Caos calmo
Capítulo 17
—Oye, estaba pensando…, ¿por qué tienes esa foto tan horrenda delante de la cama?
—¿La de Barrie?
—Sí.
—¿Qué pasa con esa foto?
—Venga, es horripilante. ¿Por qué no la sacas?
—Ya la he sacado.
—Ah. ¿Cuándo fue eso?
—Hará cosa de un año. No, menos: desde febrero. Desde que Nina me dijo «o ella o yo».
—Pues vale, cásate con ella. Es la chica más sana con la que has salido. ¿Cómo está?
—Lo hemos dejado.
—¡No!
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace un mes.
—¿Y ahora vas a colocar de nuevo esa foto delante de la cama?
—No.
—Menos mal.
—Oye, tengo que contarte una buena, pero buena. Adivina quién estaba en esa cena a la que fui anoche.
—¿Quién?
—Adivina.
—¿Hombre o mujer?
—Mujer. Di lo más fuerte que se te ocurra.
—¿La conozco?
—Digamos que de vista.
—…
—Digamos que una vista bastante particular.
—…
—Digamos inolvidable.
—Oye, no tengo ni idea. ¿Quién es?
—Una de las dos a las que salvamos en Roccamare.
—¡Anda ya! ¿La mía o la tuya?
—La mía.
—¿Y quién es?
—Es una galerista de aquí, de Milán. Francia, se llama. Ludovica, o tal vez Federica, sí, Federica Francia.
—¿Y la reconociste? Yo no sé si a la mía la reconocería.
—No, no la reconocí.
—¿Ella te reconoció a ti?
—Tampoco.
—Y, entonces, ¿qué fue lo que pasó?
—Pues fue fantástico lo que pasó. Estábamos hablando de ti y…
—¿Cómo que de mí?
—Bueno, pues parece que eres muy popular, desde que te instalaste aquí. A juzgar por las muchas preguntas que me hicieron, diría que la alta burguesía de esta ciudad sigue tu historia apasionadamente.
—Pero ¿qué coño estás diciendo?
—Digo que hablan de ti. Fue precisamente la galerista la que relacionó nuestros apellidos, obviamente antes de que se descubriera el asunto del salvamento, y la que me preguntó si yo era familiar «de ese Paladini, director de Rete 4, que desde que murió su esposa se queda todo el día delante del colegio de su hijo». Le contesté que éramos hermanos y procedí a rectificar las informaciones erróneas respecto a la cadena de televisión y a Claudia, pensando que la historia iba a terminar ahí, pero ellos, con la excusa de manifestar su admiración hacia ti (sincera y hasta yo diría que romántica la de las mujeres, más forzada la de los hombres), empezaron a fusilarme con preguntas, sobre ti, sobre Lara, sobre Claudia, con un morbo que me resultó muy desagradable. Por ello, no sé muy bien por qué, en vez de decir que no me apetecía hablar sobre ciertas cosas (y, entre paréntesis, muchas ni siquiera las sabía, como por ejemplo cómo se llama ese colegio o la nacionalidad de la niñera de Claudia), pensé «a tomar por culo, ahora los voy a hacer papilla», y les conté la historia verdadera, salvaje, de cómo fueron las cosas esa mañana, porque ellos no sabían nada de nada. Se lo conté todo, ¿comprendes? Que arriesgamos nuestras vidas para salvar a esas dos mujeres mientras sus amigos estaban mirando desde la orilla, que al final nadie nos dio ni las gracias, y que cuando volvimos a casa Lara estaba muerta. Lo hice para dejarlos con la boca abierta, coño, porque me molestaba que tú te hubieras convertido en un tema de una tertulia de salón. Pero, en un momento dado, justo mientras estaba allí hablando de ese pedazo de capullo de pelo rojo, ¿te acuerdas?, aquel que, cuerdecita en mano, nos dijo que dejáramos que se ahogaran, veo cómo esa mujer se queda pálida, pero completamente pálida: su cara se convierte en una sábana, los ojos le giran en las órbitas, y se cae en redondo sobre la mesa, desmayada, de golpe. Y en ese momento sí que la reconocí, dado que en el fondo yo la había visto únicamente de esa forma, podría decirse, cuando la llevaba en brazos, más allí que aquí. Era ella.
