Caos calmo

Sandro Veronesi · Capítulo 20 de 40

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Caos calmo

Capítulo 18

Gorgonzola. Una dirección a la que nunca podría haber llegado sin el GPS. Olor a desinfectante. Una sala cuadrada, iluminada por el fluorescente, mesas y sillas de plástico de bar. Extraños festones azules colgados del techo, extrañas bolas rojas, y una banda colgada en un pequeño armario, medio doblada pero con la inscripción todavía legible: «Feliz cumpleaños, Tomas». Una cincuentena de personas, con aplastante mayoría de mujeres: a ojo yo diría que cuatro, o incluso cinco, a uno. Mujeres muy distintas a Barbara-o-Beatrice, tan patricia, elegante, bronceada, cuidada, elaborada, que me ha enviado hasta aquí; éstas son mujeres más sencillas, más humildes, madres que trabajan —docentes, bastantes de ellas— o bien amas de casa, que visten ropa modesta y no vigilan su línea, que han perdido ya todo su bronceado de este verano y no hacen vacaciones exóticas durante el invierno, y que llevan en sus ojos la marca purgativa de las periferias. Únicamente la edad es la misma: la edad, precisamente, en que uno ya no puede dejar de lado la muerte.

Dos de ellas se acaban de sentar a mi mesa y han empezado a charlar sobre problemas de las clases, traslados, direcciones generales; de cuando en cuando una de las dos estalla en una risa muy vulgar, pero curiosamente es esa misma risa la que la hace atractiva, y lo que atrae es que consiga soportar con tanta desenvoltura el hecho de reírse así, de aceptarlo sin hacer de ello un problema. Es más, como ocurre con la barba talibán de Jean-Claude, esa especie de reclamo animal obliga a fijarse en las dotes que la acompañan: así me doy cuenta de la formidable luz extranatural que despiden por sus ojos verdes, una luz que parece estar relacionada con una energía enorme y misteriosa, tal vez la misma que alimenta esa carcajada y le confiere a todo su ser la salvaje sensualidad de los dominantes. No es belleza, sino más bien una evolución sideral de la misma: la manera de dejar pasmado en una civilización superior que hubiera abandonado el culto a la belleza. Al final soy incapaz de no mirarla, y en esas dos o tres ocasiones en que ella me mira a mí, el esfuerzo de sostener su mirada me produce una extraña, instantánea sensación de liquidez, como si las defensas se diluyeran, el instinto de conservación se disolviera en una letal pasividad, y de repente la eventualidad de ser, pongamos, echado sobre un sofá y devorado vivo sin oponer resistencia ya no estuviera tan lejana. Y no hay forma de distanciarse de ella, de distraerse, de olvidarla, porque el periódico resonar de su risa viene y le captura a uno dondequiera que se hubiera refugiado, y la percepción de sus superpoderes empieza otra vez desde el principio. Es ridículo, lo comprendo, y a lo mejor tiene algo que ver con la digestión de la hamburguesa con queso repleta de salsas del McDonald’s que me he tragado de pie, mientras venía hacia aquí, pero la verdad es que da la impresión de que no es humana y su proximidad me produce aprensión: por mí y también por su interlocutora, objetivo pleno de esa mirada, tan expuesta a la kryptonita que allí rebulle, hasta el punto de que en el momento en que se levanta para ir hasta la mesa de los ponentes siento alivio por ella. Lo cierto es que se trata de la presidenta, que enciende el micrófono (funciona, no funciona, silba, no silba, roza), nos da la bienvenida, se disculpa por el retraso de la ponente, atrapada en un embotellamiento, y se pone a ilustrar las futuras iniciativas de la asociación Padres Unidos. Una cena en el Círculo ARCI de Melzo el sábado próximo, con la segunda etapa del itinerario «Sabores de la vieja Lombardía», 13 euros para los adultos y 9 euros para los niños menores de quince años. La fiesta de Halloween la noche del 31, también en el Círculo ARCI de Melzo, con una cena de menú de 12,50 euros y animación para niños a cargo del Grupo de Teatro Hinterland, que incluye cuentacuentos, espectáculo de marionetas y disfraces para «Trato o truco». La conferencia sobre los abuelos ayuda o problema del mes que viene que excepcionalmente se celebrará a las 17 horas en el local del Barrio 11 en Vimercate…

