuñada. Siempre ha sido hermosísima, y hace trece años, cuando ella tenía diecinueve, se marchó una mañana al centro, en vez de ir a clase, a ver escaparates con una amiga. De repente, sucede algo, mejor dicho, suceden dos cosas, y su belleza se hace pública: de la tienda de Krizia, en la calle de la Spiga, sale un drogadicto que acaba de realizar un atraco y dispara un tiro de pistola al aire; en ese preciso instante, una turista japonesa (que, en realidad, como se descubrirá más tarde, resulta ser una espía enviada a Italia para copiar los modelos) saca una fotografía del escaparate. Trasiego, gritos, el drogadicto que huye, las dependientas que salen aterrorizadas, la policía que llega, Marta y su amiga que se las piran porque tendrían que estar en clase y no quieren que las vean allí. El día después, los periódicos publican la fotografía que hizo la japonesa, gracias a la cual el drogadicto ya ha sido identificado y detenido, y la foto es como sigue: Marta, en primer plano, a la derecha, idéntica a Natalie Wood en Esplendor en la hierba, perfectamente enfocada aunque se esté volviendo de golpe, con un mechón de pelo que se le levanta debido al movimiento y con una expresión en sus ojos de alegría incontenible (una alegría que, obviamente, ella no estaba sintiendo en modo alguno, porque más bien se trataba de sorpresa, o tal vez de miedo, por el disparo de pistola que acababa de escucharse), y el ladrón en segundo plano, con el arma en una mano y la bolsa con el botín en la otra, reconocible pero completamente irrelevante con respecto a ella. Nada de la amiga: el encuadre la ha dejado fuera. Una instantánea formidable, llena de belleza y movimiento. Como para diversos millones de personas, también para mí aquélla era la primera vez que veía a Marta; como todas y cada una de esas personas, al ver la foto yo tampoco pensé en el atraco, en la coincidencia de esa foto sacada justo en ese momento o en la mala suerte de ese pobre diablo que pagaría y con creces el escaso mal que había causado: sólo pensé en lo hermosa que era esa chica. Me acababa de trasladar a Milán, tenía un contrato como productor para un show de Canale 5. Me emperré y convencí al resto de los productores para localizarla y hacer que trabajara en el programa. La localizamos en dos días, vino para hacer una prueba y fue contratada. Yo salí a cenar con ella al día siguiente y esa misma noche, con gran sorpresa por mi parte, acabamos en la cama. Después de mí, se fueron a la cama, consecutivamente, otros tres que trabajaban en el programa, hasta el presentador, uno famoso, y todo esto incluso antes de que el programa empezara. En septiembre, Marta debutó en el show, pero ya era muy conocida: la foto del atraco había sido comprada por una empresa de productos para el pelo y campaba por los periódicos de toda Italia, en los carteles a lo largo de las carreteras, en los autobuses. El programa fue bien y Marta se convirtió en una modesta estrella de la tele.
