Caos calmo
Capítulo 23
Lista de las mudanzas que he hecho:
Desde el Paseo Bruno Buozzi a la calle Giotto (Roma)
Desde la calle Giotto (Roma) a la calle Monserrato (Roma)
Desde la calle Monserrato (Roma) a la Plaza G. Miani (Milán)
Desde la Plaza G. Miani (Milán) a la calle R. Bonghi (Milán)
Desde la calle R. Bonghi (Milán) a la calle A. Catalani (Milán)
Desde la calle A. Catalani (Milán) a la Plaza G. Amendola (Milán)
Desde la Plaza G. Amendola (Milán) a la calle Buonarroti (Milán)
Desde la calle Buonarroti (Milán) a la calle Durini (Milán)
—¿Qué escribes?
Enoch es una de esas personas que no tendrían que hacer jogging nunca. Por muy desastradamente que sea capaz de llevarlas, para él la americana y la corbata tendrían que ser obligatorias; es casi monstruoso, todo descompuesto, con el rostro amoratado y con el chándal empapado de sudor, jadeando y con las gafas empañadas.
—¿Hoy tienes fiesta?
—Me he cogido un día de vacaciones.
—Buena idea. Pero así te vas a matar.
Se ríe a carcajadas.
—Cuarenta minutos al sol y sin pararme.
—Por eso mismo. Siéntate.
Enoch se sienta. Boquea. Se quita las gafas y en el lapso que emplea en desempañarlas se convierte en ese otro, ese que es estrábico y malo; luego se las coloca de nuevo y vuelve a ser él mismo, pero las gafas empiezan enseguida a empañársele de nuevo.
—La verdad es que este tiempo es increíble —dice—. ¿Qué querrá decir?
—¿Te refieres al efecto invernadero y cosas de este tipo?
—Sí. O al flagelo divino.
—Bueno, pues como flagelo diría que es mi predilecto.
—Espera. Tal vez sea sólo el principio. Podría achicharrarnos a fuego lento.
De nuevo tiene que quitarse las gafas, desempañarlas, colocárselas.
—Dios tiene paciencia —añade.
Ya, por supuesto: a saber cómo le habrán ido las cosas con lo de la blasfemia, si la habrá digerido; por lo visto, no es así, dado que habla de flagelos divinos.
—He venido a decirte tres cosas —dice, cambiando repentinamente de tono—. Lo primero, Piquet habla mal de ti.
—¿Piquet?
—Mejor dicho: habla continuamente de ti, desde hace semanas, en cuanto tiene ocasión, incluso en las reuniones, incluso sin venir a cuento, habla de ti, de ti, de ti. Está como obsesionado contigo, y ha acabado contagiando también a los demás, gente como Tardioli y Basler: en serio, eres de calle el argumento más discutido allí dentro, teniendo en cuenta todo lo que Piquet va diciendo sobre ti… Lo que pasa es que desde hace unos días ha empezado a hablar mal.
—¿Ah, sí? ¿Y qué dice?
Se lo he preguntado porque me imagino que es lo que debía hacer, pero resulta extraordinario lo poco que me importa. No lo pensaba.
—Dice que eres un listillo. Mejor dicho, ¿qué dice que eres? Un lameculos, eso es: dice que eres un gran lameculos. Que con esta historia de quedarte delante del colegio te los vas metiendo en el bolsillo, uno detrás de otro. Dice que lo tuyo es un plan.
—Venga ya… ¿Y para llegar adónde?
