Caos calmo
Primera parte
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—¡Allí! —digo.
Hemos acabado de hacer surf, Carlo y yo. Surf: como hace veinte años. Conseguimos que dos chavales nos prestaran las tablas y nos hemos lanzado entre las olas altas, amplias, tan insólitas en ese Tirreno que ha bañado toda nuestra vida. Carlo, más agresivo y temerario, ululante, tatuado, obsoleto, con su melena al viento y su pendiente brillando al sol; yo, más prudente y estilista, más diligente y controlado, más mimetizado, como siempre. Su tristemente célebre clase beat y mi vieja falsa modestia sobre dos tablas que se deslizaban al sol, y nuestros dos mundos que volvían a competir como en los tiempos de las formidables peleas juveniles —rebelión contra subversión—, cuando las sillas salían volando, poca broma. No es que hayamos dado un gran espectáculo, puesto que ya es mucho el hecho de no habernos caído de las tablas; o mejor dicho: hemos dado el espectáculo de alguien que ha sido joven y que por un breve periodo ha creído que algunas fuerzas podían prevalecer de veras, y que durante ese periodo ha aprendido a hacer un montón de cosas que de inmediato se rebelaron como completamente inútiles, del tipo tocar las congas, o hacer rodar una moneda entre los dedos como David Hemmings en Blow Up, o ralentizar el latido cardíaco para fingir un ataque de bradicardia y librarse del servicio militar o bailar ska, o liar canutos con una sola mano, o disparar con arco, o la meditación trascendental o, precisamente, el surf. Los dos chavales no podían comprendernos, Lara y Claudia ya habían vuelto a casa, Nina 2004 se marchó esta mañana temprano (Carlo cambia de novia cada año, de manera que Lara y yo empezamos a numerarlas): no había nadie que pudiera disfrutarlo, ha sido un pequeño espectáculo para nosotros dos, uno de esos juegos que sólo tienen sentido entre hermanos, porque un hermano es el testigo de una inviolabilidad que, a partir de un momento determinado y en adelante, nadie más estará dispuesto a reconocerte.
—¡Allí! —digo de repente.
Luego nos hemos echado en la arena para secarnos, atontados por el cansancio, con los ojos cansados y el viento rizándonos el vello del pecho, y nos hemos quedado en silencio, relajándonos. De pronto, sin embargo, me he dado cuenta de que para gozar de esa paz estábamos ignorando algo que desde hacía un rato había empezado a destacarse con una ruidosa urgencia particular: gritos. Me he incorporado para sentarme, imitado inmediatamente por Carlo.
—¡Allí! —digo de repente, señalando a un grupo de personas muy alteradas, a un centenar de metros a barlovento.
Nos levantamos de un salto, con los músculos todavía calientes por la larga cabalgada entre las olas, y nos dirigimos corriendo hacia esa pequeña multitud. Dejamos allí los móviles, las gafas, el dinero, todo: de repente ya no existe nada más que ese corrillo y esos gritos. Hay cosas que se hacen sin pensar.
El tiempo que prosigue es una especie de fulminante secuencia, como un trance, sin otra sensación más que la de ser sólo uno con mi hermano: las preguntas sobre qué ha ocurrido, el viejo exánime sobre el rompiente, el hombre de pelo rubio que intenta reanimarlo, la desesperación de dos niños que gritan «¡Mamá!», los rostros aturdidos de las personas que señalan hacia el mar, las dos pequeñas cabecitas perdidas entre las olas y nadie que reaccione. En ese frenético éxtasis se perfila la mirada azul de Carlo, intensa, cargada de una formidable energía cinética: esa mirada dice que por alguna razón indiscutible nos toca a nosotros ir a salvar a esos dos pobrecillos y que, en realidad, ya es como si lo hubiéramos hecho, sí, es como si ya todo hubiera terminado, y nosotros, los dos hermanos, ya fuéramos los dos héroes de aquella chusma de desconocidos, porque somos criaturas acuáticas extraordinarias; nosotros somos tritones y para salvar vidas humanas podemos domar las olas con la misma naturalidad con que las hemos domado para divertirnos sobre las tablas de surf, y por allí no hay nadie más que sea capaz de hacerlo.
