Caos calmo

Sandro Veronesi · Capítulo 37 de 40

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Caos calmo

Capítulo 35

 

—¿Diga?

—…

—¿Diga?

—Buenos días. ¿Podría hablar con Pietro Paladini, por favor?

—Hola, papá. ¿Cómo estás?

—¿Pietro? ¿Eres tú?

—Claro que soy yo.

—La voz es diferente.

—Te aseguro que soy yo.

—Pero muy diferente. Es otra voz.

—Pues ya ves, soy yo. ¿Cómo estás?

—No, no es posible. Usted no es mi hijo.

—Vamos, papá. Has llamado a mi móvil. Tengo que ser yo por narices.

—Eso no tiene nada que ver. Yo sé qué voz tiene mi hijo. Usted es otro.

—Te he reconocido de inmediato, ¿verdad? ¿Cómo podría, en tu opinión, haberlo hecho si hubiera sido otro?

—Ha visto aparecer el nombre «papá» en la pantalla, es así como lo ha hecho. Ahora le ruego que me ponga con mi hijo, por favor.

—No ha aparecido ningún nombre en la pantalla. Ha aparecido la palabra «Desconocido» porque estás en Suiza y tienes un número privado.

—Oiga, yo no sé quién es usted, y no entiendo por qué quiere hacerse pasar por mi hijo, pero le ruego que me ponga con él de inmediato, porque si no voy a llamar a la policía.

—Está bien, le pongo con él.

—…

—¿Diga?

—Pietro. ¿Quién era ese tío que ha contestado?

—Un compañero de trabajo.

—¿Tú le has dado permiso para que conteste a tu teléfono?

—Sí, claro, yo le he dado permiso. ¿Qué tal estás?

—Ve con tiento, porque ese tío ha intentado hacerse pasar por ti.

—¿De veras? Gracias por decírmelo. ¿Cómo estás?

—Bien. ¿Y Claudia?

—Ella también está bien.

—¿Y tú?

—Perfectamente.

—¿Sigues ahí, delante de ese colegio?

—Sí.

—Abrígate, que hace frío.

—Estoy en el coche, papá.

—Muy bien… Oye, ¿qué quería decirte? Ah, sí, quería invitaros a comer. Mamá tiene muchas ganas de veros.

—¿Quién?

—Mamá.

—…

—Yo también, naturalmente. Pero ella, ya sabes cómo es, se pone triste porque os ve tan poco. ¿Qué le digo, que venís?

—Sí…

—Ha dicho que os hará pasta al horno con berenjenas. Y el rollo de carne.

—Fantástico. ¿Me puedes poner un momento con Chantal, por favor?

—¿Quién? Oh, Chantal. Claro. ¡Chantal! ¡Carlo quiere hablar contigo! ¿Por qué quieres hablar con ella?

—Tengo que pedirle algo para el dolor de espalda que tengo.

—Ah. ¿Te has quedado clavado?

—No, no. Es sólo un poquito de dolor.

—Menos mal. Cuando te quedas clavado por lumbalgia es mal asunto, créeme. Entonces, ¿qué le digo a mamá? ¿Venís?

—Sí, claro.

—Bueno. Entonces hasta pronto.

—Hasta pronto, papá.

—Aquí está Chantal, te paso con ella. Es Carlo. Adiós.

—¿Diga?

—¿Chantal?

—¿Carlo?

—No, soy Pietro.

—Ah. Ya me parecía a mí.

—¿Puede hablar?

—Sí. Ha vuelto para allá. ¿Cómo están?

—Nosotros bien, pero me parece que él…

—¿Qué le pasa a él?

—Bueno, me acaba de decir que mamá quiere hacerme un rollo de carne.

—Oh, sí, de vez en cuando le ocurre. Eso de ver a vuestra madre, me refiero, de hablar con ella. Pero el médico dice que no hay que preocuparse.

—Y me ha confundido con Carlo. Y antes me ha llamado al móvil y no me ha reconocido. Me ha obligado a admitir que yo era otro.

—Obligado: vaya palabrita.

—Bueno, en fin, se ha emperrado en decir que no era yo. Y yo, para abreviar, he tenido que…

—Y ha hecho bien. No hay ninguna razón en el mundo por la que valga la pena llevarle la contraria.

—Así es. Pero me preguntaba si esta, en fin, si esta constante degeneración no puede llevarle a alguna…

—¿A alguna?

—Bueno, no sé, a algún gesto extraño. ¿Quién puede saber lo que se le pasa por la cabeza?

