Caos calmo

Sandro Veronesi · Capítulo 24 de 40

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Caos calmo

Capítulo 22

—¿Dónde estabas?

—En casa de alguien que vive ahí enfrente.

—¿Tienes un amigo que vive justo aquí mismo? Qué suerte.

—No, lo he conocido hoy mismo. Bueno, ¿y tú qué?, ¿qué haces aquí?

—Nada, pasaba por aquí…

—…

—OK, he venido por la llamada de antes. Me gustaría saber por qué me has preguntado todo aquello.

—¿Lo del disco?

—Lo del disco, sí.

—Ya te lo he dicho: era una chorrada, curiosidad. No valía la pena que…

—No era una chorrada. A mí no me digas tonterías: yo soy una bruja.

—Pero cómo vas a ser una bruja, Marta.

—Tú me has telefoneado por una razón precisa que tiene que ver con ese disco y luego, para correr una cortina de humo, me has invitado a cenar con los niños. Si no quieres decírmelo, está bien, pero no me niegues que me has llamado por una razón bien precisa.

—Está bien, no lo niego.

—¿Y cuál es esa razón?

—¿Y si no te concierne?

—Si no me concerniera no me habrías llamado.

—Oye, vamos a la sombra, por lo menos. Aquí uno revienta de calor.

—Hablando de reventar: no me digas que ha estado ahí todo este tiempo.

—Sí. Y nadie ha dado señales de vida. ¿Lo ves? Todavía está mi tarjeta en el cristal.

—Pero si está casi nuevo… Déjame ver la matrícula. 2004: es nuevo.

—Sí. Ahora no se puede ver porque refleja, pero sólo ha hecho mil cuatrocientos kilómetros.

—A lo mejor es robado.

—Yo también lo he pensado, pero creo que no.

—Hazme caso a mí: es robado.

—Que no. Porque está cerrado. ¿Lo ves?

—Ya.

—Un ladrón no cierra el coche que ha robado cuando lo deja. Está hasta el antirrobo colocado. ¿No ves la lucecita?

—Sí, es extraño.

—Sí, es muy extraño. ¡Buenos días!

—¡Buenos días!

—¿Quién era?

—La profesora de inglés de Claudia. Venga, vayamos allí, a la sombra. Estoy sudando como una fuente.

—Hombre, cómo no vas a sudar vestido de esa manera.

—Yo siempre visto así. Es mi uniforme.

—No, hoy vas vestido más elegante de lo habitual. Eso es otra cosa que debe de tener una razón precisa; pero ésta seguro que no me concierne.

—En efecto. Vale, aquí estamos mejor.

—Para un momento, déjame ver…

—¿Qué pasa?

—Tienes una mancha de sangre en la camisa. Dos, tres.

—…

—Cuatro. Pero ¿qué has hecho?

—Oh…, no es sangre. Es salsa de tomate.

—¿Tomate? ¿Y dónde te las has hecho?

—Ahí, en casa de ese hombre.

—¿Estabais… almorzando?

—No, ya habíamos terminado.

—Espera. Ven aquí. No te voy a comer.

—¿Qué haces?

—Te las quito. Quédate quieto. ¿Y quién es ese tipo que te invita a comer aquí precisamente?

—Es una persona, una buena persona. Ha preparado unos espaguetis buenísimos. Aunque mañana se traslada. Pero ¿tú estás segura de que así no es peor?

—Es cierto. Ha sido peor.

—Ya veo…

—Perdona. Es que yo de virtudes domésticas, cero.

—Por eso mismo: yo no te había pedido que…

—Mira qué desastre he hecho. ¿Y ahora qué? Espera, en el bolso tengo agua mineral…

—Ya vale, ahora no te obsesiones. Ya me la dejo así.

—Oye, peor ya no la puedo dejar. ¿Es tu móvil?

—Sí.

—…

—Es Carlo. Perdona, tengo que contestarle.

—Contesta, mientras tanto yo intento arreglarte esto.

—Oye, que no es ningún problema. Con que lleve la americana abrochada es suficiente.

—Tú déjame a mí. Venga, contesta.

—¿Diga?

—Hola, hermano.

—Hola. ¿Ya has llegado?

—Sí. ¿Sabes cuántos grados hay en Roma?

—No. ¿Cuántos?

—Treinta y cuatro. No se puede ni respirar.

—Bueno, aquí tampoco es ninguna broma.

—Oye, me olvidé de decirte algo fantástico que me dijo Claudia anoche.

—Oh, casi han desaparecido.

—¿Ah, sí? Qué bien.

—¿Qué bien el qué?