Entramos en el agua corriendo y nos impulsamos hasta donde rompen las primeras olas. Allí nos topamos con un hombre extraño, larguirucho y de pelo rojizo, ocupado en lanzar torpemente mar adentro un cabo cortísimo, mientras que las personas que deben ser salvadas están a una distancia de treinta metros por lo menos. Pasamos a su lado de un salto, nos mira con unos ojos que nunca olvidaré —los ojos de quien deja morir a la gente— y con una voz cobarde, digna de esos ojos, intenta disuadirnos: «No vayáis», susurra. «Corréis el riesgo de quedaros allí vosotros también». «Que te den por culo», es la respuesta de Carlo un instante antes de lanzarse contra una ola y empezar a nadar. Yo hago lo mismo y, al nadar, veo a contraluz las sombras negras de los mújoles pasando horizontalmente a lo largo del muro verde que se forma cada vez que una ola se levanta para luego abatirse sobre mí: esos peces hacen surf, se divierten, como nosotros hace unos minutos.
Vistas desde la orilla, esas dos cabezas parecían cerca una de otra, pero en realidad están bastante alejadas, hasta el punto de que en un momento dado Carlo y yo tenemos que separarnos: le hago señas para que se dirija hacia el de la derecha, mientras que yo voy a lanzarme hacia el de la izquierda. Me mira de nuevo, sonriendo, luego asiente, y de nuevo me siento invencible; ambos partimos de nuevo con fuerza.
Cuando estoy lo bastante cerca, me doy cuenta de que se trata de una mujer. Pienso de nuevo en los dos niños desesperados en la orilla: «¡Mamá!». La cabeza desaparece bajo el agua según una inescrutable combinación de fuerzas a las que la mujer parece a estas alturas completamente ajena. Le grito que resista y refuerzo las brazadas, mientras una corriente muy fuerte intenta arrastrarme hacia otro lado. Esa mujer ha acabado en pleno centro de un torbellino. Cuando estoy a un par de metros de ella empiezo a distinguir sus rasgos duros, la nariz un poco aplastada, a lo Julie Christie, pero sobre todo el velo de puro terror que se le ha posado sobre los ojos: está en las últimas, ni siquiera consigue gritar, sólo solloza. Doy unas últimas brazadas y la alcanzo. De las profundidades de su cuerpo me llega una especie de siniestro gorgoteo, como el de un lavabo obstruido.
—Tranquilícese, señora —le digo—, voy a llevarla a la ori…
De manera fulminante, como si se hubiera preparado a conciencia, la mujer me coloca las manos en el hueco de las clavículas y me sumerge bajo el agua con todas sus fuerzas. Pillado a mitad de frase, trago, luego vuelvo a salir con cierta dificultad, tosiendo.
—Calma —digo—, no me aho…
De nuevo la mujer me empuja bajo el agua sin dejarme acabar la frase, y de nuevo me veo tragando agua y emergiendo a duras penas para recuperar el aliento. De inmediato intenta hundirme otra vez, y yo tengo que escabullirme para escapar a su presa. Sus uñas, para retenerme, me arañan en el pecho hasta herirme, haciéndome mucho daño. Boqueando, despellejado, doy un par de brazadas hacia atrás; toda mi fuerza, esa maravillosa sensación de inviolabilidad con la que partí de la orilla, ya ha desaparecido.
—¡No me deje! —borbolla la mujer—. ¡No me deje!
—Señora —digo, manteniéndome a distancia—. ¡Así no vamos a ninguna parte! ¡Cálmese!
Pero, por toda respuesta, la mujer desaparece bajo el agua y no vuelve a salir. Coño. Me sumerjo para volver a sacarla, consigo agarrarla por el pelo mientras se hunde como una piedra, luego la cojo por las axilas y la llevo hacia arriba, luchando contra la corriente, que tira hacia abajo. Es pesadísima. Cuando emerjo de nuevo, tengo los pulmones a punto de estallarme, pero por lo menos la mujer me deja algo de tiempo para respirar un par de veces antes de hundirme otra vez.
—¡No me deje! —Vuelta a empezar.
Desbarato un nuevo intento suyo de llevarme hacia abajo, anticipándome con un golpe de riñones. Ahora ya no va a cogerme por sorpresa, y por lo menos ya no trago agua, pero estoy desperdiciando todas mis fuerzas impidiéndole que me mate, y las cosas no van bien.