—Yo lo sé. Su padre sólo tiene necesidad de que algunas veces la realidad sea distinta a como es. Exactamente como nos pasa a usted y a mí. La diferencia es que respecto a nosotros, él tiene muchas más posibilidades de cambiarla.

—Ésa es una forma de decirlo. Otra forma de decirlo es que ha perdido la cabeza por completo. Perdóneme la brutalidad.

—Su padre no ha perdido la cabeza, Pietro. Está enfermo, pero no está loco. Le aseguro que la mayor parte del tiempo se comporta de una manera completamente normal. Tan sólo está luchando por sobrevivir, y si uno no está ahí repitiéndole que su mujer está muerta, o que uno de sus hijos no quiere verlo nunca más, consigue hacerlo muy bien.

—Pues ahora digámoslo de la siguiente manera: cuando él me invita a comer en nombre de mamá, me preocupo; y cuando usted me dice que no tengo que preocuparme, me tranquilizo.

—Dígalo como quiera, pero en definitiva quédese tranquilo. Su padre está bien.

—Bueno, ¿ya se ha resignado a instalar el lavavajillas?

—No. Se lo regaló a la Cruz Roja.

—¿El lavavajillas? ¿Y qué va hacer con él la Cruz Roja?

—Oh, ésos se quedan con lo que sea.

—No, si lo digo porque me parece haber entendido que le gustaría que Claudia y yo fuéramos a comer, un domingo de éstos, pero no me apetece que luego usted tenga que lavar los platos a mano. Me parece absurdo.

—Perdone que se lo diga, pero ¿a usted qué más le da cómo lavo yo los platos? Venga a comer y no se preocupe por los platos.

—OK, tiene razón. Entonces pongamos que podríamos ir el próximo domingo. No éste, el siguiente. ¿A usted le va bien?

—Claro que me va bien.

—¿Sigue convencido de que Lara murió en un accidente de tráfico?

—No ha hablado más del tema, pero creo que sí.

—Entonces le agradecería que me ayudara a cambiar de tema si tenemos que hablar de ello delante de Claudia.

—No se preocupe. Soy experta en cambiar de tema.

—No quisiera que eso le causara ninguna confusión, ¿me entiende?

—Claro. ¿Cómo está Claudia? ¿Sufre mucho?

—No, la verdad. Está tranquila. No sé cómo, pero está tranquila.

—Vigílele el pelo.

—¿Cómo?

—Vigílele el pelo. Vigile que no le estén saliendo canas.

—¿A los diez años y medio?

—Sí.

—¿Por qué?

—Fíese de mí. Vigíleselo, y si le encuentra, aunque sólo sea una, dígamelo.

—Canas. De acuerdo.

—Entonces nos veremos el domingo.

—Hasta el domingo, vale.

—…

—…

—¿Chantal?

—¿Sí?

—¿Puedo preguntarle una cosa?

—Sí.

—Le advierto que es un poco indiscreta.

—Qué le vamos a hacer. Dígame.

—¿Por qué lo hace?

—¿El qué?

—¿Por qué está dedicando su vida a mi padre?

—Menuda pregunta es ésa…

—Ya le dije yo que era indiscreta. Si no quiere responder, no importa.

—Porque le quiero, Pietro. No es necesario decir nada más.

—…

—¿Qué ocurre, no se lo cree?

—No, lo creo. Lo único es que, en fin, no debe de ser nada fácil quererlo en estos momentos.

—Al contrario: su padre es un hombre maravilloso, incluso enfermo como está. Y quererlo es un privilegio.

—Lo decía por el carácter que tiene. Y la necesidad de cuidados constante, y su obsesión por el ahorro…

—Me gusta estar cerca de él. Y como estoy cerca de él, lo cuido. He sido enfermera durante treinta y dos años, para mí es normal. Y de todas maneras su padre está mucho mejor de lo que puede parecerle.

—Gracias a usted.

—No, Pietro. Nadie puede hacer que estés bien si el bien no está ya en ti. Esto lo he aprendido.

—Vale. Entonces nos vemos el próximo domingo.

—Hasta entonces, Pietro.

—Hasta entonces.

 

—¿Diga?

—Hola. ¿Cómo estás?

—Hola, Marta. Bien. ¿Y vosotros?

—Tengo a Giacomino con fiebre, pero no es muy alta.

—Ya. Hay bastantes casos en esa época. ¿Y la barriga?

—Ya ves, creciendo.

—¿Ya sabes si es un niño o una niña?

