Caos calmo

Sandro Veronesi · Capítulo 21 de 40

Páginas del PDF

Caos calmo

Capítulo 19

Menudo papelón. Qué colosal, qué inconmensurable papelón. Pero ¿qué demonios me ha pasado? La hamburguesa con queso: cebolla, pepinillo, mayonesa, ketchup, y luego las patatas fritas; hacía un montón de tiempo que no tomaba una comida tan pesada de noche. Debe de haber sido la hamburguesa con queso. Pero, pero, pero…, no estoy mal, vomitar no he vomitado, y tampoco es que ahora me note el estómago pesado ni nada por el estilo. El pómulo. El pómulo sí que duele, pero no el estómago. Y si no ha sido la hamburguesa, entonces, ¿qué habrá sido? Qué papelón. Me he marchado de mi hermosa casa de la calle Durini, con mi hermoso cochazo negro, pilotado por un GPS de 2000 euros, para irme hasta Gorgonzola a desmayarme —desmayarme— en mitad de una charla en la que un montón de buenas personas tenían la esperanza de recibir los consejos apropiados sobre cómo afrontar la muerte ante sus hijos. He interrumpido esa charla, es más, creo que la he echado a perder: «Bueno, amigos, creo que lo mejor será que terminemos en este punto». Para esto no hay redención. Lo mejor será olvidarlo todo cuanto antes y proseguir como si nada hubiera pasado. Total, allí no me conocía nadie y nunca más voy a volver. Lista de los lugares a los que nunca voy a volver: Las charlas de Padres Unidos. Mejor dicho, es más: yo no he estado nunca en ese sitio. Liarse a martillazos con el disco duro: delete all. Mañana le diré a Barbara-o-Beatrice que por desgracia no pude ir porque tuve un pequeño accidente en la cocina: «Me di en todo el pómulo con la puerta de la nevera, aquí, ¿lo ves?», y luego, si ella participa en alguna de esas charlas, a lo mejor precisamente en la del mes próximo dedicada a los abuelos, ella que todavía tiene a sus padres vivos, y también su marido, por lo que parece, tal y como habla de sus suegros, «mis suegros», «la casa de mis suegros», y por tanto puede verse afectada efectivamente por la duda de si los abuelos son ayuda o problema; aunque vaya hasta allí y oiga hablar del misterioso capullo que la vez anterior se desplomó por el suelo sin sentido a media conferencia y luego, en cuanto recobró el conocimiento, se escapó de allí rechazando asnalmente cualquier proposición de ayuda, de tomarse un café, de llamar a un médico o, como insistía aquella gafe que ceceaba, llamemoz una ambulancia, seguro que no pensará en mí. ¿Por qué iba a hacerlo? Nada me relaciona con ese individuo, dado que yo no estaba allí. No pensará en mí, no. La gente piensa en nosotros infinitamente menos de lo que creemos. La verdad es que no piensa en nosotros casi nunca.

