Caos calmo
Capítulo 4
Los primeros padres llegan a las cuatro menos cinco. Son dos padres. No los conozco. No recuerdo haberlos visto nunca; llegan juntos, completamente arreglados, morenos y encorbatados, con la americana al hombro, charlando con ganas desde hace quién sabe cuánto rato, y se colocan delante del portal del colegio, que todavía está cerrado. Da la impresión de que no es una casualidad. Da la impresión de que se trata de una costumbre. Se ve bastante a las claras cuándo una persona está haciendo algo que hace siempre: no mira a su alrededor, no observa a los demás, parece estar a sus anchas, en su casa. Estos dos son así. Llegan con antelación, los primeros, y charlan, se ríen, gesticulan con gran complicidad, aunque no esté ahí el montón del resto de los padres rodeándolos, haciéndolos menos llamativos. Parecen dos amigos de infancia y tal vez lo sean de verdad: dos amigos de infancia que hicieron la primaria y la secundaria juntos y que luego se distanciaron en el instituto y se han vuelto a ver más tarde, a lo mejor porque se han casado con dos amigas, sí, y de pronto han descubierto que tienen muchas más afinidades y compatibilidades de las que creían, y el hecho de conocerse desde pequeños les ha aportado tranquilidad y ha hecho que lleguen a ser verdaderamente amigos. Está claro, si uno los observa, que cuando uno de ellos tiene un problema llama por teléfono al otro. Es tan evidente. Ven juntos los partidos en diferido por la televisión, se tapan el uno al otro las infidelidades conyugales, pasan juntos las vacaciones, con sus familias, las esposas tranquilas, por su parte, por estar ellas también unidas desde hace tanto tiempo, y los hijos de la misma edad obligados a participar en esta doble intimidad, aunque quizá ni siquiera se soporten. Han venido juntos a recoger a los niños al colegio y han decidido que este año lo van a hacer siempre que puedan, saliendo antes del trabajo con un eros que no existiría si de ver a sus esposas se tratara, y este espacio los ayudará lo bastante a hacer funcionar su propia vida, a hacérsela aceptar, a ambos…
Los otros padres llegan de sopetón, todos juntos, como si se hubiera abierto un recipiente que los contuviera: uno en ciclomotor, el otro en coche, aquél a pie, hablando por el móvil, todos ellos creando un problema que el guardia urbano no logra resolver. El urbano ha cambiado, ya no es el de esta mañana. Hay quien quiere pararse con su coche en doble fila, justo delante del portal; hay quien se queda charlando en medio de la calle parado, obstaculizando el tráfico, y él suda la gota gorda intentando mantener un mínimo de orden. Pero no lo consigue, se ve asaltado por todos los lados, y a las cuatro y veinticinco hay el follón habitual, del que yo todavía me acordaba, en todas las ocasiones en que venía a recoger a Claudia. El caos. Pero un caos alegre, carente de dramatismo, porque los niños, aunque no hayan salido todavía, ya han empezado a irradiar por aquí fuera la sustancia que les permite sobrevivir entre los adultos, esa especie de antihistamínico natural que relaja un poco a los padres y hace que sufran una regresión, haciéndolos no sólo compatibles sino incluso cómplices del caos del que ellos, los niños, sienten que forman parte: el caos de sus pequeñas habitaciones antes del orden de colocar las cosas en su sitio, el caos de las mochilas al volver del colegio, de los estuches, de los cajones, de las libretas; el caos simple y fundamentalmente calmo en el que vivirían todo el tiempo, si se les permitiera, sin comprender la mayor parte de las cosas que acaecen pero, precisamente por eso, con la capacidad de vivirlas muy intensamente. Es esto, con exactitud, ahora lo comprendo, lo que sucede más o menos a esta hora en el exterior de los colegios de primaria de todo Occidente: los padres abandonan por un breve lapso de tiempo la urbanidad a la que están todo el día atados y se comportan como sus hijos, caóticamente, arriesgándose a ser atropellados, a perder el perro, a rayar el coche en el intento de meterlo en un hueco demasiado pequeño, y el guardia urbano que debería llamarles la atención no puede hacer nada. Luego, no obstante, basta la salida efectiva de sus hijos, tan inalcanzablemente impregnados de ese caos —con los sobrecuellos rotos, los zapatos desatados, los pantalones sucios de pipí, los arañazos en las rodillas, la flauta olvidada en el aula de música, los empellones y los gritos—, para asustarlos y empujarlos de nuevo hacia el orden del que proceden, que será plenamente restablecido en cuanto lleguen a casa, con la agenda familiar que va dictando los tiempos de las cosas que hay que hacer hasta la hora de la cena, y sin discusiones.