Ahora Risa Vulgar me da la espalda, puesto que está vuelta hacia la mesa de los ponentes, y mi mirada puede irse a mariposear por la sala, aunque llevándose consigo una sensación de malestar: no tanto por mi clamorosa extrañeza en el seno de este círculo —en el cual, como es obvio, todo el mundo se conoce—, como por la ausencia total de otros espectadores solitarios como yo. Todos han venido aquí acompañados e incluso los que siguen llegando lo hacen siempre en grupos de dos o tres: de manera que ni siquiera me parece que haya venido a una conferencia, parece que me haya colado en una fiesta. Risa Vulgar se ha quedado sola, aquí en mi mesa, pero ha llegado junto con la presidenta, forma parte de la organización y, es más, la presidenta misma anuncia que ahora Letizia, es decir, ella, pasará entre las mesas para recoger nuestras direcciones de correo electrónico. Como es obvio, empieza precisamente por mí, y yo no querría dársela pero se la doy, a causa de la ya mencionada licuefacción de cualquier recurso con que uno pretenda hacerle frente: le basta una ojeada, verde, pesada, mineral, y yo ya la he contentado. Coño. Si existen las brujas, ella lo es, seguro.

Por fin llega la ponente, y tampoco ella está sola: viene acompañada de cuatro personas, un hombre y tres mujeres que la escoltan hasta la mesa como un cuerpo de honor para luego perderse en la sala. La presidenta le cede el micrófono de inmediato, sin presentarla, y ella, una madura señora de aspecto gallardo, un poco entre Abuela Pato y Jessica Fletcher, se presenta sola —«Me llamo Manuela Solvay Grassetti, soy psicoterapeuta»— y empieza a hacernos preguntas, ella, a nosotros. «Cómo hablar de la muerte con los hijos»: quiere saber cómo se propuso este tema, si surgió entre nosotros o forma parte de un programa de profundización de nuestros conocimientos. La presidenta responde que surgió entre nosotros, de nuestras exigencias como padres que nos vemos obligados a hablar con nuestros propios hijos acerca de la muerte, a lo que la ponente le formula una extraña pregunta: «¿De qué muerte?», le pregunta. Como estableciendo que éste es el principio auténtico de la conferencia, una mujer de la primera fila le coloca delante, sobre la mesa, una pequeña grabadora. «¿En qué sentido dices qué muerte?», dice la presidenta: «La muerte, el concepto de la muerte, su misterio». Entonces la ponente dibuja una hermosa sonrisa y explica que con su pregunta pretendía iluminar el primer y más relevante aspecto de la cuestión planteada por el título: cuando hablamos de la muerte, dice, a menos que seamos filósofos, normalmente nos referimos a la muerte de alguien, la nuestra o la de nuestros seres queridos, de conocidos o incluso sólo de los soldados que mueren en la guerra de las que habla la tele; casi nunca de la muerte en sí misma. Sólo poquísimas personas adultas están interesadas en el misterio de la muerte en sí, misterio que por el contrario despierta mucho la curiosidad de los niños. Por esto, insiste, ha preguntado de dónde procede el título: el hecho de que venga de nosotros, de una exigencia nuestra unida a la cotidianidad con nuestros hijos, en vez de un programa teórico que estemos siguiendo, significa que entonces esta noche ella tendrá, por encima de todo, que responder a nuestras preguntas, porque está claro que si hemos propuesto este tema es que nos enfrentamos con problemas concretos y específicos y que esperamos que esta velada pueda ayudarnos a resolverlos. (Sus palabras, que son seguidas por una sabia pausa, causan un largo murmullo de aprobación). Por eso, prosigue, se limitará a hacernos una breve introducción, tras lo cual estará a nuestra disposición para…, y aquí, dando una ejemplar, pavloviana contribución a la velada, el micrófono muere. Lo hace de esa manera perentoria que tienen los objetos de morírsenos de golpe entre las manos, dejándonos comprender de inmediato que esta vez no se trata de un capricho, de un defecto que se pueda remediar con un palmetazo, o de una avería que se pueda reparar, sino del tristemente célebre Acontecimiento Ineluctable, precisamente, que antes o después le ocurre a cualquier cosa que desempeña una función en nuestro universo. Una muerte, de eso se trata: un fallecimiento. La cosa está tan sumamente clara que nadie hace el más mínimo intento de reanimarlo, ni siquiera el hombre con movimientos de lémur que se pasea por la sala con aspecto de ser el responsable, y que ante el gesto interrogante que le dirige la presidenta responde sacudiendo la cabezota pelona. La ponente se pone entonces de pie y, con una voz completamente distinta de cuando era amplificada (más joven, parece, más entonada, más limpia), dice que seguirá sin micrófono. Pregunta si todo el mundo la oye bien, provocando un coro de «sí», tras lo cual, después de beberse un vaso de agua, empieza a hablar de nuevo, afirmando que su introducción se limitará a la exposición de un concepto, uno nada más, muy simple pero, en su opinión, fundamental: nosotros, dice, trasladamos a nuestros hijos nuestras emociones. Hasta cierta edad, dice, lo que ellos sienten ante cualquier cosa no es más que la reproducción o una elaboración propia de lo que sentimos nosotros, los padres. No de lo que nos esforzamos en manifestar, atención: sino de lo que sentimos verdaderamente. Por tanto, dice, antes de preocuparnos por la relación entre nuestros hijos y la muerte tenemos que preocuparnos por la relación entre nosotros y la muerte. El problema no es por tanto qué palabras, qué artificios o qué imágenes utilizar para hablarles del tema, dice, sino más bien cómo nos enfrentamos nosotros a la muerte — cómo nos la tomamos nosotros, si se trata de la de uno de nuestros seres queridos—, y afecta a todo lo que denominamos paraverbal y que nuestro comportamiento hace que llegue directamente al inconsciente del niño, es decir, el tono de voz, los suspiros, las expresiones del rostro, el llanto, etcétera; o, por decirlo de una manera más sugestiva, añade, la energía de dolor que nosotros emitimos. Trabajar sobre la manera en que se presenta la muerte a los niños equivale por eso a trabajar sobre la manera en que nos la presentamos a nosotros mismos: y esto es todo. Fin de la introducción. La ponente se sienta de nuevo y ahora nos toca a nosotros hacer las preguntas.