—A ocupar el puesto de Jean-Claude, dice él. Es pura paranoia, lo sé, y no te habría hablado del tema si no viniera siempre a verte aquí, y podría ser que tal vez le dijeras algo confidencial, no sé, que le explicaras algo que pudiera utilizar en tu contra. Y además me siento un poco responsable de todo esto, ¿sabes?, porque la obsesión con lo del plan le entró cuando le dije que Thierry vino hasta aquí, aquel día en que yo también estaba aquí. No me parecía que fuera algo secreto y no creía que fuera a hacer daño a nadie: simplemente se estaba hablando de ti, porque, como ya te he dicho, en la actualidad allí dentro no se habla de otra cosa, y Piquet se preguntó cómo se lo habría tomado Thierry si llegara a saberlo, esta cosa tuya de quedarte delante del colegio, y entonces yo le dije que Thierry ya lo sabía, porque yo lo había visto con mis propios ojos venir a verte hasta aquí. Pero fue así, te lo aseguro, lo dije como algo normalísimo, porque precisamente me pareció algo normalísimo. Sois amigos. Pues bueno, a partir de ese momento Piquet empezó a decir que eras un lameculos, que quieres ocupar el puesto de Jean-Claude, que haces ver que eres un muerto que camina, pero que a hurtadillas te estás trabajando a Thierry para llegar a ser presidente. Por esto te lo explico: para avisarte de que no tienes que fiarte de él, ya está.
Enoch tiene la mirada agotada y no es sólo debido al jogging. Sigue liado en un nivel verdaderamente inferior del videojuego, donde llegan informaciones distorsionadas, insignificantes, incompletas, pero ahora también da la impresión de que lo ha comprendido, y de que se ha cansado de ello. En definitiva, esta primera cosa que tenía que decirme, incluyendo ese poquito de sentimiento de culpabilidad del que pretendía librarse, no nos interesa a ninguno de los dos. Éste es el motivo por el que no voy a hacer comentarios, a explicarle, por ejemplo, que Piquet no viene siempre aquí, que vino una única vez, o a recordarle que esta hostilidad ya me la manifestó cuando, envidioso por mi nombramiento como director, hizo correr la voz de que estaban a punto de echarme —el muerto que camina se remonta a aquel entonces—, y sobre todo no me voy a poner a decirle que, en el fondo, llevado por su tristemente conocida paranoia, Piquet no ha ido muy lejos de la verdad, dado que el sillón de Jean-Claude efectivamente me fue ofrecido. Son todas cosas que no tienen importancia ni siquiera para mí, en la actualidad, así que imaginémonos para Enoch.
—Bueno, gracias —me limito a decir.
—He pensado que era mejor que lo supieras. Así sabrás cómo comportarte.
—Claro, sabré cómo comportarme.
Bajo fulminantemente los ojos para mirar el reloj —las tres y veinticinco—, y Enoch se da cuenta. Habría que evitar mirar el reloj cuando se está hablado con alguien.
—¿Tienes algo que hacer?
—No, no. Claudia saldrá dentro de una hora. Dime, dime.
Enoch levanta la cabeza y mira hacia lo alto, hacia las frondas de estos árboles que todavía parecen ricas y lozanas, a pesar de que por el suelo haya ya una espesa alfombra de hojas muertas, porque estamos en otoño, en otoño. Se queda así un rato, como si estuviera buscando ahí una nota o incluso una inspiración.
—Lo segundo que quería decirte es que esta fusión es verdaderamente un suicidio. Un enorme error. Pero no sólo por las razones que intenté explicarte en aquel, no sé cómo llamarlo, en aquel documento que te dejé leer la otra vez. Prescindiendo de esas razones, que tienen que ver con todas las fusiones, yo digo que esta fusión, en concreto, tal y como está concebida, es un error garrafal. ¿Quieres saber por qué?
—Sí.
