Caos calmo
Capítulo 32
Pómulo, esquina de la boca, labios, lóbulo de la oreja, pendiente…
Estoy besando detalles.
Tengo los ojos abiertos, quiero ver lo que beso: son detalles de una blancura emocionante, partes de cuerpo colocadas al margen, fuera de escala, porque esta mujer, toda entera, ya no entra dentro de mis ojos: como si se hubiera hecho infinita, imaginaria…
Y respiro con fuerza por la nariz, me meto hasta dentro el perfume que se ha puesto, pero también el olor humano que está debajo, y que poco a poco irá creciendo, por inducción, secreción, fricción, hasta prevalecer sobre el perfume cuando esté dentro de ella. Porque va a ocurrir, y ésta es una certeza: ahora se puede dudar de cualquier cosa, menos del hecho de que dentro de poco estaré dentro de ella y su natural olor de mamífero prevalecerá sobre la delicada esencia marina con la que se ha rociado para cubrirlo. Es esta certeza la que me exalta, aunque todavía no haya hecho nada, no he empezado nada; oh, es un momento en verdad entusiasmante: valía la pena mentir, fingir, enviar mensajes, esta piel es entusiasmante, esta boca es entusiasmante, el pelo, el cuello, el cuello es entusiasmante, o mejor dicho: las partes singulares de este cuello, el tendón, la vena, el tierno asiento en la unión con el hombro, son entusiasmantes, como entusiasmante es la promesa contenida en todo el cuerpo que estrecho entre mis brazos, en las caderas, ahí abajo, que me limito a acariciar dulcemente, en las tetas que todavía no he rozado siquiera, pero que presionan, firmes, contra mi pecho; y también fuera de ella está la misma promesa, en el olor de la hierba, de la tierra, de la noche cálida, en la oscuridad donde resplandece la luna, en el sonido del viento, en los jodidos ruiseñores que gorjean, en la naturaleza completamente enloquecida que nos rodea, porque estamos a 31 de octubre, recordémoslo, y todo esto no tendría que ser así…
Presiono con mi barbilla sobre su piel, la barba de un día es como corriente eléctrica sobre las zonas sensibles, y de hecho ella se aferra a mis hombros, jadea, se abandona, y así, así, la cabeza se inclina hacia un lado, el pelo le cae hacia atrás, soy el dueño de su cuerpo: es el momento. Abro la boca y me la lleno con su carne, coloco todos mis dientes en contacto con su piel, chupo un poco para lograr la adherencia perfecta; ella todavía no sabe por qué, no se lo imagina, gime y suspira como si sólo se tratara de esto, pero no se trata tan sólo de esto: no se imagina qué clase de mordisco estoy a punto de darle. Yo en cambio lo sé, porque una vez lo sentí, y desde entonces nunca he podido tocar a ninguna mujer sin pensar en Marta. No tiene nada que ver con el amor, es exactamente algo de vampiros: un día ella me lo hizo a mí, y desde entonces yo lo hago todas las veces que puedo. Ya está, en efecto: lo hago. Clavo el mordisco, sí, y empiezo a apretar, y enseguida noto el escalofrío que atraviesa su carne, el músculo que se rinde, los nervios que se relajan, y del aire de sus suspiros sale un largo «aaahhh» sumergido en estupor. Ya, estupor. Porque mi mordisco no lo realizan los incisivos, los realizan los caninos, son ellos los que se hunden, drásticos, exactamente como si tuvieran que atravesar la yugular para sacarle la sangre, y es extraño, pero uno nunca está preparado para esto: a pesar de todas las películas de Drácula que hemos visto, nunca nos imaginamos que alguien pueda besarnos así, ni lo hermoso que resulta…
El mordisco sigue hundiéndose —«aaahhh»—, pero no hace daño, lo sé, porque hay algo de anestésico en el placer que nos procura. Lo que la pone rígida es el miedo, no el dolor: miedo a que las mandíbulas no se detengan ya —lo conozco, lo he sentido—, que sigan cerrándose hasta desgarrar un buen bocado de carne. Y entonces yo dejo de clavar. Sigo apretando, pero ya sin acrecentarlo, porque no quiero hacer daño, tan sólo quiero tenerla entre mis dientes y oírla gemir, inerte, gemir, gemir, y ahora librarse a un abandono verdaderamente legendario, dramático, luminoso, demente: el abandono de los famélicos que pierden el sentido, de las presas aturdidas que cuelgan de la boca del leopardo: el abandono de la muchacha que se estaba ahogando y ha luchado con Nosferatu llegado en su ayuda, y que ha preferido sinceramente morir antes que ser salvada por él, y ha intentado arrastrarlo bajo el agua consigo, pero no lo ha logrado, y entonces se ha rendido, se ha dejado coger, salvar, besar y chupar hasta la última gota de su sangre…
