Caos calmo

Sandro Veronesi · Capítulo 30 de 40

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Caos calmo

Capítulo 28

Al final me lo han dicho. «Tienes que ir a que te vea un médico», eso me han dicho.

Bueno, pues sí, era una carga que pesaba en todos los encuentros, contactos, conversaciones o hasta simples intercambios de saludos que he tenido a lo largo de estos dos meses: la anomalía de mi comportamiento, su esencial inaceptabilidad; mi necesidad de cuidados. Al final me lo han dicho y le ha tocado a Marta decírmelo; es decir, al individuo más débil de la manada, el más inestable y más necesitado él mismo de cuidados.

Ha venido a cenar, tal como habíamos acordado, junto a los niños, y hemos comido alegremente; Mac había hecho un espectacular risotto y un rollo de carne picada igualmente exquisito; y hemos observado cómo la dinámica postrauma tomaba posesión de la relación entre nuestros hijos, mucho más impalpable y madura respecto a la de antes: Claudia que ya no ejercía su tiranía respecto a sus primitos, y ellos dos que se sometían de todas formas y sin ninguna resistencia, de manera que permanecía la única jerarquía posible —Claudia dominante, Giovanni por debajo de ella y Giacomo por debajo de Giovanni—, pero sin la más mínima sombra de conflicto. Pequeños hechos, naturalmente, detalles —Claudia que le concede a sus primos la preferencia en la Play Station, ellos dos que caballerosamente se la ofrecen con reciprocidad—, pero elocuentes como sólo suelen serlo los que se refieren a los niños. Lara no ha sido nombrada en ningún momento, pero los tres le han rendido un claro homenaje comportándose de la manera que ella, sin que nunca la escuchasen, les rogaba siempre que se comportaran cuando estaban juntos. Y nosotros dos, Marta y yo, hemos observado todo esto y nos hemos dicho que era bonito y hasta conmovedor ver cómo la reacción de los niños ante la muerte de Lara era la de obedecerla. Luego Marta le ha informado también a Mac de que está embarazada de nuevo, y le ha dejado ver la barriga desnuda, lisa, apenas abombada, que Mac ha examinado con atención chamánica, profetizando que será otro varón; en fin: todo parecía sereno, compatible con la situación, todo parecía ir bien, e incluso decidimos ir a la costa juntos, el siguiente fin de semana, para intentar comprender si lo que sucedió en esa casa comporta su final, como pudiera ocurrir, o bien no es así, no necesariamente; es obvio que la reacción verdaderamente importante será la de Claudia, y en parte también la mía, tratándose de nuestra casa, donde murió nuestra madre o esposa, y donde podríamos por ello descubrir que ya no somos capaces de pasar ahí ni una hora feliz; pero el hecho de que Marta se haya puesto en danza también, junto con sus hijos, haciendo piña con nosotros dos para afrontar el impacto de ese lugar, me ha parecido muy generoso por su parte, muy protector, y la verdad es que no me esperaba sentirme protegido, yo, por ella. Y, además, Marta estaba guapa: simplemente, normalmente, familiarmente, como a veces también a ella le pasa, una chica hermosa en una casa hermosa, a su aire entre niños, vino y restos de comida, sin ninguna sensación de que hubiera nada que la acechara. Parecía verdaderamente uno de esos raros momentos de orden y paz que de vez en cuando consiguen abrirse paso incluso en las vidas más caóticas, y la impresión que se desprendía era que íbamos a lograrlo, los dos, que lograríamos criar a nuestros hijos sin la marca de la desgracia en el fondo de sus ojos, ayudándonos el uno al otro a mantener presente en su vida esa cálida idea de familia que por razones diferentes había desaparecido de la nuestra. Si Marta de verdad necesitaba para salir adelante la energía de las sonrisas, bueno, entonces aquélla era una buena ocasión para aprovisionarla.

Y en cambio, de repente, en mitad de esa hermosa escena confortante, Marta me ha hablado de ese doctor Ficola. Un psicoanalista, por si fuera poco: muy bueno en lo suyo, me ha dicho, freudiano, serio, tradicional, remarcando irónicamente estos dos adjetivos para tranquilizarme sobre el hecho de que, a pesar de ser ella quien me lo aconsejaba, no se trataba ni de un vampiro ni de un samurái; es decir, no debía tener miedo a hallarme fuera de esa charca de aristotelismo muerto en la que, por lo que parece, cree que yo me debato. Me ha explicado que ella no lo conoce, por lo tanto se respetaría también la regla que prohíbe ir de terapia con alguien que trate o haya tratado, ni aun siquiera simplemente conozca, a amigos tuyos o miembros de tu familia. Ha dicho únicamente que le fue indicado por una amiga suya psicoterapeuta y me ha ofrecido un papelito con el nombre y el número de teléfono. Stop. La razón por la que yo debería ir a este doctor Ficola ha sido magistralmente dada por descontada. Tras lo cual, de pronto se ha hecho tarde, y los niños estaban cansados, y desde hace unos días duermen poco, y la propia Marta con este calor a duras penas duerme, y mañana por la mañana tiene una prueba, y tenía que intentar descansar para no parecer un monstruo de verdad, y en fin que en cinco minutos ha levantado velas y se ha vuelto a casa, dejándome plantado aquí con su papelito en la mano. Misión cumplida. «Tienes que ir a que te vea un médico»: al final me lo han dicho sin decírmelo siquiera.