Fue entonces cuando conocí a Lara, su hermana mayor: de vez en cuando la acompañaba a las grabaciones, y era un poco menos hermosa, un poco menos joven y mucho menos peligrosa que ella. Nos enamoramos, como suele decirse, y nos hicimos novios. Al año siguiente, con bastante sorpresa, Lara se quedó embarazada: decidimos tener a la niña y nos fuimos a vivir juntos. En ese mismo periodo, todavía más de sorpresa, también se quedó embarazada Marta, de un coreógrafo, pero cuando ella decidió también tener al niño, el coreógrafo la dejó. Perdió el trabajo, parió, se embarcó en nuevos proyectos, empezó a trabajar otra vez en televisión, pero por entonces el viento ya había cambiado y las cosas no marchaban. Luego, cuando el niño tenía cuatro años, el viento volvió a cambiar y Marta fue contratada para presentar un programa de moda bastante importante. El programa fue un éxito, pero ella se quedó de nuevo embarazada, del productor ejecutivo, y todo volvió a empezar otra vez: ella quiso tener al niño, el productor la abandonó, ella no pudo presentar la segunda temporada del programa porque tenía que dar a luz y volvió a puerto. Siguió un periodo desastroso, durante el cual Marta se despreocupó del trabajo, de su propia belleza, del futuro e incluso de sus niños, para dedicarse a una sañuda autodestrucción; de todas maneras, cuando parecía que estaba a punto de completarla, sus padres murieron de repente, uno detrás de otro, en el intervalo de seis meses, y ella se detuvo. Tenía veintisiete años y todavía era guapísima, pero ya tenía dos hijos pequeños y nada le salía bien. Decidió terminar con la televisión, se compró una casa con el dinero de la herencia, se salió de los líos en los que se hallaba metida y empezó a visitarnos a Lara y a mí de manera más regular. Se dedicaba mucho a sus hijos y se puso a estudiar arte dramático. Tuvo una historia con un arquitecto casado, que duró un año y medio pero, cuando dejó a su familia para irse con ella, ella cortó con él. A partir de ese momento, cayó en el esoterismo, la macrobiótica, la ayurvédica y el yoga. Empezó a trabajar en el teatro, cosas pequeñas, con mucho entusiasmo pero pocas satisfacciones. Luego, este verano se vino a la playa con nosotros y estaba muy contenta porque en diciembre iba a hacer Días felices de Beckett, como protagonista en una compañía modesta. En esos días, incluso se comportó como una cuñada: ayudaba a Lara en los preparativos para nuestra boda, cuidaba de los niños las noches en que Lara y yo salíamos a cenar, hizo eclosionar manteles de flores en la mesa del jardín y hasta se dedicaba a cocinar, sobre todo, comida mejicana, y una vez hasta nos hizo sushi. Luego regresó a Milán, nosotros nos quedamos en la playa una semana más, y al terminar esa semana Lara murió. De manera que, a los treinta y dos años, Marta sigue siendo muy hermosa, sigue pareciéndose a Natalie Wood y está prácticamente sola en el mundo. No consigo llamarla cuñada de ninguna de las maneras.
Esta mañana, hace tres horas, me llama y me dice que tiene que hablar conmigo. Yo le digo que venga cuando quiera y ella me dice que viene enseguida. Ha llegado un cuarto de hora después, en su Twingo despintado, y ha pasado cerca de mí, haciéndome gestos de que iba a buscar un sitio para aparcar. Yo me he quedado en el coche, porque llovía, y la he seguido con la mirada a través del parabrisas. He visto que se detenía una veintena de metros más adelante, donde había un tipo que hablaba por el móvil delante de la puerta abierta de un Smart. Ella, con gestos, le ha preguntado si se marchaba y el tipo le ha hecho una señal afirmativa, pero ha seguido con su llamada telefónica y Marta se ha quedado esperando en medio de la calle. Detrás ha empezado a formarse una pequeña caravana, mientras el tipo aquel seguía con la llamada como si nada. Un viejo al volante de un Peugeot, justo detrás de ella, se ha debido impacientar y ha lanzado un toque de claxon; otros coches, más atrás, han hecho lo mismo y Marta ha tenido que asomarse por la ventanilla para explicar, también con gestos, que estaba esperando para ocupar el sitio del Smart. El tipo ha terminado con su llamada, ha cerrado su paraguas, se ha subido al coche con mucha calma, se ha quedado unos momentos trasteando lo que fuera y al final se ha marchado de allí, dejando libre el sitio. Marta ha metido la marcha pero inmediatamente se ha equivocado de trayectoria, enderezando demasiado, y no ha conseguido colocarse bien en el espacio libre. Ha vuelto a salir pero cuando lo ha intentado de nuevo ha vuelto a cometer el