—No, perdona, hablaba con Marta.

—Hacía falta mucha agua.

—¿Está Marta también? Salúdala de mi parte.

—Saludos de Carlo.

—¿Qué tal, Carlo?

—Ella también te saluda.

—Sí, ya lo he oído. ¿Cómo está?

—Está bien. Perdona un momento: yo creo que ya está bien, ¿sabes? Me estás duchando…

—Total, con este calor se va a secar enseguida.

—Sí, pero ya vale; luego ya veremos. Perdona, Carlo: ¿qué decías?

—Decía que anoche Claudia me dijo algo fantástico.

—¿Ah, sí? ¿Y qué te dijo?

—Estábamos en el restaurante chino, porque el japonés estaba cerrado, y yo le dije que se pidiera el pato imperial, ese que es crujiente, que sólo hacen mínimo para dos personas. ¿Y sabes qué me dijo ella?

—No. ¿Qué te dijo?

—Me dijo que ella no come carne de Looney Tunes.

—¿Que no come carne de qué?

—De Looney Tunes. Los dibujos: el pato Lucas, Bugs Bunny, el Coyote…

—¿Qué dices?

—No lo sabías, ¿verdad? Me dijo que es un secreto.

—Sabía que no come conejo, pero la verdad es que nunca le había preguntado por qué.

—Pues bueno, que sepas que tu hija no come ni conejo, ni pato, ni coyote, ni canario debido a los Looney Tunes: para no comer su carne. ¿No te parece fantástico?

—Es bonito, sí.

—Quería decírtelo, aunque me dijo que le guardara el secreto.

—Has hecho bien. Son cosas bonitas.

—Es maravillosa, esa niña, de verdad. Te basta estar con ella media hora para que te vengan ganas de ser ella.

—Ya.

—Y tú eres un gran padre, Pietro.

—Exactamente.

—Ayer me equivoqué. Estás haciendo lo apropiado. Resiste, y si necesitas algo, llámame: no importa dónde esté, cojo el avión y me voy para allá.

—Gracias, Carlo, pero ya lo has visto, nos apañamos bien.

—Ya. Sois la pera. Lo decía sólo en caso de emergencia.

—Esperemos que no haya ninguna.

—Claro. De todas maneras, yo pronto regresaré. Quiero quedarme un tiempo con vosotros.

—Cuando quieras. Nosotros estamos aquí.

—Y tal vez en navidades podríamos ir a la montaña. ¿Te apetece?

—Sería bonito, sí.

—Yo invito. Cortina, coño. No, mejor aún: Saint Moritz.

—Eso es. Saint Moritz es mejor.

—Bueno, adiós, Pietro. Nos llamamos un día de éstos.

—Sí, hasta pronto.

—…

—…

—Ha quedado un poco de lamparón, pero en fin, comparado con lo de antes…

—Has hecho un buen trabajo, Marta. Gracias.

—…

—…

—¿Qué te pasa?

—Nada. También esta llamada era extraña.

—¿Por qué?

—Él también tenía una razón precisa, y ha hablado de otras cosas.

—¿Y tú te has dado cuenta de cuál era esa razón?

—Tal vez.

—Y ahora, ¿vas a decirme cuál era tu razón? ¿Por qué me has hecho esas preguntas?

—Ahora estás obcecada, pero te aseguro que no es… Bueno, está bien. Al diablo, no me avergüenzo en absoluto.

—Tiene algo que ver con Lara, ¿verdad?

—Obviamente. Con Lara y con ese disco. Porque, verás, lo escucho desde que estoy aquí delante, y a partir de un momento determinado me pareció que…

—…

—…

—Te pareció ¿qué?

—Bien, ten en cuenta que yo nunca había escuchado a los Radiohead, y ya me pareció extraño encontrar ese disco en mi equipo. Enseguida pensé que debía de haberlo puesto Lara, en la playa, cuando utilizó mi coche porque había perdido la matrícula del suyo, o se la habían robado, ¿lo recuerdas? Tú estabas todavía, ¿no? ¿O ya te habías marchado?

—Lo recuerdo.

—Y, por cierto, ahora que lo pienso, es necesario que antes o después me ocupe de ello, porque el coche sigue allí, sin matrícula, y hay que presentar una denuncia en Tráfico de Grosseto, y sin duda va a ser un follón, porque el coche está a su nombre… Pero bueno, en fin, que encontré ese disco dentro de mi equipo y pensé que Lara lo había dejado ahí. Y no lo saqué, ¿comprendes? Lo dejé ahí, de manera que cada vez que arrancaba el disco ese empezaba, y yo lo escuchaba, a lo mejor de forma distraída, pero lo escuchaba. Quiero decir cuando ya estaba aquí: porque antes, francamente, ni me había fijado, ni cuando regresamos a Milán detrás del coche fúnebre ni durante los primeros días, con toda aquella bulla, aunque seguro que el disco ya debía de estar ahí. No, ha sido aquí, por la mañana temprano, al venir aquí, y luego mientras he ido pasando mis días aquí: ha sido aquí donde me he dado cuenta de ese disco. Y lo he escuchado.