Hemos sido cogidos por sorpresa, nadie se esperaba una introducción tan breve, y en la sala se hace el silencio. Parece casi una técnica estudiada para obligarnos a reflexionar: nuestros cerebros estaban preparados para almacenar cierta cantidad de información antes de sumirse de nuevo en nuestra particular preocupación individual, y ahora se ven unidos en una silenciosa operación de reconfiguración, que expande el único concepto recibido hasta hacer que ocupe todo el espacio disponible. Es interesante. De la misma manera que es interesante esta cuestión de la energía de dolor, después de todo. Entonces sería como me dijo Carlo esta mañana y como a fin de cuentas yo también me siento tentado de creer, aunque siga pareciéndome demasiado simple: si Claudia no sufre es porque me está imitando a mí; puesto que yo no emito, ella no tiene acceso a la energía necesaria para sufrir. El misterio entonces no es ella, soy yo.

Se levanta una mujer y pregunta si puede contar una experiencia personal; luego, sin esperar el permiso, empieza a hablar de un importante luto que ha golpeado a su familia, y de su hijo de doce años que ha permanecido completamente indiferente. La mujer cecea, lo que la hace más tierna, aunque físicamente parezca una áspera sucesión de aristas. El niño, dice, no vio eza muerte, eztuvo protegido al máczimo, aunque eztaba muy unido al muerto. A pezar de todo, dezde el principio, ze comportó con una indiferencia total. En el funeral, rezoplaba. En el cementerio, tiraba piedraz a laz tumbaz, fue un maleducado. La ponente le pregunta quién era el muerto, la mujer responde que se trataba de un primito un poco mayor que él, y la ponente asiente, casi satisfecha: dice que la muerte de un coetáneo obliga a los niños a pensar en la suya y dado que no están preparados para hacerlo, es frecuente que, para defenderse, adopten la estrategia del rechazo. Pero ¿ze trata de un comportamiento zano?, pregunta la mujer. De entrada, sí: ¿cuánto tiempo hace que ha muerto ese primito? Zeiz mezez. Caramba. Entonces es probable que se haya ido deslizando hacia una teatralización del rechazo: por regla general, la muerte de un niño provoca un sufrimiento terrible en los adultos y es posible que él haya decidido rechazar la conducta estereotipada que lo rodea, lo que a él puede parecerle la teatralidad del dolor. Es posible que sienta el peligro de ser fagocitado por tanto sufrimiento, de morir él también, y entonces cierra la puerta. ¿Y qué podemoz hacer? Lo que es seguro, señora, es que no tiene que insistir en querer hablar del tema. No debe preguntar, no debe indagar, no debe hacerle creer que está obligado a sufrir. Se sentiría invadido y se encerraría todavía más. Su tarea es la de estar ahí, y la de hacérselo comprender. Por otra parte, podría haber hablado del tema con alguna amiguita o algún amiguito, porque a esa edad el grupo empieza a ser más importante que los padres. Es el peligro de las hormonas. Y si de todas maneras se decide a intentar hablar del tema, recurra a la fórmula del «me pregunto»: «¿Sabes?, me pregunto cómo es que nunca has hablado de Francesco. Que sepas que si algún día quieres hacerlo yo estoy aquí». Algo parecido. Ese me pregunto es un mensaje hipnótico, llega directamente al inconsciente. Me pregunto. Tenemos que mostrarle toda nuestra incertidumbre, toda nuestra imperfección, para evitar que se sienta inapropiado. El inconsciente del niño, ese fenomenal esplendor que tiene en su interior, todavía está abierto, de par en par, y los sentimientos hacen daño. Es lógico que el niño se defienda.