—Es otro niño.

—¡Vaya! ¡Felicidades!

—Gracias, aunque habría preferido que fuera una niña.

—¿Qué me dices? ¿Y cómo es eso?

—Adivínalo.

—¿Porque ya tienes dos niños? ¿Y qué tiene que ver?

—Digamos que si sale como los otros dos tendrán que ingresarme.

—Venga, que son buenos chicos.

—Sí, claro, son dos angelitos.

—Pues en cambio yo creo que es bueno que sea otro niño, ¿sabes? ¿Ya has decidido cómo vas a llamarlo?

—Pensaba en Aldo.

—¿Qué? ¿Estás bromeando?

—¿Por qué? No será muy bonito, pero es el nombre de papá, y me parece que…

—Marta, no puedes llamarlo Aldo.

—¿Cómo que no puedo?

—No puedes llamar a tus tres hijos Aldo, Giovanni y Giacomo. ¿Y

luego qué, vais a hacer alguna película cómica[3]?

—Huy, no había caído en eso: Aldo, Giovanni y Giacomo, ya… Aunque en realidad sería Giovanni, Giacomo y Aldo…

—Mira, escúchame: no puedes hacerlo.

—…

—…

—No, es verdad, no puedo.

—Muy bien.

—…

—…

—Ya me estaba haciendo a la idea. Siempre lo estropeas todo, coño.

—Claro, claro. Ahora soy yo.

—Pero ¿por qué? Coño, ¿por qué siempre es todo tan complicado? ¿No puede una ni siquiera llamar a su hijo como a su padre?, ¿por qué?, ¿por qué siempre es así?

—No siempre es así, Marta. Es así esta vez.

—En mi vida siempre ha sido así. Lo que el resto del mundo hace de la mañana a la noche yo nunca puedo hacerlo por alguna razón de los cojones.

—Ahora no te hagas la víctima.

—Yo sólo quería llamarlo Aldo. Me apetecía. Y no puedo hacerlo. ¿Puedes decirme por qué?

—Tal vez ése no era su nombre. Simplemente.

—Era el nombre de mi padre, coño. Yo ese nombre lo amé. Me asiste el derecho a ponérselo a mi hijo, ¿o no?

—Entonces podrías haber llamado Aldo a uno de los otros dos. ¿Por qué no lo hiciste?

—¿Eso qué tiene que ver? Cuando nacieron ellos papá todavía estaba vivo.

—Por eso mismo. ¿Qué pasó, tenías miedo de darle esa satisfacción?

—…

—¿Oye?

—La verdad es que eres un capullo, ¿lo sabías?

—Va, venga, perdona. No quería decirlo.

—Y cuando pides perdón todavía eres más capullo.

—Te lo estaba pidiendo en serio.

—Por eso mismo. Los que se dan cuenta de haber sido unos capullos un segundo después de haberlo sido son los más capullos.

—OK. La próxima vez dejaré pasar dos o tres días.

—Mejor dicho, los más capullos de todos son los que después de haber pedido perdón todavía se hacen los graciosos.

—Marta, no quiero discutir. Es que no puedo escucharte cuando te haces la víctima.

—Ah, entonces tengo que pedir yo perdón. ¿Te he hecho mucho daño?

—Escucha, retiro lo que he dicho: llámalo Aldo y pasa de todo.

—…

—¿Qué puede pasar? «Qué guapos, ¿y son tuyos los tres?». «Sí». «¿Y cómo se llaman?». «Aldo, Giovanni y Giacomo». «Anda ya… ¿Como los cómicos?». «Sí, como los cómicos». Fin.

—…

—Llámalo Aldo.

—Me parece que es justamente lo que voy a hacer.

—Y qué coño, los problemas son otros. ¿Tengo razón?

—Sí, tienes razón. Por cierto, quería preguntarte algo.

—Dime.

—¿Al final llamaste a ese psicólogo?

—No. No lo llamé.

—Pero ¿tienes intención de hacerlo?

—No. No tengo intención de hacerlo.

—Por tanto, no tienes pensado ir a que él te psicoanalice.

—Marta, yo no creo que…

—Entonces, ¿puedo ir yo?

—¿Cómo dices?

—Digo que si tú no tienes pensado ir, entonces iré yo. Tengo ganas de volver a psicoanalizarme.

—Pero ¿su número no te lo dio una amiga tuya?

—Sí.

—¿Y ese psicoanalista no es riguroso?

—Sí. ¿Y bien?

