Caos calmo

Sandro Veronesi · Capítulo 16 de 40

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Caos calmo

Segunda parte

 

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El propietario del C3 todavía no ha dado señales de vida. Qué raro. Su coche ha quedado medio destrozado hace casi veinticuatro horas y él todavía no lo sabe. Esta mañana, después de que Claudia entrara en el colegio, me he dado cuenta de que la lluvia había hecho puré la tarjeta de visita con mi número de teléfono y la he cambiado por una nueva, esta vez metida dentro de un sobre de celofán de los cromos Magic de Claudia, para protegerla. También la he cambiado de posición: no ya bajo el limpiaparabrisas, sino bajo el de la luna trasera, así podría darme cuenta más fácilmente de si se cae o se estropea de nuevo. Ya puestos, en la tarjeta he escrito también el número del móvil, así como un —inútil por completo, lo admito— «lo siento». El hecho es que el coche está bastante mal, con los focos destrozados, el guardabarros aplastado contra la rueda y, en mi opinión, para moverlo van a necesitar una grúa. Esta mañana, al verlo tan estropeado, he pensado en el propietario, cuando venga a buscarlo, a lo mejor con prisas, con un día repleto de asuntos que resolver y tan trabajosamente encadenados. Y con ese coche como único instrumento para cumplir con todo el mundo; y un simple número de teléfono en la tarjeta me ha parecido demasiado árido con respecto al desastre que se va a encontrar. Sólo después de haber colocado en el parabrisas la nueva tarjeta me he dado cuenta de la estupidez de ese «lo siento»; porque, además, si ese tipo viene a buscar su coche durante las horas de clase yo estaré aquí y podré disculparme en persona cuanto me plazca. Pero todavía no ha venido y no puedo dejar de preguntarme por qué. ¿Estará enfermo? ¿Qué puede haber que sea más importante que descubrir que le han destrozado el coche? Eso sin tener en cuenta que…

—Pietro.

—¡Oh!

Enoch. Ha venido por la espalda, silencioso como un indio, y me ha sobresaltado.

—Me has dado un buen susto…

—Perdona —sonríe—. Annalisa me ha dado esto para ti. Toma, antes de que se me olvide.

Me ofrece una carpeta. Contratos para firmar.

—¿Qué tal todo?

Y vuelta a empezar. Cómo está la niña, es bonito esto, haces bien, quédate a su lado todo lo que puedas. He de tener paciencia, no hay remedio. Ahora le toca a Enoch. Lo había visto durante el funeral, había hablado con él por teléfono una vez —él también para cerciorarse de que no me hubiera vuelto loco—, pero no pensaba que se acercaría hasta aquí. Es el jefe de Recursos Humanos: debe de ser el único que trabaja de verdad en la empresa, en esta época; tendría que estar allí, para tranquilizar y calmar a los empleados al borde de un espasmo —cosas para las que, según dice Jean-Claude, que lo ha colocado allí, posee un misterioso talento…

—Jean-Claude está fuera —dice.

Ya estamos. Ha ocurrido antes de lo que me pensaba.

—Ya —respondo.

—¿Lo sabías?

Y también antes de lo que Jean-Claude se pensaba.

—Sí.

—¿Cuándo te enteraste?

—Hace unos diez días.

Enoch asiente, sorprendido, y a decir verdad yo también estoy sorprendido: ¿desde cuándo soy yo tan sincero?

—Pero ¿quién te lo ha dicho?

—Él.

Desde esta noche. Lo que ha ocurrido esta noche ha servido para algo.

—Ah.

Asiente de nuevo, sin intentar siquiera esconder cierta amargura. Hay que entenderlo: en una situación en la que las informaciones son de oro, él había venido a verme con el más leal de los propósitos, esto es, el de informarme de que mientras yo estaba aquí anclado, elaborando mi luto, a nuestro jefe lo han echado, y descubre que yo ya lo sabía desde hacía diez días. Es decir, descubre de golpe que este asunto es mucho más grande que él, y se ve obligado a deducir que siempre lo ha sido, y que por mucho que su nombramiento como director de Recursos Humanos le hubiera conferido un poder inesperado —a él, que procedía de esa casa de putas que era el Centro de Llamadas, donde le tocaba inventarse día a día las chorradas que soltarle a los clientes que saturan el número verde con una montaña de reclamaciones—, se ha quedado atascado en un nivel verdaderamente bajo del videojuego. Lo siento; de veras, no es que no lo sienta, pero su problema no es éste, como tampoco lo es el mío.