Y aquí Risa Vulgar, que tras haber recopilado las direcciones ha regresado para sentarse a mi mesa, se vuelve y se pone a escribir en una libreta, como asaltada por una urgencia imprevista. Pero lo que pasa es que al hacer ese movimiento de volverse hacia la mesa, antes de bajar la cabeza hacia la libreta, me parece ver en su rostro algo que no funciona. Sangre. Ha sido un relámpago, porque enseguida se ha agachado sobre la libreta y ahora ya no veo su rostro, pero me ha parecido de verdad que le goteaba sangre de la nariz. Intento bajarme poco a poco para colar mi mirada bajo la masa ondulada de su pelo negro y verle de nuevo la cara, mientras ella sigue escribiendo: en este momento está escribiendo mensaje hipnótico, pero se trata de un movimiento bastante teatral y tengo miedo de que se me note. Pero la atención de la sala está dirigida en su totalidad hacia las palabras de la ponente —«hay que prestar mucha atención a lo que les decimos a los niños, porque los niños nos creen»—, por lo que es posible que nadie se fije en mí, y sigo agachándome, lentamente. Lo que ocurre es que, tan de repente como había empezado, Risa Vulgar deja de escribir y vuelve a darme la espalda para seguir la conferencia, y, de nuevo, durante el movimiento que hace para volverse, me parece ver sangre en su rostro. Entonces desplazo un poco la silla, lentamente, supero el perímetro de la mesa para incluir en mi campo visual por lo menos su perfil, pero cuando llego a descubrirlo ella se vuelve hacia mí y me mira, sonriendo.

Ya estamos.

Lo cierto es que tiene sangre en la narina derecha, una sangre oscura, densa, ya un poco grumosa, pero no se ha dado cuenta de ello. Nadie se ha dado cuenta, maldición, nadie se ha dado cuenta, ni siquiera cuando vuelve a girar la cabeza hacia la sala para seguir la conferencia. Está hablando ahora una mujer de la primera fila, y dice que tiene el problema contrario: el año pasado, en la montaña, su hija de siete años vivió de cerca la muerte de un niño que estaba en su mismo hotel, una verdadera tragedia, tras lo cual todo fue preguntar y preguntar. ¿Adónde se ha ido el niño muerto? ¿Nos ve? ¿Yo también voy a morir? ¿Por qué no nos morimos todos juntos? Se mete en la conversación otra mujer, al otro lado de la sala, y dice que también su hija, que tiene cinco años, desde que falleció su abuelo no hace más que preguntar sobre la muerte: ¿por qué se ha muerto el abuelo? ¿Lo ha decidido él? ¿Va a volver? Junto a ella hay una mujer mucho más vieja, vestida de negro, que se le parece de una manera impresionante y confirma con la cabeza todas sus palabras. Risa Vulgar lo sigue todo con atención, sin fijarse en mí: ahora ya puedo verle tres cuartas partes de su cara y, obviamente, la sangre sigue ahí, en la narina derecha. Es más, me da la impresión de que ha aumentado, que puede empezar a gotearle sobre las rodillas de un momento a otro…

