Caos calmo
Capítulo 36
Hago spinning.
El timbrazo del móvil de Jolanda llega que ni pintado: la obliga a alejarse unos pasos para contestar y así yo puedo recapitular, intentar comprender mejor lo que acaba de decirme, porque la nada también puede ser vertiginosa. Hago spinning. Veamos. Hace poco, mientras pasaba con Niebla en su fugaz aparición invernal, he entablado conversación. No sé por qué y, sobre todo, no sé por qué precisamente esta mañana, pero me han entrado ganas de romper el esquema; la he parado y prácticamente obligado a charlar un rato. Un par de frases sobre el frío, otras dos sobre el cielo, que hoy parece de verdad que sea de nieve, luego sobre nuestros perros, y, hasta aquí, nada nuevo, sólo los temas de los que siempre hemos charlado; pero luego por primera vez he ido más allá y le he señalado su cambio de actitud: antes al menos media hora en el parque, y ahora, en cambio, un único paseo apresurado, lo justo para hacer que el perro mee. No le he preguntado por qué (es obvio, porque hace frío), pero ha sido suficiente señalarlo para poner en marcha su observación respecto al hecho de que, en cambio, yo no he cambiado, sigo estando aquí, aunque esté sin el perro; y en ese momento la distancia entre nosotros dos y nuestras curiosidades insatisfechas, que permaneció inalterada en los meses pasados, ha sido como si se pusiera a cero: por fin estábamos autorizados a preguntarnos el uno al otro lo que deseábamos saber. Lo ha hecho ella en primer lugar: ¿por qué estoy siempre aquí, aunque esté sin Dylan, aunque haga mal tiempo? No he querido indagar si conocía ya la respuesta, tal vez en la versión oficial divulgada en el barrio; en el fondo, no tenía importancia. Le he contestado la verdad, pero en dos tiempos: primero diciéndole que en la empresa en la que trabajo hay un follón descomunal debido a una fusión y que, en consecuencia, yo prefiero quedarme aquí, delante del colegio al que va mi hija, y esperar a que disminuya la tensión; luego, al darme cuenta de que aquello era realmente muy poco y que sobre todo no explicaba todos aquellos abrazos, he añadido que la costumbre de quedarme aquí en vez de, pongamos, volver a casa, o ir a jugar al tenis, o hacer cualquier otra cosa, la tomé por el hecho de que la niña —y le he señalado todo el colegio, en una sinécdoque no exenta de significado— hace poco que perdió a su madre. Inmediatamente después la he observado con atención, y he visto cómo su arrogante belleza se dulcificaba en una sonrisa triste, comprensiva, pero también, quizá precisamente por su belleza, todavía bastante enigmática. Sigue siendo tan difícil saber en qué estarán pensando las mujeres hermosas. ¿Lo entendía? Y, de ser así, ¿qué entendía? En ese momento resultaba interesante descubrir qué iba a decir; y, tras una breve pausa, lo que ha dicho ha sido: «Guau. Menudo padre». Además de una cálida, violenta oleada de satisfacción, ya de por sí bastante hipócrita (¿lo habría dicho con el mismo tono si me hubiera visto hace un mes, en Roccamare, sobre la hierba del jardín junto a Eleonora Simoncini, velando de ese modo el sueño de mi niña?), su comentario ha provocado una imprevista aceleración de mi curiosidad. Me he acordado de cuando Carlo, aquí, en el parque, le hizo unos cumplidos sobre su nombre, y ella le respondió que daba asco: si ofendes a tu nombre, he pensado, habrás ofendido a tu padre. ¿Tenía Jolanda acaso problemas con el suyo? Así, cuando le he preguntado «¿Y tú, a qué te dedicas?», me he visto a mí mismo siendo partidario de una respuesta que sacara a colación a su padre, en caso de que tal respuesta existiera. Y me he dicho también que existía, y de qué manera, porque podría haberme contestado, por ejemplo: «Trabajo con mi padre», digamos un notario, que se lleva a su despacho a su hermosa y apática hija y la exhibe en medio de todos esos librotes encuadernados, naturalmente a tiempo parcial y con una paga simbólica que