—¿Y qué piensas al respecto?

—En fin…, qué pienso yo… Pienso que nosotros, es decir, los que son considerados sus hombres (tú, yo, Basler, Elisavetta, Di Loreto, Tardioli), ahora tenemos un problema.

Asiente, asiente, no hace otra cosa que asentir.

—Houston, tenemos un problema —dice, imitando muy mal la frase de la película esa, cómo se llama, Apolo 13.

—Exactamente.

—Oye —me suelta—, ¿tienes un rato? ¿Puedo hablarte de un asunto?

—Vaya.

Y empieza. A estas alturas, hay como un guión para esto. Si no llueve —y ahora no llueve— los dos personajes, el que está delante del colegio de su hija y el otro, el que ha venido a verlo, se trasladan hacia el parque. En el parque puede estar o no la chica con el golden retriever —esta mañana no está—. Los dos pueden sentarse o no sentarse en el banco —esta vez se sientan—. Charlan un rato: el que ha venido empieza dando rodeos, entra gradualmente en el tema, para llegar a vomitarle encima del otro, el que está siempre allí, sus propias preocupaciones, su propio dolor y sus propios miedos. Pero lo que ha ocurrido esta noche ha servido para algo; ha servido para hacerme comprender que tengo que protegerme, tengo que defenderme si no quiero encontrarme, mientras que todavía consigo evitar mi dolor, hundido por la noche en el ajeno. Por eso si, como parece, venir hasta aquí a sufrir y a confesar los secretos de uno se está convirtiendo, no sé por qué, en una costumbre, es necesario que yo me mantenga distante y distinto de los que lo hacen, que no me deje implicar de nuevo. Es importante tener bien presente que yo no soy ellos. Tengo que escuchar y que observar con desapego. Tengo que mantenerme en la superficie. Tengo que fijarme en los detalles, volcarme en lo insustancial, distraerme. Hoy, por ejemplo, el tiempo vuelve a ser hermoso, en el cielo hay una manada de nubes blancas y un sol bastante poderoso que viene y va intentando cabalgarlas. Enoch se quita las gafas para limpiárselas y de golpe se me hace irreconocible. Es uno de esos que parecen haber nacido con gafas, que tienen el surco de las patillas en las sienes, la llaga en el tabique nasal. Y que cuando se las quitan se convierten verdaderamente en alguien diferente. Enoch, por ejemplo, parece mucho más joven, mucho más malvado, y estrábico. Es verdaderamente diferente.

—Yo no sé tú —empieza—, pero de pequeño yo quería ser sindicalista.

Se las coloca de nuevo y vuelve en sí.

—Sindicalista.

—Sí, sindicalista, como mi padre.

—¿Tu padre era sindicalista?

—Era secretario provincial de la CISL. De la provincia de Como, cuando vivíamos allí. Debería haber llegado a secretario regional, pero murió…

Su padre. Qué curioso. También Jean-Claude empezó con su padre, si no me equivoco. Ese padre que era piloto militar, que nunca iba a buscarlo al colegio…

—Y, en vez de eso, ¿qué es lo que estoy haciendo? —Se ríe a carcajadas —. Exactamente lo contrario del sindicalista: jefe de Recursos Humanos. Y hasta me gusta.