«Aaaahhhh»…
Ya está hecho: empiezo a soltar, suavemente. Eleonora Simoncini ha sentido un placer que nunca más volverá a sentir, y que bastaría para hacer que se volviera a casa satisfecha sin necesidad de sentir nada más. Y, en cambio, como es obvio, en cuanto separo la boca de su cuello toma la iniciativa, casi como si tuviera que redimirse de la morfínica pasividad en que mi mordisco la ha dejado, y empieza a besarme con furor, a estrecharme, a lamerme, y su mano baja de golpe, precisa como un golpe de kárate, hasta agarrarme la polla a través de la bragueta de los pantalones: gesto que siempre he apreciado bastante, la verdad, porque dentro de su propia insolencia mantiene un toque de pudor, de adolescencia, y me sabe a años setenta, a Patrizia Pescosolido, mi primera novia, a los agotadores magreos con ella en la buhardilla de Gianni Albonetti, apodado «Futuro», a la débil luz de las lamparitas rojas y azules, las paredes revestidas con hueveras de cartón y aquel disco de Brian Eno repetido en el tocadiscos hasta el agotamiento… Del mismo modo, mientras ella me estampa la polla contra la tela de los pantalones, y me la aprieta cada vez más fuerte, casi como si fuera a arrancarla para llevársela consigo, yo por fin puedo dedicarme a sus tetas, y me pongo a palparlas con ambas manos como tenía ganas de hacer desde que la vi, el otro día, delante del colegio; pero yo también, por una especie de romántica, obligada simetría, me limito a hacerlo por fuera, sin violar el velo de tela que las envuelve. Y en el fondo también éste es un momento entusiasmante, porque Eleonora Simoncini no lleva sujetador, no, igual que Patrizia Pescosolido a los dieciséis años, prueba definitiva de que se trata de unas tetas restauradas, y de hecho reaccionan con una elasticidad verdaderamente inhumana —boing: parece que vayan con un muelle—, una especie de ciega obediencia de cyborg a la orden de permanecer siempre erguidas, grandes y duras suceda lo que suceda, y así, entre los numerosos placeres generados por el contacto de este prodigio se abre camino también el cálido y perverso del replanteamiento, dado que siempre he mantenido una postura muy crítica respecto a la idea de meter dos pedazos de silicona en el pecho de una mujer con el propósito de mejorarla; pero si los resultados son éstos, la verdad es que tengo que volver a pensármelo…
Como es natural, seguimos besándonos, pero ahora ya son besos sin sabor, de pura cobertura, con la cabeza en otra parte. Ya no somos uno solo, eso es lo que pasa, como hace poco, durante el mordisco; ya no existe ese abandono vegetal, hemos vuelto a ser dos individuos distintos que bombean adrenalina desde las tétricas cavernas del yo y se dedican el uno al otro en el intento de aplacar la voracidad que le sigue a ello, casi como si compitieran entre ellos, sí, casi luchando. Y es ella la que sube el nivel de esta competición, dando el paso que Patrizia Pescosolido empleó todo un largo invierno en dar, es decir, el de pasar desde el exterior al interior de la bragueta. Noto cómo sus manos van forzando los botones, casi los arrancan, y se desliza veloz a través de los calzoncillos para llegar a empuñar mi polla como si fuera un martillo. Y yo, entonces, nuevamente por cuestión de simetría, le levanto la camiseta hasta el cuello, desvelando la blancura absoluta de las tetas, y empuño ambas, sí, me lleno las manos con ellas, las exprimo, siento cómo rebosan de mis dedos: las uso, puede decirse sin problemas, para el fin último para el que fueron realizadas. Es placentero, no puedo negarlo, pero ahora hay un no sé qué de mecánico en la correspondencia establecida entre sus manos y las mías, y si ella con las uñas me araña el pubis, yo le aprieto de inmediato los pezones, con más fuerza, como si el diálogo que nunca hubo entre nosotros se presentara de repente bajo esta