Caos calmo
Capítulo 29
Oh, qué trágico el teléfono que suena en el corazón de la noche…
Oh, el calor de ese beso…
Me había dormido.
El teléfono está sonando. Los dibujos animados. Claudia duerme en el sofá. Está viva, respira. Oh, ese beso. El teléfono sigue sonando. Las dos y cinco. Seguro que es una desgracia. Mi padre. Carlo. Marta. ¿Qué beso?
—¿Diga?
Un murmullo, un repiqueteo. Una música en el auricular. Los niños de Marta. El beso del sueño, estaba soñando. Tengo la polla dura…
—¿Pietro?
La voz de Jean-Claude.
Silencio.
El chasquido de los pasos de la llamada intercontinental.
La música del auricular es una canción de Elton John.
—¿Sí?
Silencio. Pasos.
Ese beso formidable.
La canción es Sacrifice.
—¿Cómo estás?
—Bien. ¿Y tú?
Silencio.
Las dos y cinco de la madrugada. Ahora Jean-Claude me pedirá disculpas por haberme despertado —¿qué hora será allí? Menos ocho: las seis de la tarde—, y me dará una mala noticia.
Quito el sonido de la televisión.
Estoy preparado.
Silencio.
Pasos.
Sacrifice.
—¿Diga? ¿Jean-Claude?
Silencio. Pasos. Sacrifice.
Ese beso en la oscuridad, entre las sábanas sucias del hotel.
—¿Sí?
—¿Va todo bien? ¿Estás en Aspen?
Silencio.
Ahora pide disculpas por la hora y me lo dice.
¿Qué hotel?
Silencio.
No sabe cómo decírmelo. Seguro que es una desgracia.
El vacío inclinado…
—Sí.
Silencio. Sacrifice.
¿Sí está en Aspen o sí está bien?
Pasos.
¿O ambas cosas?
En el sueño me encontraba en un edificio sin límites.
—Jean-Claude, ¿me oyes?
Pasos. Silencio. Sacrifice.
Un edificio sin límites, sí. Una especie de ciudad cubierta.
—Sí.
Silencio.
Claudia se mueve, se gira de lado. ¿Puede caerse del sofá? En el sueño la buscaba por ese edificio sin límites y estaba lleno de angustia. No, no puede caerse. Pero ¿por qué no habla Jean-Claude? Es como si en vez de llamarme él lo hubiera llamado yo.
—Dime, Jean-Claude. ¿Qué ocurre?
Silencio. El volumen de la música baja. Sacrifice se convierte en una especie de maullido. ¿Qué ocurre?
—Mi padre era piloto de vión. —Un golpe de tos. ¿O es un sollozo?—. ¿Sabías eso?
Está borracho, eso es lo que ocurre.
—Sí.
Silencio. Pasos. Maullido.
—Y tal vez trabajaba para los servicios secretos. Borracho como una cuba, sí. Por Dios.
—Tal vez.
Jean-Claude tuvo problemas con el alcohol hace unos años. Pero lo había dejado. Por lo menos eso es lo que decía.
—¿También sabías esto?
—Sí. Me lo dijiste tú.
En el sueño estaba lleno de angustia porque tenía miedo de que Lara hubiera secuestrado a Claudia.
—Por eso nunca iba al colegio a recogerme.
Silencio. Pasos. Maullido.
—No podía, ¿lo entiendes?
Silencio.
—Pero él me quería.
Clic.
Silencio. Ya no hay pasos, tampoco maullido.
—¿Diga?
Ha colgado.
¿Y ahora? ¿Qué va a hacer? ¿Me volverá a llamar? ¿Llamará a otra persona? ¿Tengo que llamarle yo a él?
Siento angustia, mejor dicho, siento muchas angustias: la angustia del despertar, la angustia del sueño que vuelve a emerger, la angustia de ese beso, la angustia de la erección, la angustia de la desgracia que todavía aletea sobre esta llamada telefónica. ¿Qué habrá pasado? Claudia se gira de nuevo en el sofá, masculla algunas palabras incomprensibles —«saracinó», «peréstimo»… Pero luego dice «¡Tres!», y esto en cambio lo dice fuerte, claro y perentorio como si fuera una orden. Luego nada más. ¿Tres qué? ¿Qué está soñando?