Ahí está Gloria, la maestra, que sale del portal del colegio. Es un momento en que un cono de sol da de lleno justo ahí, en ese portal, como si fuera un ojo de buey, y ahí está ella, repitiendo los gestos de siempre para ponerse las gafas oscuras; son tantas ya las veces que se lo he visto hacer: el bolso apoyado sobre la pierna levantada; larga búsqueda dentro del bolso; extracción y colocación de las gafas; partida, con ese paso seco suyo, que siempre parece que vaya sembrando algo por detrás de ella. Quién sabe si se dará cuenta de que siempre hace los mismos gestos. Quién sabe por qué no se pone las gafas antes de salir. Me ve, desde lejos, me saluda. El sol ya ha desaparecido detrás de una enorme nube con forma de conejo…

—O mejor dicho —prosigue Enoch—, me gustaba. Era bonito ser el jefe de personal cuando el personal estaba bien, estaba contento, y aumentaba mes tras mes porque la compañía contrataba en vez de despedir. Han sido dos años bonitos, sí. Ahora ya no me gusta. Ahora es una especie de infierno, porque esta fusión está aterrorizando a todo el mundo. Todos acuden a mí, pero yo no sé qué decirles. Hasta ayer confiaba en Jean-Claude, pensaba únicamente en transmitir a todo el mundo su calma, su seguridad, y a pesar de que en los últimos tiempos lo había visto más distante, y de que la situación se estaba poniendo cada vez más complicada, seguía creyendo en él. Me había resultado extraño que se marchara de vacaciones precisamente en estos momentos, pero me fiaba de él, ¿me entiendes? Nunca habría pensado que pudiera dejarnos plantados de esa manera. Luego, anoche, a las nueve, me llama Basler y me dice…

¿Dejarnos plantados? ¿Dejarnos plantados? Pero si fue Thierry quien… Alto ahí, no debo caer en la trampa, no debo dejar que esto me afecte. Todo esto es problema de Enoch, no mío; es él quien ha venido hasta aquí, es él quien necesita hablarme. Dejarnos plantados, OK: evidentemente en la versión que ha llegado hasta ahí, hasta el nivel del videojuego en que él se encuentra, es Jean-Claude el que nos ha dejado plantados.

—… pero esta mañana —sigue diciendo— me he despertado a las cinco, cargado de preocupaciones, y no he podido volver a conciliar el sueño; he pensado en lo que nos espera en la compañía, en los recortes, en los recursos ante el tribunal laboral, en el enésimo desembarco que habrá en nuestras oficinas, esta vez de americanos y canadienses, y he pensado en mi padre, en cómo se comportaría si estuviera en mi lugar…

Mi móvil suena y Enoch se interrumpe para dejarme contestar. Miro la pantalla: Thierry. Thierry. Sólo me ha llamado en otra ocasión, hace dos años, el día en que me nombraron director, para felicitarme. Debe de ser algo tan importante como aquello, pero ¿qué? No puede ser nada bueno, decido. Yo creo a Jean-Claude: creo en la historia que me explicó exactamente aquí mismo, sentado en este banco, sufriendo con intensidad ante mis propios ojos; por tanto creo que Thierry es un traidor, por eso no le contesto, ya está hecho, dejo que el móvil siga sonando, como Lebowski, es más, me lo guardo en el bolsillo y sonrío, sí, eso es, así, para decirle a Enoch que puede seguir hablando, no es nada importante, nada que pueda competir lo más mínimo con el recuerdo de su padre. Pero parece que Enoch necesita también alguna palabra que lo anime, porque permanece callado, ahora incluso con una expresión casi sospechosa…; a ver si ha leído en la pantalla que la llamada era de Thierry; no, no es posible, no puede haberlo leído y, de todas maneras, aunque así hubiera sido, qué le vamos a hacer, a un traidor yo no le contesto, ¿qué hay de malo en ello?, ¿sólo porque Thierry es un hombre muy poderoso, «un peldaño por debajo de Dios», como diría alguien, es necesario contestarle sea como sea?

—Venga, venga —le digo—, continúa.

