Caos calmo
Tercera parte
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No hay otoño, este año. Con una tormenta histórica que ha inundado todos los sótanos de Europa, y una secuela de frío, niebla y humedad que ha durado semanas, ha empezado directamente la gangrena del invierno, borrando incluso el simple recuerdo de ese octubre fantástico del que veníamos. Un mensaje muy claro: «Se acabó la juerga, muchachos»; tal vez sea un poco áspero, pero no trae ninguno de los fenómenos catastróficos que habían sido asociados con la prolongación excepcional del calor. Aquel clima era un don: ahora todo el mundo lo ha comprendido.
Con el cambio de estación han cambiado las costumbres de la gente. Nunca me había fijado en lo mucho que moldeamos nuestras costumbres según el tiempo meteorológico: los horarios, los trayectos, las pausas, todo. Estos barrios que me eran tan familiares que hasta podía ver las cosas manteniendo los ojos cerrados, se han convertido en algo nuevo y casi desconocido. Algunas personas la verdad es que han desaparecido —el paquistaní que limpiaba los parabrisas, por ejemplo—, otras han cambiado de horario y de costumbres, pero sin dar la impresión de que improvisan: casi como si junto con la ropa de abrigo hubieran sacado del armario también las costumbres invernales. Como resultado también se ha visto afectado el otro tiempo, Cronos, que se ha reorganizado él también con nuevas concatenaciones. Yo, que estoy aquí parado durante todo el día, me doy cuenta perfectamente de ello: si antes cierta sucesión de pasos aparentemente casuales estaba, en realidad, estructurada de una manera férrea, hasta el punto que podría ser expresada en términos matemáticos (por ejemplo: Matteo y su madre que van a la sesión de fisiokinesioterapia + viejo que sale del portal, se enciende un cigarrillo y se marcha + chacha que pasa con las bolsas de la compra — marcha del guardia urbano + llegada de la furgoneta que limpia las papeleras – Matteo y su madre que salen de la sesión de fisiokinesioterapia + las primeras dos empleadas de la agencia de viajes que hacen el descanso para el café — marcha de la furgoneta que limpia las papeleras + las otras dos empleadas de la agencia de viajes que hacen el descanso para el café = llegada de Jolanda y Niebla), lo mismo ha seguido pasando también luego, con una combinación de elementos nuevos o modificados. Como el redimensionamiento del papel de Jolanda, que ha dejado de pararse en el parque y se limita a pasar apresurada con Niebla de la correa (ambas son criaturas decididamente estivales), la desaparición de la chacha y la transformación del descanso para el café de las empleadas en la fugaz aparición de una de ellas, por turnos, que va al bar a recoger los cuatro cafés y se los lleva a la oficina, parecen en cierta medida corresponderse con el aumento en importancia del viejo fumador: ahora ha dejado de desaparecer inmediatamente después de haberse encendido el cigarrillo y ha empezado a detenerse largo rato bajo la marquesina del quiosco, expuesto a esa humedad que no debe de sentarle nada bien a su salud, en su esfuerzo de implicar al quiosquero en conversaciones que pese a todo se quedan más bien estancadas. Matteo y su madre pasan únicamente en días alternos y han cambiado de horario: su paso se coloca ahora entre la marcha del guardia urbano y la llegada de la furgoneta para las papeleras. Casi todos los secundarios en bicicleta han desaparecido y son muchas más las personas que se quedan paradas fumando un cigarrillo en el exterior de las tiendas. Son pequeñas cosas, lo sé, pero no tan insignificantes como pensaba, porque la vida de toda esta gente, incluido yo, parece depender también del orden que conseguimos darles. Y las más de las veces el único orden que podemos concebir es la repetición a ultranza de las mismas acciones, realizadas del mismo modo, en el mismo lugar y a la misma hora; tan sólo las fuerzas externas nos obligan a cambiar, pero nosotros nos adaptamos al cambio y empezamos de nuevo a repetirnos en nuestras nuevas acciones. Tomemos mi ejemplo: ahora estoy en el coche, con la calefacción encendida y las ventanillas empañándose, pero cuando veo llegar el microbús que lleva las comidas al colegio, salgo y me voy al bar, y esto para evitar encontrarme con la maestra de Claudia que sale al cabo de poco rato (Gloria los lunes, miércoles y viernes; Paolina, los martes y jueves); y cuando regreso, después de haberme comido un sándwich (ensalada de pollo), bebido un vaso de agua, tomado el café y leído de cabo a rabo la Gazzetta dello Sport sobre el mostrador de los helados, casi siempre cuento con que Claudia se asome por el ventanal mientras vuelve del comedor, me vea y me salude. Y si un día sucede que no se asoma, o que se asoma cuando yo ya he vuelto al coche, tengo la sensación de que algo ha salido mal y mi humor se resiente de ello.