forma roñosa y primitiva, sin ternura alguna, sin ninguna libertad. Y puesto que esta mujer no es Patrizia Pescosolido, y no tenemos ya dieciséis años, y no estamos en la buhardilla de Gianni Albonetti, apodado «Futuro», y no podemos quedarnos así toda la noche, como era posible en aquel entonces y con lo bonito que era quedarse, tardes enteras transcurridas besándonos y empuñando nuestras respectivas partes nobles, resulta que este placer ya no me basta, y provoca una miserable intuición — genial si se tratara de una competición de verdad, pero innegablemente árida y mortificante ante la idea de que por el contrario debería tratarse de una unión—, dado que soy yo, esta vez, el que da el paso siguiente, lanzándome con la boca sobre sus pezones y empezando a chuparlos, primero uno, luego el otro, luego los dos juntos (porque lo cierto es que es posible amontonarla, esta carne armada, y hacer una única masa crítica de una altura impresionante), con una codicia, no obstante, descaradamente táctica, porque no es que así resulte mejor —es más, lo cierto es que es peor, los marcadores de nuevo se ponen a cero y la mítica visión de las tetas que sobresalen bajo la camiseta enrollada ha desaparecido—, sino porque entonces, si el mecanismo que nos gobierna funciona como funciona, a este movimiento mío ella tan sólo puede responder de una manera. Oh, ya lo sé, Eleonora Simoncini: conozco la norma que gobierna estas cosas entre burgueses como nosotros, sé que la primera vez no hay que llevársela a la boca; no digo que la comparta, porque personalmente la encuentro inútil, insensata e incluso muy hipócrita, pero sé que está vigente y te aseguro que en el pasado siempre la respeté, por lo que a mí respecta, o tal vez únicamente la sufrí, pero en todo caso la acepté; pero esta noche es distinto y a estas alturas deseo infringirla, esta noche es una excepción a todas las reglas y ahora ya deseo que me chupes la polla, y el ardor canino con que te estoy chupando los pezones no es nada más que la orden para que lo hagas. No tienes elección, date cuenta: te estoy chupando lo que hace un momento tenía entre mis manos; tú en la mano estás apretándome la polla, pues ahora te toca a ti chupar: ¿qué otra cosa podrías hacer?
Y ella lo hace. Ni remisa ni insegura, sin dar la más mínima impresión de que está siendo obligada: al contrario, dueña por completo de sus propios gestos e incluso contenta por realizarlos, a juzgar por la mirada festiva que me lanza antes de bajarse hasta mi barriga; ahí está, levantándome la camiseta, y empieza una tortuosa marcha de aproximación hecha de besos y de chupetones, desde el pecho hasta el costado, luego por el vello alrededor del ombligo, luego directamente sobre el ombligo; es preciso, de todas maneras, que no insista demasiado, porque se trata de una especie de tortura y hay mujeres que no se dan cuenta de lo muy insoportable que puede llegar a ser… Pero no, no insiste demasiado, sigue bajando todavía un poco más, pero cuando se encuentra con la polla clavada en la garganta lo interpreta correctamente como la señal de meta de la carrera y deja de torturarme. Ya estamos: se incorpora sobre las rodillas, acaba de desabrochar los pantalones, los baja cuanto puede, baja de la misma manera los calzoncillos, todo con la debida solemnidad, porque evidentemente es consciente del flujo de serotonina que este ceremonial produce en el cerebro de un hombre. Pero luego hace algo extraño, que no me esperaba: me coge la polla por la base y la levanta, hacia arriba, al aire, como si supiera también lo agradable que es sentir pasar por encima el vientecillo de esta noche que huele a mandarina, y se queda algunos segundos quieta, mirándola, oxigenándola, se me ocurre, como se hace con un buen vino antes de bebérselo; luego se sopla un mechón de pelo que le caía delante de los ojos y se la mete en la boca.
Oh, el principio de una mamada: oh. Cada vez me sorprende que algo tan simple pueda ser también tan infalible. Una boca que se abre y adelante: ¿qué más se necesita? Todo el mundo puede hacerlo. Entonces, ¿por qué no ocurre continuamente? ¿Por qué hacemos de ella un bien tan escaso? Estamos locos, todos.