Pero Enoch parece estar verdaderamente cohibido por el timbre que sigue llegando desde el interior de mi bolsillo, de manera que, para que se quede a sus anchas, apago el móvil, hop: oh, menuda sorpresa la tuya, en este preciso momento, secretaria histórica de Thierry, con esa carita de raposa y los ojos color de amatista, Lucille me parece que te llamas, como la guitarra de B. B. King, que estabas haciendo como mínimo tres cosas más mientras con un oído seguías controlando los timbres del manos libres, dispuesta a levantar el auricular y a saludarme en italiano arrastrando tus erres y que, por el contrario, acabas de oír cómo la señal de libre de pronto se ha convertido en ocupado, signo bastante inequívoco de que ese tal Paladini, cuyo número lleno de 7 has marcado hace un instante, pulsando en el teclado de tu consola con los largos dedos de uñas pintadas de —a ver si lo adivino— amaranto, esa auténtica nulidad en comparación con las altas personalidades a cuyos números privados te has visto llamando cada vez más a menudo en estos últimos tiempos, ese don nadie italiano se ha atrevido, pues sí, a apagarle el aparato en los morros a tu omnipotente jefazo, de quien, como cualquier secretaria del mundo, estás secretamente enamorada…

—Me estabas hablando de tu padre —le digo—, de lo que habría hecho si…

Oh, Lucille, que no has querido creerlo y has pulsado la tecla rellamada pensando que en el fondo a lo mejor tan sólo había caído la línea, y que estás oyendo en cambio el anuncio que dice que el teléfono marcado podría estar apagado…

—Claro, claro —dice Enoch, con un aspecto cada vez más aturdido, casi desconfiado: tal vez haya leído de verdad en la pantalla que la llamada telefónica era de Thierry. Se mete una mano en el bolsillo de la americana, se saca un par de hojas dobladas en cuatro, las abre y, en el mismo momento en que me las tiende, la chica con el golden retriever hace su — suntuosa, no hay nada que hacer— entrada en el parque, y libera al perro de su correa.

—En fin, que he escrito esto —dice Enoch—. Esta mañana a las cinco.

Cojo los papeles. La chica del golden retriever saca su móvil y marca un número. Se me ocurre un pensamiento absurdo: si ahora me estuviera telefoneando, yo nunca lo sabría.

—Ahí está todo lo que tengo dentro —añade Enoch—. Todo lo que verdaderamente sé.

Abro las hojas. Se trata de un tostón de tres páginas de largo, escrito en caracteres Arial —hay quien escribe con Arial en este mundo— y acribillado con negritas. La chica no me ha telefoneado a mí: le han contestado y parece estar muy contenta.

¿Qué es una fusión? Una fusión es el conflicto entre dos sistemas de poder tendente a crear un

tercero, realizada con una finalidad financiera. Está concebida para crear valor, pero la

creación de valor es un concepto bueno para los accionistas, o para los bancos de negocios, pero

no para los seres humanos que trabajan en las compañías y para quienes una fusión, por el

contrario, es el trauma laboral más violento que puede serles inflgido.

Levanto la vista. Enoch está mirando de reojo las hojas, con aire absorto. Probablemente las está releyendo, esforzándose para mantenerse a mi ritmo, para imaginarse mi reacción frase por frase.

Una vez que se ha hallado el acuerdo para la transacción, cosa que de hecho no es nada fácil, se

tiene la tendencia a creer que lo importante ya está hecho. Esta convicción deriva de la histórica

infravaloración que el mundo de la economía confiere al factor humano y, más en general, a

la psicología. Pero es errónea. Los problemas más importantes de una fusión no van unidos al

documento que la ratifica.

La chica estalla en una carcajada cristalina, purísima, de la que únicamente se puede decir que a uno le entran ganas de ser la persona que la ha provocado, al otro lado del teléfono. ¿Cómo lo habrá hecho? ¿Qué le habrá dicho? Aunque no lleve la correa, su perro no se aleja de ella: parece estar persiguiéndola.

Antes que por cifras, de hecho una compañía está formada por los hombres que en ella trabajan,

es decir, por sus empleados y tras el anuncio de una fusión la reacción de cualquier empleado, a

todos los niveles, es la incertidumbre. ¿Qué me espera? ¿Me quedaré o me mandarán para

casa? ¿Cambiará mi función? ¿De quién puedo fiarme? ¿Cómo se van a solucionar mis

problemas? ¿Conseguiré mantener los privilegios que me había ganado? A nadie le importa

mucho la creación de valor en tanto en cuanto el nuevo equipo no responda a estas preguntas,

garantizándole una nueva legitimidad.

