Caos calmo

Sandro Veronesi · Capítulo 27 de 40

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Caos calmo

Capítulo 25

 

Ya está, han terminado: están desmontando el montacargas. Antes, cuando hemos llegado, estaban bajando las cosas todavía, y Claudia y yo nos hemos quedado encantados mirando la garita que bajaba cargada de cajas y volvía a subir vacía. En efecto, hay algo interesante en el funcionamiento de ese artilugio: a pesar de ser simple —un montacargas, de eso se trata, que circula a lo largo de una escalera— transmite una impresión muy tranquilizadora del progreso y de la prosperidad definitivamente adquiridos, debido a todo el esfuerzo que nos ahorra y que ya nunca más hará nadie. Los de las mudanzas, dos chicos eslavos y un italiano más viejo, probablemente el propietario, tenían movimientos sincronizados de cadena de montaje —carga, envía lleno abajo, descarga, mete en el camión, envía vacío arriba—, y parecían engranajes de una maquinaria mucho más grande, que hacía pensar en algo poderoso por encima de ellos, algo irrefrenable. Por lo menos, a mí me gustaba pensar en ello, mientras miraba; a saber en qué estaría pensando Claudia por su parte.

Luego la he acompañado hasta el atrio, me he quedado con ella esperando el timbre, me he entretenido hablando con el padre de una compañera suya y ahora que he vuelto al exterior, el trabajo ha terminado. El camión todavía tiene las puertas abiertas, los chicos desmontan el montacargas y lo van metiendo dentro, el propietario y el hombre que me llama señor salen juntos por el portal del edificio y charlan un rato, probablemente estarán quedando en el peaje de Roma Norte, dentro de siete u ocho horas; luego el propietario se reúne con los chicos y el hombre que me llama señor se acerca hasta mí.

—Ya estamos, señó —dice.

Sonrío, asiento, no sé qué decir. Pero no hay duda de que todo es mucho menos triste que ayer, mucho más ligero, mucho menos incómodo, y de repente me parece comprender el porqué de esta evolución: ayer, delante de este hombre todavía estaba el pasado, atado y amordazado, atormentándolo con sus gemidos; ahora, por el contrario, está el futuro, y ahí se ve de qué gran maquinaria eran los engranajes de la mudanza al trabajar: del futuro, eso es; de su futuro. Un futuro que aleja de sus ojos oscuros toda clase de cansancio, porque contiene el regreso a casa después de treinta y seis años, la vejez cerca de esa hermana suya que le enviaba las cajas de Frascati, las fenomenales pommarole preparadas con el secreto aprendido en la escuela de cocina, la aspereza de la viudedad que se atempera con la lengua de la infancia (ha dicho señó: ya la ha reencontrado) y la serena aceptación de todas las demás cosas que vengan, tal y como vengan, para la cual el hombre que me llama señor se siente preparado por fin gracias a esta única y tal vez última condición que le ha impuesto a su vida: ya-basta-deaquí. Lo aceptaré todo, incluso la soledad, incluso la enfermedad, incluso la agonía, pero en Roma, no en Milán, donde vivía únicamente porque ella estaba aquí, y cuando ella faltó, me vi a mí mismo barriendo la casa como un desquiciado con el inmenso esfuerzo de hacer pasar el tiempo. Porque hay gente que emigra para siempre, y gente que se va y luego regresa, y yo soy así, yo soy uno de los que se van y luego regresan.

¿Me estoy proyectando? ¿Me estoy proyectando a mí mismo en él?, ¿acaso le estoy atribuyendo a él lo que yo estoy sintiendo? No lo creo, no lo diría yo: yo no estoy a punto de volverme loco porque mi mujer se haya muerto, ni siquiera sufro, y no necesito un futuro en otra parte, porque ya lo tengo, no en otra parte, sino en otra persona. Tengo a Claudia, sí, y mi futuro lo lleva ella encima.

—Bueno, me despido de usted —estrechándome la mano—. Siento no haberle invitado antes, pero soy tímido.

—Suerte y al toro —le respondo, sin saber por qué—. Y salude a Roma de mi parte.

—Le enviaré una postal de vez en cuando, si me da su dirección. De esas clásicas: el Coliseo, San Pietro, los Foros Imperiales…

—Calle Durini, 3. ¿Se lo escribo?

—No, no hace falta…

Y en este momento hace algo sorprendente. Se saca del bolsillo un rotulador, probablemente con el que ha escrito las indicaciones en las últimas cajas cerradas esta mañana, y se escribe mi dirección en el dorso de la mano, como una chiquilla. Luego me mira, sonriendo.

—Y acuérdese —dice—. La oscuridad dura un año. Tenían razón nuestros ancianos: doce meses de luto. Una vez pasado, ya verá como todo se irá aclarando.

