Caos calmo
Capítulo 38
Nieva de nuevo. La ciudad está paralizada, estamos detenidos en un atasco. Claudia está sentada junto a mí, cansada, acalorada. Está empapada, porque a la salida del colegio ha jugado a lanzarse bolas de nieve con sus compañeros, chicos contra chicas. Yo la he dejado hacer, aunque mañana y pasado tiene competición y podía hacerse daño; y he dejado también que se sentara en el coche completamente mojada: no me importa si se estropea la piel de la tapicería. Para ella esto tiene el aspecto de ser un momento mágico, una regresión al fondo de esa infancia que está a punto de abandonar: hacer sin pensar, sentir alegría, emoción, placer, sin la más mínima preocupación por el después: sería un delito estropeárselo. Se acordará de esto, probablemente, cuando sea la mujer que todavía es tan difícil imaginarse en ella: aquel día que nevó, cuando todavía iba a la escuela primaria, y a la salida nos lanzamos bolas de nieve contra los chicos. Pero, sobre todo, he pensado que llamarla de vuelta a la realidad mientras estaba tan embriagada de presente —hacer que se preocupara ahora por las competiciones, por el peligro de hacerse daño, o incluso por la tapicería de mi coche—, sería en la práctica equivalente a recordarle que su madre está muerta. Por eso la he dejado hacer, la dejo hacer: está dentro de una burbuja, esta niña, y todo lo que puedo hacer por ella es evitar rompérsela. Tengo que esforzarme por ser ligero como ella. Por ejemplo: no tengo que pensar en la jornada demencial que he vivido, no tengo que pensar en que probablemente he perdido mi trabajo, y justo el día en que podría haberme convertido en un…, eso mismo: no tengo que pensar en ello. Tengo que sintonizarme en la misma frecuencia purísima de su jadeo, de su agotamiento sin pasado ni futuro. Tengo que esforzarme en estar yo también dentro de la burbuja. Nieve. Hormonas. Emociones. Silencio. Pero el silencio, no sé por qué, no logro soportarlo. Tengo que hablar.
—Habéis hecho una buena guerra —digo.
—Sí, pero ¿has visto lo que ha hecho ese capullo de Mirko?
No debo regañarla por la palabrota: es lo que hacía siempre Lara.
—¿El que le ha metido a Benedetta nieve por el cuello?
—La ha hecho llorar, mezquina.
Mezquina… De esto sí que se puede hablar.
—¿Mezquina? ¿Y dónde has aprendido esta palabra?
—¿Por qué? ¿Es vulgar?
—No, al contrario, pero si uno no es siciliano, con ese significado resulta muy rebuscada.
—La dice siempre la Roxanna. —Se vuelve, sonríe—. ¡Eh, si es verdad que la Roxanna es de Sicilia!
Atención: Roxanna es esa que vive en una casa de acogida. No es huérfana, pero su madre y su padre están en un centro. Tema que hay que evitar. Y Lara de apellido se llamaba Siciliano. Hay que cambiar de carril de inmediato.
—En romano se diría porella —digo.
—¿Porella?
—Sí. Pobrecita, poverella, porella.
—Y en milanés, ¿cómo se diría?
—¿En milanés? No lo sé: pora stella.
Me mira, reflexiona.
—Algo así como pobre estrellita.
La verdad es que hoy es un lío. Pobre estrellita sería ella…
—No lo sé. No he aprendido nunca el milanés. ¡Yo soy de Romaa!
Levanto la voz, toco el claxon, saco el brazo por la ventanilla, hago los cuernos: cosas que en este atasco me hacen parecer uno de los muchos neurasténicos que han perdido la paciencia, cuando la verdad es que no me importa lo más mínimo estar haciendo cola: es tan sólo un pequeño espectáculo para hacer reír a Claudia. Y Claudia se ríe.
—Otra cosa —digo—. Después de las competiciones, ¿por qué no vamos al Acuario de Génova, durante el puente?
En vez de seguir sonriendo, Claudia frunce el ceño.
—Pero ¿y el tío? ¿No se queda hasta el martes?
Mierda.
—El tío no va a venir, estrellita.
—Pero si había dicho que vendría hoy y se quedaría todo el puente de Sant’Ambrogio.