Durante una fusión sería necesario hablar con los empleados, infomarles y tenerlos al día a

todos con la mayor frecuencia posible; el empleado necesita confianza, sentir que no se le

considera únicamente un peón. En cambio, se le ofrece un discurso-estándar, que le sueltan de

una vez por todas un par de expertos en comunicaciones internas, cuyo único resultado es

aumentar sus preocupaciones. Esas declaraciones asépticas sobre las futuras sinergias que no

van a afectar al personal son de una hipocresía de tomo y lomo, dado que todo el mundo sabe

que la única garantía concreta para crear valor en el mercado es la reducción de costes

empresariales, y las reducciones de costes se realizan en un 80 % con recortes de plantilla.

Fin de la primera página. Voy a pasar a la segunda, pero Enoch me detiene.

—Perdona —me dice.

Coge la hoja y hace una corrección con la pluma. Cuando me lo devuelve, hay una r entre la o y la m de «infomarles», al principio del último párrafo.

—Se me había pasado —dice, sonriendo. Pasa una ambulancia con la sirena apagada, paseo abajo, y Enoch se persigna discretamente.

De esta forma los empleados durante un periodo de fusión entran en una zona de constantes

turbulencias. Se trata de un periodo bastante crítico, que para las grandes fusiones puede durar

mucho tiempo, y durante este periodo el sentimiento dominante se convierte en ansiedad. Una

ansiedad que, si no se trata, de individual puede llegar a ser colectiva e, incluso, transformarse

en pánico.

La experiencia en el contacto con el personal durante una fusión nos enseña que el impacto es

doble. En el plano físico, la máquina humana tiende a sentir mayormente estrés y cansancio y a

acentuar cualquier tendencia natural a la somatización, con un notable incremento de alergias,

molestias respiratorias, cistitis, cefaleas, dermatitis y, entre las mujeres, cándidas,

aminorreas y disminorreas; mientras que en el psicológico, la mente se ve invadida por la

inseguridad, cualquier acontecimiento provoca emociones angustiosas, como son el miedo, la

angustia, el desánimo y la frustración, que a su vez provocan graves síntomas de depresión,

mucho más graves puesto que el sujeto se ve empujado de manera instintiva a rechazarlos, dado

que la cultura a la que pertenece es una cultura de pura performance, en la que la existencia de

tales desarreglos ni siquiera es concebible.

Me paro para esperarlo, no fuera que se haya quedado atrás, dándole tiempo para que se dé cuenta de su errata y la corrija. Pero no se había quedado atrás, porque él también levanta la vista de las hojas y me mira con aspecto interrogante.

—¿No tienes que corregir? —le pregunto.

—¿El qué?

—Ame-norreas, disme-norreas —le digo.

—Oh —suelta, sorprendido. No es una errata, se trata de un auténtico error. Coge la hoja, hace las correcciones con la pluma y me la devuelve, pero se ha molestado. Tal vez habría sido mejor meterme en mis asuntos.

Dicho impacto resulta más devastador para el grupo de edades comprendidas entre los

cuarenta y cincuenta años, cuando los recursos de adaptación son menores y el riesgo de

perder algo en el cambio es mucho más elevado. Se tiene la impresión de retroceder, se

percibe un sentimiento de injusticia. El trauma que hay que asimilar es enorme: uno estaba

unido a una cultura de empresa, a una unidad, a colegas con los que se trabajaba con gusto,

con espíritu de equipo. Resulta duro encontrarse cara a cara con los demás. Aunque se acepte

de entrada que ellos son las «víctimas», en el fondo siguen siendo un enemigo que se

materializa. Hasta ayer uno estaba en una dura competencia con ellos; de repente, vemos que

han entrado en nuestro ambiente. Uno se siente invadido, aunque sólo sea físicamente, y uno

siente el deseo de mandarlos a tomar por culo, de decirles que uno puede apañárselas muy bien

sin ellos. En cambio, uno tiene que trabajar con ellos, y el shock es grande. Se ha visto a

directivos procedentes de compañías clásicas, donde los títulos y la jerarquía son sagradas, que

no han soportado verse en grupos de trabajo junto a personas procedentes de la otra empresa, de

rango jerárquico netamente inferior, en nombre de una unitaria competencia contingente.