—Coño, Carlo, pero ¿tú por qué no te coses esa boquita?
—¿Y yo qué sabía? Y además se lo tiene merecido, así aprende a no hacerse la listilla: porque yo hacía ya bastante rato que estaba contando aquello, ¿me explico?, y por narices ella ya se había enterado de que estaba hablando de ella sin haberla reconocido, pero se lo callaba como una puta. También estaba allí su marido, una especie de perezoso que aquella mañana, de todas maneras, estaba en Punta Alta, fíjate tú, jugando al golf, y tenías que ver cómo se callaba el tipo también, mientras yo contaba todo aquello. Y yo me digo ahora, aunque no estuviera presente él también se habría dado cuenta a la perfección de que yo hablaba de su mujer: ¿cuántas jodidas veces se le habrá ahogado su mujer en Roccamare, un mes y medio atrás, siendo salvada además por un desconocido? ¿Quién es ésa?
—Una que trae aquí a su perro.
—¿La conoces?
—Sí. No.
—¿Sí o no?
—Nos saludamos y ya está.
—Es notable.
—Ya.
—¿Cuántos años tendrá? ¿Veintiséis, veintisiete?
—No lo sé.
—Dylan se está ahogando con el collar. ¿Lo desato?
—No. Ahora se le pasa.
—¿Son amigos, con el perro de ésa?
—Se olisquean el culo. Y así que la galerista se desmayó…
—Y así que la galerista se desmayó, y cuando volvió en sí se puso a llorar, completamente blanca y temblorosa, a pedir disculpas, e incluso se peleó con ese falsario de marido que tenía, que hasta se hacía el ofendido, ¿entiendes?, él, conmigo, debido al lenguaje, llamémosle así, florido con el que yo había relatado aquella historia…
—Me imagino.
—Pero ella lo hizo callar, tendrías que haber visto con qué acritud. Menos fea de lo que me había parecido mientras se moría, todo hay que decirlo.
—¿Y tú?
—¿Yo? Lo disfrutaba. Porque parece que esas dos se dieron cuenta de que no habían sido salvadas por sus amigos, a pesar de lo jodidas que estaban; parece que preguntaron, en cuanto estuvieron recuperadas, dónde estaban los dos héroes que las habían salvado, pero esos capullos las convencieron de que habían sido ellos los que las habían salvado, junto a los chavales del surf. Oh, fue fantástico…
—¿Qué es lo que fue fantástico?
—Verla mientras se le caía el mundo encima. Quiero decir que no sucede todos los días esto de asistir a escenas de este tipo: una señora de la alta burguesía de mierda que descubre de repente que sus amigos más queridos son unos bellacos embusteros infames, y que quienes la salvaron de morir ahogada no fueron ellos, como le hicieran creer, sino un desconocido que cuando habla de ella en público la define como «la zorra esa».
—¿Así la llamaste?
—Bueno, tan sólo una vez. Cuando contaba que intentaba hundirme en vez de dejarse salvar. Se me fue un poco la mano, digamos, en el ardor del relato.
—Comprendo. ¿Y cómo acabó el asunto?
—Pues acabó que no había manera de que dejara de llorar y de decirme que no había sido culpa suya y de darme las gracias y de disculparse y de preguntarme sobre ti, cómo estás, cómo está tu hija, qué puede hacer para saldar su deuda, y también en nombre de la tuya.
—¿En nombre de mi qué?
—De tu mujer, de la que tú salvaste.
—Vale. Pero ésa en la cena no estaba.
—No, no estaba. Pero puedes estar seguro de que esta mañana se habrá enterado. Son muy amigas, dice. Y, entre paréntesis, ¿sabes quién es la tuya? Es una suiza, se llama Eleonora Simoncini y es la propietaria de los chocolates Brick, ¿sabes de qué te hablo? ¿El anuncio del conejito que come zanahorias con chocolate? Su padre murió hace cuatro años: la única heredera, multimillonaria de verdad.