mismo error y se ha quedado de nuevo bloqueada. El viejo ha vuelto a tocar el claxon, siendo imitado de inmediato por los que iban detrás de él. Marta ha vuelto a salir para intentarlo otra vez, pero entretanto se había alejado más todavía de la trayectoria apropiada y, a esas alturas, la maniobra que tenía que hacer para colocarse bien en el sitio se había vuelto complicada. El viejo del Peugeot literalmente se ha pegado al claxon, llevándose tras de sí a todos los demás, y para entonces la caravana ya se había hecho larga: un estruendo infernal. He salido del coche para ir a ayudarla, he levantado el brazo para decirle que me esperara, pero ella ha salido otra vez hacia delante, salvajemente empujada por los cláxones de los coches de la cola, intentando meterse de nuevo en el sitio libre con la acostumbrada maniobra errónea, y ha acabado empotrando el lateral en el parachoques del coche que estaba aparcado al lado, un C3 completamente nuevo. Mientras me echaba a correr parecía que los cláxones de todo Milán estuvieran tirándose encima de ella, y he visto que se volvía, superada por aquel estruendo, con el lateral del Twingo empotrado contra el otro coche, incapaz a esas alturas de ir ni hacia delante ni hacia atrás: todavía estaba lejos, pero en su mirada he podido percibir un destello de auténtica desesperación, en un largo momento durante el cual debe de haber buscado por última vez hacer frente a esa situación, tras lo cual su cabeza se ha echado hacia atrás y sus brazos han empezado a moverse agitadamente dentro del habitáculo. He metido dentro de nuevo al viejo que estaba saliendo del Peugeot y, al llegar al Twingo, Marta estaba vaciando su bolso en el asiento: maquillaje, llaves, monedero, agenda, caramelos de menta, pañuelos, tickets, papelitos, todo desparramado sobre el asiento, mientras que los cláxones, a esas alturas ya a rienda suelta, parecían las trompetas de Armagedón. Me he metido dentro de un salto y, entretanto, Marta se estaba vaciando también los bolsillos: más llaves, más papelitos, caramelos, calderilla, etc. «Marta», le he dicho, «déjame el sitio», pero ella ya no estaba allí: la mirada derrotada, una sonrisa feliz en los labios, estaba empezando a desnudarse: fuera la chaqueta, fuera el jersey, fuera las botas. Lo hacía con urgencia pero, al mismo tiempo, con una extraña, sosegada serenidad, como si estuviera liberándose de esas cosas antes de zambullirse en el mar, sabiendo que iba a ser tragada por una ballena que la mantendría protegida para siempre en su vientre. Mientras, el viejo se había bajado del Peugeot y vociferaba contra el cristal de atrás. Yo me he deslizado hasta el asiento del conductor, aplastando a Marta, medio desnuda, contra la puerta para llegar a los pedales con los pies, he aferrado el volante y he metido la primera. Durante un par de larguísimos segundos, el ruido producido por la plancha del lateral contra el parachoques del C3 de al lado ha tapado el de los cláxones y ha parecido que fuera algo verdaderamente catastrófico —el sonido de un acontecimiento irreparable —, pero luego todo se ha terminado: el Twingo ya no estaba en medio de la calle, la caravana se había disuelto y de nuevo se ha hecho el silencio. Me he relajado, me he colocado al lado, intentando no estropear las cosas de Marta desparramadas en el asiento; en cuanto he dejado de aplastarla contra la puerta, ella me ha sonreído, ha terminado de desabrocharse la camiseta y se ha quedado en sujetador. Sólo en ese momento me he dado cuenta de que de su equipo de música salía el mismo tema de Radiohead que ayer había despertado el interés de Piquet, el que dice eso de we are accidents waiting to happen.
Media hora después, estábamos sentados a una mesa del bar de delante del colegio. Marta lloraba pero se había calmado, porque yo le repetía que ya todo estaba arreglado, y era verdad, todo estaba arreglado. Llorando me ha dicho que quería ir a la calle, y hemos salido. Ya no llovía. Hemos pasado por debajo del colegio, nos hemos cruzado con el niño con síndrome de Down y su madre, yo he hecho el jueguecito de siempre con el mando del coche y le he contado el secreto que existe entre ese niño y yo. Ella ha dejado de llorar, ha sonreído. Nos hemos sentado en un banco del parque y, sonriendo, Marta me ha dicho lo que tenía que decirme.
—Estoy embarazada —me ha dicho.
—Me cago en la puta. ¿Y de quién?
—Del escenógrafo de la compañía. Un chico más joven que yo.
—¿Como cuánto más joven?
—Seis años.
—¿Y él ya lo sabe?
—No. Ya no nos vemos.
—¿Cómo que ya no os veis? ¿Y el espectáculo?