Fin de la segunda hoja. En fin, el concepto está claro, y siempre es el mismo: Enoch también está intentando hacer que me sienta mal. Está intentando hacerme recordar que soy un futuro parado potencial, con mayor motivo a causa de mis evidentes vínculos con Jean-Claude, y mayor motivo todavía porque estoy debilitado por un grave luto —la famosa gacela herida — y que por eso debería sufrir y consumirme de las formas descritas por él: probablemente una mezcla entre lo que cada día constata entre los empleados que van a desahogarse con él y lo que él mismo siente. Pero yo no caigo en la trampa. Esto es algo demasiado grande para preocuparse por ello. No puedo hacer nada, tan sólo mantenerme a distancia, y si Thierry me ha llamado hace poco por teléfono únicamente para concederme el honor (o darse el gusto) de despedirme en persona, pues bueno, será mejor que empiece a planificarse una escapadita hasta aquí, desde París, con el avión privado, porque yo de aquí no me muevo, y no voy a contestarle sus llamadas.

La chica sigue allí, al teléfono. Ya no se ríe, ni tampoco habla: parece escuchar, ahora, absorta, con la cabeza agachada, mientras con un pie dibuja un semicírculo en el suelo.

Es una situación profundamente desestabilizadora y existen tan sólo tres categorías de personas

que consiguen afrontarla: los fidelísimos, los chaqueteros y los colaboracionistas. Todos los

demás corren el peligro de hundirse. Es necesario desarrollar una gran resistencia, física y

psicológica, para no derrumbarse, y sólo unos pocos están capacitados para conseguirlo sin la

asistencia adecuada. Pero una asistencia de ese tipo no existe. Así que el resultado más

frecuente durante las fusiones es que una gran cantidad de óptimos elementos deja

voluntariamente su puesto, incluso antes de que la fusión se lleve a cabo; algo que es

miopemente considerado con buenos ojos dado que aligera la sucesiva acción de recorte de

plantilla, pero que resulta en cambio una neta pérdida. Porque los hombres y las mujeres que se

marchan se llevan consigo sus propios conocimientos y sus propias capacidades técnicas, y

frente a un valor virtual creado en los mercados, el resultado real es un pavoroso

empobrecimiento. Por eso todavía no hemos podido ver una sola gran fusión que no haya

fracasado, me cago en la virgen, en los últimos uno o dos años.

Alehop. Miro a Enoch; sin duda alguna se está preguntando si ya he llegado, si ya la he leído o no. Y yo le respondo de la más inequívoca de las maneras: me echo a reír. Comprendo perfectamente que se trata de algo muy serio, mucho más sabiendo que el sentido del humor no es su fuerte, y por un instante incluso intento contenerme; pero no lo resisto, no hay nada que hacer y me echo a reír. Él no se ríe, pero esboza una sonrisa que es como si me acompañara en mi carcajada, hasta que se extingue.

—¿Cuáles son tus intenciones? —le pregunto.

—No lo sé —responde—, no tiene mucha importancia. Mejor dicho, la tiene, pero lo más importante es otra cosa…

El perro deja de repente a la chica y viene hacia nosotros. Decidido. Convencido. Dado que su dueña sigue al teléfono, viene a dejarse acariciar por estos dos desconocidos. Y Enoch, como si fuera lo más natural del mundo, empieza a acariciarlo, mientras sigue hablando.

—… Verás, yo estas cosas las he escrito con el corazón, de veras: las he escrito pensando en mi padre. Son las cosas que diría, son algunas de las cosas que diría si me preguntaran acerca de esta bendita fusión. Me reconozco en ellas en un cien por cien, ¿comprendes? Son verdaderas…