—¡No me deje!
—¡Que no la dejo! —grito—. ¡Pero déjeme usted a mí! Si no, vamos a ahogarnos los d…
Nada, ahora ya está claro que esa mujer no quiere ser salvada, únicamente quiere que alguien muera junto a ella. Pero yo no quiero morir, pienso. Yo amo la vida. Tengo una mujer y una hija que me esperan en casa. Voy a casarme dentro de cinco días. Tengo cuarenta y tres años, tengo un trabajo: maldita sea, no puedo morir…
Pienso en huir, en dejarme arrancar todavía un poquito más de piel por las uñas rapaces de esta mujer y en desasirme de su abrazo mortal, dejando que se ahogue ella sola; pero esos ojos verdes y acuosos suyos, que en condiciones normales deben de ser muy hermosos, los veo tan completamente vencidos y aterrorizados y apagados que hacen que sea prácticamente obligatorio intentar salvarla. Vuelvo a pensar en esos niños. En ese imbécil que nos ha dicho que no fuéramos. En mi hermano, que a saber cómo se las estará apañando ahora.
—¡No me deje!
No, no la dejo, no huyo, e incluso se me ocurre una solución. Escabulléndome de su presa consigo situarme a su espalda y desde ahí atrapar sus brazos en el pliegue de los codos: sin esos dos tentáculos enloquecidos la mujer ya no podrá matarme, y éste ya es un buen paso adelante. Lo que pasa es que, ahora, del mismo modo que son inutilizables sus brazos atrapados, lo son también los míos, que los atrapan, y llevarla hasta la orilla resulta complicado. Tengo que intentar transmitir a su cuerpo muerto las pocas fuerzas que han quedado en el mío, y esto en medio de un mar tan agitado que hasta acabo de hacer surf en él, en el centro de un torbellino que sigue tirándonos hacia abajo, y sin poder utilizar los brazos. Menudo problema. Intento razonar al respecto y la verdad es que no veo otra posibilidad que utilizar las piernas y la pelvis. De modo que doy un buen golpe con las piernas, y con fuerza cargo con mi pelvis contra la suya: avanzamos un poco hacia la orilla. Repito la operación, mientras su inconsciente suicida hace que pierda la cabeza y que luche por hacerla más difícil: golpe de piernas, golpe de pelvis, y de nuevo avanzamos un poco hacia la orilla. Un nuevo golpe, un nuevo y pequeño progreso, y ya está: con paciencia, con calma y dosificando las fuerzas me doy cuenta de que así podemos lograrlo, y me siento más tranquilo. Lo único que ocurre es que he dicho «pelvis», porque también se le puede llamar así, pero la verdad es que estamos en una postura bastante obscena, y en realidad su pelvis es un culo, un ancho y blando culo de abadesa, mientras que mi pelvis no es otra cosa que la polla. Estoy dándole unos buenos golpes de polla en el culo, es esto lo que estoy haciendo, con todas mis fuerzas, manteniéndole los brazos atrapados por detrás, empujando desaforadamente con las piernas, en una postura tan absurda, impúdica y salvaje que, de pronto, ocurre algo absurdo, impúdico y salvaje: tengo una erección. Me doy cuenta mientras me está sucediendo, mientras esta exaltada sensación de potencia me llega desde la nada (¿dónde estaba hace un rato?), para concentrarse en un único punto y, desde allí, tensar mis músculos, si fuera posible, curvarlos y, de inmediato, dispersarse hacia atrás por todo el cuerpo como una ola de calor, colmándolo de sí mismo, de manera que en un momento determinado está en plena erección todo mi cuerpo, como si en semejante postura con esta mujer me encontrara no ya en medio del mar tempestuoso y con las vidas de ambos corriendo peligro, sino en el acto de encularla salvajemente sobre la gran cama desconocida de una alcoba de cuento, arabizante: me doy cuenta de ello mientras está sucediendo, y me siento desconcertado, pero todo el desconcierto de este mundo no le impide a mi polla seguir hinchándose y endurecerse bajo el bañador como si fuera un ente autónomo, independiente de mí, una irreductible minoría hormonal que se niega a aceptar la idea de la muerte o, tal vez, por el hecho mismo de haberla aceptado, lanza al universo su último, su ridículo grito de guerra.