Junto al invierno han llegado también muchas otras cosas. Llegó una llamada telefónica de Jean-Claude, en primer lugar, que me tranquilizó con respecto a su estado: me hizo un montón de preguntas, sobre Claudia y sobre mí, pero también sobre la situación en la compañía, hasta el punto de hacerme pensar que debo de ser para él la única fuente de información que le queda. Le expliqué que Thierry me había ofrecido su puesto, y él dijo «típico»; pero no le hablé de las acusaciones que están haciendo sobre su persona, entre otras cosas porque seguramente él ya las conoce. Sobre sí mismo me dijo solamente que disfruta de Aspen fuera de temporada, está tranquilo y lee Coriolano. Ni una sola palabra sobre la llamada nocturna que me había preocupado: como si nunca la hubiera realizado.
Luego llegaron las postales, de Enoch desde Zimbabue y del hombre que me llamaba señor desde Roma, y, algo curioso, llegaron el mismo día. La de Enoch era una composición con fotografías (de las Cataratas Victoria, de un majestuoso elefante africano, de una manada de gacelas) más un mapa del Parque Nacional de las Cataratas Victoria en el que, sobre el extremo oriental, había una flecha con la leyenda en rotulador «Nous sommes par là», mientras que el texto decía simplemente «Un abrazo». La del hombre que me llamaba señor, en cambio, era la clásica imagen de San Pietro desde la perspectiva de la calle de la Conciliazione, y el texto era un también clásico «Saludos».
Y naturalmente llegaron las personas, pero éstas también cambiaron, del mismo modo que cambió mi manera de recibirlas. Antes eran Piquet, Enoch, Marta, Carlo; ahora, mi secretaria, Basler, Tardioli. Antes charlábamos sentados en el banco, o en la mesita fuera del bar, o de pie a la sombra de un plátano; ahora tenemos que estar encerrados en el coche, y todo parece más forzado, incluido el hecho de que yo esté aquí. Con las nuevas personas han llegado también nuevos problemas, nuevas historias, nuevos dolores, que me encuentran sin embargo mucho más distante que antes, lo que alimenta el equívoco sobre mi presunto sufrimiento, o, dependiendo de los puntos de vista, mi presunta condición de lameculos. Annalisa, mi secretaria, que cuando el tiempo era hermoso nunca venía y que para hacerme llegar los documentos que debía firmar me los enviaba por mensajero, ha empezado a venir con cierta regularidad, incluso para cosas banales, revelando en mi opinión esa fragilidad enteramente invernal de la que adolecen algunas mujeres, que las empuja a salir y a desafiar la lluvia antes que quedarse solas en una habitación poco luminosa sin ser miradas por nadie. Por lo demás, sigue sin tener novio, y uno no entiende por qué. Hablando con ella me di cuenta de que el asunto de mi rechazo de la presidencia se había filtrado, por lo menos como un rumor —y aquí hay dos opciones: o ha sido Thierry o ha sido Jean-Claude—, pero yo me guardé muy bien de confirmarlo o desmentirlo, lo que creo que la decepcionó. Basler, el jefe de prensa, por el contrario, vino un día para comunicarme que había empezado el ajuste de cuentas y que las cosas para los hombres cercanos a Jean-Claude se estaban poniendo mal. Dijo que los franceses habían empezado a tocar las pelotas de manera estratégica, sistemática; y también me habló de Elisabetta