—¿Te gusta?

—Sí, es muy bueno. Pero el hecho es que a partir de cierto momento he empezado a entender también las letras; pero nunca era una canción completa, entiéndeme: palabras aisladas, frases dispersas, pero sin tener que esforzarme. Yo el inglés lo sé bastante bien, pero por regla general, si tú me preguntas qué dice una canción, así, de oído, sin ver siquiera los labios, no entiendo nada. Y, además, este cantante se come las palabras, ni siquiera esforzándose uno se puede entender nada de lo que dice. Y, a pesar de todo, de vez en cuando algunos versos los entendía sin esfuerzo. De entrada no hice ningún caso: los entendía y ya está, a lo mejor me sorprendían porque eran hermosos, y todo se acababa allí. Pero al cabo de un tiempo no pude pasar por alto que todas las veces que entendía algo siempre guardaba relación con lo que estaba haciendo en ese momento. No sé, tipo ve despacio, idiota cuando iba demasiado deprisa o…

—The Tourist…

—¿Cómo dices?

—Digo que idiot, slow down es un verso de The Tourist. La canción. El título de la canción.

—Ah. De todas formas sucedió bastantes veces, y de hecho sigue sucediendo: hago algo y la canción justo en ese momento habla de eso. A veces estos jirones que comprendo son tan pertinentes que parecen comentarios, ¿me entiendes? Comentarios o consejos respecto a lo que estoy haciendo. Y luego está ese verso de Michelangelo escrito en la tapa. ¿Cómo dice?

—Para acercarme al cielo del que procedo.

—Exacto, eso es.

—¿Y entonces?

—Y entonces, pero así, por sugestión, se me pasó por la cabeza pensar que…, que podría tratarse de algo más que coincidencias.

—¿Como por ejemplo…?

—Me refiero a que Lara está muerta. Como si…

—¿Como si…?

—En fin, está claro lo que quiero decir, ¿no? Como si Lara…

—¿Como si Lara te hablara a través de esas canciones? ¿Es esto lo que pensaste?

—No es que lo pensara exactamente. Pero me entró la duda.

—¿Qué duda?

—La duda de que, en el número ilimitado de los fenómenos que racionalmente tendemos a considerar imposibles pueda haber algunos que, por el contrario, no lo son, y entre éstos tal vez haya también una inescrutable forma de comunicación, llamémosla así, extracorpórea entre los vivos y los muertos.

—¿A través de los Radiohead?

—En fin, la razón no lo es todo.

—¿Tú tienes la duda de que Lara sigue hablando contigo desde el más allá mediante las canciones de los Radiohead?

—Oye, has querido saber por qué te he hecho esas preguntas y yo te lo he dicho. Ahora no te pongas a hacerte la cínica, precisamente tú, que crees en todo. ¿Qué importancia puede tener mediante qué? Y de todas maneras, ahora la duda ya no la tengo, por eso…

—¿Y cómo es que ya no la tienes?

—Porque ese disco no lo ha grabado ella, por eso.

—Perdona, ¿y eso qué tiene que ver?

—¿Cómo que qué tiene que ver? Si ese disco lo hubiera grabado Lara y me lo hubiera dejado en el equipo cuando murió, escribiendo además eso de acercarse al cielo, sería incluso capaz de llegar a concebir, llevándolo al absurdo, que existe un nexo con lo que me ocurre mientras lo escucho. Pero el disco lo has grabado tú, por eso…

—Por eso, ¿qué?

—Por eso el nexo no existe y todo este asunto no tiene sentido.

—Pero el disco te lo dejó ella, Pietro. En tu coche.

—No me lo dejó. Lo puso cuando lo cogió, dado que no podía utilizar el suyo.

—¿Y qué más da? ¿Qué tenía que haber hecho, dejarlo en el testamento?

—Lo escuchaba ella. Era un asunto entre ella y tú, en todo caso: tú, que lo grabaste, y ella, que lo escuchaba. Yo no tengo nada que ver.

—¿No tienes nada que ver? Tienes tanto que ver que lo estás escuchando desde hace un mes y medio.