—Nos vemos en los ensayos, algunas veces. Pero ya no estamos juntos.
—¿Y de cuántos meses estás?
—De cuatro.
Aquí se ha echado a llorar otra vez, tal vez porque adivinaba lo que estaba pensando yo: si está de cuatro meses eso significa que en agosto, cuando estábamos en la playa, ya lo sabía, pero nos lo ocultó, sobre todo se lo ocultó a Lara. Y ahora Lara ya no está con nosotros.
Es muy difícil decirle algo. Yo no soy su padre, no soy su hermano, no soy ni siquiera el padre de alguno de sus hijos: pero en estos momento Marta sólo me tiene a mí en este mundo, y de hecho ha venido hasta mí: a mí me correspondía decirle algo. Lo que ocurre es que era difícil y no le he dicho nada. La he abrazado, esto es lo que he hecho. La he abrazado con fuerza y ella ha seguido llorando entre mis brazos, largando que era una desgraciada, que ahora perdería su papel en el espectáculo y que se encontraría de nuevo con el culo al aire, como siempre, como siempre…
No sé decir cuánto habrá durado ese abrazo —bastante, en cualquier caso—, y la situación me causaba cierto azoramiento, entre otras cosas, porque casi todos los ojos que podían vernos pertenecían a personas que se habían acostumbrado hacía poco tiempo a verme como al padre viudo de una niña del colegio —los bedeles, los docentes, el quiosquero— y ninguno de ellos sabía que Marta es mi cuñada. Aunque probablemente no nos ha visto nadie: a esas horas, en el exterior, estaba completamente desierto. Quien sin duda nos ha visto es la chica que lleva siempre a su golden retriever al parque, muy guapa ella también, que no sabe nada acerca de mí y con la que, a pesar de vernos cada día, ni siquiera nos saludamos; pero ante ella, por el contrario, ante la mirada descarada con que me ha atravesado en medio de ese abrazo, incluso me he sentido orgulloso de ser tomado por el amante de una mujer como Marta, porque significaba que también podría haber sido el suyo. Ha sido un pensamiento turbio, tengo que admitirlo, de un narcisismo, de un egoísmo y de una superficialidad que me han asombrado, dada la situación; pero lo he tenido y ocultarlo no serviría para hacerme mejor. Por otra parte, aquél tampoco era un momento excesivamente noble para Marta, que hacía poco que había perdido a su hermana, pero que estaba sufriendo por motivos muy distintos; y deseo de verdad que Lara no esté todo el tiempo «allí arriba, en el cielo, mirándonos», como le ha dicho bastante gente a Claudia para consolarla, o que, por lo menos, en ese momento estuviera distraída: Marta y yo éramos las personas más unidas a ella y en vez de abrazarnos y de llorar por el vacío inconmensurable dejado por su muerte lo hacíamos por algo bien distinto, Marta pensando en que su papel en Días felices se esfumaba y yo en lo que pensaría de mí una bella desconocida al verme abrazado a ella. Qué asco. Y, a pesar de todo, mientras estábamos allí abrazados, yo no sentía en modo alguno la sensación de bajeza moral que siento ahora, al pensar en ello nuevamente, lo que sentía de verdad era azoramiento u orgullo por ser visto abrazado a ella, del mismo modo que ella —lo percibía con claridad— estaba verdaderamente desesperada por el nuevo lío en el que se había metido; y, en todo esto, simplemente, Lara no tenía nada que ver. Durante el tiempo que ha durado ese abrazo ha sido como si nuestros cuerpos, pegados de esa manera tan tierna, y cómplice, y sensual, se devolvieran el uno al otro la culpa de echar fuera de nuestros pensamientos a Lara, hasta consumirla por completo en ese cortocircuito. Digo esto, ahora, tres horas después, para explicarme de alguna manera lo que ha ocurrido a continuación, cuando el abrazo se ha terminado. Porque, a pesar de que no había dicho nada, de que no había hecho preguntas y de que me había guardado muy bien de hacerle observaciones acerca de que en el mundo existe algo llamado píldora, coño, existen los preservativos, especialmente si te vas a la cama con pipiolos a los que un mes después ya no volverás a ver, y todavía más especialmente si ya tienes dos hijos con dos hombres distintos y has decidido sentar la cabeza; a pesar de que, por tanto, no había dicho nada de nada, Marta ha dejado de llorar, se ha separado de golpe de mí y me ha mirado con maldad. ¿Por qué? ¿Y por qué me ha dicho lo que me ha dicho, a partir de ese momento? Al pensar ahora en ello, la verdad es que creo que la razón tiene algo que ver con un sentimiento de culpa que su cuerpo conseguía sofocar mientras estaba pegado al mío pero que, al separarse, ya no.