Oberti, otra de las niñas de los ojos de Jean-Claude, a la que literalmente habían crucificado con una serie de pretextos referidos al programa de cine semanal del que ella se encargaba —toda una serie de cosas que en su momento había decidido Jean-Claude en persona, como los caracteres y las dimensiones de los subtítulos o el uso del jumpcut para editar las entrevistas—, hasta que ella, agotada su capacidad de resistencia, dijo que se rebeló contra los dos sicarios enviados por París para verificar el montaje y los mandó a tomar por culo al grito de «¡Pero qué coño queréis enseñarnos, galos de mierda, que cuando vosotros todavía estabais en vuestros palafitos nosotros ya éramos maricas!». Pero a pesar de todos sus esfuerzos por resultar simpático y demostrar complicidad, Basler apestaba como una barrica de sardinas: qué casualidad, él que se encuentra en la encrucijada de los flujos de información, dentro y fuera de la compañía, no hizo la más mínima mención a mi rechazo de ocupar el puesto de Jean-Claude, como si no estuviera al corriente, cosa imposible, dado que lo sabía hasta Annalisa. La impresión que saqué es que estaba cumpliendo una especie de misión, aunque no tengo ni idea de para quién ni con qué fin; por eso permanecí callado, sin expresar ni una opinión siquiera, representando hasta la médula el papel de viudo aturdido. Hay algo, no obstante, que es cierto: junto con el invierno ha llegado de verdad el tiempo shakespeariano del que hablaba Jean-Claude, el que está repleto de traiciones y de paranoia, que vaciará la compañía de su humanidad residual y que al final le dará la razón a la fatídica blasfemia de Enoch.
Y, hablando de paranoia, justo cuando empezaba a preguntarme por qué no hacía su aparición Piquet, llegó Tardioli con la historia de su espectacular salida de escena: la historia del hombre-casuario y del portalatas extraíble. Dijo que Piquet había comprado on-line un portátil directamente a una empresa taiwanesa, y esto ya lo sabía, porque tenía que ir a recogerlo precisamente una de las mañanas que estuvo aquí; y dijo que era una auténtica bestia el portátil ese, algo así como ciento sesenta gigas de memoria, pantalla ultraplana, wireless, Centrino, todo: un objeto de tres mil dólares y pico. Dijo que Piquet estaba orgullosísimo porque, entre otras cosas, ese portátil tenía también un portalatas extraíble, lo que, a juzgar por lo mucho que hablaba del tema, parecía que le entusiasmaba más que todo el resto. En su opinión, aquel chisme celebraba la magnificencia de nuestra era decadente, capaz de concebir un accesorio tan refinado únicamente para no dejar esa señal circular en la repisa del escritorio. Accesorio que, a pesar de todo, nadie había logrado ver —oían hablar del tema y nada más— porque Piquet no llevaba el portátil a la oficina, lo tenía en su casa. Pero este portalatas extraíble empezó casi desde el principio a darle problemas: que si no era de la medida adecuada, que si se cerraba de pronto volcando la lata, hasta que un día Piquet se presenta agitadísimo en la oficina y pide ayuda así, en general, porque tiene que escribir un e-mail en inglés al centro de asistencia de Taipei —a él el inglés se le da fatal— para referirse a la rotura del portalatas extraíble: una hora y media perdida para descubrir cómo se dice