Así que éste soy yo. Aquí estoy, en peligro, restregando la polla dura contra el culo de esta desconocida, loca de remate, y diciéndome que lo estoy haciendo por ella, aunque a estas alturas también por mí, por Lara, por Claudia, por mi hermano y por todos los que despacharían en cinco minutos la noticia sobre una desconocida ahogada en el mar ante mis ojos y que, no obstante, sufrirían, llorarían y ya no volverían a ser los mismos de antes si, junto a ella, aquí y ahora, me ahogara yo también. Lo estoy haciendo, sí, para salvarla, para salvarme, pero esta incongruencia ahora me asusta incluso más que la muerte, porque yo no me había visto tan cerca de ella, y constatar sobre el terreno que mirar a los ojos a la muerte me produce este efecto, y descubrir que, al fin y al cabo, después de tanto pensar en ella, o de evitar pensar en ella; después de tanto sufrirla en ese tremendo 1999, cuando se llevó por delante primero al padre de Lara, luego a su madre, y luego también a la mía en un periodo de tan sólo diez meses; y después de tanto elaborarla, a partir de ese momento, aceptarla, amansarla, domesticarla hasta el punto de llegar a convertirla en una especie de dócil leona de salón, la muerte me excita hasta el punto de asociarse con una vulgarísima fantasía sexual que no recuerdo haber tenido nunca; todo esto, mierda, y no la muerte en sí misma, todo esto me asusta.
Sin embargo, además de asustarme, me tranquiliza. Es una locura, pero es así. A pesar de la objetiva incertidumbre que se cierne sobre mi supervivencia, siento de nuevo encima de mí el ala protectora de la inviolabilidad. Lo que en el acto de zambullirme en el mar me era prometido por la mirada azul y nunca tan plural de mi hermano («Nosotros la salvaremos, nosotros no vamos a morir») y que, al primer contacto con esta mujer, se había desvanecido; este espíritu-guía portador de juventud e invulnerabilidad, de pronto ha vuelto a visitarme, esta vez en singular («Yo la salvaré, yo no voy a morir»), y ahora en este afanarme advierto un no sé qué de operativo que hasta hace poco no existía en modo alguno, como si a esta mujer hubiera empezado a salvarla sólo ahora. La erección ha infundido en mí un nuevo equilibrio, la respiración se ha sincronizado con mis movimientos y yo bombeo, empujo y avanzo ciegamente resistiendo a la tentación de detenerme a coger aire, o de cambiar de posición, siquiera un poco, para ver por encima de los hombros de ella cuánto nos falta para la orilla; porque lo que falta es lo que falta para que yo la alcance, y saberlo no va a cambiar las cosas. Simplemente, voy avanzando, convulsamente, compulsivamente, con esta carga de carne que se estremece y solloza e intenta todavía oponerse a mi heroica acción; porque no hay duda de que, por muy inconsciente, y descompuesta, y cada vez más obscena, debido a la erección y los gemidos guturales que me veo emitiendo para ir marcando el esfuerzo, como Serena Williams cuando golpea la pelota, no hay duda, no, de que la mía es una acción heroica. Y hay algo de formidable en esta desnuda repetición, una especie de zen tanto tiempo buscado en la vida mediante las prácticas más diversas, en las edades más diversas, para escapar a las amenazas más diversas y nunca, ni siquiera vagamente, alcanzado, que ahora, en cambio, parece haber llegado de golpe gracias a esta simple combinación de elementos primarios —Eros, Thanatos, Psyche —, por fin armonizados en un único gesto simiesco…
