Caos calmo
Capítulo 34
Una vez, hace casi veinte años, regresando a Italia después de mi primer viaje a los Estados Unidos, en el avión me pasó algo raro. Tenía un asiento de ventanilla en la última fila, donde los asientos laterales sólo son dos, y con el embarque ya completado el sitio que quedaba a mi lado todavía estaba vacío; ya me había hecho a la idea de que iba a viajar cómodamente, cuando vi llegar al auxiliar de vuelo empujando una silla de ruedas en la que iba una mujer tetrapléjica. El sitio que yo creía libre le había sido asignado precisamente a ella, y el auxiliar me pidió que le cediera el mío, el que estaba al lado de la ventanilla, porque evidentemente ella no se podría levantar si yo tuviera que, pongamos, ir al servicio. No es que me pudiera negar, de manera que la mujer paralítica fue depositada a peso en mi asiento de ventanilla y yo me coloqué en el de al lado. Era americana, tenía más o menos la edad que tengo yo ahora —cosa que entonces hacía que a mí me pareciera vieja—, y sus piernas colgaron lúgubremente durante el traslado de la silla de ruedas hasta el asiento: esto es todo lo que sé de ella, porque durante todo el viaje evité hasta el mero hecho de cruzarme con su mirada y, cuando esto era del todo imposible, hacía lo que fuera para que el contacto durara lo estrictamente necesario, es decir, uno o dos segundos. Se puede decir que la ignoré, si se quiere. Y, en fin, que despegamos, comimos, me levanté para ir al lavabo. Vimos la película. De vez en cuando venía una azafata y le preguntaba a la mujer si necesitaba algo, pero la mujer nunca necesitaba nada, hasta que en el avión todo el mundo se durmió y la azafata dejó de venir. Intenté una y otra vez encontrar una postura que me permitiera dormirme, pero era difícil porque la mujer monopolizaba el reposabrazos que teníamos en común; hasta que, no sé cómo fue, dándole la espalda y apuntalándome sobre el otro reposabrazos, conseguí conciliar el sueño. Me dormí una horita, y habría podido seguir durmiendo, pero la mujer me despertó. Lo hizo con delicadeza, tocándome suavemente sobre el hombro, justo como por entonces hacía mi madre cada mañana. Y, como mi madre, esa mujer estaba de pie. Tenía que ir al váter. Me levanté para dejarla pasar —«Thank you», me dijo—, y observé cómo daba los diez pasos necesarios para llegar al servicio: perfecta, caminaba como cualquier persona. Miré a mi alrededor en aquel vientre de ballena en penumbra, pero nadie lo había visto: todos estaban durmiendo acurrucados y de las azafatas no se veía ni su sombra. La mujer se quedó en el váter un buen rato, luego salió, dio sus diez pasos para llegar al asiento, yo me levanté de nuevo para dejarla pasar y ella se sentó. «Thank you», repitió. Luego recostó la cabeza sobre la almohada y cerró los ojos enseguida. A partir de ese momento ya no volví a encontrar la postura en la que me había dormido, por lo que ya no dormí más; ella en cambio durmió como un lirón hasta que encendieron las luces para el desayuno y empezó el ir y venir de azafatas que acudían a preguntarle si necesitaba algo. La mujer se comió todo el desayuno, tomó café dos veces, luego se puso a leer un libro, durante el resto del vuelo, y en el aterrizaje sus manos se aferraron con fuerza a los reposabrazos porque debía de tener algo de canguelo. Ahora podía yo mirarla cuanto quisiera, porque era ella la que evitaba mi mirada; y lo hacía: la miraba continuamente, pero ya no miraba nada en concreto de ella, hasta el punto de que, como ya he dicho, no sabría decir si era rubia o morena, guapa o fea; simplemente intentaba hacer que notara sobre ella todo el peso de mis ojos, quería que se sintiera azorada; pero aunque lo consiguiera, ella no dejó que se le notara. Luego, cuando el avión se detuvo delante de la terminal, por el altavoz nos rogaron que permaneciéramos sentados. Inmediatamente después llegó un auxiliar con la silla de ruedas (otro, no el mismo) y el traslado de la mujer fue repetido en sentido contrario. Cuando el auxiliar la levantó, le miré atentamente las piernas: parecían de verdad blandas e inanimadas, carentes de músculo, las piernas de una marioneta; y cuando empezó a llevarla caminando hacia atrás, ella ya no pudo evitar mi mirada, y se vio obligada a sonreírme, y a saludarme con la mano.
Eso es, Eleonora Simoncini: me habría gustado decirte que delante de ti me sentía como debía de sentirse esa mujer delante de mí.
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