en inglés «portalatas extraíble», toda la segunda planta implicada, toda paralizada. En primer lugar, ¿cómo se dice portalatas: cup-holder, can-holder, bottle-holder? Heidi, la secretaria de Tardioli, es alemana, pero habla el inglés a la perfección porque su madre es australiana, y se decantaba decididamente por cup-holder, pero Piquet estaba obsesionado con las latas e insistía en canholder, hasta que Ginanni, el que se encarga de los derechos de los deportes, bajó hasta el aparcamiento para verificarlo en el libro de instrucciones de su Pontiac, que está lleno precisamente de portalatas, y puso fin a la discusión: cupholder. Luego estaba el problema del adjetivo «extraíble», entre otras cosas porque nadie había comprendido muy bien cómo funcionaba el chisme ese: pero al final Piquet hizo un dibujito en la pizarra de la sala de reuniones y entonces se llegó a la conclusión de que era una especie de bandeja perfilada que entraba y salía del lado del ordenador, y entonces Heidi determinó que en inglés tendría que definirse como sliding: sliding cup-holder. De manera que Piquet envió su e-mail sobre el sliding cup-holder roto a ese servicio de asistencia on-line taiwanés que tendría que contestar en tiempo real, pero comoquiera que allí sería de noche la respuesta tan sólo llegó al día siguiente, y la respuesta fue: «¿Qué sliding cup-holder?». Dijo que entonces Piquet se cabreó como un animal, y que le dio una patada al refrigerador de agua despotricando contra esos del servicio de asistencia on-line taiwanés que ni siquiera sabían qué accesorios tenían los ordenadores de los que tenían que ofrecer asistencia; y que tendrían que haberse dado cuenta en ese momento de que a Piquet se le iba la olla, porque su reacción fue verdaderamente exagerada, de auténtico neurótico; pero dijo que para entonces ya estaba todo el mundo tan intrigado por el asunto ese del portalatas extraíble que lo calmaron, y Heidi se fue allí y se puso a intercambiar e-mails en inglés con esos chinos para explicar bien todo ese asunto. Escriben: «El sliding cup-holder del que está provisto su ordenador portátil»; y los chinos que responden: «No tenemos constancia de que en ese modelo exista un accesorio de ese tipo». Escriben: «Pues no es así porque se da el caso de que acabáis de venderme uno a mí, pero el sliding cup-holder se ha roto inmediatamente, además de que el diámetro de las latas para el que está concebido no se corresponde con el estándar occidental»; y, entonces, los chinos, con curiosidad: «Pero ¿dónde se encuentra exactamente ese cup-holder?»; y ellos (para entonces, dijo, todo el mundo se encontraba en torno a Heidi y a Piquet, toda la segunda planta), «se encuentra en el lado izquierdo del objeto»; y los chinos, de nuevo en tiempo real, desde Taipei, «¿en qué punto, exactamente, respecto a la entrada de CD/DVD, que en ese modelo se encuentra precisamente en el lado izquierdo?». Y aquí dijo que Piquet se quedó blanco. Literalmente, dijo, un fantasma. «¿Qué entrada de CD/DVD?», dijo. Dijo que hubo un gran azoramiento, a medida que se iban dando cuenta; pero antes de que alguien pudiera decir nada, Piquet salió corriendo de allí, y dijo que a partir de ese momento nadie ha sido capaz de localizarlo: el móvil apagado, el contestador de casa desconectado, nada.