De repente, sin embargo, no queda nada de todo esto. Un porrazo descomunal me aplasta y todo cambia de repente: ya no hay mujer, ya no hay luz, ya no hay aire, todo se ha convertido en agua. Siento una especie de gancho que se me clava en la pierna y otro en el costado, y me agito más por el dolor que por intentar salir de nuevo, me agito y nado desesperadamente como una lubina atravesada por el arpón, aunque lo cierto es que es justo así, completamente por casualidad, yo diría, como consigo salir de nuevo. Respiro, empiezo a ver otra vez, pero la luz casi me ciega, y ahora la mujer me sujeta firmemente por la pelvis y los ganchos son sus uñas clavadas en mi costado. Durante un largo instante veo su cara amoratada, su mirada implorante, y tengo la impresión de que con esos ojos empapados de terror me está pidiendo perdón, sí, y me está prometiendo que no volverá a hundirme de nuevo, que se dejará salvar como debería haber hecho desde el principio. Lo que ocurre es que ahora he perdido el aliento, y que no logro restablecer una respiración regular, y el corazón me estalla dentro del pecho, y la erección ha desaparecido, y siento la tenaza de los calambres cada vez más cerca, y me doy cuenta de que estamos exactamente en el punto en el que rompen las olas, y tengo la imprevista, la absoluta certeza de que con el hilo de fuerzas que me ha quedado todavía puedo conseguir regresar a la orilla yo solo, pero a estas alturas resulta impensable que pueda hacer lo mismo con ella también. Y, no sé cómo, también comprendo que ya no queda tiempo, que tengo que desembarazarme de ella cuanto antes, inmediatamente, si de verdad no quiero acabar de morir tan escuálidamente como ya he empezado a hacer. De repente, odio a esta mujer. Pero cómo, maldita gilipollas, se te ocurre venir a ahogarte delante de mí, en el sitio donde he pasado todos mis veranos, desde que era pequeño, el sitio donde aprendí a nadar y a lanzarme de cabeza, y a surfear y a navegar en vela, y a hacer esquí acuático y a sumergirme hasta los quince metros a pulmón libre, sin bombona, y por todo ello a sentirme inmune, mejor dicho, inmune ante la muerte por agua, y cuando yo respondo a tu llamada, y hago lo que tú querías que hiciera, es decir, vengo corriendo a salvarte, a pesar de que ni siquiera te conozco, y de que dentro de cinco días tengo que casarme, y tengo un montón de cosas que perder, probablemente muchas más que esa mierda de tío con el pelo rojo que me ha aconsejado que te dejara morir, cuando yo voy hasta ti, ¿tú intentas matarme? ¿Y luego te arrepientes? Anda y que te den por culo.
Un puñetazo. Decido lanzarle un puñetazo en toda la cara y dejarla aquí para que se muera ella sola, y dejarme arrojar hasta la orilla por esa enorme ola, coño, verdaderamente enorme, que está llegando, y estoy a punto de hacerlo, y es más ya he empezado a hacerlo, porque me estoy yendo hacia atrás para ponerme a distancia para soltárselo, dado que ella se me ha agarrado al costado con sus uñas, y el objetivo —su cara medio sumergida, desesperadamente vuelta hacia arriba— chapotea a la altura del hueco de mis rodillas, cuando la ola enorme se derrumba sobre nosotros y de nuevo todo es solamente oscuridad y agua y garfios que se hunden cada vez más en mi carne —en los muslos, ahora— y ya no existe ni arriba ni abajo, todo es un indeciso arremolinarse de agua y espuma y arena y burbujas de aire, hasta que en mi movimiento de vencido —la lánguida, inexorable caída de los ahogados— llego a topar con el rostro en el fondo. Tumb. El golpe me da vida de nuevo, y orientación; si esto es abajo entonces eso quiere decir que del lado opuesto es arriba, y llamo a capítulo a las piernas para que me ayuden a subir, y ya están aquí, sí, pero con un inmenso cansancio, como si lo que a uno lo tuviera agarrado fuera no una, sino una docena de mujeres moribundas, y de la manera que sea consigo apoyar un pie en el fondo y coger impulso, que resulta de inmediato, no obstante, torcido y decepcionante, verdaderamente demasiado débil en comparación con la fuerza sobrehumana que me parecía que había empleado, y siento que ya todo está perdido, por tanto, dado que he perdido la última oportunidad para volver a salir y me estoy muriendo de verdad, sí, de eso se trata: ahora me muero, en este preciso momento me muero, ya está, ha sucedido, he muerto, hace un momento, he muerto ahogado como un gilipollas; tras lo cual, mi cabeza se encuentra fuera del agua nuevamente.
Sí, maldita sea, mi cabeza está fuera.