Así, en la media hora siguiente me ha costado un gran esfuerzo mantenerme concentrado en las aventuras de Pizzano Piza, de quien, en mi inmensa nobleza de espíritu, sigo leyéndole a Claudia un capítulo cada noche, a pesar de que su autor desquiciado, paranoico, drogadicto, podrido, secretamente amigo de Lara, me considere un yuppie de mierda sin haberme visto ni conocido nunca; me esforzaba por discurrir sobre esas insulsas paginitas, aunque estaba cabreado como una mona y no veía llegar el momento de que Claudia se durmiera para dedicarme a mi rabia. Resultado: Claudia no se ha dormido. Por regla general se duerme justo al final del capítulo —hay que decir algo sobre ese neurótico: sabe lo largos que tienen que ser los capítulos de los libros para los niños— y en cambio esta vez, nada: despierta como un grillo. A pesar del atracón de risotto y carne picada, ha dicho que tenía hambre, y la he llevado entonces a la cocina para tomar leche y galletas, y luego al sofá de la sala de estar para ver un poco de dibujos animados: las escasas ocasiones en que ha tenido problemas para conciliar el sueño siempre ha funcionado, sin embargo, por ahora nada. Samurái Jack. Spiderman. Scooby-Doo. Ahora ya hace un buen rato que estamos así, pero Claudia sigue sin conciliar el sueño y yo friéndome en mi rabia. No es que no entienda que la causa de su agitación es mi agitación: lo entiendo, pero esa salida de Marta me ha indignado de verdad, tan cobarde, con toda esa huida inmediatamente después; y no hay forma de que consiga encontrar de nuevo la calma viendo a un gran danés miedoso que salta a los brazos de su dueño. Pienso en el morro que tiene Marta, en su coraje viniéndome a mí a recomendarme un comecocos, como si fuera a mí a quien se le va la olla en mitad de una maniobra de aparcamiento; luego pienso, no obstante, que sin duda ella no es la única que cree que tengo que curarme, que más bien se trata de una especie de tácito y coincidente sentimiento de todos los que tengo a mi alrededor, y que la presión ambiental, digámoslo así, generada por este pensamiento colectivo simplemente ha hundido el dique más débil, induciéndola a ella a la acción, de parte de esa multitudinaria cúpula de mandantes que no son capaces de aceptar la forma en que paso mis días, o, en segundo término, de meterse en sus asuntos. La banda de la Arruga en la Frente: mi hermano, Thierry; Barbara-o-Beatrice; Annalisa, mi secretaria; Gloria y Paolina, las maestras; la conserje Maria; Enoch, el hombre que me llamaba señor; hasta mi padre, en su nubecilla de arteriosclerosis; hasta Eleonora Simoncini, salvada del uxoricidio; y quién sabe, tal vez hasta Jolanda, que un día descubriré que había sido encargada de tenerme vigilado para seguir la evolución de mi enfermedad. Pero luego pienso que yo siempre tengo que justificar a Marta, absolverla, siempre, incluso a riesgo de hundirme en la paranoia, y me cabreo todavía más, dado que esta indulgencia mía hacia ella me encadena a mis responsabilidades mucho más que su agresividad hacia mí; porque si bien es cierto que después de haberme ido a la cama con ella esa primera noche no di más señales de vida y, en la práctica, huí — entonces era fácil, no existían los teléfonos móviles— abandonándola allí como un trozo de carne entre las pirañas, también es verdad que, a diferencia de todos los demás que han hecho exactamente lo mismo después de mí, incluyendo a los padres de sus dentro de poco tres hijos, yo, en vez de marcharme simplemente a tomar por culo de una manera ciertamente espectacular como para permitirme no dar más señales de vida, me junté con su hermana, ya, y de su hermana no huí, sino que prácticamente me casé con ella, y tuvimos una hija, y construí una familia ante sus ojos; y si una mujer me hubiera hecho esto a mí, pienso, si me hubiera tirado a la basura e inmediatamente después se hubiera casado con Carlo, y se hubiera quedado con él para siempre, bueno, eso es, creo que habría considerado a esa mujer como la eterna responsable de todos mis males y los de este mundo, incluido obviamente el aneurisma fatal que un día se llevaría a su pobre y desprevenido maridito; y entonces no sólo —dado que las cosas hay que explicarlas, maldita sea, no es que la gente las haga sin motivo alguno— habría creído y seguiría creyendo incluso que esa mujer sigue estando enamorada de mí, sino que por alguna formidable alteración de su mente enferma ha preferido humillarme antes que intentar hacerme feliz, razón por la que le habría recomendado, de qué manera, un psicoanalista a la primera oportunidad, y de los buenos, aunque no fuera más que para ofenderla, por lo menos, y robarle el sueño aunque sólo fuera por una requetemaldita noche…