—Pues entonces sigue mi razonamiento. Tenemos dos grupos industriales, ¿no es así? Uno europeo y otros americano, que han decidido fusionarse. El europeo es propiedad de un determinado número de bancos, de sociedades y de inversores particulares, y está controlado por Boesson; el americano está controlado por, y es propiedad de, una familia determinada, en cuya cúspide está Isaac Steiner. Obviamente, este intento de fusionarse presupone la existencia de un provecho común, en razón del cual se establece la hipótesis de que ambos grupos, el de Boesson, que de ahora en adelante llamaré Nosotros, y el de Steiner, al que llamaré Ellos, al final del proceso van a salir ganando. Lo que escribí hace unos días, y que tú leíste, refuta precisamente este asunto, es decir, sostiene que la riqueza generada por la fusión, si se tienen en cuenta todos los factores, será inferior a la que era generada por los dos grupos de origen; pero a estas alturas la fusión se va a hacer y, por tanto, esto no es lo fundamental. Lo fundamental es que cuando dos colosos como Nosotros y Ellos se enfrentan, aunque sólo sea para fusionarse en el espejismo de un beneficio común, uno de los dos termina por imponerse sobre el otro. A pesar de que se pongan trabajosamente de acuerdo para evitarlo, la idea del Nosotros y del Ellos sobrevive, nunca será eliminada por completo. Podrá desaparecer a nuestro nivel, pero seguro que no desaparece al nivel de Steiner y Boesson: ellos dos nunca podrán fusionarse, ellos dos seguirán siendo siempre Yo y Él. ¿Me sigues?
—Sí.
—En la práctica, de ahí procede la expresión, que técnicamente no tiene sentido, de ganar una fusión: pese a que técnicamente no tenga sentido, de hecho esta expresión está justificada, dado que nos las vemos con dos seres humanos movidos por una ambición desmesurada, y al fin y a la postre uno de los dos controlará al otro. Si bien sea poco, si bien a altitudes siderales, uno estará abajo y el otro encima. Bien. Ahora, es obvio que en nuestro caso, utilizando esa expresión técnicamente sin sentido, la fusión la vamos a ganar Nosotros. ¿Es verdad o no? Tú también crees lo mismo, ¿verdad?
—Sí.
—Bien. Eso significa que, independientemente de lo que vaya a ocurrir con el resto de doscientos mil y pico de empleados del grupo resultante, al final Boesson tendrá que estar encima de Steiner. Efectivamente encima, quiero decir. Bueno, olvidémoslo. He tenido ocasión de estudiar los detalles de la fusión, esos documentos que desde hace meses se negocian, discuten, liman, aprueban, se cuestionan de nuevo, renegocian, vuelven a aprobar, etcétera, para dar origen a la que será la estructura final, y te digo yo que no va a ser así. No vamos a ganar Nosotros, van a ganar Ellos. Aunque al final los cargos más importantes los asuma Boesson, quien gane será Steiner, ¿y sabes por qué? Por el canon que ha sido elegido, Pietro: el modelo estructural.
Enoch debe de ser consciente de que aquí su argumentación se está haciendo complicada porque hace una pausa. Luego, constatando que no le hago ninguna pregunta, prosigue.
—Verás, se da la circunstancia de que tanto Boesson como Steiner son conocidos por ser personas religiosas. Boesson, católico; Steiner, judío; Boesson, por su vida supermorigerada, su rectísima observancia cotidiana, la misa de cada mañana, el ayuno de los viernes, etcétera, en resumen, lo que todo el mundo sabe; y Steiner, pese a ser un disoluto, por su reconocido e histórico empeño que asumió para sí de obtener la restitución de los bienes robados a los judíos durante el nazismo. Cada uno a su manera, por tanto, los dos grandes jefes son los paladines de sus respectivas religiones. Dos religiones diferentes, ¿me explico? Cada una con su propio canon: jerárquico e inmutable, el judío; elástico y complejo, el católico. Bueno, según tu opinión, ¿en cuál de los dos modelos se inspira la fusión?
Se detiene, me mira, pero está claro que no quiere mi respuesta. Sólo está picoteando un poco antes de poner el punto.
—El judío, Pietro, no el católico. Cuando Boesson sea Dios sobre la tierra, pédégé del mayor grupo de telecomunicaciones del mundo, será el Dios de su enemigo. Y entonces habrá perdido. Para ganar en serio esta fusión tendría que estructurarla de otra manera, tendría que seguir el canon católico.
—¿Y cuál sería éste?