Mientras me parece estar respirando por primera vez en mi vida, veo una especie de gran pico blanco que se cierne sobre mí, y oigo una voz que grita «¡Agárrate! ¡Agárrate a la tabla!», y yo lo hago inmediatamente, automáticamente, clavo las uñas en el klakfoam de la tabla como la mujer las tiene clavadas en mis muslos, y la tabla nos lleva hacia la orilla, lo necesario para que nos hallemos, mi lastre humano y yo, fuera del punto donde rompen las olas. Estiro las piernas hacia abajo y mis pies tocan el fondo —nunca, lo juro, nunca contacto alguno fue tan maravilloso—, el agua me llega al pecho, las olas que me embisten ya han descargado, son hilos de espuma muerta. En un flash veo una larga cadena humana que desde la orilla se tiende hacia mí, como una fila de conga, en cuya punta está uno de los dos chavales, a horcajadas sobre la tabla de surf, que me está diciendo algo. Pero no lo entiendo. Dejo el surf, las piernas me sostienen, intento orientarme, comprender. La cadena humana, entretanto, se ha roto e inmediatamente siento nostalgia por la misma: la he visto tan sólo un instante y ha sido una de esas visiones inolvidables que dan sentido a toda una vida —los otros que se cogen de la mano en el intento de alcanzarte a ti — y, obviamente, ha durado demasiado poco. Y, sin embargo, aunque sólo fuera ese instante, en su inconmensurable belleza esa visión me ha herido, porque ha hecho que me sintiera, de manera imprevista, salvado, mierda, a mí, que soy el salvador, y la cosa me parece insoportable. Por eso retomo de inmediato la misión, agarro a la mujer por las axilas, tiro de ella hacia arriba porque parece que esté dispuesta a ahogarse incluso aquí, donde hace pie, pero ahora tengo ya un montón de gente encima de mí, y me la quitan de las manos, y pretenden llevarme en brazos a mí también, qué capullos, sujetarme, ponerme a salvo, y tengo que quitármelos de encima, tengo que declarar que estoy bien, que todo está bien, que no necesito nada, pero no tengo fuerzas para defender mi presa y llevarla en brazos hasta la orilla, tal y como deseaba, hasta sus hijos, salvada, gracias a mí. No, no tengo estas fuerzas, y la mujer se marcha, se escapa dulcemente como desbordando de los brazos del hombre del pelo rojo, vaya, o tal vez no, no es él quien la sujeta en brazos, es otro, él tan sólo está a su lado, pero de todas maneras está ahí, en el momento decisivo, está saliendo del mar junto a ella y al cachas ese que la lleva en brazos y a todos los demás que están llevándose el mérito de haberla salvado, y hasta el chaval del surf, que ha sido el último en cerciorarse de que yo estuviera bien, que no vaya a ser que por casualidad quiera amarrarme a su tabla para hacer que me lleve hasta la orilla, y yo se lo repito, no, se lo ladro, estoy bien, no necesito nada, gracias, él también se marcha hacia el gentío del rompiente, y me vuelvo a encontrar solo. Ya está hecho. Ya está hecho. No estoy nada bien, obviamente: mi cuerpo tiembla, mi respiración todavía es entrecortada, tengo frío, pero yo he hecho como que me encuentro bien y esta gente se lo ha creído. Se lo han creído y me han dejado solo. Respirar. Respirar. Respirar.
De pronto, como despertándome de una pesadilla fenomenal, las prioridades de mi vida vuelven a caerme encima todas juntas. Lara. Claudia. Carlo. Carlo. ¿Cuánto tiempo hace que no pienso en él? ¿Qué le habrá pasado? Miro a mi alrededor desesperado, como cuando uno cree que ha perdido a su hija en el supermercado únicamente porque se ha distraído un minuto tan sólo, y en cambio está allí cerca; y también Carlo está allí, una veintena de metros a barlovento, todavía en el agua, como yo, hablando con el otro chaval que lleva la tabla de surf, como yo hace un momento, mientras que también a su alrededor los que parecen los restos de una cadena humana formada para darle alcance y luego romperse para siempre están trashumando hacia el rompiente con su vida humana salvada. Me ve, Carlo, y me saluda con la mano. Yo lo saludo con la mano. Viene hacia mí. Yo voy hacia él, y la ya evidente simetría de nuestras situaciones se hace perfecta cuando su chaval también lo deja solo y se marcha a sus asuntos. Nos encontramos a medio camino, como siempre, por otra parte, cuando él y yo nos encontramos.
