Caos calmo

Sandro Veronesi · Capítulo 12 de 40

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Caos calmo

Capítulo 10

 

Ahora estoy aquí, en la tribuna de este viejo gimnasio, y soy incapaz de no pensar en ello. Claudia salta, hace flexiones y se retuerce a cuatro metros por debajo de mí, y junto a ella se entrenan otras niñas y otros niños, y chicos y chicas mayores, todos juntos en un triunfo de esperanzas purísimas —esperanza de conseguir terminar el ejercicio, conseguir eliminar ese defecto, conseguir entrar en el equipo para el próximo campeonato—, y yo tengo que concentrarme para no pensar en Marta. Es preocupante. Por regla general, estas dos horas son mi yoga, pero hoy Marta me ha desconcertado y tengo miedo de que algo haya cambiado. Y no sólo Marta: ella sobre todo, pero también Piquet ayer, y Jean-Claude el otro día. Han venido a verme, los tres, para sufrir, han descargado sobre mí su dolor y se han marchado. Eso querrá decir algo. Para ser sinceros, de todas maneras, hace poco tiempo que he empezado a disfrutar de este lugar: antes, acompañar a Claudia al gimnasio era trabajo de Lara; yo la acompaño únicamente desde que ella ya no está, ahora que han empezado de nuevo los cursos, y ha sido un buen descubrimiento. Es bonito, todo esto, la verdad. Un viejo gimnasio que alberga cuatro cursos de gimnasia artística al mismo tiempo, desde el de iniciación hasta el de competición, es un espectáculo que no me habría imaginado nunca; meditativo, puro, pero al mismo tiempo enérgico, alegre, armonioso: es perfecto para alguien que, como yo, quiere estar cerca de su hija pero con ligereza, sin pensárselo mucho. Por lo demás, éste es una especie de templo de la ligereza: aquí la fuerza de la gravedad parece algo pasado, superado. Miras hacia abajo desde la tribuna y ves verticales, volteretas, arcos, spagats, ruedas, saltos mortales, como si de verdad se estuviera en ausencia de peso; y para mí, con el giro que ha tomado mi vida, pasarse aquí dos horas seguidas tres veces a la semana es un don de incalculable valor. Y pensar que lo tuve ahí, este don, al alcance de la mano durante más de cinco años y que nunca me di cuenta de ello; y que tampoco Lara se dio cuenta, y eso que acompañaba a Claudia, sí, pero no se quedaba en el gimnasio para mirarla, utilizaba estas dos horas para ir al supermercado, o a la peluquería, o para hacer otros recados: pero ¿qué clase de vida estábamos llevando? Estaba mal: el sentimiento de culpa que Marta ha intentado clavarme en las costillas. No es verdad: Lara no estaba mal, ¿por qué Marta afirma lo contrario? ¿Y por qué dice que ni ella, ni yo, ni tampoco Claudia, amábamos a Lara? Yo amaba a mi esposa, y Claudia amaba a su madre: hasta aquí lo que Marta dice es falso. ¿No será ella, más bien? ¿Amaba a su hermana? ¿No la amaba? ¿No será que, a lo mejor, la odiaba y sencillamente está buscando a alguien con quien compartir esta culpa? Debe de ser por eso por lo que durante el abrazo Lara ha desaparecido de mi mente, y yo he conseguido ser tan egoísta como para preocuparme únicamente de… Claudia, ahí abajo: tengo que concentrarme en ella. Los ejercicios libres: a lo largo de la diagonal de la pista, la segunda de la fila, por detrás de Gemma, Claudia está allí, recibiendo los reproches de Gaia, la entrenadora, debido a ese viejo defecto suyo de mover la pelvis. Un defecto que yo ni siquiera puedo ver, de tan imperceptible como es, y que sin embargo parece ser su punto débil. Eso es, eso es: Gemma ya se va de nuevo e inmediatamente después ya está ahí Claudia, ahí está haciendo su hermosa serie de verticales con pirueta de salida, una, dos, tres, y a mí su pelvis me parece en su sitio, me parece que esta vez no se le puede reprochar nada, y