En el mío, en mi sueño, ella estaba en peligro, y el peligro era Lara.
La cojo en brazos. Es ligerísima, como siempre. Como siempre, no se abandona, floja, entre mis brazos, sino que permanece rígida, anquilosada, con las piernas rectas como bastoncitos de pan. Como las ayudantes de los prestidigitadores durante los números de levitación. Como si su entrenadora estuviera allí torturándola con la perfección incluso cuando duerme.
En el sueño, Lara no había muerto. Nos habíamos divorciado y Claudia estaba bajo mi custodia. Me encontraba en ese inmenso edificio/ciudad y me sentía lleno de angustia porque tenía miedo de que Lara se la hubiera llevado con ella. Estaba todo el mundo, en ese edificio, no era ni siquiera una ciudad, era el mundo entero, un mundo cubierto. Recorría a lo largo y a lo ancho ese edificio/mundo y preguntaba sobre Claudia a todas las personas que me iba encontrando, pero ninguna de ellas sabía decirme nada al respecto. Me miraban con la arruga de la pena en la frente, los ojos agrietados por la compasión. Nadie confirmaba mi duda de que Lara se la había llevado, y sin embargo yo estaba cada vez más seguro y mi angustia iba creciendo… El sueño era éste; y, entonces, ¿dónde está el beso? ¿Dónde está el vacío inclinado? ¿Por qué tengo la polla dura?
Deposito a Claudia en su cama, lentamente, para no despertarla, y la tapo con la sábana, aunque hace bastante calor. Me quedo unos instantes mirando cómo duerme, como siempre, pero tengo las orejas erguidas para oír el teléfono de la sala de estar, no vaya a ser que Jean-Claude vuelva a llamar. ¿Qué tengo que decirle si llama otra vez? ¿Y qué debo hacer si no llama de nuevo? ¿Tengo que preocuparme? ¿Tengo que llamar al 091 de Colorado? ¿Desde aquí, a ocho mil kilómetros de distancia? ¿Podrá hacerse eso?
Ese vacío, ese beso, ¿dónde han terminado?
Apago la estrella de Ikea y me deslizo de nuevo hasta la sala de estar, a la espera de que Jean-Claude llame otra vez. Tal vez tan sólo se ha pillado un buen pedo para capear un momento difícil. Tal vez quería desahogarse, pero luego le ha dado vergüenza. Es un hombre fuerte. Un multimillonario. Tiene una niña de tres años, una esposa india, noble y bellísima. Podrá recuperarse de mil formas distintas. Si yo lo llamara podría sentirse humillado. Tan sólo puedo esperar a que me llame él. Los dibujos animados siguen sucediéndose, sin sonido. Antifaz y Mendoza. Ganan más emitiéndolos veinticuatro horas sin pausa que suspendiendo las transmisiones y volviendo luego a iniciarlas. ¿Cuántos niños habrá ahora viendo al perro Mendoza en este momento? ¿Cuántos adultos, aparte de mí? ¿Y cuántos adultos varones en plena erección?
En la mesita está el papelito con el número de teléfono del doctor Ficola. Ya. «Tienes que ir a que te vea un médico…»
En un momento dado me encontraba en la recepción de un gran hotel, lleno de gente elegantísima que iba hacia una fiesta. Había un templete de madera, en el centro de esta recepción, una especie de garita para información, de la que salía una mujer, a la que yo no veía, pese a todo, porque estaba mirando hacia abajo; tan sólo veía sus botas y eran de esas que estaban de moda cuando yo era pequeño: marrones, de piel, pegadas a la pantorrilla, con cremallera, sin esas puntas de gnomo que se llevan ahora. No tenía tiempo para ver a la mujer porque su mano me aferraba del brazo y con una fuerza inmensa, sobrehumana, pero también natural —una fuerza que respondía a una ley—, me arrastraba hasta detrás de una puerta de seguridad, haciendo saltar el tirador antipánico con un golpe de kung-fu. De nuevo tan sólo veía su bota años setenta, que restallaba en el aire como un látigo; de nuevo no tenía tiempo de verla a ella, porque para entonces ya estábamos del otro lado de la puerta y del otro lado de la puerta estaba la oscuridad, y, lo que es peor, el vacío…
Vale, ese vacío.