Nos abrazamos, incluso. Nos contamos cómo han ido las cosas y más o menos nos han ido de la misma manera a ambos. Nos enseñamos nuestros arañazos, las estriaciones sangrantes que nuestras dos moribundas (también la suya era una mujer) nos han dejado por todo el cuerpo. Pero Carlo está menos turbado que yo, bromea, se ríe, no debe de haber estado a punto de morir igual que yo; o tal vez le haya hecho menos efecto; y a mí la cosa me da un poco de vergüenza. Mientras tanto, nos encaminamos lentamente hacia la orilla, el agua nos llega a la cintura, del frenesí de los socorristas en acción empieza a llegarnos también el sonido: un convulso superponerse de voces que se sincroniza con el caos de movimientos en torno al lugar en que las dos mujeres han sido depositadas. Sonriendo, Carlo me mira.
—¿Sabes lo que está a punto de pasar? —dice.
—¿Qué?
—Nosotros estamos saliendo del agua, ¿verdad?
El agua ya nos llega hasta los muslos, ya casi hemos llegado.
—Sí —le digo.
—Bueno, a ver si me equivoco —suelta Carlo—, pero, en mi opinión, si ponemos el pie en la playa sin que nadie nos dé las gracias será como si no hubiéramos hecho nada.
—Sí, ¿y dónde nos hemos metido?
Seguimos avanzando, el agua ahora nos da en las rodillas. Nadie se fija en nosotros, todos pendientes de su obra de salvamento. Carlo sigue sonriendo, yo sigo temblando y sintiendo frío. El agua nos llega ahora a las pantorrillas, nadie nos ve. A los tobillos, nadie nos hace caso.
—Dentro de tres pasos —dice Carlo— seremos sólo dos capullos que han venido a ver qué ha pasado.
—No es posible —respondo, pero a estas alturas yo también tengo la misma sensación.
Ya está, ya hemos salido. Nadie se digna dirigirnos una mirada. Muchos están ocupados con sus móviles, parece que hay algún problema con las ambulancias. Otros —la mayoría— se arraciman alrededor de las dos mujeres depositadas sobre la arena. Carlo se acerca a uno de los dos corrillos, se abre paso y yo lo sigo. Se trata de mi mujer: tumbada, pálida como la muerte y envuelta en toallas, está bebiendo agua en un vaso de papel. Todo el mundo está a su alrededor: el tío cachas que la llevó hasta la orilla, el hombre del pelo rojo, otros dos hombres, los niños, unos viejos con la cara descompuesta, el chaval del surf. Me ven, pero es como si vieran a otra persona. No me reconocen. La mujer, en cambio, ni siquiera me ve: la mirada apagada, la expresión de sufrimiento, está acariciando a sus niños, acurrucados cerca de ella, en lo que parece ser un cuadro insoportablemente íntimo. Carlo retrocede unos pasos, y yo con él. Una pared de carne esconde a la mujer de mi vista. Carlo se dirige a una mujer con la piel mustia y una celulitis devastadora en los muslos.
—¿Qué ha pasado? —le pregunta.
—Dos mujeres han estado a punto de ahogarse —responde ella, trasteando con el móvil—. Hoy no era día para bañarse. Tendrían que poner vigilantes aquí, banderas rojas. Antes un hombre, luego estas dos pobrecitas.
—Ya —dice Carlo, luego me mira y se ríe socarronamente—. Pero ¿se encuentran bien? Quiero decir si se han salvado.
—Sí —afirma la mujer—. Pero no hay ambulancias. En el pueblo hay una sola, y está de servicio.
—Ya —repite Carlo.
Ahora ya resulta casi insoportable mirarlo. Está tan cargado de su razón: hemos salvado a dos gilipollas, en medio de una panda de gilipollas, que, por el hecho de ser gilipollas, no se han dado ni cuenta. Y que él lo haya comprendido antes que yo es la última humillación.