Es algo raro, pero cuando venía a recoger a Claudia, los años anteriores, no me daba cuenta de que yo formaba parte de un fenómeno tan absurdo: yo también tenía prisa, yo también intentaba meterle un gol al guardia dejando el coche en doble fila, yo también me paraba a charlar en medio de la calle. Yo también llegaba hasta el contacto físico con mi hija después de haber transgredido en diez minutos casi todas las normas que respetaba durante el resto del día; y yo también, en esos diez minutos, me sentía mejor. Aunque no venía muy a menudo a recoger a Claudia, para mí era normal que aquí, a las cuatro y media, siempre hubiera un caos inmenso. Ahora, en cambio, tras haber visto cómo se generaba a partir del aleteo de dos amigos de infancia que charlan, este caos se me representa como un asunto mucho más complejo y estructurado; un fenómeno demasiado llamativo, demasiado común y demasiado absurdo para no ser, de algún modo, necesario: necesario, sí, a fin de que los padres puedan retomar la responsabilidad para con sus hijos de la manera menos brusca posible: reuniéndose con ellos a medio camino, por decirlo de alguna manera, e incluso dejándose contagiar, precisamente, por el caos calmo que los inspira.
Se abre el portal del colegio y desde el interior se oye llegar el tilín antiguo del timbre. Maria, la conserje, les pide a los padres que no se agolpen en el portal, que se coloquen alrededor en semicírculo, y su intervención produce una mínima geometría en la fractal complejidad del gentío. Es obvio que, a pesar de que hoy es un día un tanto especial, Maria, la conserje, tiene que repetir esta operación todos y cada uno de los santos días, porque de otra manera los padres-en-regresión se agolparían en el portal. La madre de Benedetta deja un corrillo de otras mamás y se acerca a mí, al otro lado de la calle, donde me he quedado parado, apoyado en mi coche, autoexcluyéndome de la competición por conseguir los lugares en la primera fila. Es una mujer guapa, de unos cuarenta años, con los ojos egipcios, el pelo rubio corto y una mandíbula fuerte. Lleva una camiseta corta, como las adolescentes, que le deja al descubierto una buena franja de barriga lisa y tersa alrededor del ombligo. Debe de hacer bastante aeróbic para mantenerse así. La piel de la cara, de todas maneras, está estropeada, casi ajada, quizá por el exceso de sol artificial que toma para estar siempre bronceada. Tiene unos dientes regulares y blanquísimos, que ahora se ponen en blanco para mí.
—¿Qué tal, cómo te ha ido? —me suelta, como si fuera una pregunta sensata. Si supiera que me he quedado aquí fuera durante todo el día, lo sería, pero ella no lo sabe y su pregunta carece de sentido.
—Bien.
—¿Quieres que me lleve a Claudia a casa con Benedetta y luego te la llevo a ti a la hora de la cena?
Los niños empiezan a asomar por la puerta, guiados por las maestras, y miran a su alrededor. Pero son los más pequeños, los de primero y segundo. En el semicírculo de los padres empiezan a levantarse las manos.
—No sé —respondo—. En todo caso, veamos qué dicen ellas.
—Lo digo por ti, si estás ocupado.
—Oh, no, gracias. No tengo nada que hacer.
No sé lo que es, tal vez sea la expresión de mi rostro mientras decía esta cosa tan normal, o el simple hecho de que sea verdad, pero el hecho es que una punzada de compasión le cruza dolorosamente el rostro. Tengo que prestar atención a las cosas que digo, de ahora en adelante, y a cómo lo digo, si no quiero que la gente me compadezca.
—Bueno —dice—, entonces será mejor que estés con ella. —Toma aliento—. Pero, de verdad te lo digo, si lo necesitas, si alguna tarde no puedes venir a recogerla, o si tienes que trabajar, basta con que me llames por teléfono. Lo que sea, te lo digo de verdad. Benedetta se lleva tan bien con Claudia…
Más allá de las cabezas de los padres, mientras tanto, observo el despliegue de los niños un poco más grandes, de tercero y de cuarto. Las maestras miran a su alrededor, sujetando a los niños, a veces incluso con fuerza (obviamente, ellos se lanzarían al azar entre el montón de padres y únicamente después se plantearían la cuestión de encontrar allí al suyo), hasta que identifican a la madre, al padre o a la canguro autorizada que levanta la mano y saluda: en ese instante sueltan la presa sobre el niño y le indican adónde tiene que ir, aunque casi siempre el niño ya lo sabe.