Cierro los ojos: todo es perfecto, leve, ajeno, y sólo soy un visitante de mi propia vida, un alienígena caído de una civilización superior hasta el interior de la boca cálida de esta mujer. Oh, es fantástico permanecer así, sin pensar en nada, flotando en un presente tan puro y absoluto que ni siquiera yo consigo formar parte del mismo…
… Pero por desgracia, como llamados por esta ausencia de contrariedad, ya se asoman por aquí los inquilinos de mi cerebro, sorprendidos, molestos, envidiosos, cada uno de ellos con su jodido comentario. Lara: «¿Cómo puedes hacer esto?»; Marta: «¿Lo ves? Eres un cerdo»; Carlo: «¿Lo ves? Has mentido»; Piquet: «¿Lo ves? Eres un lameculos»; la novia de Piquet: «Yo las hago mejor»; el hijo de Piquet: «Siete millones ochocientos sesenta y tres mil seiscientos catorce»…
Vuelvo a abrir los ojos y la multitud se dispersa. En fin: yo no estoy haciendo nada, la que está haciendo es esta mujer arrodillada sobre la hierba. Yo sólo soy una comida que es consumida con esmero, el mío es un estado fluido, de ídolo venerado: pura inercia sintiente, inocencia, inconsciencia, dependencia… Pero, al tener los ojos abiertos, yo veo, y lo que veo es pornografía pura: la cabeza basculando entre mis piernas, las tetas que se aplastan sobre mis muslos, las mejillas hundidas por la succión, lo que azuza de nuevo al demonio de la competición, de la insatisfacción, haciendo que me vengan muchas ganas de…, de… Joder, pero ¿cómo es posible que estas cosas se líen de este modo? Si cierro los ojos todo se reduce a una concurrida fantasía sexual, si los tengo abiertos de nuevo me entran ganas de agarrar, de poseer, de dar placer en vez de recibirlo. Dar placer: menuda tontería. Yo ya hice mucho más —tengo que razonar, maldita sea—, le salvé la vida: sin mí sería polvo en una urna, y nada de placer: llorada, incinerada y sepultada junto al adorado papá en el templete de familia de algún reluciente cementerio suizo, y el fabuloso patrimonio que él le dejara, sin mencionar los cargos en los que le ha sucedido en las sociedades del grupo (chocolate Brick, en primer lugar, leche en polvo y preparados para flanes, por lo que se refiere al apartado de dulces, el histórico, unido como es natural a todos los holdings y financieras y fiduciarias que sirven para blanquear el dinero, pero también las recientes adquisiciones en el todos-contratodos de la globalización, del tipo máquinas para fitness, creo, y hasta estructuras hinchables para los parques de atracciones), todo lo cual ya habría ido a parar a las manos del cabrón de su marido; razón por la cual, simplemente, esta mamada me la merezco y ella es la primera en reconocerlo, de otra forma no se aplicaría con tanta devoción, tanta…
¿Ahora qué hace, se para?
No, no se para, me está besando las pelotas. Y ya está ahí de nuevo ese vientecillo, guau, que ahora, no obstante, con la piel toda mojada de saliva, parece ser mucho más fresco, y me hace sentir escalofríos…
—Me gustaría tenerla en la boca toda la noche —declara Eleonora Simoncini, en voz alta, aferrando la polla a un centímetro de sus labios como si fuera un micrófono. Y es algo muy hermoso de escuchar cuando se lo dicen a uno, la verdad: muy hermoso y resolutivo, porque es como si me hubiera invitado a dejarme recostar hacia atrás, en savasana, sobre la hierba, para mirar las copas de los pinos, si a fin de cuentas no puedo cerrar los ojos, y las estrellas desenfocadas, y la luna ardiente, mientras ella acaba de perseguir su ideal de virtud recompensada. Pero, por muy tranquilizador que pueda ser el sentido de sus palabras, hay algo en su sonido que me ha inquietado, algo como esmerilado, sí, y afilado, como una especie de sagrado, lacerante latigazo que me ha sacudido el cuerpo en toda su extensión: la sensación física más invasiva que he sentido en mi vida. Ahora ya se ha pasado, ha durado sólo un instante, y ella ha empezado a chupármela de nuevo, concreta, productiva, con la intención, que aparece ya en toda su evidencia, de hacer que me corra en su boca; pero el descubrimiento de que se puede sentir eso también lo desequilibra todo desde el principio.
—Dímelo otra vez —me oigo a mí mismo ordenar.
Eleonora Simoncini se detiene de nuevo, hace aparecer la polla fuera de la boca, se echa el pelo hacia atrás con un hermoso gesto de cabeza y me mira, divertida. Luego repite el jueguecito del micrófono, ahora más descaradamente, cogiendo la polla con las dos manos y hablándole con los ojos cerrados, como hacen esos cantantes intimistas que seguro que a ella le gusta.