vuelve a ser que no, ya está ahí la entrenadora parando a las demás, se acerca a Claudia y, delante de todo el mundo, maldita sea, sin el menor tacto, le dice que ha movido nuevamente la pelvis. Se lo enseña, poniéndose ella en vertical, pero exagerando groseramente el defecto, de manera que ahora hasta yo mismo lo veo, mientras que antes a Claudia no se le veía que lo tuviera, lo juro, y eso no está nada bien, no señora, querida Gaia mía: Claudia no movía para nada la pelvis de esa manera; ella es la única que no puede saberlo, pero sus compañeras lo saben y se lo dirán, Gemma se lo dirá, le dirá mira, Claudia, mejor dicho, Claudina (porque ella la llama así, Claudina, desde lo alto de sus trece años y medio, que hacen de ella la muchacha más mayor del grupo, además de la capitana del equipo, ya una media campeona, siempre por ahí ganando medallas; en consecuencia, una especie de ídolo para las demás, especialmente para Claudia, que siempre está encima de ella, e intenta imitarla de manera exagerada, no únicamente en los ejercicios, sino también en las actitudes y en las apariencias fuera de aquí, en casa y en el colegio, con resultados obviamente grotescos, dado que Gemma ya está formada físicamente, en una todavía nínfea pero estatuaria belleza suya, y que en ella algunos gestos denodadamente femeninos pueden parecer hasta naturales, pero en Claudia de ninguna de las maneras, que a todos los efectos es una niña todavía), mira, Claudina, le dirá, la pelvis tú casi no la mueves, esa tía exagera, no te enfades; y yo casi la próxima vez me traigo la cámara de vídeo y lo grabo todo, no por nada, pero así Claudia puede ver con sus propios ojos la diferencia que existe entre su defecto real y el que Gaia le está enseñando. Un defecto que luego, a fin de cuentas, consiste exclusivamente, a la edad de diez años y medio, en no ser perfecta. Qué coño. Es lo que me provoca más impresión de este lugar, la relación que imponen con la perfección. Aquí no importa la edad que tienes, ni la dificultad de lo que te están enseñando, ni la casi matemática certeza de que nunca te vas a ver jugándote una medalla olímpica por cuestión de milésimas de punto: aquí se tiene que aspirar a la perfección, y punto, todos, de todas las maneras; lo que, por otra parte, me deja fuera de juego, porque yo nunca, en toda mi vida, he tenido esta presión y no sé lo que significa: siempre he intentado hacer las cosas lo mejor que podía, claro, y en algunos casos casi me he visto obligado a hacerlas bien, so pena de perder la estimación, dinero, incluso afecto, pero nunca, ni por asomo, he soñado con incomodar a la perfección, el bien absoluto, el diez. A mi hija, en cambio, desde que le fuera diagnosticado el talento para la gimnasia artística la acosan con esta historia de la perfección, y yo no tengo ni idea de lo que eso significa. A lo mejor Lara podía tenerla: ella había hecho danza clásica durante todos esos años, y allí también las cosas son difíciles, allí también tienen que hacerlas perfectas; Lara tal vez podía comprender lo que Claudia siente, pero yo no. Aunque, además, era Marta la que era buena en lo de la danza, la perfecta; era la más hermosa, era la más joven, era la mejor, era la más rebelde, era la más todo, en resumen, y también la más afortunada, hasta que se empeñó en labrarse su desgracia con sus propias manos, de manera que, a partir de entonces, fue la más desgraciada. Por tanto, y en todo caso, debería de haber sido Lara la que no quisiera a Marta, la que la odiara, y por el contrario no era así, yo soy testigo de ello: Lara quería muchísimo a su hermana. ¿Es posible que haya ocurrido lo contrario? ¿Absurdamente, dostoievskianamente? ¿Por qué odias a tu hijo, Fiódor Pávlovich? ¿Qué daño