—Gracias —repito, y de pronto, al querer añadirlo a mi agradecimiento, me doy cuenta de que no recuerdo su nombre (¿Barbara o Beatrice?). Así que mi «gracias» permanece en suspenso y tengo que improvisar otro cierre —. Eres muy amable.
—No te andes con cumplidos, ¿vale? —insiste ella.
A menudo son los niños los que avistan a su progenitor antes que la maestra y se lo señalan mientras ella está ocupada en buscar el de otro. De esta manera turban el orden con que la maestra pensaba desarrollar esta última tarea de la jornada, las adjudicaciones se superponen y el caos se extiende de fuera adentro.
—¿Sabes? —digo—. Parece una venta en subasta.
—¿Qué?
Con la barbilla le señalo el portal del colegio.
—Esta manera de entregar los niños a los padres. Parece una subasta.
La madre de Benedetta se da la vuelta hacia el portal y mira.
—Parece que los niños vayan siendo subastados uno a uno, y que los padres se los vayan disputando levantando la mano y haciendo su oferta. La maestra los adjudica a la mejor oferta, que al final siempre es la del auténtico padre.
Aparecen otros niños, todavía más mayores. Los de quinto. La madre de Benedetta está parada, con la mirada clavada en lo poco que, desde aquí, puede ver. No es muy alta, y todavía queda bastante gente formando un muro. Siento que de repente se me hace un extraño nudo en la garganta.
—Por otra parte —añado, aunque quisiera quedarme callado—, ¿acaso podría ser de otro modo?
Y ya está ahí Paolina, la maestra. Junto a ella reconozco a Francesco, Nilowfer y Alex, además de una niña a la que no me parece haber visto con anterioridad. Detrás, en la penumbra del zaguán, se amontonan ya todos los demás, entre los que imagino también a nuestras dos hijas, a las que todavía no se ve.
—Nos toca a nosotros —dice la madre de Benedetta, haciendo que resplandezca de nuevo su sonrisa lactescente. Cruzamos la calle, que de todos modos está bloqueada por ese gran detenerse a charlar y hacer proyectos de los padres que ya han recibido a sus hijos, entre los cuales veo aquí de nuevo a los dos amigos de la infancia, con sendos chicos de la mano, que hablan con una mamá joven y guapa. El tráfico está paralizado y el guardia mantiene a raya a la caravana de coches, como si, sin su intervención, fueran capaces de lanzarse sobre la muchedumbre y provocar una masacre. Y no hay nada que hacer: en cuanto llegamos al mogollón, nos introducimos por el inexistente espacio entre persona y persona para ganar la primera fila, como niños emocionados, y como no haríamos nunca en una cola de correos o del supermercado. «Perdone. Perdone…» Nadie protesta.
Cuando volvemos a ver el portal, Claudia y Benedetta están allí, junto a Paolina, la maestra. Claudia me ve enseguida, sonríe, y el nudo de mi garganta crece; luego le da un codazo a su amiga, que escrutaba hacia otro lado, para señalarle a su madre. En este momento lo único que queda es ser visto también por Paolina, la maestra, y asunto concluido. Levanto la mano yo también, pujo yo también: Paolina, la maestra, me ve, asiente, y con la cabeza le hace una señal a Claudia para que vaya hacia mí. Adjudicada.
—¿Qué tal ha ido, estrellita? —le pregunto después de haberla besado.
—Bien —responde ella, y parece que sea de verdad. Está sonriente, relajada, tranquila. El nudo de mi garganta empieza a deshacerse.
—¿Qué habéis hecho?
—Bueno, adiós, Pietro —nos interrumpe la madre de Benedetta, quien, al parecer, tiene prisa.
—Hasta mañana —le digo. Luego acaricio el pelo de su hija—. Qué morena estás, Benedetta. Estás muy guapa.
La niña sonríe, lanza una misteriosa mirada de complicidad a Claudia y se aleja con su madre, quien, no obstante, tras dar un paso, se detiene y se da la vuelta hacia mí.
—Insisto de nuevo —repite—. No te andes con cumplidos.
—Claro que no —respondo.
Luego sigue una sucesión de saludos y de formalidades intercambiados al vuelo con otros padres de compañeros de Claudia, para deshacerme de los cuales empleo unos minutos. Claudia se queda cerca de mí, tan formalita, y su calma me ayuda a no ponerme nervioso, porque en lo único en que pienso es en quedarme a solas con ella. No se ha dado cuenta de que me he quedado aquí fuera todo el día, estoy casi seguro de ello, pero la mirada que se ha intercambiado con Benedetta ha hecho que se me volviera a hacer un nudo en la garganta, porque podría significar que sí se ha dado cuenta, y que se lo ha dicho a su amiga, y que han estudiado juntas una estrategia, para jugar un poco con el asunto…
Luego, cuando también se ha despedido de nosotros Paolina, la maestra, podemos ya por fin deslizarnos hasta el coche.