—¿Y no está prohibido que te psicoanalice un amigo de una amiga?

—Mi amiga no es su amiga, es una colega suya. Simplemente me lo aconsejó. Está prohibido ir a psicoanalizarse con una amiga, y por eso no voy a hacerlo con ella; y también ir a psicoanalizarse con el mismo psicoanalista que tu cuñada, y por eso te digo que te lo pienses bien, porque si yo voy entonces no vas a poder ir tú.

—Marta, no tengo que pensarlo. Ve a terapia con él, a mí no me interesa.

—Psicoanálisis. Terapia no, psicoanálisis.

—De acuerdo, psicoanálisis.

—¿Puedo llamarlo entonces?

—Sí.

—OK, gracias.

—De nada.

—Bueno, ya nos llamaremos.

—¿Marta?

—¿Sí?

—…

—…

—No, nada. Nos llamamos.

—Adiós.

—Adiós.

 

—¿Diga?

—¡Nieva!

—¿Dónde estás?

—¡En Roma! ¡Y nieva!

—Aquí llueve.

—Aquí en cambio caen los copos que es una maravilla. Ah. Me está nevando encima en este preciso momento, ¿quieres que te haga un reportaje televisivo?

—No, gracias. Pero ¿cuaja?

—No veas. La ciudad está paralizada. Aeropuertos cerrados, autobuses cruzados en las carreteras, todo el mundo en el exterior, jugando a lanzarse bolas de nieve como en el ochenta y seis.

—¿Y tú qué sabes del ochenta y seis? Pero si estabas en Londres.

—Todo el mundo lo dice por aquí. «Como en el ochenta y seis, como en el ochenta y seis»… ¿Cayó tanta, en el ochenta y seis?

—Un montón, la verdad.

—Es fantástico. Ya no trabaja nadie.

—Me lo imagino. Qué suerte tienes.

—Venga, que a lo mejor mañana nieva ahí también.

—Pero aquí es distinto. Me refiero a que aquí también se paralizan todas las cosas, pero la gente se cabrea.

—Qué estás haciendo aún en Milán eso sólo tú lo sabes.

—Trabajo aquí.

—OK, pero no me digas que no encontrarías trabajo también en Roma. Escucha mi plan: tú te vendes esa casa de muñecas de allí, y te compras un bonito apartamento aquí, en la Garbatella, donde por desgracia los precios han subido mucho respecto a hace diez años, pero de todas maneras sigue siendo uno de los barrios más baratos de Roma, además de ser el más pijo. Y seremos vecinos.

—¿Fin del plan?

—Sí.

—¿Y el trabajo?

—Trabajas conmigo. Tengo media idea de abrir una radio. Podrías dirigirla.

—Vamos, admite que esa media idea se te acaba de ocurrir en este momento.

—Lo admito, pero sigue siendo una óptima idea. Radio Barrie: ¿a que suena bien?

—Vamos. ¿Y tú para qué quieres una radio?

—Música. Comunidades. Imagen. Te estoy hablando en serio, Pietro.

—¿Tú sabes por casualidad lo que cuestan las frecuencias?

—Oye, yo soy riquísimo. No sé dónde meter el dinero. Cuanto más intento librarme de él, más beneficios me produce. Lo mismo voy y gano también con la radio.

—Si quieres estar seguro de no ganar nada lo único que tienes que hacer es evitar la publicidad.

—Perfecto. Radio Barrie: la única radio en el mundo sin publicidad. Entonces, ¿aceptas?

—Sí.

—¿Cuándo empezamos?

—El sábado, cuando vengas para aquí.

—Oh, a propósito: no puedo ir. Este fin de semana tengo que ir a Londres, lo siento.

—Lástima.

—Pero el domingo próximo tengo que cambiar de avión en Malpensa y podría retrasar la escala, así podríamos comer juntos.

—¿El domingo siguiente a éste?

—Sí, con Claudia, naturalmente. ¿Cómo está?

—Bien, pero ese domingo no podemos. Vamos a comer con papá.

—¿Con papá? ¿Cómo es eso?

—Nos ha invitado.

—Ah. ¿Cómo está? ¿Está bien?

—En fin, desvaría sin parar. Chantal dice que está bien, pero no sé, a veces me parece que ella también está loca.

—Exacto, yo siempre lo he dicho: la loca es ella, no él.

—¿Por qué no vienes tú también?

—¿Adónde?

—A casa de papá. Como pasas por aquí…

—Venga, no bromees.

—Oye, él está mal. El otro día, por teléfono, me confundió contigo.