No, no soy yo el que se proyecta: es él. Él ha sufrido como un animal, y cree que yo estoy sufriendo como un animal. A saber con cuánta compasión me habrá mirado, cada día, desde la ventana, desde que los cotilleos del barrio le informaron de lo que le había pasado a mi mujer; a saber cuánto dolor ha adivinado en mí a cada gesto que yo hacía, durante las horas que pasaba yo aquí delante, sin sentir ningún dolor. A saber cuánto habrá hablado de mí con su único amigo, tal vez el quiosquero, o el propietario del bar, explicándole con todos los detalles lo que yo estaba sintiendo y cuánto tiempo me duraría…

—Gracias —le digo—. Hasta la próxima.

—Hasta la próxima, señó. Sea fuerte.

Se da la vuelta y regresa hasta donde está el transportista más viejo, que sigue esperándolo bajo la puerta abierta del camión. Me quedo un rato mirándolo, pensando en lo muy equivocadas que pueden ser las cosas de las que estamos tan seguros. ¿Me sucede a mí también? ¿Con qué cosas? Luego oigo un pssst, me vuelvo de golpe y me encuentro delante a Piquet.

—Buenos días. ¿Te habías quedado embobado?

—¡Oh! ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—Cinco minutos. Pero estabas hablando con ese hombre… ¿Quién es?

—Uno que vivía aquí delante. Se vuelve a Roma.

La puerta del camión se cierra, el motor se pone en marcha y el hombre que me llama señor se marcha hacia su casa desnuda e infeliz. Una media hora más en ese antro, tal vez veinte minutos, y luego todo habrá terminado. Me hace un último gesto con la cabeza y yo se lo devuelvo.

—¿Te apetece un café? —dice Piquet, señalando con la barbilla el pequeño bar donde, en efecto, a estas horas suelo yo tomarme un café.

—De acuerdo.

—Menudo tiempo, ¿verdad? En la radio han dicho que hoy aún hará más…

Pero no tiene tiempo de acabar la frase, porque a nuestras espaldas se oye un estruendo brutal y una sarta de siniestros chirridos. Ambos nos volvemos, de golpe. El camión. Marcha atrás. Ha errado la maniobra y le ha dado de lleno a un coche aparcado.

No me lo puedo creer.

Le ha dado precisamente a ese coche aparcado.

Me lanzo hacia el lugar del accidente, abandonando a Piquet, sin remordimientos, dado que habla mal de mí. El camión se ha empotrado contra la esquina de la parte posterior del C3, hundiéndosela y haciendo estallar la luna. Hay un gran ajetreo: el transportista más viejo se ha bajado para observar y no se lo explica —al parecer, era él quien iba al volante—, y de inmediato se le han sumado otras personas, entre ellas el hombre que me llama señor y el guardia urbano que me guarda el sitio todas las mañanas: todos reunidos para observar las consecuencias del trompazo, con la comprensión no obstante absolutamente tosca y primordial que del mismo pueden tener. La economía de sus movimientos traiciona la certeza de encontrarse delante de un hecho muy simple, sobre el que no hay casi nada que requiera explicación; nadie parece sospechar que tras tanta simplicidad pueda ocultarse una trampa. Nadie que, por ejemplo, confiera la importancia debida a esa tarjetita que blanquea entre los añicos de la luna hecha papilla en el maletero; nadie que parezca ni siquiera acercarse vagamente al aspecto verdaderamente excepcional del acontecimiento al que han asistido, su sorprendente incongruencia estadística; todos convencidos de haber visto un camión de mudanzas causar graves destrozos a un Citroën C3 casi nuevo. Pese a ello, por lo menos mientras el camión siga empotrado de esta forma, todavía sería fácil reconstruir el arabesco trazado por el destino sobre su desafortunada carrocería, porque el daño que yo le ocasioné hace más de dos semanas es visiblemente incompatible con el de ahora, y con la infeliz marcha atrás que lo ha provocado. Santo Dios, pero ¿cómo es que nadie es capaz de verlo? Chocando con el coche como ha chocado, el camión no puede destrozar toda la parte lateral, que de hecho he destrozado yo. Todo está aquí, ante sus ojos: se trata únicamente de darse cuenta. Las cosas empezarán a ser diferentes cuando el camión se aparte para dejar libre la calzada; algo que parece inminente, dado el atasco que se está formando; pero ahora, diablos, alguien tendría que darse cuenta. Pero parece que nadie se ha dado cuenta de ello: no, para ellos todo ha ocurrido hace unos minutos. Miro al hombre que me llama señor, que está hablando con el transportista más viejo: tal vez él lo sabe; tal vez cuando destrocé el C3 para dejar despejada la calle me estaba mirando por la ventana, eso en el caso, de todas maneras, de que ya tuviera noticias sobre mí, cosa que no está clara; y, además, llovía, hacía frío, no era verano, como hoy, no había razón alguna para estar sentado delante de la ventana; pero se había formado un jaleo terrible, y tal vez había ido hasta la ventana precisamente por ello, y tuvo tiempo de ver que yo era el motivo…