—¿Brick, has dicho?
—Sí. Chocolate, helados, golosinas. Una facturación de la hostia.
—Qué raro…
—¿Qué tiene de raro?
—La coincidencia. La Brick de Lugano forma parte del grupo canadiense con el que estamos haciendo la fusión.
—¿Vosotros? ¿Y qué tiene que ver el chocolate con la televisión de pago?
—Nada, pero es una fusión inmensa, global, para ser exactos, y tiene que ver más o menos con todo.
—Pues sí, sí que es una buena coincidencia. ¿Muerde este perro?
—¡Fsfiuii!
—No, es bueno.
—¡Fsfiuiiii! ¡Niebla!
—¿Qué es? ¿Un labrador?
—¡Niebla! ¡Fsfiui! ¡Ven aquí ahora mismo!
—No, es un golden retriever.
—¡Niebla, para ya! Hola. Perdonad, ahora lo ato.
—No se preocupe, señorita. Lo único que quiere es jugar con su amiguito, este de aquí.
—Hola. Éste es mi hermano. Jolanda, Carlo. Carlo, Jolanda.
—Mucho gusto. ¡Niebla! ¡Échate!
—¿Jolanda? Qué nombre más bonito.
—Bueno, tanto como bonito, más bien da asco.
—No, ¿por qué? Es antiguo, barroco… Y Niebla también es un gran nombre. ¿Puedo hacerle un cumplido?
—Pues claro…
—Qué dueña más guapa tienes, Niebla…
—…
—…
—…
—Bueno, adiós. Y, de nuevo, perdonad. ¡Niebla, ven aquí! Pero ¿qué te pasa hoy?
—Adiós.
—Adiós.
—…
—…
—¿Has visto?
—¿El qué?
—Sus tejanos.
—¿Qué les pasa?
—Barrie.
—Oh…
—…
—…
—¿Pietro?
—¿Sí?
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—¿Te choca que hablara de Lara?
—Qué quieres que te diga ahora, ya lo has hecho.
—Pero te choca.
—Más que nada, me choca que gente a la que no conozco hable de mí.
—Perdóname, pero ¿cómo quieres que no hable? Tú eres una persona conocida, Pietro, ¿qué esperabas? Acampas delante de un colegio como si fueras un mendigo y pretendes que…
—Eh, eh…
—Perdona, no quería decirlo. Lo único que quería decir es que esa gente nunca sabe de qué hablar: se invitan a cenar una noche sí, otra no, y después de la primera tapa se abre el torbellino de sobre qué se puede hablar durante toda la velada. Tú para ellos eres un marciano. Estás haciendo algo asombroso y no me digas que no te das cuenta de ello. Ya el mero hecho de que estés aturdido para ellos les resulta extraño, porque si a uno de ésos se le muriera su mujer lo más seguro es que se fuera a una clínica estética para hacerse un lifting. Además, el hecho de que les plantes tu sufrimiento delante de las narices, comprenderás, les…
—Pero ¿cómo que se lo planto delante de las narices? Pero vamos a ver, ¿quién se trata con esa gente, quién se los encula, eh? Eres tú quien se va a cenar con ellos, no yo. Y, además, ya te lo he dicho, no estoy en modo alguno aturdido, y no estoy sufriendo.
—Oye, tú, no te cabrees. No hay nada malo en que estés mal, después de lo que te ha pasado.
—¡Y dale! No estoy mal. Soy el primer sorprendido por ello, pero no estoy mal. Todo lo contrario, estoy bien, sobre todo si me dejan tranquilo.
—Oye, ¿por qué quieres seguir con esta…?
—¿Carlo?
—¿Eh?
—Mírame a la cara.
—…
—Yo-no-estoy-sufriendo. ¿Está claro?
—¿Ah, no? Y, entonces, ¿qué estás haciendo aquí?
—Estoy bien.
—¿Estás bien sentado todo el día en un banco delante de un colegio?
—Sí.
—¿Desde hace un mes?
—Sí.
—Ahora mírame tú a la cara.
—Ya te estoy mirando a la cara.