Coño. Es impresionante la cantidad de cosas de las que puedo ser acusado.

Y Claudia que no se duerme. Quiere ver otra vez los dibujos de Samurái Jack que ya ha visto antes, y me pregunta si puede poner el canal + 1, que retransmite los programas con una hora de diferencia: claro que puedes, estrellita, aunque nunca podrás comprender hasta qué punto resulta excepcional, para alguien como yo, el hecho de que puedas hacerlo. En primer lugar porque a mí, de niño, no se me permitía estar levantado a estas horas, y si no lograba conciliar el sueño era problema mío, tenía que quedarme igualmente en la cama, calladito y buenecito, contando ovejas; luego porque dibujos animados en televisión simplemente no había, mucho menos a estas horas, los echaban sólo el sábado a la hora del almuerzo («Hoy Dibujos Animados») y algunas veces los domingos por la tarde, y de todas maneras siempre eran esos jodidos dibujos del socialismo real, tipo Gustavo o Baltasar; pero sobre todo porque este asunto de que ahora no solamente existen los canales de dibujos de veinticuatro horas seguidas, sino que todos son dobles y permiten volver a ver las mismas cosas una hora después, es una auténtica novedad, nosotros los pusimos en nuestra plataforma hace sólo dos años, ya ves, desde que llegaron los franceses; y si tengo que serte sincero yo hasta era contrario, fíjate, me parecía excesivo, me parecía perverso, no conseguía creer que un niño, en el caos de su vida toda en presente, pudiera programar ver la redifusión si por algún motivo se perdía la cita con su serie de dibujos preferida, ni que pudiera tener ganas de ver dos veces el mismo capítulo con una hora de diferencia, ni que sus padres se lo permitirían, y, si tengo que decirlo todo, aunque fuera mi trabajo, no lograba comprender siquiera del todo cómo demonios podían beneficiarse la Disney, la Fox o Cartoon Network pagando millones por tener un segundo canal del satélite manteniendo sin variar la programación y el precio del abono. Y es precisamente esto, estrellita, lo más excepcional de todo, lo más anormal, porque al final con esta bromita lo cierto es que se benefician, y de qué manera, pierden, pero se benefician, y esto no es normal, como no es normal ir al Mc-Donald’s y descubrir que si tomas el menú hamburguesa + patatas fritas + bebida pagas menos que si tomas sólo la hamburguesa y la bebida sin las patatas fritas; es decir, tú coges las patatas fritas, las tiras directamente en el contenedor de la basura y te gastas un euro y medio menos que si no las coges. Ahora yo no puedo explicarte lo que hay de anómalo en esto, o en los canales + 1, únicamente puedo fingir que es normal como lo es para ti, y acariciarte y esperar a que te duermas pronto; pero no es normal, coño, por lo menos como no es normal que ahora no esté aquí, contigo, tu madre, lo que pasa es que la primera es una anormalidad que te une a todos los demás niños de Occidente; la segunda, no…

Samurái Jack hace lo mismo que antes, taciturno e invencible, en el mismo negro futuro al que ha sido proyectado por las fuerzas del mal: se encuentra con el mismo cyborg escocés logorroico a mitad del mismo interminable puente colgante, y se niega como antes a cederle el paso. Tú observas con la misma atención el frenético combate que viene a continuación, tensa y emocionada en todo tu cuerpecito, como si fuera la primera vez, como si no supieras que al final, exhaustos e incapaces de vencerse, los dos adversarios descubren que ambos has sido embrujados por el mismo señor oscuro y que, por ello, en realidad, son amigos…

A estas alturas, estrellita, es el mundo el que no es normal. Polímeros, hormonas, teléfonos móviles, benzodiacepinas, deudas, carritos del supermercado, pedidos en el restaurante, tiendas de gafas, A está enamorado de B, pero B no está enamorado de A, el dinero siempre acaba siendo robado, toda muerte tiene un culpable. Esto es el mundo. Ya no es normal. Y quieren que yo vaya al doctor Ficola…

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