—No volvamos otra vez, por favor.

—Venga ya, ¿se puede saber qué te ha hecho?

—Pietro, por favor.

—Es viejo, está enfermo. Dice que habla con mamá, que la ve…; a mí me dijo que mamá nos va a cocinar pasta al horno, ¿te das cuenta? ¿Cómo puedes ser tan duro?

—¿Duro yo? No me tragó durante veinte años y si no llega a ser porque volví yo, cuando mamá estaba enferma, habría seguido sin tragarme.

—Pero luego hicisteis las paces.

—Y una mierda hicimos las paces. ¿Sabes qué me dijo el día en que se murió mamá? No la habían colocado todavía en el ataúd, ¿y sabes qué me dijo?

—¿Qué te dijo?

—Me dijo: «Bueno, ahora somos los dos solterones de la familia». Ésta era su forma de hacer las paces.

—Nunca ha tenido tacto, ya lo sabes. Fue un patinazo.

—¿Un patinazo? ¿Y liarse con la enfermera que cuidaba de mamá fue otro patinazo? Oye, que estaban juntos desde antes que mamá muriera, para que lo sepas.

—¿Y qué más da? A ver si va a ser el único que ha engañado a su mujer.

—¿A los setenta años? ¿Delante de sus narices, mientras ella se muere de cáncer? ¿Con su enfermera? Tienes razón, el mundo está lleno de hombres que lo hacen…

—No fue delante de sus narices, mamá no se daba cuenta.

—No se daba cuenta… Pero ¿cómo puedes hablar de esta manera?, ¿cómo puedes ir a comer a casa de esos dos?

—No, dime cómo puedes tú odiarlo de esta manera. Es tu padre, coño.

—Y precisamente porque era mi… Oye, no hablemos más del tema, ¿vale? Mierda, ¿por qué hemos acabado hablando de él? Estábamos de acuerdo: de él no se habla más, nos lo habíamos dicho con claridad. Luego tú haces lo que te parezca y yo hago lo que me parezca, pero no hablemos más del tema, te lo pido por favor.

—Vale, vale. No se hable más.

—…

—…

—Otra cosa, ¿ha dado señales de vida esa a la que salvaste? Una señal, una llamada, un agradecimiento…

—…

—¿Oye?

—Sí. ¿Qué decías?

—Te preguntaba si ha dado señales de vida la mujer esa a la que salvaste. Dado que eran tan amigas con la mía, pensaba que daría señales de vida.

—Oh, no. Nada.

—Qué mundo. Bueno, nos llamamos. Me voy a tirar bolas de nieve.

—Que te diviertas.

—Adiós, Pietro.

—Adiós.

 

—¿Sí?

—Hola, Pietro.

—Hola. ¿Qué tal?

—Bien. ¿Y tú?

—Bien. ¿Alguna novedad?

—Sí. Han venido.

—¿Quiénes?

—Los dioses.

—¿Qué dioses?

—Boesson y Steiner.

—¿Adónde han venido?

—A Milán.

—¿Ah, sí? ¿Y para qué?

—¿Cómo que para qué? Para la firma.

—¿Qué firma?

—La fusión. No me digas que no lo sabías.

—¿Sabía el qué?

—Pietro, ¿me estás tomando el pelo?

—No. No sé de qué me estás hablando.

—¿No sabías que han decidido venir a Milán para firmar los documentos de la fusión?

—No.

—Pero si aquí todo el mundo lo sabía.

—Yo no estoy allí. El único que me cuenta cosas eres tú, y tú esto no me lo has dicho.

—Creía que ya lo sabías.

—Pues resulta que no lo sabía.

—Han decidido firmar aquí.

—¿Aquí? ¿Y a qué se debe eso?

—Para pasar algo más desapercibidos, dicen. Para no llamar tanto la atención.

—¿Qué? ¿Crean el mayor grupo del mundo y no quieren llamar la atención?

—Qué te voy a contar, Pietro. Firman aquí. Ya han llegado.

—Boesson y Steiner…

—Sí. Con esposas e hijos. Boesson está en el Príncipe de Saboya. Y Steiner parece que está en el lago, en el Villa d’Este. Irán de tiendas este fin de semana, el martes por la noche acudirán todos juntos a la inauguración de la Scala, pero entretanto, el lunes, durante el puente de Sant’Ambrogio, cuando las oficinas están cerradas, vienen aquí y firman. Perdona, pero estaba convencido de que tú lo sabías.

—No importa, no es nada grave.