Lo que Marta me ha dicho a partir de ese momento…
—Habéis empezado a hacerlo de nuevo —me ha dicho, y se ha echado a llorar otra vez.
—¿A hacer qué?
—A no sonreír.
—Pero ¿quién?
—Vosotros, la gente. Todos.
Había maldad en su mirada. Había maldad.
—Como la vez anterior, lo mismo —ha insistido—. ¿Qué es lo que no está bien, eh? ¿Por qué cuando los niños cumplen cuatro años dejáis de sonreírles?
Yo me he quedado callado, era absurdo defenderse de una acusación como ésa, que ni siquiera comprendía; pero a ella le daba igual, porque ha estallado como si lo hubiera hecho.
—No os dais cuenta de eso, ¿verdad? —ha continuado—. Y sin embargo todos lo hacéis, y todos juntos, como si obedecierais a una ley de mierda. Pero ¿puedes decirme dónde está escrito que cuando un niño cumple cuatro años la gente tiene que dejar de sonreírle? Para eso no les sonriáis tampoco antes, digo yo. Ni siquiera cuando va en cochecito, coño. Vas todo el día de puto culo, estás pendiente del niño día y noche, te sacrificas, lo cuidas, y no se trata de que pidas nada a cambio, lo haces y punto. Luego sales, lo llevas al médico, lo llevas a la guardería, lo vas a recoger, te lo llevas contigo al supermercado, y todos aquellos a quienes ves, todos, incluso los turistas de mierda, cuando te ven con él te sonríen. Le sonríen a él, debido a él, pero también te sonríen a ti, sonríen a lo que sois juntos. Es bonito, ¿sabes?, y también es justo, sí, es justo sonreírle a una mamá que va por ahí con su niño. Todos hacen lo que resulta justo, en fin, y tú te acostumbras, no sé si me explico. Esas sonrisas son energía que ponen a tu disposición, y tú te acostumbras a disponer de ella, empiezas a pensar que por muy liada que esté tu vida, cuando estás con él hay unas grandes sonrisas para ti, ahí fuera, hay energía y eso te tranquiliza. La gente os sonríe, al menos tienes eso. Luego, sin embargo, de repente, de un día para otro, dejáis de hacerlo: así pasó con Giovanni, cuando tenía cuatro años, y a mí me sentó fatal. Iba de tiendas, iba por la calle, venía a veros a vosotros, y ya nadie me sonreía. ¿Qué ocurre, quería preguntaros, es demasiado mayor? ¿Con cuatro años? ¿Qué pasa, ya no os gusta? ¿Qué es lo que está mal? ¿Por qué coño ya no sonreís? Luego nació Giacomo, y empezasteis a sonreír de nuevo, todos juntos otra vez. No había ni una sola vez que saliera con Giacomo que dejarais de sonreírme cuando os encontrabais conmigo. Tú también, ¿qué te crees?, no hace falta que pongas esa cara, os hacía caso y todos os comportabais de la misma manera. En el carrito, en la mochila, y después, cuando empezó a caminar e iba junto a mí haciendo monerías, cogiéndome de la mano: era un relámpago, un pequeño y maldito instante, pero al cruzaros con mi mirada sonreíais de nuevo, todos, y yo sentía de nuevo la energía de esas sonrisas, y a servirme de ella. Pero ahora que también Giacomo tiene cuatro años habéis dejado nuevamente de hacerlo, y yo ya no lo soporto. Lo entendería si dejarais de hacerlo cuando empieza a tener ocho o nueve años, seguiría siendo duro de aceptar, pero lo comprendería; pero a los cuatro años es demasiado pronto. Es demasiado pronto…