representa, en cualquier caso, su única fuente de ingresos, hasta el punto de mantenerla atada a la correa mucho más de lo que ella hace con Niebla; pero nunca me habría esperado la respuesta que, con una inocencia asombrosa, Jolanda me ha dado efectivamente: «Hago spinning». La he mirado, sorprendido: tendrá unos veintisiete años, es hermosa, manifiestamente rica —tiene un perro que cuesta millones—, y en la vida se dedica a hacer spinning. En ese momento ha sonado su móvil, ella se ha alejado unos pasos para contestar y sigue ahí todavía, a unos veinte pasos de mí, charlando por los codos por el móvil, con la cabeza agachada, mientras yo me pregunto: ¿habrá querido decir tal vez que enseña spinning? ¿Será exjugadora de voleibol? ¿ISEF, sin llegar a sacarse el diploma? ¿Cursos en algún gimnasio propiedad de algún amigo? Podría ser, el físico lo tiene. Pero, por otra parte, si lo que quería yo era una acusación contra su padre, ¿qué respuesta podría ser mejor? Mírame, es como si hubiera dicho, mira cuántas oportunidades se adivinan en mí: de belleza, es cierto, pero también de satisfacción, de realización de deseos, de afirmación social, trabajo, dinero, amor; y en cambio todo lo que hago en esta vida, además de sacar al perro de paseo y de hablar por el móvil, es spinning. Y tengo un nombre de mierda, y naturalmente soy idiota, y dentro de poco alguno me dejará embarazada. Y aunque nos casemos vamos a separarnos enseguida, y me costará horrores hacer de mamá, horrores, y tendré que hacer que me ayude mi familia, y todo el mundo tendrá la confirmación de que no sirvo para nada, y la culpa de todo a que no sabes quién la tiene…
Ya está, ha guardado el teléfono en el bolsillo y se encamina hacia mí. ¿Y ahora qué le digo? Hago spinning: si me hubiera dicho que tenía leucemia tal vez encontraría alguna palabra a propósito, pero así, es que no sé qué decirle. Mejor no decir nada, entonces, mejor cerrar esa puerta cuanto antes; además, su respuesta ha sido un punto, y la interrupción por la llamada ha sido el final. Bueno, hasta luego, ya nos veremos, y ya está. Pero ahora es ella la que tiene una cara de estupor, y los últimos pasos hacia mí los da con la boca abierta, incluso, como si fuera lo más sorprendente en lo que sus ojos se hayan fijado en su vida; y esto es imposible, dado que a estas alturas soy una de las visiones más previsibles de esta parte de la ciudad. De hecho, ahora que ha llegado aquí su mirada de estupor me traspasa, porque no es a mí a quien la dirige, sino a algo que está detrás de mí. Me invita con un gesto de su barbilla a darme la vuelta, y yo me doy la vuelta, y lo que veo también me hace a mí quedarme con la boca abierta: dos cochazos negros, con matrícula diplomática, se han parado en doble fila, uno detrás del otro, delante del parque. Son un Mercedes 400 CDI y, nada menos, un Maybach —hasta ahora sólo lo había visto en Internet, nunca en la realidad—, tan bello e inmenso y resplandeciente que los otros coches, a su alrededor, parecen desenfocados de repente. Dos jóvenes enormes salidos del Mercedes están abriendo la puerta del Maybach, del que sale un hombre mayor, a su vez él también enorme, que se encamina hacia nosotros.
—¿Quién es ése, Marlon Brando? —susurra Jolanda, porque en efecto la primera impresión es ésa. En cambio, se trata de Isaac Steiner. Lo reconozco de inmediato, porque es uno de esos hombres que basta con ver una vez en fotografía para no olvidarse de él nunca más. Sí, no hay duda: se trata de él, el dios cojo de nuestra bendita fusión. Si lleva hasta bastón, precisamente. Y obviamente, absurdamente —ya está aquí—, ha venido a verme.
—¿El señor Paladini? —dice, en inglés.
—Sí.
—Steiner. Mucho gusto.
Me tiende una mano sorprendentemente delgada y ahusada, inapropiada por completo para su mole de luchador de lucha libre. Se la estrecho, y es blanda también, suave, lo que permite que crezca mi estupor.
—Mi más sincero pésame.
—Gracias.