Enoch se ilumina, visiblemente satisfecho por la respuesta que está a punto de dar. Luego une los índices y los mueve lentamente en el aire, dibujando un triángulo.
—La Trinidad, Pietro: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Toca con la punta del índice derecho los tres vértices del triángulo y ahora es exactamente como si el triángulo estuviera aquí. Delante de nosotros, colgado en medio del aire por sus toques.
—No tendría que proyectar para sí mismo el sitial más alto de todos, el del Dios viejo y solitario de los judíos. Tendría que haber proyectado tres sitiales a la misma altura: uno para el Espíritu Santo, divinidad neutra y sin poderes, que no cuenta; luego uno para el Padre y otro para el Hijo. Y dado que sabemos todos cómo acaba el Hijo —aquí Enoch tiende lentamente los brazos y reclina la cabeza hacia un lado, imitando una lánguida crucifixión —, más que su propia omnipotencia, Boesson debería haber proyectado la contienda con Steiner por el papel del Padre. Una contienda que se verificaría lentamente, cada día, con paciencia, humildad, disciplina, dejando a Steiner la convicción de poder triunfar, sin darle no obstante tiempo para ello: porque Steiner tiene setenta años, y tres by-pass, y es un bebedor, un mujeriego, un fumador de puros, mientras que Boesson tiene cuarenta y cinco años, es abstemio y goza de óptima salud. Bastaba con sentarse a su lado, Pietro. No encima: a su lado. Esperar un poco y, un buen día, en el lugar de Steiner se sentaría el hijo de Steiner. El Hijo, precisamente.
De nuevo tiende los brazos e imita una crucifixión, pero mucho más rápidamente que antes. Luego deja caer los brazos y sonríe.
—Entonces sí, entonces sí que habría ganado.
Enoch está satisfecho, satisfecho y atolondrado, como si llegar al final de este razonamiento le hubiera costado un esfuerzo inmenso. Yo me he quedado sinceramente impresionado por sus palabras y me noto en la cara una expresión atolondrada parecida a la suya, más que una especie de estupor plástico: creía que esta fusión no me importaba nada en absoluto y, en cambio, vista así, descubro que al final sí que me importa.
—Es muy interesante, Paolo —le digo—. Es con mucho el razonamiento más sensato que he oído sobre este asunto. ¿Por qué no se lo explicas a alguno de los capitostes?
—Te lo he explicado a ti para que tú se lo expliques a alguno de los capitostes. A Thierry, por ejemplo, dado que sois amigos.
—No, ¿qué tengo yo que ver? Yo nunca podría haber pensado algo semejante. No, tienes que decírselo tú a Thierry. Aquí no se trata de ser amigos o no ser amigos. No creo que a Boesson se le haya ocurrido nunca examinar la cuestión en estos términos, y si alguien le hiciera darse cuenta de lo que acabas…
—Y luego queda una tercera cosa —me interrumpe él, sacando del bolsillo trasero de los pantalones del chándal una hoja doblada en cuatro, sobada y empapada de sudor. Me la ofrece y yo tengo que cogerla, a la fuerza, aunque con ganas pasaría de hacerlo: es sudor sacro-lumbar, el más asqueroso. Tengo que cogerla y abrirla, a la fuerza, y leerla, porque está claro que la tercera cosa que Enoch ha venido a decirme está escrita aquí. Y mientras la abro me toca contenerme una carcajada ante la idea de encontrarme ante otro pedazo de blasfemia en caracteres Arial.
Con la presente quiero presentar mi dimisión como Encargado de Recursos Humanos de esta
Sociedad. La dimisión es irrevocable y ha de ser considerada como de efecto inmediato.
Para que conste
Paolo Enoch
Levanto los ojos del papel, lo miro. Este Enoch consigue sorprenderme todavía con las cosas que escribe.
—¿Ya la has cursado?
—No. Lo haré esta noche.
—Si intentara disuadirte no serviría de nada, ¿verdad?
—No. Es una decisión que ya está tomada.
—OK. Pero entonces no lo hagas así.