Cuando decía todas estas cosas, repito, Marta me miraba con maldad, y se diría que me consideraba a mí personalmente responsable de ese asunto de las sonrisas, el jefe de los que ya no sonreían. Yo he seguido callado, porque pensaba que media hora antes había tenido una especie de crisis nerviosa y que posiblemente ese desahogo era el final de la misma; todo el mundo tiene derecho a ser agresivo, me decía, y si ella la tomaba conmigo era porque sólo me tenía a mí. Pero en su agresividad percibía algo más bien personal, que todas esas explicaciones no explicaban para nada. Después de todo, acababa de sacarla de una especie de infierno, la había tranquilizado, consolado, y no me había permitido que se me escapara el más mínimo comentario acerca de la enésima demostración de su perversidad: ¿por qué su actitud demostraba no tenerlo en cuenta? La respuesta a esta pregunta podría ser hasta irrelevante o, en todo caso, no tener nada que ver conmigo, si no fuera porque en ese abrazo había sentido por primera vez un vínculo profundo entre ella y yo, algo que era accidental pero, al mismo tiempo, radical y que unía nuestros destinos con un nudo muy apretado, como si de repente nos diéramos cuenta de que ambos colgábamos de un mismo gancho. Hasta el punto de que, tras una pausa, otro breve llanto y un rápido meneo de pañuelo de papel entre nariz y bolso, Marta ha pasado a un ataque directo, mucho más lúcido y descarado: no es que haya pedido disculpas, no es que me haya pedido comprensión por el difícil momento que está pasando, no, me ha atacado frontalmente.
—Yo no quiero acabar como Lara —ha dicho—. Yo quiero ser amada.
Eso no tenía nada que ver con todo lo que había dicho hasta entonces, pero daba la impresión de que era la verdadera causa por la que había venido a verme. Decirme eso. De nuevo me he quedado callado y de nuevo no ha servido para nada, porque Marta ha continuado como si yo hubiera objetado algo.
—Aparte de Claudia, sólo nos tenía a nosotros dos, Pietro: y nosotros no la queríamos. Es terrible. Y quizá tampoco Claudia, que no por nada se parece mucho más a nosotros que a ella, quizá tampoco Claudia la quería. Yo no quiero acabar así.
Llegados a este punto, dado que callar se había demostrado inútil, le he contestado.
—Marta, ¿pero qué estás diciendo? —le he dicho, y reconozco que como réplica no era, la verdad, un cañonazo. Pero no me ha salido nada mejor. Marta me ha sonreído, la maldad de su mirada se ha desvanecido y ha dado paso a una expresión cómplice, familiar: lo había conseguido, había logrado sacarme de mi escondrijo.
—Has sido tú quien ha dicho que Claudia está tranquila —ha dicho—, que no llora nunca, que por las noches se duerme como si tal cosa y que ni siquiera parece triste. Bueno, Claudia no parece triste, tú no pareces triste: ¿no podría depender del hecho de que no estáis tristes? Lara muere y vosotros no estáis tristes: qué bonito. Yo estoy triste, sí, e incluso tengo ataques de ansiedad, pero por razones muy distintas: yo tampoco sufro por su muerte. Yo tampoco la quería.
De nuevo —y cada vez más torpemente, dado que había sido arrastrado, literalmente, hasta esa discusión—, he reaccionado, y no debería haberlo hecho.
—Pero Marta, ¿qué estás diciendo? Nosotros queríamos a Lara.
Ahora parecía muy satisfecha, y sonreía.
—Mentiras, Pietro. Yo sé bien cuánto sufría esa pobre mujer. Era yo la que la acompañaba a yoga, al santón chino, a las videntes. Ella sabía perfectamente que no la querías, conocía todas tus, cómo las llamaba, aventurillas, pero ni siquiera te lo decía porque total, tú siempre le dabas la vuelta a la tortilla con tus chorradas sobre vuestra unión, sobre el espíritu de vuestra familia, y ella acababa creyéndoselo. No lograba afrontar la realidad, eso es lo que pasaba, pero lo sabía todo, y tanto que lo sabía, y estaba mal.