te ha hecho? Él a mí, ninguno; pero yo a él, mucho… Y lo cierto es que no entiendo cómo ha podido Claudia soportar esta presión, sin estallar. No obstante, lo ha conseguido, lo está consiguiendo. ¿Que pretenden la perfección de ella? Pues ella simplemente ha empezado a intentar alcanzarla, milímetro tras milímetro, y la ha alcanzado, por lo que parece, en algunas cosas. Me quedé aturdido cuando Gaia, el día en que me presenté en el gimnasio a fin de hacer la inscripción para el nuevo curso, al celebrar la decisión de hacer que prosiguiera con los cursos (alguien debió de advertirle de lo que había pasado, haciéndole temer que la niña no volviera a presentarse), me resumió los puntos en que Claudia tenía que ser considerada ya perfecta: el spagat, el empeine… «Perfecta, ¿en qué sentido?», le pregunté, convencido de que me contestaría «bueno, estamos hablando de una niña de diez años; perfecta en el sentido de satisfactorio», pero la respuesta fue de una pureza nietzscheana: «perfecta en sentido absoluto». Naturalmente, esa perfección en sí misma no sirve para nada, porque equivale más o menos a la perfección de atarse las zapatillas antes de un partido de tenis; pero el hecho es que ha sido alcanzada, lo que autoriza a creer que existe otra que puede ser alcanzada, y de esta manera esta palabra ajena a mí ha encontrado carta de ciudadanía en la vida de mi hija. Eso sin contar que las cosas más difíciles, en las que Claudia —como todas las demás, por otro lado— se encuentra todavía muy lejos de la perfección, ella las hace, en todo caso, y a mí esto ya me parece prodigioso, porque estamos hablando de verticales, de spagats, piruetas, ruedas, saltos mortales adelante y atrás…, y de una niña de diez años. Pero, según funcionan las cosas aquí dentro, que las haga carece de importancia hasta que las haga a la perfección. Incluso Gemma, en el fondo, se equivoca mucho más por cuanto tiene de perfecta, de manera que, al final, a pesar del estupor que se siente desde aquí arriba al ver lo que consiguen hacer estas criaturitas, a los ojos de las entrenadoras todo es una continua equivocación. Y es éste un ejemplo de relación adulto-niño en el que al niño no se le hace la más mínima concesión, salvo dejar de sonreír. Es verdad que no sufro, sí, y que tampoco Claudia parece sufrir: pero —resulta ridículo incluso el mero hecho de que surja alguna duda— esto no significa que no quisiéramos a Lara. Nosotros —e incluyo a Marta, porque ella también quería a Lara, si no se demuestra lo contrario—, nosotros no sufrimos aún; nos lo hemos tomado de esta manera, por ahora; es más, yo diría que todavía no nos lo hemos tomado así, y estamos dando vueltas alrededor, y nos estamos comportando como si no hubiera pasado nada, como si Lara estuviera, yo qué sé, de viaje, y estamos esperando a que el dolor llegue e inunde nuestras vidas, por el momento limitándonos a cargar con el dolor de los demás, como me pasa a mí, o a volverse loco en medio del tráfico, como le ha pasado a Marta; y por cierto resultaría interesante comprender por qué, de entre todas las maneras en que podía hacerlo, su forma de volverse loca fue la de desnudarse. Y ahora se ponen en círculo, sentadas, con las piernas abiertas, y doblan el torso hasta extenderlo literalmente por el suelo, asumiendo una postura imposible. Se ponen a jugar, así, desparramadas en el suelo: no se comprende muy bien de cuál se trata, pero entre ellas está claro que ha empezado un juego, orquestado por Gemma. Tienen que decir algo, por turno, y ahora le toca a Claudia, ya está ahí, diciendo algo, y las demás se ríen. También se ríe Gemma y Claudia está orgullosa de ello. Muy bien, estrellita, has hecho sonreír a tu ídolo. Lara no estaba mal. Fue a ver a la