—¿En qué sentido?
—Así no, no con esta carta. Primero habla del asunto.
—¿Sí, y con quién? La persona con la que la gente va a hablar de sus dimisiones soy yo. Me vienen tres o cuatro cada día. Jean-Claude ya no está, y el nuevo presidente todavía no ha sido nombrado.
—Con Thierry. Vete a París y habla con él de esto. Explícale tus motivos, por lo menos, y explícale todo eso de la fusión. Es un momento crítico y si te marchas así, de puntillas, te arriesgas a crear…
Pero ¿qué estoy diciendo? ¿Qué es lo que estoy tratando de defender? Thierry es un traidor, el momento es exactamente como él y Boesson han querido que fuera, y Enoch no le puede hacer daño a nadie. No pinta nada. Como yo, como todos. Sólo somos pagos mensuales emitidos automáticamente. Para ellos, cuanta más gente dimita, mejor.
Enoch sonríe, disfruta de todo el silencio en el que me he quedado encallado. Luego mira hacia lo alto, las copas de los árboles, el cielo, asintiendo imperceptiblemente.
—El viernes por la mañana me voy para Zimbabue —dice—. Si todo va bien, el lunes por la noche tendría que estar en la misión de mi hermano, en un poblado sin nombre a orillas del Zambesi, en la frontera con Zambia. Imagínate, están inundados durante seis meses al año pero no tienen agua para beber, porque la que hay ahí está podrida de malaria. La tienen que llevar en camión desde las Cascadas Victoria, que están a más de doscientos kilómetros. Pero lo que ocurre es que el camión que tenían en el poblado ha muerto y no hay forma de repararlo. Y verás, yo me he vendido unas acciones que tenía y he comprado un camión cisterna nuevo para los Bomberos de Como, donde hice el servicio militar de joven. A cambio, he pedido que me entregaran el viejo camión cisterna y lo he enviado a Harare, que es la capital de Zimbabue. Tendría que llegar hoy o mañana. El viernes por la noche llego a Harare yo también, y el sábado por la mañana me subo al camión cisterna y sigo la marcha, en compañía de un joven sacerdote portugués que se llama José, amigo de mi hermano. Hasta el poblado hay unos mil kilómetros de camino, en su mayoría pista sin asfaltar, pero si no encontramos desprendimientos o desvíos, en tres días y dos noches tendríamos que conseguir llegar.
De golpe, la imagen de Enoch en camisa caqui, sandalias y bermudas, al volante de un camión cisterna en el corazón polvoriento del África negra lo barre todo, ése es, pienso, el papel en el que brillaría, en el que brillará. Nada de americana y corbata.
—No sé qué decirte, Paolo —farfullo—. Me imagino que lo habrás pensado bien.
—Sí, Pietro. Hacía mucho tiempo que deseaba hacerlo. No estoy hecho para esta clase de vida: tenía que mentir cada día, tan sólo hacía cosas en las que no creía, ganaba demasiado. Esa blasfemia me abrió los ojos. Para mí será como volver a nacer.
—¿Y tu esposa?
—Piensa como yo. Se reunirá conmigo dentro de un par de semanas, en cuanto arregle las cosas para la venta de la casa, que está a su nombre. No vamos a volver. ¿Por casualidad necesitas un móvil, mejor dicho, un videoteléfono?
Se saca del bolsillo un móvil plateado, riéndose a carcajadas, y me lo enseña.
—No, ¿verdad? Entonces, verás lo que vamos a hacer. Podría destrozarlo, de verdad que me apetecería un montón, tirarlo al suelo y ver cómo se parte en mil pedazos, pero tengo una idea mejor.
Se levanta, cruza el parque y llega hasta el contenedor de basura que hay ahí enfrente. Pero en vez de tirarlo dentro lo coloca suavemente sobre la tapa y lo deja allí, brillando al sol. Luego vuelve a sentarse a mi lado.