Pero, pero, pero… Lo cierto es que ha ocurrido: ¿por qué? ¿Por qué me he desmayado? ¿Por qué me he desmayado? ¿Por qué me he desmayado? Mientras conduzco en esta noche tibia tengo en la cabeza únicamente esta pregunta, y resulta extraño, pero ahora que ya hay más de un millón de personas entre esa sala y yo, confortado por esta ciudad que ha vuelto a serme familiar, tengo la impresión de que sé perfectamente por qué, pero es como si la respuesta flotara en mi mente tan sólo un instante, un único instante de luz, y luego desapareciera. Demasiado poco para conseguir aferrarla. Es una sensación rarísima, como cuando uno está a punto de recordar algo pero el propio acto de recordar volviera a echarlo hacia atrás. Probablemente no me estoy concentrando lo suficiente, pienso, así que me voy hacia la acera y me detengo. ¿Dónde estamos? Plaza Loreto. Bien. Me enciendo un cigarrillo. Sólo quiero comprender por qué me he desmayado. Coño. En fin, mi mente se ha apagado de golpe, ha abandonado el cuerpo como si pretendiera desembarazarse del mismo, y eso me ha sucedido a mí, esta noche, hace poco, en un momento concreto de mi vida (aunque, de todos modos, los momentos de nuestra vida siempre son concretos), momento al que he llegado plenamente consciente, del mismo modo que plenamente consciente lo estoy ahora: tiene que haber una razón para ello. Se trata únicamente de centrarse, de razonar. Podría haber sido la hamburguesa con queso, como se ha dicho. O tal vez una manera brutal de sentirme cansado. Carlo esta mañana me ha hablado de un desfallecimiento, me lo ha descrito: podría haber sido sugestión, simpatía. O tal vez el influjo de aquella diablesa, la visión de su sangre, el equívoco terrorífico que se ha generado… La respuesta la tengo, la siento dentro de mí, pero sigue pasando como una exhalación, demasiado veloz, por mi mente: no consigo detenerla, ni siquiera consigo ralentizarla: maldita sea, es insoportable. ¿Qué puedo hacer? Bien, de lo que no hay duda es de que tengo que inventarme algo, porque no estoy nada bien, siento que me entra una angustia mortal y no puedo en modo alguno volver a casa en este estado: allí está Claudia, y nosotros transferimos a nuestros hijos nuestras emociones: me lo acaban de decir, ¿no? OK, tal vez haya una forma: ¿dónde tengo el cuaderno? ¿Dónde se ha metido? Lo tenía en el cajetín del salpicadero, ¿por qué ya no está aquí? Me pongo a buscarlo, pero mientras lo busco se me cae el cigarrillo de los labios; doy un respingo hacia atrás, por miedo a que me queme el traje, de manera que el cigarrillo cae de lleno en el asiento de piel; en el impacto, la brasa se separa del resto del cigarrillo y mientras éste rueda por la alfombrilla, aquélla permanece en el asiento; intento sacudirla con la mano, pero la muy puta ya ha empezado a quemar la piel, menuda peste, parece que ya se ha engastado ahí; entonces cojo la funda de un CD y la aplasto encima, para apagarla, y la apago, sí; pero como es natural al asiento le sale un agujero y por si fuera poco la peste a quemado no ha desaparecido lo más mínimo, mejor dicho, me parece que está aumentando; y de hecho hay humo que sube de la alfombrilla, a mis pies, y no está subiendo de la alfombrilla, coño, está subiendo directamente desde mis pies, mejor dicho, de mis pantalones, sí, del pliegue de mis pantalones, hay una brasa que también está ardiendo ahí dentro, coño, el del asiento no era el único trozo que se había quedado encendido, había otro pegado al cigarrillo que me ha caído justo en el pliegue de los pantalones, es increíble, qué precisión, y levanto la pierna para que se caiga, pero no se cae, sacudo la pierna, la golpeo contra el volante, aquí no hay espacio para poder hacerlo y entonces abro la puerta, saco las piernas fuera y pateo al aire, me sacudo con la mano el pliegue de los pantalones y el cigarrillo por fin cae al suelo en un revoloteo de chispas, y por fin lo apago con el zapato, sí, lo aplasto, lo desintegro, lo pulverizo; sí, se acabó, ahora todo está apagado; sí, ya no se quema nada; y me pongo a verificar los daños, ya ves tú, pantalones de algodón, un agujero tan grande como un dedo; y luego el agujero del asiento, con mucho…, ¿y ahora qué pasa? ¿A qué viene esa bocina? ¿Qué son estas luces largas disparadas contra mis ojos? Oh, me he parado en la zona reservada a los taxis, nada menos, gracias por habérmelo voceado, joven taxista que probablemente viajas con un revólver bajo el asiento, razón por la que no voy a señalarte que existen muchos modos menos mierdosos de…, lo entiendo, ya me muevo, que te den por culo. Un estruendo, un chirrido de neumáticos, la espalda que se aplasta contra el respaldo, una salida de auténtico gilipollas en medio de la calle, de pronto estoy neurasténico como un simio y tengo ganas de pisar el acelerador a fondo, de correr, de dar bandazos, de gritar, y apuro la primera como si quisiera romper el motor y siento las tripas retorciéndoseme en la barriga, y meto la segunda y si no paro de inmediato eso significa que me he vuelto loco y que entonces tengo problemas: ¡calma, coño! ¿Qué significa esta furia? ¡Calma! Aminoro la marcha. Ve despacio, coño. Lo dice hasta la canción que está en el equipo de música, justo en este momento: «Hey, man, slow down, slow down». Respiro. Razono. «Idiot, slow down, slow down»… Idiota, sí. Idiota. ¿Qué habría pasado si hubiera habido un niño cruzando la calle mientras hago esa salida de Gran Premio? ¿O incluso un perro, un gato, una maldita paloma? «Where the hell I’m going, at a thousand feet per second?». Eso es. ¿Adónde diablos me dirijo? Tengo que prestar atención, basta de monsergas: esta noche ya he montado bastantes pollos, ahora sólo me faltaría un accidente. Me pongo el cinturón de seguridad. Porque además, pensándolo bien, en realidad no ha pasado casi nada: sí, un pequeño patatús, un agujerito en el asiento, un par de pantalones para tirar: nada del otro mundo. Calma. Son tonterías. Calma. Y ese taxista tenía razón, no podía aparcar ahí, estaba equivocado. Simplemente estaba en el lugar equivocado, incluso para mí, para lo que quería hacer, prescindiendo de la prohibición: estaba demasiado lo que sea. Ese taxista lo único que quería era ayudarme, es así como lo tengo que ver: sus modales no cuentan, sólo quería hacerme comprender que estaba en el lugar equivocado, sólo quería empujarme hacia el adecuado: el lugar en el que detenerme para aclarar las ideas y recuperar la tranquilidad antes de volver a casa. Y lo ha logrado, esto es lo bonito, me ha ayudado, porque de repente sé exactamente adónde tengo que ir, y estoy yendo, poco a poco, a treinta por hora, y me siento mucho mejor. Pues claro. Está cerca y, por otra parte, me coge de camino: sin tráfico no voy a emplear más de cinco minutos. Está cerquísima, ¿cómo es posible que no lo haya pensado antes? Me voy allí, termino de tranquilizarme, me relajo, me sosiego y me vuelvo para casa…