—Mira, oye, el asunto está zanjado. No se hable más del tema.

—Pero vamos a ver, acláramelo: tú llegas a tener la intuición de que tu esposa muerta se puede comunicar contigo mediante las canciones de los Radiohead (intuición que, entre paréntesis, ofrece una luz definitiva sobre su música, te lo dice alguien que se la sabe de memoria y que nunca había sido capaz de comprender de dónde venía su misteriosa energía) y luego, justo en lo más bonito, cuando esta intuición está a punto de hacer de ti un elegido, un privilegiado, ¿vas y te desdices de todo? ¿Solamente porque el aparato que ha grabado ese CD no pertenecía a Lara, sino a mí? Pero ¿no te das cuenta? Has llegado a descubrir algo importantísimo, ahora te bastaría con que creyeras en ello, te bastaría con creer en lo que tú mismo has concebido y, en vez de eso, ¿qué haces?, ¿buscas una excusa y te echas para atrás?

—Maldito sea yo y maldito el momento en que te lo he dicho.

—Acabas de decir que la razón no lo es todo. Y entonces, ¿qué importa cuántos son los pasos que la razón no consigue explicar? ¿No te acecha la sospecha de que algunas cosas no te las explicas simplemente porque no las sabes?

—Pero ¿cuáles son esas cosas? ¿Qué es lo que tengo que saber?

—OK, está bien, empecemos por la matrícula, dado que tú has hablado del tema.

—¿Qué tendrá que ver ahora la matrícula?

—Pues tiene que ver que Lara no la perdió, ni se la robaron. Yo se la quité.

—¿Que hiciste qué?

—Se la quité yo. Tuve que hacerlo, dado que ella no se decidía. La noche antes de marcharme se la quité y la tiré al riachuelo que queda cerca de vuestra casa.

—¿Que tiraste la matrícula al Tonfone?

—Sí.

—Pero ¿tú eres tonta? ¿Y por qué?

—Para ayudarla a liberarse de su obsesión.

—¿Qué obsesión?

—Lara nunca te dijo que estaba obsesionada con esa matrícula, ¿verdad?

—Pero ¿qué estás diciendo?

—Digo que Lara estaba obsesionada, angustiada, aterrorizada por la matrícula de su coche. Como que en los últimos tiempos ni siquiera dormía. Y sin embargo nunca encontró el valor suficiente para deshacerse de ella. Estaba como atrapada por esa matrícula.

—No me lo puedo creer. Tú le tiraste la matrícula al Tonfone…

—¿Te acuerdas, por lo menos, de esa matrícula?

—Pues claro que no me acuerdo de ella, ¿acaso debería?

—Era la matrícula del coche de tu mujer, no por nada.

—Por eso mismo. Si no me acuerdo de la mía, imagínate tú de la suya.

—ET666AL. Ésta era la matrícula de su coche.

—¿Y qué?

—Tú sabes lo que significa el triple 6, ¿verdad?

—Claro que lo sé. Pero no pensarás que…

—Y también sabes que los mensajes satánicos siempre van escritos al revés, ¿verdad?

—¿Mensajes satánicos? Pero ¿de qué me estás hablando?

—Te estoy hablando de leer al revés esa matrícula. Inténtalo, vamos…

—Ya te he dicho que no la recuerdo.

—ET666AL. Léela al revés.

—LA666TE. ¿Y bien?

—Interprétala.

—Pero ¿qué tengo que interpretar, Marta?

—Imagínate que tú eres Lara, venga. Imagínate que te llamas Lara y esfuérzate en interpretar esa matrícula leída al revés: LA666TE.

—Escucha, Lara no estaba obses…

—LARA EL ANTICRISTO TE ESPERA.

—…

—…

—Estás bromeando, ¿verdad?

—¿No me crees?

—Venga, va, dime que estás bromeando.

—Pero el hecho de que tú no lo creas no significa que esas cosas no existan, lo sabes.

—Venga, dime que tú no quitaste esa matrícula y que no la tiraste al Tonfone.

—Lo siento, pero lo hice.

—OK, lo hiciste, pero en broma. No hay nada malo, en el fondo, no podías saber que Lara iba a morir: sólo querías hacerme pasar una simpática tarde rastreando en ese estercolero para encontrarla de nuevo. Dímelo.

—Estás un poco confuso, Pietro. ¿Te das cuenta?

—Ah, ¿yo estoy confuso?