La chica, desde lejos, hace un sorprendente silbido de camionero para llamar al perro, que pone tiesas sus orejas, pero Enoch sigue acariciándolo con dulzura y luego, con la mano empapada de esas caricias, le hace un gesto breve y maravilloso de respuesta que dice una cantidad enorme de cosas, todas a la vez, todas claras, todas tranquilizadoras: una especie de atolondrada bendición a su juventud, a su desgana, a su distracción. Un gesto con una gracia protectora tal, que si yo fuera esa chica interrumpiría de inmediato mi llamada y correría a conocer al ser que lo ha realizado, para hacer de él mi pastor. Pero ella no lo hace y puede que sea pertinente, a estas alturas, esbozar una descripción física de Enoch: alto y fláccido, con una tez de un artificial color de gelatina, las gruesas gafas de metal que se adueñan de su rostro, el pelo gris a cepillo como no se ve desde hace décadas, y una dejadez en su forma de llevar el traje oscuro que casi llega a ser subversiva: podría parecer un cura presbiteriano comprometido políticamente, o un estrafalario profesor de enseñanza media muy criticado por sus métodos. No es que sea feo, eso es —no tiene nada que ver con Piquet, por ejemplo—, pero en su aspecto hay algo irreductiblemente asexuado, como una capa de poderoso anafrodisíaco pasada con primor por todo su cuerpo, algo que una hembra joven y hermosa no puede llegar a perdonar. Por eso la chica no se ha movido, ni siquiera se ha dado cuenta de la hermosura de su gesto; por eso Enoch está casado con una mujer más vieja que él, obesa y misteriosa, a la que nunca ningún otro hombre debe de haberle prestado atención.

—Tal vez sepas que soy católico, creyente y practicante.

—Sí, lo sé.

—Como mis padres, como mis abuelos y, por lo que yo sé, como todos mis antepasados. Estamos como encadenados a la Biblia por nuestro apellido. Tú sabes quién era Enoch, ¿verdad?

—La verdad es que no.

—Es uno de los patriarcas del Génesis, padre de Matusalén y bisabuelo de Noé. Gracias a San Pablo, la tradición cristiana asimiló la judía, y según ésta, junto al profeta Elías, Enoch es el único personaje bíblico que no muere nunca.

Habla conmigo y acaricia al perro de la chica, pero no me mira a mí, ni al perro, ni a la chica: ahora sus ojos se dirigen hacia la calle, donde está el guardia urbano que es amigo mío, el que me guarda el sitio por la mañana, y es obvio que tampoco a él lo está mirando.

—Caramba…

—Tengo un hermano que es misionero en Zimbabue, ¿lo sabías?

—No.

—Se llama Pietro, como tú, está allí desde hace treinta años. Y tengo un tío teólogo que da clases en la Universidad Católica, y un montón de tías y tías abuelas monjas, entre vivas y muertas…

Sigue acariciando al perro mecánicamente, sin darse cuenta de ello, como hacía yo esta noche con Claudia esperando a que se volviera a dormir.

—En fin, sin darle demasiadas vueltas, resulta correcto decir que en los últimos, pongamos, cuatro siglos —aquí su voz tiene un quiebro rabioso, y Enoch se toma una pausa para domarlo— a ningún miembro de mi familia se le ha pasado ni siquiera remotamente por la cabeza blasfemar.

—Bueno, no creo yo que…

—¿Te importaría —me hace callar— releer en voz alta la última frase del texto que he escrito esta mañana, por favor?

Y vuelta a empezar: se ha abierto el grifo, y ahora también Enoch está sufriendo como un animal. Él también aquí, cerca de mí.

—Venga, Paolo, déjalo correr…

—Te lo ruego. —Es perentorio—. Sólo la última frase. Por favor. En voz alta.

Abro otra vez la hoja. Y ahora ya sé cuál es el problema. El problema es que si la releo me van a entrar de nuevo ganas de reír.

—«Por eso todavía no hemos podido ver una sola gran fusión que no haya fracasado, me cago en la virgen, en los últimos uno o dos años».

No puedo levantar la mirada, no podría sostener la suya. No puedo pronunciar ninguna palabra, no puedo hacer casi nada. Lo único que me queda por aquí es este perro, para acariciarlo: ya está, se lo robo, me lo coloco entre las piernas, total a él le da lo mismo, al perro le da lo mismo, a su dueña le da lo mismo, pero entretanto yo tengo algo donde poner los ojos y concentrarme, para no echarme a reír. Acariciar a este perro, eso es…

—Y ahora mi pregunta es —la voz de Enoch es grave, solemne—: ¿dónde estaba esta blasfemia antes de ahora? Ha salido de dentro de mí, desde lo más profundo, pero ¿dónde la guardaba yo?