Tardioli ha vuelto otras veces, muchas otras veces. Es un chico tímido, inseguro, visiblemente inclinado a la depresión, pero también lúcido y creativo, a quien por consejo mío Jean-Claude sacó de la vía muerta de las Autopromociones para confiarle la responsabilidad de los Grandes Acontecimientos, lo que hacía que trabajara en estrecho contacto con Piquet: y, por mucho que el asunto puede parecer demencial, para él Piquet se había convertido en el último punto de referencia en una compañía devorada por la fusión, razón por la cual ahora se siente solo y desorientado. He intentado ponerme en su lugar y no debe de ser fácil: el director que te ha valorado, plantado como un guardacantón delante de un colegio de primaria; el jefe de la oficina de personal con el que hablabas de tus problemas, huido a África para ejercer de misionero laico; el colega más experto con el que trabajabas, desaparecido después de haber confundido un lector de CD con un portalatas. Es como para deprimirse. Y dado que me fío de él, porque no está en ninguna misión, y viene aquí porque necesita solamente normalidad, he hablado con él. No es que hayamos tenido grandes conversaciones, pero respondí a su pregunta de si era verdad que me habían ofrecido el sillón de Jean-Claude y que lo había rechazado, y le di el consejo que me parecía que necesitaba: aceptar la indemnización que se les va a ofrecer a todos tras la fusión y buscarse un trabajo en otra parte. También aquí, no obstante, se ha generado un equívoco, porque este consejo se lo di pensando exclusivamente en su bien, mientras que él debe de haber pensado que yo tenía conocimiento de a saber qué clase de informaciones reservadas con respecto a los futuros proyectos del grupo, y se asustó. Por mucha confianza que tenga en mí, la verdad, es probable que no me creyera cuando le dije que esa fusión no me importa lo más mínimo y que la presidencia la rechacé por una simple cuestión de deferencia con respecto a Jean-Claude; al contrario, el mero hecho de que me fuera ofrecido su sillón debe de brillar en su mente como el chivato que señala mi profunda implicación en las maniobras relacionadas con la fusión, señal confirmada también por este privilegio absurdo del que disfruto de poder quedarme aquí ocupándome de mis cosas en vez de malograrme en la oficina como todos los demás. Por eso, al final, creo que mi consejo se lo tomó más que nada como un preanuncio de su despido y esto me disgusta; pero sobre el hecho de que lo mejor que puede hacer un muchacho como Tardioli es cambiar de aires de eso no tengo ninguna duda, por tanto tiene poca importancia que se tomara mi consejo como una amenaza; lo importante es que se espabile para encontrar otro trabajo y acabe cuanto antes con esta historia. Por otra parte, también estoy seguro de que por mucho que intentara explicarle cómo están las cosas realmente, hablándole con toda sinceridad de la confusión creada en mí por ese dolor que sigue sin llegarme, no habría hecho otra cosa que seguir alimentando el equívoco, como en la película Bienvenido Mr. Chance, cuando el protagonista repite que él es un jardinero y todo el mundo se lo toma como una confirmación de que es una eminencia gris, temible y poderosa. A estas alturas las cosas han adquirido este cariz y ya no hay nada que hacer: el propio Tardioli me confirma que allí se habla más de mí que de la fusión y que, en cualquier caso, ambos temas se consideran íntimamente relacionados, el asunto de la presidencia rechazada se convierte en el eje de todas las discusiones, la clave de toda conjetura, objeto de cotidianas y de bizantinas interpretaciones.
De todas formas, en la medida de lo posible, con él intento hablar de Piquet: le pregunto si ha dado señales de vida o si se han recibido noticias sobre él, como si estuviera preocupado por él, pero en realidad lo que deseo es tener noticias sobre Francesca, su mujer, y sobre su hijo Saverio. Que Piquet acabaría dando la campanada yo ya lo sabía, y francamente no me importa un pimiento, pero no consigo resignarme a ver desaparecer junto con él a esos dos gigantes, de los que me gustaría en cambio seguir teniendo noticias: sobre todo me gustaría saber si son de verdad como me los imagino cada día, suspendidos en el líquido amniótico de su burbuja psicótica, la una en el acto de soltarle alguna bien gorda al portero de su edificio; el otro gobernando sin tregua el rebaño infinito de los números naturales; o si más bien —por desgracia, se me ocurre decir— Piquet se lo había inventado todo, y el resplandor que refulge en la negrura de su sufrimiento es tan sólo un tributo de amor concebido por su mente hecha polvo. Tardioli, sin embargo, es un muchacho reservado, no se suelta, y he tenido que ser cada vez más explícito, hasta preguntarle si había pensado en llamar a la novia de Piquet, por lo menos, o a su esposa, lo justo para no seguir preocupados, y él me ha contestado que a pesar de que lo había pensado no había podido hacerlo porque de su novia no sabe el apellido, y a la esposa no la ha visto ni conocido nunca. El apellido de Francesca yo tampoco lo sé, pero le he dicho el nombre del estudio de diseño donde trabaja, porque ése sí que lo sé —es el Studio Elle del Paseo Lodi—, y Tardioli me ha asegurado que la llamará allí. He intentado también hacerlo hablar de ella, le he preguntado desde cuándo la conoce, qué clase de mujer es, y él me ha dicho que tan sólo la vio una vez, cuando estuvo cenando en casa de ellos, el verano pasado: «Una mujer hermosa», ha dicho, «muy simpática y todo». Stop. No me ha dado ninguna pista para entender si ese «y todo» contenía el recuerdo de ella pidiéndole a Piquet que tirara la ropa por la ventana.