Niebla se pone a olisquearle las piernas, muy aristocráticamente, he de reconocer, como si supiera que se trata del hombre más rico y poderoso que ha tenido la oportunidad de olisquear. Steiner hace como si no pasara nada.
—¿Molesto? —dice, y le dirige a Jolanda una mirada muy discreta, pero lo suficiente para ponerle en fuga.
—Oh, no —masculla ella, y se marcha, sale pitando, literalmente, llevándose tras de sí a Niebla. Quién sabe, por un instante se habrá temido que se vería en las presentaciones y a lo mejor obligada a repetirle también a Steiner, en inglés, además, cuál es su ocupación: I do spinning…
—Espero no haber interrumpido nada importante.
—No, no. Nada importante.
—¿Me entiende si le hablo en inglés?
—Sí.
Me señala mi coche con un gesto imperceptible de su bastón.
—¿Es ése su coche?
—Sí.
—¿Podemos sentarnos dentro? —dice. Y es que está empezando a nevar: gruesos copos, escasos y pesados como el algodón—. Quisiera hablar con usted.
—Sí, claro.
Entramos en el coche. Steiner se deja caer sobre el asiento y las suspensiones chirrían con su peso. De repente el habitáculo se ha hecho angosto, y mi Audi parece haberse convertido en un Panda. Steiner se arrellana, se coloca el bastón entre las piernas y suelta un suspiro ruidoso, mientras yo siento el extraño deseo de tocarlo, porque su presencia aquí es irreal, fuera de la escala de cualquier sentido. En serio, tal vez lo esté soñando. Lo pongo en marcha para hacer que funcione la calefacción y también los Radiohead son de la misma idea, porque la canción, antes de que apague el aparato, tiene tiempo de decir: «sólo porque lo sientas no quiere decir que esté ahí». Justo. Las cosas no sólo tienen que estar, también tienen que tener un sentido: ¿qué sentido tiene, él, aquí?
—Bueno… —suelta.
De pronto, comprendo: Eleonora Simoncini. Pues claro. Se han visto, ella le habrá explicado a saber qué, él se ha cabreado y ha venido a rompérmelo a mí, a mi culo me refiero. Ahora me va a decir una par de cositas y luego me entrega a sus esbirros, que me atizan pero bien…
—Muchos dicen que esta fusión es el primer fracaso de mi vida —dice, hablando en inglés como antes—. Pero no es verdad.
Ni siquiera me mira a la cara: mira hacia abajo, la alfombrilla cochambrosa. Soy subnormal. Yo ya lo sabía que era su amante, lo sabe todo el mundo…
—En primer lugar, no es un fracaso —prosigue—, no es un fracaso. No necesariamente. El francés sólo ha ganado el primer asalto.
Asalto… La nieve ha empezado a caer espesamente y ha cubierto el parabrisas. El único movimiento de defensa que consigo concebir es dar un par de golpes de limpiaparabrisas, volver a ser visible; pero es peor, porque los dos arcos de cristal limpio descubren a los dos jenízaros plantados ante el morro del coche. En sus manos, los paraguas parecen los de la Barbie.
—Mejor dicho, tan sólo ha ganado el sorteo para elegir el campo… Y, de todas maneras, aunque al final se revelara como un fracaso, no sería ni el primero, ni el más grave.
Levanta los ojos, me observa. Ya estamos. Tal vez me pega directamente él, me rompe la nariz de un bastonazo, aquí dentro. Es un self-made man: de joven debe de haber hecho de todos los colores…
—He venido a explicarle cuándo fracasé de verdad.
Pese a todo, no resulta amenazador. En sus ojos grises no hay sombra de rabia, y su rostro legendario no expresa ninguna agresividad. Su voz es firme, cálida y me parece incluso que habla más lento de lo normal, escandiendo las palabras con una pronunciación límpida, escolástica, para permitirme comprenderlo todo. Hasta ahora, de hecho, no me he perdido ni una palabra siquiera.
—¿Está usted informado del asunto de la compensación a las víctimas del Holocausto? —me pregunta—. ¿Sabe cómo acabó al final esa historia?
Por otra parte, ¿y yo qué sé cómo habla normalmente?
—Me parece que Suiza tuvo que pagar una cifra enorme —digo.
Steiner vuelve a mirar la alfombrilla.