Ya está, se acabó el tiempo: los coches bloqueados empiezan a tocar el claxon y el guardia ya no puede contenerlos. El transportista es un hombre experto en estas lides —un profesional del estar estorbando a la gente—, y se da cuenta de que ha llegado el momento de mover el camión. Pide perdón, vuelve a subir, lo pone en marcha, mientras el corrillo de curiosos se diluye dejando libre la calle y el guardia empieza a hacer fluir el tráfico. Total, la dinámica del accidente a estas alturas ya está clara…

Yo todavía sigo parado junto al C3, sorprendido por un alegre, un infantil alivio. Nadie me mira, nadie me hace caso; como cuando salía del agua el día en que Lara murió, y yo acababa de salvar a esa mujer, y allí tampoco nadie se daba cuenta de nada. Podría estirar el brazo hasta el maletero, recuperar mi tarjeta, y largo.

¿Quién iba a darse cuenta?

Tal vez me vería Piquet. Se ha quedado allí y me está mirando: él me vería. Pero no sería un problema, ni siquiera con lo paranoico que es podría imaginarse qué era lo que había visto. ¿Qué has hecho cuando has metido la mano por el agujero de la luna? He sacado un trozo de cristal que se había quedado de canto. Ah… No: el problema es el hombre que me llama señor. Él podría saber. Ya está ahí, de vuelta, se me acerca, abre los brazos, dice «empezamos bien, ¿eh?», con mi dirección escrita en la mano. Pero si lo supiera, entonces tendría que decirlo y darme la oportunidad de salvar la cara: en honor a la verdad, tendría que decir, tal vez dirigiéndose al guardia, que representa la autoridad, el daño hecho por mi transportista es únicamente éste, aquí en el centro, mientras que aquí, en el cuadro de luces, y todo alrededor, sobre el parachoques, hasta el guardabarros abollado y al horrendo corrugado de chapa que le sigue y que presiona la rueda, ha sido causado por ese señor, hace ya unos días, ¿verdad, señó? Y entonces yo diría sí, es verdad, es una coincidencia muy rara, esto lo hice yo con el coche de mi cuñada y hasta había dejado mis datos para pagar los daños, aquí están, ¿lo ven, entre los añicos de la luna rota? Ésa es mi tarjeta de visita: la coloqué debajo del limpiaparabrisas, con mis números y todo lo demás, pero el propietario no ha dado señales de vida y el coche ha estado siempre aquí parado… En cambio, él no dice nada, y ni siquiera me lanza miradas maliciosas para darme a entender que sabe pero que se guarda muy bien de ser un chivato: nada, se aleja de nuevo, para él las cosas están bien como están. Y lo mismo el guardia urbano: bien que mal, ha tenido ante sus ojos el tren trasero destrozado de este coche cada mañana durante más de dos semanas, y sin embargo no se da cuenta, o no se acuerda, o hace ver como si nada. Y, sobre todo, el transportista, que ha aparcado su camión delante de un vado permanente y que ha vuelto aquí enseguida para verificar, para tocar, para explicar que le ha patinado el embrague: tampoco es capaz de darse cuenta de que su golpe no puede haber generado todos esos daños, que tenía que haber ya antes, algo que ya es menos evidente, valga el inciso, ahora que el camión ya no está aquí. No: el único elemento que sigue relacionando este coche con lo que verdaderamente ha sucedido —la famosa verdad— es mi tarjeta de visita; si se elimina ésta, se centrará simplemente en un camión de mudanzas que maniobraba, como todo el mundo, aquí, está dispuesto a testificar.

¿Qué hago?

Voy a contar hasta diez: si dentro de diez nadie dice nada, la cojo y si te he visto no me acuerdo.

Uno. Dos. Tres.

Y, además, al transportista le da lo mismo. Él su daño lo ha hecho en todo caso, el bonus-malus de su seguro cambiará de todas maneras y, por una de esas muchas cosas raras de los contratos de seguros, la compañía que aplica esa tarifa no tiene ninguna relación con la entidad del daño causado, por lo cual…

Cuatro. Cinco. Seis.

A todo el mundo le da lo mismo, ésa es la verdad. La verdad es que este coche a nadie le importa nada de nada, porque no es de nadie.

Siete. Ocho.

Y nadie me está mirando.

Nueve.

Y robar a las compañías de seguros no es robar.

Diez.

Hecho.

Que hoy hará más calor que ayer, es lo que han dicho en la radio. Yo también lo he oído.

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