Ya está hecho. Ya he llegado.

Éste es el lugar.

Abro la puerta pero no bajo del coche. El colegio a oscuras es una masa imponente, romántica. Nunca lo había visto así: tiene un aspecto inútil y desolado, parece un juguete roto, como todo lo que pertenece a los niños y los niños dejan tirado. Simplemente está en pie, mero producto de fuerzas vectoriales, como tragándose el tiempo que lo separa de su gloria diurna. Todo parece sostenerlo en la muda fatiga de llegar hasta mañana: la absurda tranquilidad estival de esta noche de octubre, los árboles, el parque, la calle, los edificios de enfrente, los coches aparcados, entre los que destaca ese C3 herido que nadie reclama. Respiro profundamente, varias veces, y a pesar de que me encuentro en pleno centro de Milán, el que me llena los pulmones parece ser aire puro, puro y aromático. Respiro, recorro con la mirada los perfiles de las cosas que la oscuridad ha vuelto suaves, escucho los ruidos que proceden del paseo: es todo tan definitivamente familiar, reconfortante, tranquilizador… Y éste es de verdad un lugar formidable, un lugar del mundo rebosante de fuerzas apotropaicas: aquí debieron de venir los longobardos a honrar a sus dioses gárrulos, alguna chiquilla cristiana debe de haber sufrido el suplicio que hizo de ella una santa, algún joven merovingio debe de haberse transformado en ciervo por amor.

Éste es el lugar.

Por tanto, la razón por la que he venido. El modo de detenerla, identificarla, nombrarla…

Y, de nuevo, la canción que estaba sonando en el equipo borra las distancias que la retenían en el fondo y salta hasta el primer plano con una frase que me traspasa, porque parece dirigida directamente a mí: «And now that you find it», dice, «it’s gone. And now that you feel it, you don’t. I’m not afraid». Porque es exactamente lo que estoy sintiendo yo ahora: es la misma sensación de antes, la misma percepción subcortical de una luz que se enciende y se apaga en el mismo momento, lo que ocurre es que ya no es molesta y yo ya no tengo miedo. Porque, antes, era miedo. También cuando me desmayé, era miedo. Y ahora ya se ha ido. Es más, me doy cuenta, el asunto ya no me interesa. ¿Por qué me desmayé? ¿Miedo a qué? ¿Y qué importancia tiene? Es sólo una pregunta a la que no sé responder, una más, una de tantas. ¿Por qué es salado el mar si los glaciares, los ríos y la lluvia no lo son? ¿Por qué en el tenis los puntos son 15, 30, 40 y no 45? ¿Por qué han hecho obligatorios los prefijos también en las llamadas urbanas? ¿Qué sucede si en el cajero automático yo tecleo 250 euros y sólo me salen 150 euros? ¿Qué significa un motor Common Rail? Vuelve el estribillo: «And now that you find it», repite, «it’s gone. And now that you feel it, you don’t. I’m not afraid». El resto no lo entiendo y la canción se termina.