—Mil doscientos cincuenta millones de dólares. No fue Suiza, sino los bancos suizos, es distinto. Y dado que yo he dedicado de forma notoria mi vida a luchar por este asunto, cuando los bancos aceptaron pagar una suma tan alta fui considerado uno de los protagonistas de esa victoria. Pero es todo lo contrario. Yo era el derrotado.
Mueve levemente la cabeza, mientras sigue mirando hacia abajo. No, no parece tener algo contra mí, casi me ignora, lo cual, si bien resulta tranquilizador, hace que de nuevo su aparición vuelva al misterio más oscuro.
—Verá —continúa—, yo soy canadiense, no americano. Mis padres emigraron a Toronto y yo nací allí. Soy un judío canadiense. En los negocios aprendí a no dar mucho peso a esta diferencia, pero para las cuestiones de conciencia se trata de una diferencia absolutamente crucial: porque los canadienses tienen conciencia, mientras que los americanos, no. Y fue precisamente esta conciencia que poseo lo que me hizo fracasar…
Mientras pronuncia esta última frase levanta de nuevo los ojos hacia mí, y su rostro está lleno de un orgullo luminoso que permanece encendido incluso durante el silencio que viene después. Parece, ahora, un enorme muchacho envejecido y Jolanda lo ha visto muy bien, se parece de veras a Marlon Brando: la misma melenita blanca despeinada, la misma combinación inhumana de magnetismo animal y masa corporal. La nieve ha cubierto de nuevo el parabrisas, pero ya no siento ninguna necesidad de quitarla: puede que me equivoque, pero ya no siento miedo de permanecer aquí encerrado junto a él.
—Hace ocho años —vuelve a la carga—, cuando el subsecretario americano Stuart Eizenstat publicó el informe que lleva su nombre, no hizo más que oficializar unos datos conocidos desde hacía tiempo: los bancos suizos seguían reteniendo oro y fondos procedentes del saqueo nazi cometido contra los judíos alemanes, y ese informe los condenaba definitivamente. Pero desde el momento en que fijaba en mil doscientos cincuenta millones la suma de la indemnización que se les debía a los herederos de las víctimas, yo noté cierto olor a podrido: se trataba de una cifra desproporcionada, más del doble de las estimaciones más elevadas elaboradas hasta ese momento, y yo me di cuenta de que buena parte de ese dinero acabaría en los bolsillos de gente que nada tenía que ver con el Holocausto.
Ahora, si acaso, hay un leve temblor de rabia. Pero no me concierne a mí, esto me parece claro.
—Por otra parte, hasta que la declaración de guerra de Alemania no lo impidió, el comercio de oro de procedencia dudosa fue una política oficial de los Estados Unidos, como atestiguan numerosos informes, anteriores y posteriores al de Eizenstat. La entidad de esa investigación, por tanto, tenía todo el aspecto de desplazar también las responsabilidades americanas hacia las espaldas de los bancos suizos. Éstos, por su parte, habían llevado a cabo un balance histórico del que se desprendía que el valor de las cuentas suizas inactivas desde el final de la Segunda Guerra Mundial y que podían relacionarse con víctimas del Holocausto alcanzaba un total de diez millones de dólares; por eso ésa era la suma que ponían a disposición. ¿Me comprende? Diez contra mil doscientos cincuenta. Por un lado, la oferta de los bancos negaba de hecho que decenas de miles de judíos alemanes hubieran sido robados, a la par que exterminados, mientras que, por otra, la petición de los americanos era una especie de reclamo tribal para los especuladores, además de ser una especie de solución final a su relación con la desaparición del oro de los judíos. Habíamos trabajado durante cuarenta años y ¿para qué? ¿Para compensar a las víctimas? No. Para hacer otra guerra, para afirmar de nuevo la razón del más fuerte; y, por mucho que los suizos pudieran mostrarse duros (y se mostraron duros), esta vez los más fuertes éramos nosotros: de nuestra parte estaban el gobierno de los Estados Unidos, el gobierno israelí, asociaciones judías, multinacionales, magnates, diplomáticos, historiadores, estrellas del cine, además de la prensa de todo el mundo libre. Por si las conclusiones del informe Eizenstat no eran aceptadas, ya estaba listo el plan para un boicot de todos los productos suizos: chocolate, leche, relojes, todas las cosas que se hacen en Suiza.