—Me gustaría chupártela toda la noche —repite.
Esta vez es incluso más fuerte, casi insoportable. La vibración, sí, la vibración que su voz emite a un milímetro de mi capullo, sobre todo la «u» y la «o», la vibración de la «u» y la «o»: como un mandoble que penetra a través del símbolo mismo de la penetración, una frecuencia de uñas que rascan la pizarra, y luego el eco cavernoso de un lamento letal que resuena en la más remota profundidad de las caderas, la reverberación de un dolor lejano y desesperado; pero ¿qué clase de mantra maléfico es éste, que produce el efecto opuesto a su significado? Porque yo ya no me controlo, es evidente; nada de savasana: la situación se me ha escapado de las manos y me he convertido en una fuerza ciega, que se va recrudeciendo, e incluso estoy luchando para doblegar la valerosa resistencia con que esta boca se niega a quitárseme de encima; y venzo, como es natural, y me incorporo, ya está hecho, de rodillas, y la incorporo a ella también, con fuerza, mandando a paseo definitivamente una mamada segura, ¿a cambio de qué? ¿De este amasijo de imperativos, de este caos? Abrazarla, vuelta a empezar, estrecharla, palparla, la lengua sobre su cuello, la lengua sobre los polos del imán, de la pila, de la toma de corriente, las cargas opuestas se atraen, las iguales se repelen, si el adversario te ataca en slice tú siempre responde con top-spin, porque la rotación de la pelota seguirá siendo la misma, aferrarla, sí, la diferencia entre subversión y rebelión, el choque de la ola sobre el escollo, el crujido del huevo que se abre, y luego girarla, claro que es peor, pero el hecho es que yo quiero que sea peor, quiero lo peor, sí, el satanismo, ís, roep ol oreiuq, girarla, lo mucho que le cuesta a la gente admitir que se masturba y el miserable papel de los que lo admiten sin que les cueste; en fin, que no quiere girarse, pero el sexo es manipulación, especialmente durante las excepcionales oleadas de calor, y entonces inmovilizarla, Keanu Reeves detiene las balas en el aire, en el fondo ya tuve que hacerlo para salvarla, en el fondo qué es el Om sino una potentísima vibración, pero qué vida anterior, se ven hoy cada día tantos rostros que cuando te encuentras con alguien y tienes la impresión de haberlo visto ya antes, probablemente ya lo has visto, eso es, así, inmovilizarla y luego girarla, lo sé, canción, ya me lo habías dicho, tan sólo querrás volver a casa, ya, los tres estadios de la alineación, estoy en el trabajo y sueño con estar en el mar, estoy en el mar y sueño con estar en el trabajo, estoy en el mar y sueño con estar en el mar, ya, el mar, el mar movido, mantenerla quieta con un brazo solo, ahora, liberar el otro, abajo esta falda, abajo estas bragas…
—No, no. No puedo…
¿Cómo dices?
—No puedo…
Oh, no, no, no. He dicho abajo estas bra…
—No puedo…
Pues debe de ser que habré ultrajado gravemente a alguna poderosa deidad lunar, porque no es posible que siempre, maldita sea, siempre sea la misma historia: prácticamente no recuerdo otra cosa, desde los tiempos de Patrizia Pescosolido, precisamente, y de nuestra simultánea pérdida de la inocencia, en el apartamento de la calle Severano que se quedó vacío después de la muerte de su tía, siempre ese mismo inagotable río de sangre cenagosa que me echa hacia atrás en mi esfuerzo por alcanzar el coño (lista de las chicas que no podían la primera vez: Patrizia, la campista alemana de Palinuro, a ver, esa, esa que llegó a tercera de Miss Punta Alta, Barbara Bottai; la de Rete 4 que tenía un apellido absurdo, Luisa Pesce-Delfino; naturalmente Lara, cómo no, y hasta dos de las mujeres con las que la engañé, Gabriella Parigi y la Relaciones Públicas francesa que llevaba un piercing en la lengua y que se parecía a Isabelle Adjani y que sin duda alguna es la chica más hermosa a la que le he puesto la mano encima). ¿Y ahora? Sus palabras me han paralizado, la mano vuelta mármol en el acto de aferrarla por el muslo como la de Plutón en el Rapto de Proserpina, los besos transformados en piedras: por eso se la metió en la boca de esa forma tan impúdica, por eso quería chupármela toda la noche, la mamada la tenía preparada desde que llegó, pero yo la he desactivado, y ahora, ¿cómo proseguimos? Porque volver atrás es imposible, esa mamada a estas alturas ya es irrecuperable, se ha marchado, es el