Y luego ha venido Eleonora Simoncini. Con ella también ha cambiado todo, pero esto no depende del cambio de estación. Claro está, los vestidos invernales la hacen mucho menos atractiva, pero no por eso ha dejado de causarme el efecto que antes me causaba. El hecho es que la teoría del abogado Romano no ha funcionado: entre nosotros no se ha establecido ninguna sociedad simbiótica, es más, todo lo contrario, se he creado una incómoda sensación de complicidad por lo que fue sin duda alguna el acto más salvaje e inconsciente de nuestras vidas. Quedó muy claro enseguida, cuando apareció por aquí, un par de días después, acompañada por el estallido de un atronador temporal, y ninguno de los dos sabía qué decir. Encerrados en el coche, el mundo desaparecido tras una espesa cortina de lluvia, el estruendo de los rayos que activaba las alarmas de los coches: estoy seguro de que si esa escena hubiéramos tenido que escribirla para una película habría quedado intensa, sensual y hasta romántica; pero teníamos que vivirla, y eso era otro asunto muy distinto. Podíamos ver literalmente cómo nuestros pensamientos se condensaban en torno a ese único punto crucial: habíamos hecho algo verdaderamente sucio, era ridículo intentar barrerlo bajo la alfombra para transformarlo en una relación, porque lo habíamos hecho con un cuarto de siglo de retraso, ésa es la cuestión, y si a los veinte años puede ser garboso y a lo mejor hasta constructivo encularse en el jardín de casa con el peligro de ser sorprendidos por los padres, resulta algo idiota y casi criminal hacerlo a los cuarenta y cinco con el peligro de ser sorprendidos por los hijos; y aunque yo hubiera sido el principal responsable —mía era la casa, mía la iniciativa, mía la hija—, ella lo había hecho como lo había hecho yo: como yo se había mostrado dispuesta a jugar al azar con el sueño de una niña, y como yo aún tenía costras en las rodillas para demostrarlo. Y ahora estábamos allí, en la grisura de un habitáculo aporreado por la lluvia, sin ninguna promesa que hacernos mutuamente, ninguna palabra que pronunciar, ningún futuro, y hasta el mero hecho de mirarse resultaba penoso. Rígida, sentada en el borde del asiento, con los ojos patricios oscurecidos por el velo de la humillación, ella también se daba cuenta de que no había nada que hacer, porque más acabado que lo que estaba no podía estarlo entre una hombre y una mujer. «¿Y ahora?», dijo, «¿qué planes tienes?». Estaba claro que no había ironía capaz de rectificar el curso de las cosas, pero creo que en ese momento no se podía decir nada mejor y que el silencio era duro de soportar. Me parece que sonreí, mientras señalaba con la barbilla hacia fuera de esa especie de tren de lavado natural que nos tragaba, en dirección a la mole negra del edificio del colegio. «Ahí los tienes», dije; y se me pasó por la cabeza una historia para explicársela, algo que me sucedió hace muchos años y que parecía perfecta para hacerle comprender cómo me sentía. Pero era demasiado larga, y para nosotros el tiempo se había terminado. «Adiós», dijo ella, y salió, empapándose perdidamente para llegar hasta su Mercedes bajo los cántaros que el enfurecido cielo iba echándole encima.
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