Hace pelotillas. Fulminantemente, y con cierta elegancia, debida sobre todo a la gracia de su mano de tallador de diamantes: pero hace pelotillas. Luego camufla ese gesto frotándose la barbilla con el dorso de la mano, y disimula, pero entre el pulgar y el índice tiene algo. Siento curiosidad por ver dónde lo pegará…
—Pero no todos estaban de acuerdo. Yo no era el único que pensaba que aquello era más que nada un chantaje, en el que se menoscababa la misma razón de ser de todos nuestros esfuerzos, es decir: resarcir a las víctimas del Holocausto. Podría darle los nombres de los judíos que pensaban como yo, pero probablemente no le dirían nada, aunque se trata de hombres muy influyentes: israelíes, canadienses, europeos. Éramos una minoría, es cierto, pero una minoría de la que no se podía prescindir.
Ya está hecho: en el lateral del asiento. Un clásico.
—Así que decidí arriesgarme personalmente. Me tocaba a mí. Conseguí convencer al gobierno israelí de que el informe Eizenstat implicaba el peligro de un interminable forcejeo legal, así que conseguí que me dieran un mandato. Para negociar.
Vuelve a hacer pelotillas. No, esta vez solamente se rasca.
—Se decidió que si lograba obtener cuatrocientos millones el asunto terminaría ahí: cuarenta veces más de los que se nos ofrecía, y sólo un tercio de lo que pedíamos. Era difícil, pero factible. En Suiza tenía yo cierta influencia, las actividades de mi grupo transitaban por muchos de esos bancos. Además, era muy amigo de un caballero que por desgracia ya no está entre nosotros, Enrico Simoncini, y cuya hija, me consta, usted conoce…
Ya estamos. Levanta la vista y me traspasa con su mirada al sesgo, terrible. Ahora ya me había relajado y, sobre todo, me había hecho la ilusión de que había aparecido sin motivo, por milagro, como la Virgen; pero en cambio ésa es la razón, y es que no podía ser otra. Sus ojitos me crucifican y, de golpe, ya no soy capaz de hacer nada más, porque soy débil, lento, pesado: es como si fuera él quien utiliza el modo Sakai. ¿Qué es lo que sabe? ¿Qué es lo que quiere hacerme?
—Además de ser un poderoso industrial del ramo de los dulces — vuelve a mirar hacia abajo—, Enrico gozaba de cierto ascendente sobre algunos de los miembros del gobierno federal suizo, quienes, a su vez, podían presionar a los banqueros… En fin, que era una partida difícil, pero no desesperada. Seguro que no tanto como la situación de los suizos si no hubieran aceptado mi mediación.
Doy otro golpe de limpiaparabrisas y los gorilas siguen ahí, negros, inmóviles, bajo la nieve; pero sin notar esos ojos encima me siento libre de defenderme y hasta de explicarme, si es necesario.
—Dediqué muchos meses a preparar el terreno. Lo más difícil era conseguir aparecer ante los suizos (yo, Isaac Steiner, la Mandíbula Judía) como lo que en esa circunstancia era de verdad, es decir, un hombre justo. Y las dificultades aumentaron cuando mi amigo murió de esa manera demencial. ¿Sabe usted cómo murió Enrico?
Ninguna mirada esta vez. Nada de modo Sakai. Es tan sólo una pregunta.
—No.
—Decapitado por una mesa de ping-pong que salió volando del camión que iba delante de su coche, en la autopista.
Se calla, dejando que esta última absurdidad profundice dentro de mí. Soñaré con ella, con esa mesa de pingpong: seguro que soñaré con ella.