Nos alejamos. Por lo que a esta gente se refiere, hemos curioseado durante unos momentos en un drama ajeno y emprendemos de nuevo nuestro paseo. Llegamos hasta nuestras toallas, recogemos las cosas que teníamos allí y nos marchamos en silencio de la playa. En el móvil tengo cuatro llamadas de casa y es que, de hecho, es muy tarde, son las dos y media pasadas, Lara y Claudia estarán preocupadas. Decido no llamarlas porque, de todas maneras, dentro de cinco minutos estaré en casa y lo explicaré todo. Lo que ocurre es que estos cinco minutos yo no sé cómo pasarlos, tengo tantas cosas que se me amontonan en la cabeza y no consigo hablar, estoy furioso contra el mundo y tengo la tétrica sensación de que si Carlo tampoco dice nada estos cinco minutos van a abrir un profundo surco entre nosotros dos. Nada menos que eso. Un profundo surco, nada menos.
—¡Pero qué inmensos, qué inconmensurables capullos! —suelta Carlo mientras bajamos por el sendero entre las dunas—. Y es una auténtica felicidad oírselo decir, porque entonces yo también puedo decirlo, podemos hablar del tema juntos, y al hablar de ello podemos afirmar que, en definitiva, toda esa gente no nos importa una mierda, que lo que importa es que estamos vivos, que somos hermanos, que hemos hecho juntos algo que nadie más podía hacer, así, por generosidad, y que estamos a punto de ir a contárselo a gente que nos está esperando y que nos quiere. En unas pocas frases vamos encontrando la distancia apropiada con respecto a todo lo que ha sucedido, el cinismo apropiado, la ironía apropiada, y nos vamos chancleteando hacia casa riéndonos y soltando palabrotas contra el mundo —nosotros dos, hombres hechos y derechos— como los dos chiquillos que fuimos, y que lo fuimos juntos, durante un tiempo incluso inseparablemente, como el Gordo y el Flaco.
Cuando enfilamos el paseo de casa me preparo la versión edulcorada que voy a explicarle a Lara y a Claudia —sin erección, sin todo ese peligro de muerte—, concentrada no ya en la terrible, sino simplemente en la cínica, ahora, y hasta alegre constatación de que en esta vida uno incluso puede hacer algo inmenso, como salvar a alguien que se está ahogando, y que no le den ni las gracias; y automáticamente me pregunto si no será tal vez algo excesivo para una niña de diez años como Claudia, si no será el caso de protegerla también de esto, contándole el asunto de una forma más edulcorada todavía, o incluso mintiendo («… y en un momento dado formamos dos cadenas humanas con toda la gente que estaba en la playa, ¿verdad, Carlo? Y hemos empujado a los dos chicos con las tablas hasta ellas, de manera que se han podido agarrar a las mismas y…»): y es en ese momento cuando veo la luz azul de la sirena. Miro a Carlo, que también se ha quedado estupefacto, apresuro el paso, y al final del paseo, aparcada al lado de nuestros coches, veo la ambulancia con las puertas abiertas. Me echo a correr hacia casa, y en esos diez metros veo, en sucesión, a nuestros vecinos de la derecha, los Bernocchi; los de la izquierda, los Valiani; Maria Grazia, la mujer de la limpieza; Mac, la niñera de Claudia; y a Claudia abrazada a ella. Durante un largo instante no veo nada más, y lo que veo es ya suficiente para hacer que me entre una letal ansiedad. Pero no veo que entre toda esa gente que llora, desolada, no está Lara. Y ni siquiera veo que Lara está ahí, y de qué manera, y está justamente en el centro de la escena, rodeada por el médico y los camilleros, echada en el suelo cerca de una inútil camilla brillante, rodeada por los añicos blancos de una bandeja echa pedazos y por manchas rojas y amarillas esparcidas por el suelo alrededor de ella (jamón y melón), hermosa, morena e inmóvil en una postura desmadejada y artificial. Durante un largo instante no veo todo esto, pero luego lo veo; todo de repente, todo junto, veo todo esto, porque no hay nada que hacer: en el centro de la escena, en mi casa, delante de mi hija, de dos empleados míos, de dos parejas de vecinos míos y de mi hermano, que acaba de llegar, con una ambulancia que lanza destellos aparcada al fondo, junto a mi coche, todo esto está aquí.
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