El perro, como todos los perros, enseguida se ha sincronizado con el ritmo de las caricias: a cada una de ellas le hace corresponder una larga palpitación de sus cejas.

—Estaba bien escondida, ¿sabes?, porque yo hasta esta mañana he vivido con la certeza, repito, con la certeza de que no existía. ¿De dónde procede? Respóndeme, por favor. No me digas que no es nada grave, no me digas nada de lo que quisieras decir, sólo hazme el bendito favor de decirme de dónde procede, en tu opinión, la blasfemia que he plasmado en esa hoja.

La cosa ya va algo mejor. Me he puesto a rascarle el cuello al perro, que me transmite un poco de su olímpica indiferencia.

—Te lo ruego, Pietro. No bromeo. Dime de dónde viene…

Puedo atreverme, incluso, a responder, porque éste quiere de veras que yo le responda. Siempre, no obstante, que sea sin mirarlo.

—No lo sé, tal vez la haya metido alguien en tu interior justamente ayer. Uno de los muchos que acuden a ti para pedir una tranquilidad que no puedes darles.

—Me la ha metido alguien en mi interior… Ingenioso.

Sigo rascándole el cuello al perro, concentrándome en su placer, y la vista recae sobre su chapita. Está escrito: «NIEBLA 335 8448533». Miro a la chica, que sigue con el móvil, que sigue alejada: éste, pues, debe de ser su número. A saber cuántos chicos desearían tenerlo. Vuelvo a mirarlo en la chapita. 335…

—¡Niebla! —La chica de pronto llama al perro, y como refuerzo dispara otro silbido—. ¡Niebla, ven aquí!

… y de pronto me doy cuenta de que este número es inolvidable, maldita sea, porque es un palíndromo. Sí: 335 8448533, 3358448 533, sigue siendo igual cuando uno lo lee al revés. Dábale arroz a la zorra el abad. Es un instante, porque inmediatamente después Niebla aparta de mí el cuello, con un movimiento más de caballo que de perro, y ya está ahí acercándose a su dueña con un galope lento y acompasado.

—¡Perdonad! —grita la chica, colocando la correa en el collar mientras ya se encamina hacia la calle. Y en la fluidez de esta salida de escena, sin esperar siquiera nuestra respuesta, encuentra un saludo travieso que lanzarnos cuando ya nos da la espalda, convencida como está de que seguimos mirándola.

—¿La conoces? —pregunta Enoch.

—No —respondo.

Pero me sé de memoria su número de teléfono, podría añadir: 335 8448533; y el saludo tan natural que acaba de regalarnos significa que a partir de mañana, cuando traiga al perro al parque y me encuentre en el banco, con esa misma naturalidad seguiremos saludándonos; y todo esto deja presuponer que muy probablemente la conoceré.

—Bonita muchacha —dice Enoch, fríamente.

Ahora siento que puedo darme la vuelta, siento que puedo volver a mirarlo; el perro y la chica han hecho retroceder la carcajada que hasta hace poco le habría vertido por encima. Y de hecho lo miro, aunque él siga sin mirarme: con los ojos todavía vueltos hacia lo lejos, mantiene una impasibilidad que, a pesar de todo, más que tranquilizar te deja helado. Parece imposible que un hombre llegue a una fractura a causa de una blasfemia, pero es esto justamente lo que me parece estar viendo en este momento.

—Escucha —le digo—, tengo hambre. ¿Te apetece comer un bocadillo?

—Ubi maior minor cessat.

—¿Cómo?

Sus ojos se han iluminado con un destello malicioso, y con la cabeza hace un gesto que señala por delante de sí, para invitarme a mirar en esa dirección.

Thierry está entrando en el parque. Avanza a grandes zancadas, una amplia sonrisa dibujada en la cara. Lleva un abrigo, señal de que viene desde un lugar donde hace mucho más frío que aquí.

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