—Es una forma de hablar. ¿Me lo dices en serio?
—Nunca he hablado tan en serio.
—Bueno, pues entonces ya ni siquiera yo te sigo.
—¿Y quién te pide que me sigas?
—Me rindo, Pietro.
—Bravo. Ríndete.
—…
—…
—Lo único que digo es que si aceptaras lo que ha ocurrido sin tener esta conducta la gente no hablaría de ti.
—¿Conducta? ¿Desde cuándo hablas tú como un vicepresidente?
—Eso por no mencionar que tal vez a Claudia no le sienta nada bien ver a su padre comportándose como un niño.
—¡Vale! ¡Claudia! ¡No había pensado en ello! ¡Menos mal que has pensado tú! ¿Te molestaría repetírmelo todo, hablando más lentamente, y así puedo tomar apuntes?
—OK, de acuerdo. Haz lo que quieras.
—Ya puedes apostar al respecto. Hagamos una cosa: yo actúo como me apetece y tú me dejas en paz, y todos los reparos sobre mi conducta que surjan irresistiblemente de tus profundidades vas y los exteriorizas en esas cenas de burgueses que tanto desprecias, mientras les cuentas mis asuntos para dejarlos con la boca abierta. ¿Te parece bien así? ¿Te las apañarás?
—…
—…
—Es que estoy preocupado por ti, Pietro.
—Pues mira, eres el único.
—Soy el único que te lo dice.
—OK, tal vez sea así, por tanto vamos a ver si lo he entendido bien. Tú serías el portavoz de un difuso sentimiento de preocupación con respecto a mí que podría sintetizarse como sigue: si sufriera y, pese a ello, fuera a mi oficina, y me mantuviera firme, y dijera la vida continúa, y tomara somníferos para dormir, y mientras tanto Claudia apareciera abúlica y desganada, y hubiera dejado de comer, todos estaríais tranquilos y me aconsejaríais a qué psicólogo llevarla; si estuviera «acampado aquí como un mendigo», como tú dices, porque estoy trastornado por el dolor, estaríais moderadamente preocupados y me aconsejaríais a qué psicólogo tendría que ir yo; pero el hecho de que esté aquí y de que no esté mal, y que tampoco Claudia esté mal, y que no exista necesidad alguna de psicólogos, esto os preocupa mucho más. ¿Es así?, ¿es necesario sufrir para que estéis tranquilos?
—No es eso, Pietro.
—¿Ah, no? Y, entonces, ¿qué es?
—Es que así no puedes estar siempre. No me digas que no lo entiendes.
—Yo lo que entiendo es que estáis dando mucha importancia, todos, al hecho de que esté aquí en vez de ir a la oficina. No hay modo de que lo aceptéis, ¿verdad? ¿Por qué?
—Por ejemplo, porque así te arriesgas a perder tu trabajo.
—Bueno, pues lo siento, pero no es el mejor ejemplo. Se da el caso de que, con la fusión que está en marcha, más o menos la mitad de mis compañeros que cada día va regularmente a la oficina va a perder, pase lo que pase, su puesto, o porque serán sustituidos directamente por alguno de sus homólogos canadienses o americanos, o porque serán trasladados, prejubilados, o simplemente animados a aprovechar la indemnización que, según el procedimiento habitual, será puesta a disposición de quien deje voluntariamente el grupo. Además…
—Pero hay una enorme dife…
—Además, déjame terminar, coño, e intenta por una bendita vez escuchar lo que digo en vez de rebatirme de inmediato: además, he recibido autorización formal de mis superiores para quedarme aquí, y desde aquí trabajo con regularidad, teniendo en cuenta lo poco que se puede trabajar en un periodo como éste, sin verme, no obstante, sometido a las paranoias que a estas alturas arrecian cotidianamente en nuestras oficinas y que seguirán arreciando en las mismas hasta que la fusión haya terminado y sus consecuencias efectivas se manifiesten en su totalidad. Razón por la cual no hay nada, pero absolutamente nada, por lo que preocuparse sobre si me gusta quedarme aquí. Y ahora, si eres tan amable, intenta pensar durante diez segundos en lo que te acabo de decir antes de responder; intenta creer que sé lo que me estoy haciendo. Intenta, por una vez, cambiar de idea.