—Tú, sí. Hace dos horas estabas a punto de creer que Lara te estaba hablando a través de las canciones de los Radiohead: bastaría con que ese disco lo hubiera grabado ella, mejor dicho, que yo te hubiera dicho que ese disco lo había grabado ella, tú te lo habrías creído, y ahora te haces el gracioso ante una señal tan evidente. Esto cómo va, dímelo: ¿los Radiohead sí y Satanás no?

—Satanás no y los Radiohead tampoco, es así como funciona. Y yo he sido un gilipollas al hablarte de…

—Evidente y peligroso. Aparte de lo que significa, porque te concedo que si uno no cree en ello, ah, como tú, puede hasta hacer como si no pasara nada; pero el peligro que corría, ¿no tienes en cuenta el peligro que corría? Hay gente que hace un montón de cosas horribles en nombre del triple 6, basta con leer los periódicos: tienes que admitir que no es buena idea ir por ahí con esa señal marcada en el culo, un reclamo que cualquier jodido satánico recibe al instante, y a lo mejor te sigue, y te aborda, y te lleva a una de sus reuniones…

—¿Reuniones? Pero ¿de qué me estás hablando?

—Misas negras. Cobayas astrales. Sacrificios humanos. De esto te estoy hablando. Habría podido pasar en cualquier momento, con esa matrícula, ¿te das cuenta? «Perdona, pero he visto tu matrícula y no he podido dejar de fijarme en que…», etcétera. ¿Nunca te has preguntado cómo empiezan cierta clase de cosas?

—No, pero tú estás para que te encierren en un manicomio. Ahora empiezas con el striptease y yo tendré que taparte con mi americana.

—…

—…

—…

—Lo siento, Marta.

—Eres un cabrón.

—Perdóname, en serio. No quería ofenderte.

—Déjame.

—Venga, perdóname. Era sólo una broma, no pretendía…

—Yo sólo te digo una cosa, Pietro: si tú tuvieras la más mínima idea de lo que significa luchar cada día contra determinadas fuerzas, si tú consiguieras imaginarte por lo menos qué es una noche poblada de demonios, de espíritus, de almas en pena que te persiguen, no te harías tanto el gracioso.

—Escucha, lo siento mucho, ¿de acuerdo? Te pido perdón.

—Es éste precisamente el problema: tú no te das cuenta. Lo mismo pasaba con Lara, no te dabas cuenta…

—Marta, escúchame, yo te quiero, te quiero mucho. Estás a punto…, déjame hablar, por favor: estás a punto de tener otro hijo con otro hombre que no va a ocuparse de vosotros ni un minuto siquiera, como los otros dos. Y ahora que Lara ha muerto te sientes sola. Por eso, acuérdate de lo que te digo: tú no estás sola, mientras yo esté aquí. Tú puedes contar conmigo, siempre. No bromeo, escucha: me puedes llamar hasta en lo más profundo de la noche si te despiertas con miedo a los satánicos, a los vampiros, a los zombis: yo te protegeré. Nunca más me haré el gracioso. Y cuando te sientas perdida, débil, fea, sola y desesperada, tan sólo tendrás que llamarme; yo vendré y te hablaré de cómo todos los hombres que te veían, cuando yo te conocí, se enamoraban de ti al instante, zas, fulminados; te enseñaré esa famosa fotografía de delante de Krizia y luego te llevaré al espejo y te obligaré a constatar que sigues siendo tan hermosa como entonces, prodigiosamente hermosa, me atrevería a decir, porque parece que por ti no haya pasado el tiempo. Y si se te rompe la lavadora, el coche, el ordenador, el móvil, y te sientes morir ante la mera idea de gastar tus energías para repararlos, no te preocupes: llámame y yo me ocuparé del tema. Te cuidaré en cualquier momento en que tú lo necesites, todos los días del año, cada año que pase hasta que encuentres a ese hombre maravilloso que habrá de quererte profundamente durante el resto de tu vida, y entonces él lo hará mucho mejor que yo. Voy a hacer todo esto, Marta, te lo juro, estaré orgulloso de hacerlo; pero tú, te lo ruego, nunca más vuelvas a sacar el tema de Lara conmigo. ¿Lo has entendido? Nunca más.

—…

—…

—…

—Venga, va, deja ya de llorar…

—¿Cómo es posible que no te sientas culpable?

—¿Culpable de qué?

—A Lara nunca le dijiste cosas como éstas.

—No se las diría, tal vez, pero las hacía. Las hacía todos los días.

—No, Pietro. No las hacías.

—Yo me ocupaba de Lara.

—No lo bastante.

—Te lo ruego, Marta. No empecemos.

—Su vida estaba llena de mal…

—No hablemos más de ese tema…

—Llena de mal…

—No hablemos más de ese tema…

—Como la mía…

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