—Y, en fin, que era muy difícil —prosigue—; peor, repito, era posible. Así que un día, hace siete años, aterrizo en Zúrich, a las ocho de la mañana. Durante el viaje no había pegado ojo. Miraba el océano negro, y las estrellas. Me sentía invulnerable, porque estaba haciendo algo justo. Estaba trabajando para los demás. Para los muertos. Y cuando tuve delante a los suizos pronuncié las palabras más importantes de mi vida. Ni siquiera apunté al peligro que corrían en caso de que hubiera una ruptura y un posterior embargo financiero, cuyas cifras superaban en tres veces y media el producto interior de su país. Probablemente era el argumento más convincente que tenía a mi disposición, pero no lo utilicé: no había ido hasta allí para chantajearlos. Dejé bien claro que no compartía la línea ultraagresiva seguida por los americanos, razón por la que la mía tenía que ser considerada una mediación de verdad; y que cualquier otro individuo con el que fueran a encontrarse delante después de mí sería mucho peor. Di las cifras y me concentré en el concepto decisivo, es decir, que para los judíos ricos el Holocausto fue un doble Holocausto, porque aniquiló a las personas y los patrimonios. Era un razonamiento bastante difícil de mantener en cualquier otra parte, porque podría haber parecido cínico, pero delante de los más ávidos manipuladores de dinero del mundo podía hacerlo sin problemas: en el Holocausto, los judíos pobres perdieron la vida y los afectos, pero los ricos perdieron la vida, los afectos y la riqueza. Sufrieron un atropello añadido, y nosotros teníamos la obligación de compensar por lo menos este último. Era la única posibilidad que nos quedaba de enderezar el mundo…
Pausa. Aunque únicamente lo vea de perfil, porque por suerte sigue mirando empecinadamente la alfombrilla, me parece que su expresión se ha vuelto más absorta, más reminiscente.
—Fue el discurso más importante de toda mi vida, el más hermoso, el más inspirado, y cuando acabé, tuve también la impresión de que los había convencido. No sé por qué. Claro que no me esperaba que extendieran un cheque y me lo pusieran en la mano, pero creía que había dado el espaldarazo decisivo para convencerlos de que añadieran un cero por lo menos a su oferta. Y he dicho convencerlos, no obligarlos. No por nada, para ellos era la única salvación posible: ceder, sí, pero no al chantaje que llegaría después de mí, si no a las razones del justo, ahorrándose, además, ochocientos cincuenta millones de dólares. No era difícil de comprender y yo pensé que lo habían comprendido.
Nuevamente pongo en marcha el limpiaparabrisas —constituye la única acción que soy capaz de seguir haciendo— y él levanta esta vez los ojos y mira la nevada que sin duda alguna estará electrizando a Claudia y al resto de los niños del colegio: parece estupefacto, como si no la hubiera visto hasta ahora.
—Hoy —dice—, si me propusieran revivir desde el principio toda mi vida, yo lo rechazaría, diría que no sólo por no encontrarme reviviendo de nuevo los cinco minutos que siguieron a mis palabras…
Y, por el contrario, no, no era estupor: era pena. Y no está viendo la nevada: en ese blanco remolino rítmico del limpiaparabrisas ve lo que está a punto de contarme, tan intensamente que es como si allí lo proyectara, y de hecho lo veo yo también: cortinas bien planchadas, una enorme mesa de palisandro, sillones de piel, plantas, televisor de plasma que nunca se ha utilizado, cuatro o cinco mastines sobre los cincuenta años, vestidos de oscuro, y él frente a ellos, vistiendo un traje de lino y en el rostro el mismo orgullo de adolescente que le he visto hace un rato: enorme, inmensamente rico y poderoso, y pese a ello nunca tan aventurado, vulnerable, indefenso…
—Uno de ellos, creo que ni siquiera era el presidente, tomó la palabra y me felicitó por lo que había dicho, me dijo lo muy profunda que era la estima personal de que gozaba entre todos sus colegas, deteniéndose sobre todo en mis dotes morales, tras lo cual dijo que, no obstante, su oferta de diez millones de dólares tenía que ser considerada como definitiva, e innegociable, porque procedía de su jodido balance histórico.
Se da la vuelta, me mira.
—¿Me comprende? No me dieron nada. El negocio más importante al que me había dedicado en mi vida no había dado ni siquiera un céntimo de beneficio. Eran diez millones y seguían siendo diez millones. El avión que me esperaba en la pista me había costado siete. Qué grandísimos gilipollas.