Empieza a interesarme este extraño fenómeno que se verifica con el equipo de música. Mejor dicho, no con el equipo, sino con el disco de los Radiohead de Lara que me encontré en el coche y que sigo escuchando y volviendo a escuchar; prácticamente sólo escucho. La mayoría de las veces no le presto atención y mucho menos se la presto a la letra; pero hay momentos, como hace un rato, o antes, cuando conducía, y también en días pasados, ahora que lo pienso, unas cuantas veces ya, en las que un verso en concreto o todo un estribillo literalmente me asaltan y se dejan entender con gran naturalidad, como si el inglés fuera mi lengua materna; y cuando sucede siempre parece que aquellas palabras en concreto se dirijan directamente a mí, y siempre son sabias, apropiadas, perfectas. Como si ese disco me estuviera viendo e intentara hablarme, darme consejos.

Me pongo a buscar su funda. No por nada: tal vez haya llegado el momento de tomarse un poco en serio este legado de Lara, y si en la caja están las letras de todas las canciones, a lo mejor encuentro ahí bien escritas las cosas que…, aquí está, pero por desgracia no se trata de un disco original, es sólo un recopilatorio grabado por alguien, y en la tapa sólo se lee: «Radiohead. Per appressarm’al ciel dond’io derivo» —qué bello, caramba: ¿de quién es, Petrarca?—, con la redonda, la sensual caligrafía de Lara. ¿O es la de Marta? Siempre han tenido la caligrafía casi igual. Ya, Marta. Ahora que me acuerdo, una vez sucedió también en su coche. Justo aquí delante, inmediatamente después de que hubiera chocado con el C3 para dejar libre la calle, mientras ella acababa su striptease. Recuerdo también lo que decía la canción: «sólo somos accidentes a la espera de suceder». Apuesto a que era exactamente el mismo disco: ¿habrá sido Marta la que hizo la grabación y la que le regaló una copia a Lara, o viceversa?

Ahora la canción ha terminado y hay aplausos, gritos. El cantante dice algo, pero no lo entiendo, sólo entiendo «old selection». Debe de estar anunciando el título de la próxima canción, porque dice «It’s called» no sé qué, provocando una ovación, tras lo cual empieza un solo muy triste de guitarra que se repite en vano durante algunos compases. Luego la voz empieza a cantar, lenta, lánguidamente.

«This is the place», dice. Lo juro.

«Remember me?».

Ah. Claro que te recuerdo.

«We’ve been trying to reach you…»

Ya. Es difícil no darse cuenta, canción. Dime…

«This is the place. It won’t hurt, it will not hurt».

Es verdad, canción: no me hace daño, no siento dolor; sobre todo, en este lugar. Y déjame que te diga algo: es fantástico dialogar contigo. Dime algo: ¿tú cómo ves esta vida mía tan extraña? ¿Cómo piensas que tendría que actuar, así, en general? Pero ahora ya no entiendo nada: el cantante se pone a mascullar las palabras y la música retoma su papel preponderante. Es bonita, la verdad, lánguida y lo que se quiera, pero a mí me interesaba la letra. «Recognition», «face», «empty», consigo captar tan sólo palabras aisladas, fragmentos: «to go home», «at the bottom of the ocean», nuevamente «face»… A saber lo que me estarás diciendo, canción, algo importante y que yo no entiendo. Por otro lado, me doy cuenta de que si pudiera comprenderlo todo sería demasiado fácil: también los oráculos délficos eran inescrutables y tenían que ser interpretados. Eso sin contar que, por regla general, en estos temas suele haber un lado oscuro, algo funesto, demasiado complicado, que es mucho mejor no saber. Y además podría ser que simplemente comprendo las frases que se dirigen a mí, podría ser que sea así como funciona esto. ¿Por qué no? No soy el único, ni mucho menos, que escucha estas canciones.

«Cause it’s time to go home».

Ésta, por ejemplo, ésta la comprendo perfectamente y, de hecho, es verdad: es hora de volver a casa. Los últimos versos, en cambio, no; la canción se termina y sí, sí, yo vuelvo a casa. Lo dice también el bonito ruido gratificante de la puerta superreforzada al cerrarse: sclomp: es hora de volver a casa. Gracias, canción; gracias también por la ovación que ahora me estás dedicando, larga, sincera, apasionada: nunca la he recibido, ¿sabes?, en toda mi vida. Ni siquiera una. Y en cambio una buena ovación, a veces, es justo lo que se necesita, para hacerte volver a casa sereno, con el corazón repleto de caos y de tranquilidad…

OceanofPDF.com