—Lara no estaba mal. Eras tú la que estaba mal. Era ella la que te acompañaba a ver a esos santones.
—¡No te pases de listo conmigo! —Se ha cabreado—. ¡Lara estaba fatal! Y tenía razones para estar mal, porque su marido le ponía los cuernos a mansalva y nadie la quería, ni siquiera su hija.
—Ya vale, Marta. No exageres.
—A no ser que… —ha sonreído—, a no ser que… —Y por un instante se le ha puesto la misma expresión mítica que fuera inmortalizada en aquella foto delante de Krizia, hace trece años—. A no ser que tú ni siquiera te hayas dado cuenta. Mírame a la cara, Pietro; respóndeme. ¿De verdad tú no sabías que Lara estaba mal?
—Lara no estaba mal. Tú estabas mal, tú siempre has estado mal, y sigues estando mal, por lo que parece. No ella.
Me miraba fijamente a los ojos, aturdida, y de golpe se ha echado a reír.
—¡Fantástico! ¡Es increíble! ¡Eres sincero! ¡Tú no sabías que tu esposa estaba mal! Le ha estallado literalmente el corazón de lo mal que estaba y tú ni siquiera lo…
—Vale ya, ya está bien. Lara estaba bien y yo la quería. Y no tenía aventurillas.
—¿Ah, no? —ha levantado la voz—. ¿Y qué me dices de Gabriella Parigi? ¡Lara me llevó con ella, ¿sabes?, en cierta ocasión que te siguió, y yo te vi con mis propios ojos entrar en esa casa de Corso Lodi cuando tendrías que haber estado en Londres! ¿Qué ibas a hacer ahí, a mantener una reunión de trabajo?
—¿Y eso qué tiene que ver, Marta? Eso fue hace diez años.
—Ah, y como sucedió hace diez años, ¿no tiene nada que ver? Tendré que recordarte que tu hija tenía tres meses, tres-me-ses, y Lara estaba con la depresión posparto. ¿O ni siquiera sabías esto?
—Marta, por favor…
—¿Y aquella otra, la presentadora? ¿Cuándo fue, hace cinco años? Sí, fue hace cinco años porque yo estaba embarazada de Giacomo: ¿también es demasiado tiempo hace cinco años? ¿Ésa tampoco tiene nada que ver? La noche de los Oscar en Los Ángeles, ¿te acuerdas?, ¿te acuerdas de la tía con la que compartías la Imperial Bedroom en el Hotel Beberly Hills? Oh, pero ¿cómo es que yo sé estas cosas? Pues bueno, se da la circunstancia de que…
—Escucha, yo no sé cómo se te pasa por la cabeza hurgar en todas estas cosas, y sobre todo no sé qué tienes tú que ver, pero lo único que puedo decirte es que yo quería a Lara y que ella lo sabía, y que eso es todo. Puedo haberla engañado esas dos veces; es más, si de verdad quieres saberlo, la engañé otras dos veces, sí, en total, cuatro, y todas al principio, en los primeros años, cuando, si no te importa, yo también sentía necesidad de alguna gilipollez; pero la quería, la respetaba, y ella no estaba, de ninguna de las maneras, mal.
Aquí se ha cabreado de verdad, y me lo merezco, pienso ahora, dado que no había conseguido quedarme callado.
—¡Oye, a mí no me digas esas chorradas! —ha vociferado—. A mí no me las digas, ¿vale? ¡Yo no me las trago, yo no soy ella! Yo soy peor que tú, incluso, ¿qué te has creído?, ¡mejor dicho, soy como tú! Siempre has hecho lo que te parecía y siempre te ha importado un pimiento cómo se lo iba a tomar Lara, ¡ésa era tu forma de respetarla! ¡Hasta te fuiste a la cama conmigo!
—Pero ¿qué estás diciendo? Si todavía no la conocía.
—¡Da lo mismo!