Ya está, ahora sufre verdaderamente: él también, como todos los demás que han venido hasta aquí, al final descarga delante de mí un formidable chorro de dolor. Este lugar es verdaderamente prodigioso: un muro de las lamentaciones, pero sin el muro. Milán es una ciudad sagrada y nadie lo sabe…
—De regreso a Nueva York, presenté inmediatamente mi dimisión ante el Congreso Mundial Judío, pero los mismos amigos no americanos que me habían ayudado en mi intento me rogaron que la retirara, y yo la retiré. Para entonces ya era cera en sus manos. Me rogaron también que no me ocupara ya de ese asunto, que no tomara ninguna iniciativa al respecto y que no hablara del tema con nadie. A cambio, mantendrían la más absoluta reserva sobre mi fracaso, hasta el punto de que mi intento de mediación a partir de ese momento iba a considerarse como nunca ocurrido…
Vuelve a observarme.
—De manera que si usted, por ejemplo, decidiera mañana vender esta historia a un periódico, yo les llevaría a usted y al periódico ante los tribunales, y ganaría, y me adueñaría del periódico, y también de usted.
Es una amenaza, obviamente, y bastante dura, pero esta vez no me da ningún miedo. Primero, porque yo no soy de los que venden historias a los periódicos; segundo, porque, tras tanta bondad, se trata de un movimiento forzado para él, una especie de descompresión para volver a ser la Mandíbula: tal vez si se arriesgara a salir fuera sin haberlo hecho se habría expuesto a sufrir una embolia.
—Un año después de ese intento que nunca ocurrió, los bancos cedieron a la mediación de Eizenstat y aceptaron pagar mil doscientos cincuenta millones. Un gran despacho de abogados de Nueva York fue el encargado de su distribución, y en estos seis años ha repartido a los titulares de las cuentas ciento veinticinco millones de dólares. A los otros judíos supervivientes se han destinado otros doscientos millones, aproximadamente. Ciento cuarenta y cinco han ido a parar a las organizaciones judías y a los abogados. En total, hasta ahora, cuatrocientos setenta y tres millones de dólares, es decir, eliminando las minutas profesionales, la cifra por la que yo había luchado. Pero se trataba de menos de la mitad de lo que habían desembolsado: el resto de ese dinero no ha sido distribuido, y todavía no se sabe adónde irá a parar.
Suelta un profundo suspiro.
—Eso es todo —dice.
Y se queda así, inmóvil, viendo pasar los títulos de crédito de su historia sobre el parabrisas de mi coche. Luego se vuelve hacia mí, me dice «so long», me estrecha la mano, abre la puerta e inicia las laboriosas operaciones necesarias para izarse fuera del coche; sólo en este momento, al ver cuánto le cuesta, me doy cuenta de que ha tenido una consideración hacia mí verdaderamente inmensa, metiéndose en esta cafetera en vez de ordenarme que me reuniera con él en el Maybach. Ya está, lo ha logrado, está fuera. Un gorila lo protege de inmediato con un paraguas, pero un cuerpo como ése es imposible protegerlo con un único paraguas: tiene que intervenir el otro también, y así, escoltado por dos gorilas y protegido por dos paraguas, Steiner se va cojeando hasta su coche, apoyándose mucho más que antes en su bastón. El Maybach se lo traga como si fuera un niño —el mundo vuele a su escala—, y cuando la puerta de ese prodigio se cierra de nuevo produce uno de los ruidos más hermosos que yo haya oído en mi vida.
¿Por qué habrá venido aquí? ¿Por qué me habrá contado esa historia? ¿Es de verdad el amante de Eleonora Simoncini? ¿Lo es todavía? ¿Qué es lo que sabe sobre ella y sobre mí?
Los coches se marchan, dejando en el suelo dos rectángulos negros tan nítidos y precisos que parecen símbolos votivos. El dejado por el Maybach es enorme, y es precisamente su enormidad la prueba de que un dios acaba de estar aquí; pero la nieve ya está borrándolo y yo, hechizado por la perfección de la escena, no consigo hacer nada más que ver cómo desaparece, ver cómo desaparece, ver cómo desaparece…
Suena el móvil. Es Annalisa.
—¿Diga?
—Señor Paladini. —Su voz es eléctrica, excitada—. ¡No se imaginaría nunca quién está yendo para allá a verle!
Y, por el contrario, a estas alturas resulta fácil: pero ¡si es tan sencillo!
—Boesson —suelto. El misterio engendra misterio.
OceanofPDF.com