—Tal vez podrías pasarte por la oficina.

—¿Yo? ¿Para qué?

—Pues eso, para dejarte ver por aquí. Esto está lleno de esbirros a los que nunca habíamos visto, franceses y americanos. Hemos sido invadidos físicamente.

—Por eso mismo. Me lo ahorro.

—Han ocupado la sala de reuniones. Piden pizzas cada media hora y se explican chistes. Se oyen las carcajadas desde aquí. Y meten la nariz por todas partes.

—Ya pasará.

—Y Basler es un grandísimo cabrón.

—Ése es su trabajo, ser un cabrón.

—Y aquí todo el mundo ha perdido la cabeza.

—Pero la ha perdido por problemas suyos, esto es sólo un pretexto para soltarse. No te dejes contagiar. Por cierto: a propósito de gente que ha perdido la cabeza, ¿buscaste a la novia de Piquet?

—Sí. He hablado con ella por teléfono.

—¿Y qué hay?

—Lo han dejado.

—¡Y van…! ¿No te ha dicho dónde está, qué hace?

—No. Dice que no lo ve desde hace un mes.

—Desde el asunto del portalatas…

—Ya.

—¿Y qué te ha parecido?

—¿Ella? Normal. ¿Cómo tenía que ser?

—No sé, hay maneras y maneras de decir las cosas. ¿Qué te ha dicho, exactamente?

—Me ha dicho que lo dejaron hace un mes y que desde entonces no sabe nada de él.

—Entiendo, pero ¿estaba agresiva mientras lo decía? ¿Estaba triste?

—Yo qué sé, Pietro. Hablábamos por teléfono.

—¿Te ha hecho preguntas?

—¿Preguntas? ¿Ella a mí? No…

—¿Se acordaba de ti?

—¿Y por qué iba a acordarse?

—Bueno, estuviste cenando en su casa.

—Sí, pero no se lo he dicho. Ya me resultaba incómodo preguntarle por Piquet. ¿Sabes que ni siquiera me acordaba de cómo se llamaba de nombre?

—¿Piquet? Federico.

—Sí, pero yo no me acordaba. Aquí le llamábamos siempre por el apellido. Le he tenido que preguntar si era la novia del señor Piquet…

—¿Que ha desaparecido, por lo menos, eso se lo has dicho?

—No, no me he sentido capaz…

—Bueno, entonces es obvio que no te ha contado nada. Has sido demasiado impersonal.

—Me ha contado que lo han dejado. ¿Qué más tendría que haberme dicho? ¿Qué significa demasiado impersonal?

—Demasiado impersonal. A lo mejor sabe algunas cosas y no te las ha contado porque has sido demasiado impersonal. A lo mejor sabe dónde está. ¿Por qué no la llamas y le dices que eres Marco Tardioli, que ya os conocéis porque estuviste cenando en su casa y que…?

—Oye, yo no vuelvo a llamarla. Ya he sentido vergüenza como si fuera un ladrón de esa manera.

—Entiendo. No he dicho nada.

—Perdona, ¿por qué no la llamas tú? Además, yo no podría hacerlo aunque quisiera: se daría cuenta de que soy el mismo que el de la otra llamada telefónica y recelaría. Aunque la verdad es que no entiendo por qué iba a ocultarnos algo.

—Tienes razón, ya la llamaré yo. ¿La encontraste en el Studio Elle?

—Sí. Ahora el número no lo tengo aquí, pero está en el listín. Oye, ya me contarás…

—Claro.

—En fin, ¿no vas a pasar por el despacho?

—No tengo la más mínima intención.

—¿Ni siquiera mañana, que vendrá Boesson?

—Sobre todo mañana.

—Pero ¿no te da miedo que se te cepillen?

—Si se me cepillan, pues se me cepillan, Marco. No va a cambiar nada si voy o no voy.

—Eso también es verdad. Lo que ocurre es que no comprendo cómo puedes estar tan tranquilo.

—Bueno, que estoy tranquilo lo dices tú.

—Parece que nada te importe.

—¿Sabes cómo dicen los americanos? Keep cool.

—Sí, eso dicen.

—Eso mismo. No cuesta nada.

—Sí, pero tú pareces… Bueno, perdona, no es asunto mío.

—No pasa nada. En resumen, así que firman el lunes, ¿no?

—El lunes, sí.

—Bueno, ya verás como después todo irá mejor.

—Eso espero. Te mantendré informado.

—Gracias. Y mañana saluda a Dios de mi parte.

—Amén.

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