—Pero ¿cómo va a dar lo mismo? Marta, has perdido la cabeza. Quizá no tendrías que estar aquí, tendrías que ir a ver a un…
Y por fin, a mitad de esa inútil frase, después de todas las otras inútiles frases que por desgracia ya había pronunciado, he tenido una iluminación y he hecho lo apropiado: me he levantado y me he ido. La he dejado allí, sí, y he vuelto al coche, porque me estaba cabreando, mejor dicho, ya me había cabreado, estaba fuera de mis casillas, y desde fuera la situación cada vez se veía más confusa y grotesca, mientras que en mi interior permanecía clara. La he dejado allí, sentada en el banco, y ella, por orgullo, quién sabe, o porque no sabía qué hacer, se ha quedado en el banco un buen rato, por lo menos una hora. Ha llegado la hora del recreo, Claudia se ha asomado por el ventanal y nos hemos saludado; ha salido Paolina, la maestra, por el portal y también ella y yo nos hemos saludado; he hecho un par de llamadas de trabajo, he fumado, he comido un bocadillo y, poco a poco, he intentado tranquilizarme, porque en ese momento tranquilizarme era una prioridad absoluta. Y lo había conseguido, estaba de nuevo tranquilo cuando Marta se ha levantado del banco y se ha encaminado hacia mí. He deseado que me ignorara, que siguiera recto hasta el Twingo medio despanzurrado que yo había aparcado mientras ella se estaba desnudando —tras lo cual, había colocado mi tarjeta de visita en el limpiaparabrisas del C3 que ella había destrozado, en la que estaba escrito mi número de teléfono para remediar yo el daño que ella había provocado—, pero en vez de eso ha venido hasta la ventanilla y se ha agachado para hablar conmigo, exactamente lo mismo que ayer hiciera Piquet. Exactamente como ayer, una llovizna ligera había empezado a caer de nuevo, y era curiosa esa repetición tan perfecta, pero con parámetros estéticos completamente inversos: el día anterior, uno de los hombres más feos que yo conozco; el día después, una de las muchachas más hermosas que yo conozco, ambos en la misma postura absurda bajo la lluvia, para decirme una última cosa a través de la ventanilla, después de haberse desahogado conmigo de una angustia que anidaba en su interior desde quién sabe cuánto tiempo atrás.
—¿Sabes qué fue lo último que hicimos juntas Lara y yo?
—No.
—Fuimos a ver a una maga, en Gavorrano, el día en que tú llevaste a los niños al Aquapark. ¿Lara te lo dijo?
—No.
—¿Y sabes lo que nos dijo esa maga? Nos echó las cartas y nos dijo unas cuantas cosas. Primero me las echó a mí y me dijo que voy a tener éxito, mucho éxito, en el trabajo y en el amor, y que tendré un montón de hombres que estarán enamorados de mí, pero que por desgracia moriré joven. Luego se las echó a ella, pero en cuanto las descubrió no quiso seguir hablando. Lara, no obstante, insistió para que hablara y entonces la maga le dijo que no sólo iba a morir joven también ella, sino que además tampoco iba a tener éxito en nada de nada, y que se quedaría sola, sin hombre, como siempre había estado. Entonces Lara se echó a reír y le dijo a la maga que se equivocaba porque ella tenía a su hombre. La maga volvió a mirar las cartas e, impasible, le repitió que no lo tenía. Lara insistió, divertida, le dijo tu nombre, le dijo que estaba contigo desde hacía once años, le dijo que teníais una hija y que os ibais a casar a principios de septiembre, y que por tanto las cartas se habían equivocado. La maga la escuchó, me miró a mí, miró otra vez las cartas, miró otra vez a Lara y, con la dulzura de los que te dan las noticias tristes, le dijo: «Lo siento, tesoro, pero lo que te estoy diciendo es que tú a ese hombre no lo tienes…»
Y se ha marchado; con el pelo mojado, la cara mojada, la ropa mojada, Marta se ha marchado hasta el Twingo con su hermosísimo caminar. Ha arrancado y ha salido sin dificultad del aparcamiento en el que dos horas antes no había conseguido entrar. No me he preocupado por cómo pudiera sentirse o qué podía tramar: parecía haberse tranquilizado ella también y, no sé por qué, tengo la impresión de que se ha ido hasta delante del colegio de sus hijos y de que se ha quedado allí, como yo, en el coche, esperando a que salgan.
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