—Y bien —digo incluso antes de poner el motor en marcha—. ¿Qué habéis hecho?
El móvil empieza a sonar y yo no contesto. Ni siquiera miro la pantalla para ver quién me llama. Claudia se queda un instante pasmada, tocándose la trenza. Luego coge aire, como si fuera a hablar, pero no dice nada.
¿Se trata de eso? ¿Me ha visto y no sabe cómo decírmelo?
—¿Qué pasa, estrellita? —le digo, sonriendo.
—Dábale arroz a la zorra el abad —suelta ella, y me mira fijamente.
Pongo el motor en marcha, por hacer algo. Su mirada me tiene clavado, mientras un destello divertido le cruza los ojos. El móvil empieza a sonar de nuevo, y yo lo apago. Dábale arroz a la zorra el abad.
—No te entiendo —admito.
Claudia parece contenta por eso y asiente imperceptiblemente, bajando los ojos. Cuando tenga veinte años y haga este mismo gesto será bellísima.
—Hemos hecho palíndromos —dice—. Ya sabes, esas cosas que se leen igual del derecho y del revés.
Entretanto, salgo del aparcamiento y voy avanzando poco a poco entre los restos de la aglomeración de padres, que se está dispersando.
—Dábale arroz a la zorra el abad, se lee igual al revés —añade—. Inténtalo…
Y yo lo intento, con una sonrisa tonta estampada en la cara recorro marcha atrás esta frase fantástica: daba le arroz al a zorra elabad.
—Es verdad… —digo.
Se me ocurre una adivinanza palíndromo inglesa que aprendí en Harvard, cuando estudiaba allí: able I was ere saw I Elba. Fui sagaz hasta que vi Elba. Napoleón. Me sorprendió, entonces, aquella frase, porque además de ser un palíndromo, tenía un significado. Pero dábale arroz a la zorra el abad es mucho mejor, porque no tiene significado, y, pese a ello, al contrario que la otra, suena perfectamente natural.
—Qué bonita —digo—. ¿Y cómo es que habéis hecho palíndromos?
—Gloria, la maestra, nos ha estado explicando lo que es la reversibilidad.
—La reversibilidad, no está nada mal. ¿Y qué os ha explicado la maestra?
—Nos ha explicado que en matemáticas hay unas operaciones reversibles y otras que son irreversibles. Y luego nos ha explicado que en la vida también ocurre lo mismo. Y que es mucho mejor hacer cosas que son reversibles, si uno puede elegir.
—Es verdad. ¿Y os ha puesto algún ejemplo de cosas reversibles en la vida?
—No.
—Pero tú lo has pensado, ¿verdad?
Claudia asiente.
—Hmm, hmm…
—¿Como cuál? Dime algo reversible que se haga en la vida.
—Casarse.
—¿Cómo?
—Existe el divorcio, ¿no? Gloria, la maestra, nos ha dicho que son reversibles todas las cosas en las que es posible echarse atrás.
Y sonríe. Increíble. Su madre y yo teníamos que casarnos hace diez días; habíamos decidido que, dado que Lara ya no tenía padres, llegaría al ayuntamiento acompañada por Claudia; le habíamos comprado un traje bellísimo, y ella no veía llegar el momento de ponérselo, pero su madre se murió delante de sus ojos y ese vestido ya no se lo pondrá… Esta niña está pendiente de un hilo, y no sólo consigue hacer frente a conversaciones de este tipo, sino que consigue hacerlo incluso con una sonrisa. ¿Y qué le digo yo ahora?
—Ya.
Hay tráfico. Avanzamos con lentitud en la corriente de coches, con las ventanillas bajadas que hacen inútil el trabajo del climatizador. El viento mueve el pelo de Claudia, exalta su belleza y su brillo. Tan sólo la trenza permanece quieta, de lado, a lo largo de la sien. ¿Qué puedo decir? ¿Cómo puedo cambiar de tema, antes de que la conversación acabe en las cosas que, por el contrario, son irreversibles?
—¿Sabes, estrellita? —le digo—. Se me ha olvidado cómo se llama la madre de Benedetta. ¿Barbara o Beatrice?
—Barbara —responde. Pero luego añade, belicosa—: ¿Por qué no quiere que le hagas cumplidos a Benedetta?
—¿Cumplidos? Oh… Oh, no, no, estrellita: no se refería a Benedetta. Es una manera de hablar, por una cosa de la que estábamos hablando antes de que…
Eso es. A propósito de las cosas que turban a los niños y de las que no los turban.
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