—…
—…
—¿Qué significa que te han dado permiso para estar aquí?
—Significa que he recibido autorización de mi jefe. Y que después de que lo hayan echado de forma ignominiosa, algo que se ha hecho público hace una semana, he vuelto a recibirla de su verdugo en persona. Ésta, de momento, es mi oficina. Adiós, Jolanda.
—Hasta mañana.
—Hasta mañana.
—…
—…
—¿Qué te puedo decir, Pietro? Yo estas cosas no las sabía. A lo mejor me preocupaba sin motivo.
—A lo mejor, no, seguro.
—Pues entonces dejémoslo aquí y no se hable más. Si te he ofendido te pido perdón.
—Déjalo correr.
—No quería ofenderte, de ninguna manera.
—Lo sé, Carlo. Déjalo ya. ¿Te apetece comer algo? Hacen unos bocadillos estupendos en el bar de aquí.
—Oye. Ahora tengo una cita, y esta tarde tengo asuntos pendientes hasta las ocho. Pero por la noche me gustaría llevarme a Claudia a cenar por ahí, como le prometí. ¿Te parece bien?
—Faltaría más. Está que da saltos de alegría.
—¿Qué harás tú, vendrás también?
—No. Prefiere ir ella sola. Te adora. ¿Sabes qué escribió en una redacción? Escribió, textualmente, «mi tío es un mito fantástico».
—Por otro lado, así puedes aprovechar para tomarte una noche libre.
—Una noche libre, sí.
—Sí. Aparte de todo lo dicho, no estaría de más que te distrajeras un poco, ¿no?
—No siento una necesidad imperiosa, la verdad.
—Me refiero a que se trata de una cuestión de base. Uno no puede quedarse ahí, haciendo siempre lo mismo, sin desconectar nunca…
—Como una cuestión de base, vale. Tendría que distraerme un poco.
—Pues entonces hagamos una cosa: yo paso a recoger a Claudia hacia las ocho, me la llevo al restaurante y luego la llevo a casa de regreso, la acuesto y me voy a dormir a la habitación de invitados. Y tú vuelves a la hora que te parezca.
—Si salgo.
—Si sales, de acuerdo.
—También podría distraerme en casa.
—Cierto, es una idea magnífica: te quedas en el sofá viendo la tele y te duermes durante el Costanzo Show.
—Me refiero a que se trata de una cuestión de base. Para distraerse, no es obligatorio salir.
—Claro. Como cuestión de base. ¿A Claudia le gusta la cocina japonesa?
—Si tú la llevas, le gusta lo que sea. En todo caso…
—…
—…
—En todo caso…, ¿qué?
—Bueno, ahora no te ofendas tú.
—Tranquilo. ¿Qué quieres?
—Bueno, en fin, ve poco a poco con ella. No creo que esté preparada todavía para hablar de ciertas cosas.
—No soy subnormal, Pietro.
—Sí, ya lo sé, pero quiero decir, que, verás, siempre parece normalísima, nunca muestra un ápice de debilidad, un momento de tristeza, de miedo, como si no hubiera pasado nada. Su reacción es un misterio y yo no me he atrevido aún a afrontarlo.
—Misterio: a lo mejor tan sólo te está imitando a ti. Ve que tú no sufres y tampoco sufre ella.
—No sé cómo es, pero es como si hubiera encontrado un equilibrio propio, absurdo, imprevisible, y en ese equilibrio viviera día a día, evitando el problema. Lo que pasa es que, al contrario de lo que parece, debe de ser un equilibrio fragilísimo. Fragilísimo. Por eso te digo que vayas poco a poco, en todo: por lo que parece, cualquier cosa podría romperlo.
—Quédate tranquilo, hermano. Iré con cuidado. Será como caminar sobre la nieve reciente.
—Eso es, muy bien. Es eso exactamente lo que hay que hacer: caminar sobre la nieve reciente.
—…
—Por lo menos, eso creo.
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