maga porque acompañaba a Marta, como siempre. Durante años, la acompañó a ver a un montón de curanderos, pranoterapeutas, yoguis, santones, chamanes, brujos, ayurvedas, maharashis, acupuntores, acupuntores sin agujas, los-que te-colocan-piedras-en-los-chacras —o como coño se llamen—, podólogos que te leen los pies, capilomantes que te leen el pelo, monjes tibetanos que te pulen el aura con la espada, samuráis que te la pulen con la katana, incluso fueron a ver a un vampiro, tal como suena, el año pasado, en el Paseo Magenta, un rumano de Transilvania cuyo nombre naturalmente era Vlad, que por 150 euros te extrae 25 centilitros de sangre con una jeringuilla estéril, se los bebe, y luego te dice qué es lo que tienes y qué tienes que hacer para recuperar tu equilibrio. Pero era Marta la que se llevaba consigo a Lara, y no al revés, y Lara la acompañaba para no dejar que fuera allí sola. Marta simplemente ha invertido los papeles — dostoievskianamente, de nuevo—; y ahora se van deslizando bajo la barra de equilibrio, una pierna sobre la colchoneta de caída, la otra detrás, para hacer los ejercicios de spagat. Es en eso donde Claudia es perfecta, como Gemma, por otro lado. Hasta el punto que, desde lo alto de su superioridad, se ponen a charlar, ignorando a las demás, y Gaia les llama la atención. Y a pesar de que esté haciendo con su propio cuerpo algo prodigioso, porque tener que colocar los pies sobre las colchonetas hace que la abertura de piernas sea mayor de 180 grados y de que lo esté haciendo, incluso, «a la perfección», en la expresión de Claudia se lee la satisfacción, sí, pero únicamente por esa llamada de atención que la hace igual a su ídolo, con la que de hecho empieza a charlar de nuevo inmediatamente como si no hubiera pasado nada, y a saber qué se estarán diciendo, a saber qué estará diciendo en este momento Claudia, qué estará contestándole Gemma, mientras los tendones y los músculos de sus muslos siguen estirándose y sus cuerpos —el sencillo, minúsculo y provisional de Claudia, y el más importante, femenino y definitivo de Gemma— ganando algunos ángstroms en su interminable viaje hacia la perfección. Marta quiere que yo sufra, está claro, quiere que me sienta culpable. Marta quiere que siga pensando en las palabras que aquella maga le dijo a Lara poco tiempo antes de que muriera: «morirás joven», «lo siento, pero tú a ese hombre no lo tienes». Pero cuando esas palabras fueron pronunciadas, Lara estaba vivita y coleando, y si no se hubiera muerto, ella misma se habría reído de ellas, sí, me habría contado lo de esa maga de la misma manera que me contó lo del samurái, o lo del vampiro, y nos habríamos reído juntos del asunto, porque no se merecían nada más que eso. Y, en cambio, vaya casualidad, ha muerto, y únicamente es la percepción retrospectiva lo que hace parecer inquietantes esas palabras. Cada palabra, por otra parte, incluso la más ridícula, pronunciada poco antes de la muerte de una persona baila en la frontera oscura de la profecía, pero es necesario no olvidarse nunca de que el tiempo corre en un único sentido, y lo que se puede ver recorriéndolo marcha atrás resulta equívoco. El tiempo no es un palíndromo: partiendo del final y remontándolo hacia atrás todo parece ir adquiriendo significados distintos, inquietantes, siempre, y no hay que dejarse impresionar por estas cosas. Me acuerdo de un juicio famoso contra los Judas Priest, un grupo de heavy metal acusado de haber instigado al suicidio a dos chicos mediante mensajes subliminales que podían oírse escuchando sus canciones al revés —frases como «¡Decídete!» o «¡Prueba el suicidio!» o «¡El suicidio es bello!»