—Lo vamos a dejar ahí. Apuesto a que antes de que tu hija salga del colegio, alguien lo verá, se parará, mirará a su alrededor haciendo como si no pasara nada y se lo meterá en el bolsillo, a la chita callando, convencido de haber tenido un golpe de suerte. Me quedaría con ganas a disfrutar del espectáculo junto a ti, pero por desgracia tengo una cita dentro de veinte minutos y tengo que salir pitando. Le he regalado mi coche al portero de mi edificio y tengo que ir a hacer el cambio de nombre.
Pronuncia esta última frase con un entusiasmo gamberro, el mismo con que muchos hombres de su edad le confiesan a uno que han alquilado un monolocal para su amante. Casa, acciones, coche, móvil: el expolio del hombre occidental. Es eso lo que era: Enoch parecía estar cansado, debilitado, incluso agotado, y en cambio simplemente era libre… Vuelvo a mirar el papel, esas cuatro líneas apresuradas, escritas, lo parece, ya desde Zimbabue, desde dentro de un amasijo de lenguas primitivas y mal habladas.
—No es que sea importante —le digo—, pero hay una repetición: ¿la has visto?
Enoch estira el cuello como un dromedario, para mirar la hoja.
—«Con la presente quiero presentar»…
—Ya veo. ¿Tienes una pluma?
Le doy la pluma y él borra «presentar» con un trazo. Luego escribe encima «entregar», me devuelve la pluma y dobla de nuevo la hoja en cuatro.
—Gracias —dice, y se mete la hoja en el bolsillo. Luego se pone en pie, de manera que yo también tengo que hacerlo.
—Bueno, me voy, que llego tarde.
Lo miro: es probable que sea la última vez que lo veo, por eso tendría que darle un abrazo, pero todo ese sudor y esas carnes fláccidas me producen repugnancia de verdad, y me limito a tenderle la mano. Él apenas me la estrecha.
—Has sido un compañero leal, Pietro.
—Tú también —digo—. Da señales de vida cuando estés por allí abajo.
—Por carta. Es la única manera de comunicarse. ¿Cuál es tu dirección?
—Calle Durini, 3. ¿Te lo escribo?
—No, lo recordaré. —Se toca la sien—. Me ha quedado un montón de espacio libre en el disco duro.
Una mujer pasa cerca del teléfono colocado sobre el contenedor. Lo ve, titubea pero luego sigue recto, y nunca sabremos cuántas ganas habrá tenido de cogerlo.
—Se salvó —digo.
Enoch, de todas maneras, es como si no se fiara y la sigue con la mirada hasta que desaparece, lateral abajo. Luego me mira y sonríe.
—Oye —dice—, con esta decisión que he tomado me siento repentinamente sabio, por eso me gustaría darte un buen consejo, si me lo permites.
No sé cómo ha ocurrido, pero de repente estamos demasiado cerca — percibo su olor, el de su aliento, no está nada bien— y tengo que dar un paso atrás.
—Claro que sí.
—Así, por las buenas, aunque tú probablemente no lo necesites.
—Un buen consejo siempre es necesario.
—Bueno, pues el consejo es éste. —Se adelanta de nuevo, y ya volvemos a estar demasiado cerca—. En cuanto sientas que ya no puedes más, cede. Siempre, en cualquier situación, cede. No te resistas a nada, nunca.
Enoch, el hombre que fue arrojado a África por una blasfemia. Se queda unos segundos observándome, demasiado cerca aún, y oliendo mal, digámoslo, como para esculpir sus propias palabras en este asedio proxémico, y disfrutando, tal vez, de mi desazón; luego se retira, se encoge de hombros y se marcha. Camina ligero, eso sí, pero no hace ni siquiera el gesto de echar a correr. Pasa junto a su móvil sin mirarlo, cruza la calle, se convierte en una capucha gris que se desliza tras el muro de los coches aparcados, y al final desaparece por el lateral, él también, como esa mujer que hace un momento no se ha llevado su móvil.
Para siempre, diría yo.
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