Hay que decirle pura y simplemente que de la muerte no se regresa, dice la ponente. Es necesario reconocer el miedo y la ansiedad del niño, pedirle que se explique, escucharlo, permitirle explicar sus preocupaciones y darle un orden, él mismo, por sí solo, al caos que tiene en su interior.

—Señora —susurro.

Es necesario cambiar la expresión tener miedo por la de estar asustado.

Risa Vulgar se da la vuelta y me examina con esos ojos suyos maléficos, de alienígena, que le dejan a uno tan poco tiempo para hacer lo que quiere.

Es necesario preguntarle qué es lo que le asusta de la muerte.

—La nariz —le digo, en voz baja.

«¿Estás preocupada por que la abuela se pueda morir? ¿Estás asustada? ¿Por qué?».

La mujer frunce el entrecejo, no comprende.

Si llora dejadlo llorar. El llanto de los niños nos hace más daño a nosotros que a ellos.

—Le sale sangre —bisbiseo; y en este momento sucede algo terrible, provocado por mi bisbiseo: sucede que ella se mira instintivamente la ingle (oh no, no) y entonces todo se vuelve peor de lo que yo me temía, porque por poco que dure este equívoco, no será un equívoco mientras tanto, y de hecho no lo es mientras ella se mira entre las piernas, y sigue sin serlo cuando su mirada luminiscente vuelve a observarme y ahora lleva consigo la indignación y al mismo tiempo la satisfacción del demonio desafiado, y hace de mí un ser morboso, perverso, perdido, vampirizado, que se ha atrevido a violar la intimidad de sus secreciones vitales, a embadurnarse las manos con su menstruo. Dura un instante tan sólo, claro, en realidad no más que una abrir y cerrar de ojos, pero en ese instante, calcinado por sus ojos, depravado por su sangre, soy traspasado por un violento pinchazo de dolor, un dolor físico, en la barriga, en la cabeza, por todas partes, y al mismo tiempo veo cómo desciende sobre su rostro ensangrentado el triunfo del mal absoluto, que por otro lado, me doy cuenta de ello, es tan sólo otra de mis listas, fulminante y horrorosa, la lista de las cosas que en toda mi vida mis ojos y mi mente han visto como carentes del hálito del alma de una forma palmaria: el rictus de las calaveras, el ojo vidrioso de los tiburones, la piel gris de los zombis, las montañas de cadáveres en los campos de concentración, el vómito verde de El exorcista, la pirámide de sillas de Poltergeist, la idiotización de Frankenstein, la página de Eso que explica lo que es Eso, la descripción física del señor Hyde, Opale cuando se lía a patadas con el tullido, el toro que mata al torero, Pinocho al ser colgado del roble, Belfagor, Drácula, Moby Dick, los hombres lobo, ese Morgante que me acaricia el rostro con una espiga, la propietaria de la Brick de Lugano que se hunde en el agua como una piedra, mamá tendida en el ataúd con la rebeca beige que parece vacía, el cuerpo sin vida de Lara rodeado por las tajadas de melón…

De pronto, un golpe de suerte: en la sala se va la luz y el hecho de no ver nada más me hace estar mejor enseguida. La ponente sigue hablando en la densa oscuridad —haced que dibuje, dice, haced que represente su miedo — y esto también hace que me sienta mejor. Y al cabo de unos días, dice, pedidle que dibuje ese miedo suyo que está mejorando. Sí, va mejorando. El dolor ha desaparecido. Va mucho mejor. Stu-tum.

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