Jean-Claude no vuelve a llamar. Donde él está son las seis y cuarto de la tarde. Aspen fuera de temporada debe de ser terrorífico, como cualquier lugar de moda fuera de temporada. Si se hubiera muerto su padre hoy, en algún hospital de Marsella, y él acabara de enterarse, y se hubiera bebido tres o cuatro whiskies seguidos delante de la chimenea sintiéndose culpable por haberlo dejado morir solo, y si le hubieran entrado ganas de desahogarse conmigo, así, porque es un momento en que amigos le han quedado pocos, su llamada telefónica no sería tan extraña…
Ese vacío. Ese vacío no es el vacío absoluto, torricelliano: es un vacío sólido, por decirlo de algún modo, neumático, elástico y, sobre todo —eso es—, está inclinado; de manera que, aunque la tierra de repente desaparezca bajo nuestros pies, la mujer y yo no nos precipitamos sino que más bien empezamos a deslizarnos en el aire, en diagonal, velocísimos y locos de adrenalina como en un Aquapark. Es una emoción fantástica, que quita la respiración: nos deslizamos hacia abajo, disparados a lo largo de ese intestino de aire negro: un aire que nos sostiene y al mismo tiempo nos tira hacia abajo, que nos frena pero que también nos acelera, que no tiene consistencia pero que la tiene, y la mujer sigue sujetándome del brazo, y esa presión ahora me habla, confía en mí, me dice, no tengas miedo, no te resistas a mí, no te resistas a nada, nunca…
Pero el padre de Jean-Claude murió cuando él tenía veinte años y también su madre hace ya bastante tiempo que desapareció. ¿Por qué me ha llamado, entonces? ¿Por qué no me llama otra vez? ¿Cuál es la desgracia?
Nuestra caída en picado termina cuando tiene que terminar, un instante antes de que el corazón me estalle en el pecho, con un largo y suave aterrizaje en un mar de telas, y la mano que me aferra me dice que se trata del montón de la lencería sucia del hotel que está encima de nosotros: el hotel/ciudad, el hotel/mundo. Todavía hay una oscuridad impenetrable, y ahora la mujer con botas me ayuda a levantarme, aunque ahora ya no exista ni arriba ni abajo, y más que levantarnos en realidad nadamos en esta placenta de lencería sucia que nos traga y nos sostiene, y estamos de pie pero estamos echados, somos los astronautas que flotan en el cosmos, y respiramos el olor íntimo del mundo, el olor áspero, penetrante y, sin embargo, también tranquilizador de todos las bragas, y las fundas, y las medias, y las camisetas, y los manteles, y los camisones, y las sábanas sucias del mundo. Y ahora me abraza la mujer, y es líquida y cálida como el mercurio, y yo también me siento así, me siento como ella, me siento ella, y el beso que nos damos —ya está aquí— es la natural evolución de esta consustancialidad. Terminal, oxhídrico, definitivo, es el beso absoluto, el ur-beso, que nos disuelve y nos hace diluirnos el uno dentro de la otra, y nos dispersa en la caótica belleza del universo…
Guau, qué sueño. A saber si mañana me habría acordado de él, sin la llamada de Jean-Claude. La luna casi llena brilla con su buena cara de tonta, enmarcada por el armazón de la ventana. No: yo no me acuerdo nunca de los sueños. Jean-Claude esta noche ha hecho algo por mí: me ha despertado, me ha permitido recordar para siempre ese vacío inclinado, ese beso demencial. Yo, en cambio, no he hecho nada por él. Está allí, huérfano, borracho, derrotado, escuchando a Elton John, y aunque éste fuera el momento solemne, el momento en el que se sube al taburete del cuarto de baño y mete la cabeza en el cabo hecho con hilo eléctrico, yo estoy aquí, en el sofá, con la polla dura mirando Antifaz y Mendoza, y no puedo hacer nada para impedirlo. Ésta es la verdad. Oh, doctor Ficola, ¿por qué siempre es tan poco lo que puedo hacer por los demás? ¿Quién era esa mujer? ¿Por qué me sigo empalmando en vez de sufrir?
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