—, durante el cual el cantante del grupo se presentó en la sala con un montón de cintas e hizo que el tribunal las escuchara reproduciéndolas al revés. En una había una canción de Diana Ross que, en un momento determinado, escuchándola al revés, la letra decía claramente: «Muerte a todo el mundo. Él es el único. Satanás es Amor». En las otras había canciones de su grupo, y donde la letra oficial decía cosas como «Fuerza estratégica / No lo lograrán» o bien «No van a arrebatarnos nuestro amor», la audición al revés daba «Es tan inverosímil / Pero me lo merezco» o «Eh, mamá, mira, ¡la silla está rota!». No, que esa maga predijera que moriría joven no significa nada. Que le haya negado de manera tan obstinada mi presencia a su lado no significa nada. Que Lara haya muerto efectivamente pocos días después de esas tonterías no significa nada. Los chicos se entrenan al otro lado del gimnasio, en la vertical sobre las paralelas de madera. El entrenador los increpa. Pero sólo son cuatro, los mayores: los demás están sentados, mirando con atención. No hay ninguna relación entre chicos y chicas aquí dentro, ni palabras, ni miradas: nada de nada, ni siquiera entre los mayores, que fuera de aquí han empezado ya a buscarse y a provocarse: aquí la mayoría está formada por niños, que imponen a todo el mundo su personal y caótica calma de los sentidos, en la que no hay espacio para la atracción heterosexual. Es como si entre los chicos y las chicas hubiera un muro, y al final resultará que gracias a este muro todos consiguen concentrarse mucho mejor en sus ejercicios. Resulta curioso ver cómo una concentración con mayoría de niños acaba siempre por ser más productiva que las que tienen mayoría de adultos. Ya, pero ¿cuántos días después murió? Marta dijo que fueron a ver a la maga cuando yo llevé a los niños al Aquapark, por tanto estábamos ya en la segunda mitad de agosto, yo diría que hacia el 20; mejor dicho, era el día del trofeo Luigi Berlusconi, aquí en Milán, lo recuerdo bien porque Jean-Claude me telefoneó para pedirme que lo acompañara al palco de honor y yo estaba precisamente en el Aquapark y le dije que no podía, por tanto estábamos sobre el 19 o 20 de agosto. Lara murió el 30, diez días después. Y ahora Marta quiere que yo, a estas alturas de la película, me pregunte por qué, durante diez largos días, Lara no me dijo nada de esa maga; por qué durante quince largos días se privó del placer de reírse conmigo de esas estúpidas profecías. Marta quiere que yo empiece a creer que Lara tenía secretos, que ella la conocía mejor que yo, es más, que de hecho yo no la conocía, quiere que empiece a torturarme con esto y que empiece a hacer lo que hasta ahora he evitado escrupulosamente hacer, como hurgar entre sus cosas o entrar en su ordenador, pero yo nunca lo haré. Marta quiere ser amada, pero ¿por quién? Un cuerpo todavía perfecto, un pecho todavía hermosísimo, otro hijo, Fiódor Pávlovich. Con el torso abajo, todavía en spagat, la frente apoyada en una rodilla (es impresionante que mi hija haga esto), y a saber dónde estará ahora Jean-Claude, a saber qué estará haciendo esa Gabriella Parigi en este momento, qué estará haciendo la chica del golden retriever, me han entrado ganas de conocerla, me han entrado ganas de conocer a la novia de Piquet y de oír cómo suelta sus bombas; me han entrado ganas de comprobar si mientras Lara moría había alguien que estuviera pensando en ella —de alguna forma—, dado que yo estaba tan ocupado en salvar a aquella culona. A estas alturas Claudia lleva ya más de un cuarto de hora en spagat, Lara no estaba mal, no tenía secretos, yo no hurgaré en su correo electrónico y, de todas maneras, como bien dice aquella canción, sólo somos accidentes a la espera de suceder, y hoy Marta me ha sucedido a mí.

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