ticket de la autopista que se va volando por la ventanilla, la pelota de ping-pong que se cae de la terraza; ¿cómo proseguimos? Follármela de todas formas, de eso ni hablar, es una cochinada que únicamente se puede hacer con la mujer a la que uno ama de verdad (lista de las mujeres a las que he amado de verdad: Patrizia Pescosolido, Lara) y OK, de acuerdo: también con las Relaciones Públicas francesas que se parecen a Isabelle Adjani, pero eso en caso verdaderamente excepcional y sobre todo si resulta palmario que nunca se presentará una segunda oportunidad; rendirse, entonces, levantar los brazos y acabar de una vez aquí: sería sabio, cierto, pero es que está esta erección de por medio, siempre la misma, la erección permanente que por lo que parece acompaña a todos los minutos transcurridos en la proximidad de Eleonora Simoncini, que se me ha quedado granítica por los acontecimientos de los últimos minutos y en modo alguno ha perdido su vigor por los de los últimos segundos; tendría que hacer que se me pasara, pero ¿cómo? Concentrándome en cosas desagradables: los puerros, las verrugas, el pus, las llagas de los pies, Berlusconi enseñando el micrófono dando a entender que ha sido espiado, la cara de Previti jurando fidelidad a la Constitución, la cara de casuario de Piquet, el sudor de Enoch, el escándalo Petróleo por Alimentos, la gasolina que sube de precio aunque el del petróleo baje, los asesores financieros que venden bonos argentinos a los jubilados, la Emron, la Parmalat, la Alitalia, la Fiat, la Telecom, el cobro por establecimiento de llamada, Tim Vodafone Wind Tre la repatriación forzosa de los inmigrantes clandestinos el puente sobre el Estrecho las fusiones de grupos que tendrían que competir entre sí la autoridad antimonopolio que las avala el modo en que han echado a Jean-Claude la propuesta que me ha hecho Thierry de ocupar su puesto el sueldo absurdo que sigo ganando sin hacer una mierda…, pero nada, al revés: todo esto me causa el efecto contrario, me endurece y me malea cada vez más, aumenta mis fuerzas, y aunque en rigor ahora debe de haber pasado ya un montón de tiempo, si no por otra cosa, al menos por la cantidad de cosas que se me han pasado por la cabeza desde que ella me dijo no puedo, en realidad ha pasado poquísimo, casi nada, no sé cómo es posible que sea así, acaba de decirlo, y yo todavía ni siquiera he empezado a vacilar, es una especie de prodigio, es como en el juego de Samurái Jack para la Play Station, cuando estás a tope de energía zen y presionas el botón R2, modalidad de ataque Sakai, se llama, y ralentiza cinco veces el tiempo de acción de tus adversarios mientras que el tuyo solamente lo demedia, de manera que te confiere una devastadora, einsteiniana superioridad y, de hecho, ya estamos de nuevo ante esa misma sensación de inviolabilidad de cuando la salvé, junto al estupor, al afán, a la rabia y al miedo —¿a qué?—, ya volvemos a la apasionante convicción de que lo voy a conseguir —¿el qué?—, porque ahí está todo el tiempo y todo el espacio para conseguirlo y yo soy infalible, y lo cierto es que el inconsciente es un mecanismo de precisión, me cago en la puta, hay que ver cómo se ha repetido la escena del salvamento, es para no creerlo, incluso la posición es la misma exactamente, por delante está su cuerpo desunido, lleno de carne que huye en todas direcciones, y detrás está el mío, compuesto, compacto, portador de orden y de dominio, que lo contiene y lo gobierna mediante una erección que arremete sobre sus nalgas lactescentes…
Ya estoy, Eleonora Simoncini: he visto cómo puedo proseguir. Botón R2, el tiempo está casi detenido: acabo de bajarte las bragas que se quedaron a medio camino y empiezo a meterte el dedo corazón por el culo. Tú, naturalmente, te pones rígida —un dedo metido en el culo en estos momentos es algo inequívoco—, y gimes, pero ya no repites tu no, no dices no puedo, y apostaría a que el corazón se te ha subido hasta la garganta, bumbumbum, porque de repente piensas que sentirás dolor y para el dolor no venías preparada, pero qué le vamos a hacer, somos los primeros que lo van a hacer, estamos en la prehistoria: al raso, como puedes ver, ni siquiera tenemos una gruta donde protegernos, dos rudas criaturas silvestres aborrecidas por el Dios de la Luna, dos cromañones recién salidos del salto biológico que nos llevará a conquistar el mundo, pero todavía lejos, a miles de años, del refinamiento de utilizar aceites y cremas para hacer que sea menos cruento este acto: por ello, sí, es cierto, sentirás algo de dolor. Ya está, todo el dedo está dentro. Verás, una vez, hace unos cuantos años, Lara y Marta fueron a ver a un abogado de Bellagio —Alessio Romano, se llamaba— por un pleito heredado de sus difuntos padres, algo relacionado con la casa en el lago que tenían por aquella zona. El abogado escuchó el relato de sus cuitas vecinales, dijo que estaría satisfecho de poder servirlas, pero sostuvo que para poder hacerlo necesitaba encularlas, primero a una y luego a la otra, mejor si era de inmediato, allí mismo, en el pequeño sofá de su despacho. Dado que Lara y Marta todavía estaban desconsoladas por la muerte en rápida sucesión de padre y madre, las convencí para que se olvidaran de él y me dejaran actuar a mí; tras lo cual, antes de denunciarlo, decidí ir a verlo personalmente, concerté una cita y cuando estuve delante de él, para nada cohibido por su conspicua mole de oso mársico, le pedí explicaciones con bastante agresividad sobre su conducta respecto a mi esposa y mi cuñada, pero me dejó descolocado cuando me dijo que también quería encularme a mí. La cuestión estribaba, me dijo, en que por razones muy largas de explicar, pero históricas e indiscutibles, la sodomía era el único instrumento capaz de hacer que una relación fuera verdaderamente sólida y duradera, hasta el punto de constituir una unidad inexpugnable que él llamaba «sociedad simbiótica» ante la que el adversario se veía destinado a ser derrotado; y dado que a él le gustaba ganar los pleitos, aunque fuera tan modesto como el que nosotros le habíamos propuesto, era por eso por lo que ese acto se hacía necesario; de lo contrario, según era su costumbre, no podría aceptar el encargo. Empiezo a sacar el dedo. No llegó a convencerme el viejo Alessio Romano, pero en cuanto salí de ese despacho, en la deslumbrante placidez del paseo del lago, me sentí tan alucinado por su locura que decidí dejarle al cliente siguiente la árida tarea de denunciarlo. Me limité a seguirle la pista, mediante la discreta solicitud de mi amigo Enrico Valiani, abogado de Milán, que por cierto tiene su casa aquí al lado, justo detrás de esos setos, al que le pedí el favor de que me buscara información sobre él y de verificar de vez en cuando si por casualidad no lo habían expulsado de la carrera; y —atención, ahora viene lo bueno— nadie lo denunció nunca. Gracias a él supe que es un hombre extrañísimo, hijo de un fascista fusilado por los partisanos, exmiembro del Partido Monárquico, que recaló en los años noventa en una comunidad ludista perdida en Valbrona, donde se vive como a principios del siglo XIX, y de la que llegó a ser una de sus máximas autoridades, hasta aparecer como su representante durante una retransmisión televisiva en un programa veraniego de Uno Mattina; pero a su nombre no figura cargo alguno, ninguna denuncia ni expediente disciplinario de ninguna clase en ninguna fiscalía ni colegio profesional de la Lombardía. Por el contrario, desde el día en que teorizó sobre la necesidad de encularme a mí y a mi familia, Alessio Romano siguió ejerciendo la profesión en los foros de Como y de Lecco, sobre todo en representación de pequeños propietarios de tierras en el triángulo Lariano, en contenciosos contra el Estado y las administraciones públicas, logrando un envidiable número de éxitos. ¿Sabes lo que esto significa? Pues que una de dos: o lo hizo solamente con nosotros, por alguna razón que tal vez no tenga nada que ver con nosotros, y entonces me gustaría saber cuál es; o bien existe una indeterminada cantidad de habitantes del triángulo Lariano que ha encontrado sensato dejarse encular por su propio abogado con el objeto de ganar un pleito; lo que, admitirás, sería un fenómeno bastante interesante, sobre todo si se considera la cercanía socio-geográfica entre esa parte de Italia y el cantón Ticino, tu tierra natal. Ahora el dedo está casi fuera, pero —esto te lo concedo— lo meto una segunda vez, para que puedas prepararte un poco mejor, porque no estás lista, mira lo rígida que estás, todavía, temerosa, pero gimes y sigues sin decir que no, por eso yo sigo adelante, aún en modo Sakai, hacia la sociedad simbiótica que evidentemente era nuestro destino desde el principio, desde que te salvé la vida a golpes de polla en el culo, y más todavía si se considera que tú y yo en este periodo nos estamos fusionando también públicamente, ya, yo en el vientre de la Ballena Francesa con mi oficinita hi-tech, mi sueldo de yuppie y mi secretaria desafortunada; tú, en el del Tiburón Judío con todo tu imperio de bienes superfluos, muy muy pequeño en comparación con el suyo, pero que ha permanecido íntegro e independiente porque Steiner, en vez de hacer contigo lo mismo que hiciera con sus demás adversarios, te ha tragado sin masticarte, y esto en nombre de una amistad entre vosotros dos muy comentada, repito, muy comentada, comentarios a los que al principio yo no les di mucho valor, pero que después de haber tenido una muestra de tu concepción de la gratitud tengo que decir que adquieren una credibilidad sugestiva y particular, y en resumen, que nos estábamos fusionando de todas maneras, comprendes, y que según las noticias que se filtran sobre los resultados de las negociaciones de la fusión parece que te iba encular de todas formas, eso es, por eso llevo el dedo para arriba por tercera vez, más a fondo ahora, más agresivo, y lo muevo, lo giro y lo vuelvo a girar, y llegados a este punto es imposible que tú no guardes memoria de cuando te salvé y, sobre todo, de cómo te salvé, tal vez no seas consciente de ello, pero no hay duda de que en algún lugar conservas un recuerdo indeleble de todos y cada uno de los instantes de esa mañana, de otro modo en este momento no dirías oh Pietro, oh Pietro, no me invocarías llamándome por mi nombre, y nunca aceptarías ser enculada como está claro que estoy a punto de encularte, sobre la hierba, como una cabra, algo te bloquearía: el miedo al dolor, a lo mejor, o la vergüenza por este olor a mierda que ha adquirido el viento por encima de tu perfume ahora ya sin fuerza, o incluso el mero pensamiento de que Claudia puede despertarse y venir a buscarme, porque bien que te he dicho que duerme en su habitación, y aunque tenga la desgracia de ser hija mía y, como puedes constatar, yo soy un padre absolutamente satánico, como para ir a recuperar la matrícula de Lara al Tonfone y clavármela en la frente, tú eres una madre, Jesús, yo he visto a tus hijos acurrucándose a tu lado después de que yo viniera desde el Hades para devolverte a ellos, y es vergonzoso, deja que te lo diga el demonio en persona, es realmente vergonzoso que tú, madre de dos, no tengas el más mínimo instinto protector con respecto a una pobre niña huérfana e inocente que podría salir al jardín en cualquier momento, desorientada, miedosa, y vernos, eso es, estoy metiendo el dedo por tercera vez y la próxima ya no va a ser el dedo, lo sabes, y hará mucho más daño. Lo sabes, y pese a ello no huyes, ni ofreces resistencia siquiera, sólo tu oh Pietro que se repite a la luz de la luna como el aullido del lobo, lo que entonces significa que eres peor que yo, o incluso, como dice Marta, que eres como yo, significa que lo que nos pasó hace dos meses despertó en ti algo reprimido e inconfesable, como hizo conmigo, y para siempre será una de las más terribles y al mismo tiempo más formidables experiencias de toda tu vida, porque no se trata de cosas que se puedan elegir, ni se puede elegir con quién compartirlas, sería bonito, pero no es así, son ellas las que nos eligen a nosotros, y a partir de ese momento lo que piden es ser repetidas, subrogadas, revividas, y así nos encadenan a lo peor que somos capaces de hacer, convirtiéndonos en peligrosos, sí, haciendo de nosotros nada menos que accidentes a la espera de suceder…
Ya estamos, Eleonora Simoncini. Está claro que ahora no es el dedo lo que hace presión contra tu culo. Y está claro que no estoy utilizando la violencia contigo, aunque con toda probabilidad te lo voy a romper. Está claro que ambos lo queremos, y también está claro el porqué. Está todo claro. Además, es lo bonito del modo de ataque Sakai: todo se hace claro. Pero ahora el botón R2 hay que soltarlo, ha llegado el momento de que el tiempo empiece de nuevo a transcurrir con normalidad, para celebrar este rito absurdo tan preñado de destino: nuestra fusión, en la noche de los espíritus, nuestra sociedad simbiótica: plug-in…
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