—Sí, pero no puede. Tiene que irse a Londres.
—¿Qué tiene que hacer allí?
—Bueno, me imagino que ir a tranquilizar a alguna diva caprichosa. Elizabeth Hurley. Britney Spears. Ya sabes lo que pasa, son tan frágiles…
—Vamos a ver, él se va para allá, ¿y qué hace para tranquilizarlas?
—Hablaba por hablar, estrellita. No le he preguntado qué va a hacer allí. A lo mejor asistir a alguna velada de gala. O entregar algún cheque para salvar a doscientos perros. O a lo mejor tiene que darle un premio…
Está decepcionada, muy decepcionada. Pero esto no podía ahorrárselo. Esto tenía que tragárselo a la fuerza.
—Es para algo importante, seguro, estrellita. El tío es un personaje público. Tiene que pagar el precio del éxito.
La sirena de una ambulancia empieza a destacarse por detrás de nosotros, en el carril completamente paralizado. Me pregunto cómo lo hará para pasar.
—Y de todas maneras —continúo—. En navidades vamos a ir a la montaña con él. Me lo ha jurado, aunque se hunda el mundo. A Saint Moritz.
Me mira de reojo, desconfiada. Le sonrío.
—Serán unas bonitas navidades, ya lo verás —digo—. Tú, yo y el tío, en la nieve.
Ya. Si no se rompe la burbuja.
—Por cierto, ya que hablamos del tema podrías decirme qué quieres de regalo.
—¿Para navidades? ¿Ahora?
—Bueno, ahora ya falta poco. Ya han colocado los adornos. ¿Qué te gustaría?
—Todavía no lo he pensado.
—¿No hay nada que te gustaría tener?
Claudia baja la cabeza, mira hacia abajo y se pone a pensar. Llegará a ser una de esas mujeres sensuales que cuando piensan miran hacia abajo.
—Una Bratz —dice.
—¿Una qué?
—Una de esas muñequitas que en vez de cambiarles los zapatos les cambias los pies. Las Bratz.
—Estrellita, yo me refería a algo más grande. Algo que desees de verdad. Una cosa importante.
—¿Una mochila de la Eastpack?
—No, no nos entendemos. Ésos son unos regalos cualesquiera.
—Oye, que la mochila de la Eastpack cuesta un riñón.
—Lo sé, pero todas lo tienen. Yo me refería a algo más exclusivo. Un deseo tuyo. Verdadero. Profundo.
Claudia baja de nuevo la cabeza y permanece un rato inmóvil. No comprendo cómo puede haberlo hecho, pero la ambulancia se ha acercado: el ruido de la sirena es mucho más fuerte.
—No tengo.
—No lo creo. Siempre hay algo que se desea. Estoy seguro de que si lo piensas un rato te vendrá a la cabeza. Venga, piénsalo…
¿No sería mejor, por el contrario, dejarlo estar? ¿Dejarla en paz? Pero el hecho es que hoy el silencio no lo soporto, me produce ansiedad. Ahora más que antes, con esta sirena que está desgarrándolo.
—Oh —vuelvo a la carga—, naturalmente me refiero a algo que no se tenga que comprar forzosamente.
Claudia coge aire, como si fuera a decir algo, pero luego se ha vuelto hacia un lado, apoya la frente en la ventanilla y permanece callada. Parece que de repente necesite mirar hacia fuera, llenarse los ojos de escaparates, objetos, gente, semáforos, edificios y coches encajonados en el atasco. Ya no nieva y hay una luz triste: una no-luz, se me ocurre, o tal vez un todavía-no-oscuro.
—Algo que desees que suceda.
¡Ya basta! ¿Por qué sigo agobiándola? Así la estoy encaminando hacia el único deseo que nunca podrá ser satisfecho. ¿Qué me ocurre, me he hecho tan adicto a ver sufrir a la gente que también la quiero ver sufrir a ella?
Callado. Tengo que quedarme callado.
El ulular de la sirena empieza a hacerse verdaderamente cercano, dramático.
Callado.
Callado.
—Bueno, sí que hay algo —dice Claudia, sin despegar la frente de la ventanilla.
—Oh, ¿lo ves? ¿Y de qué se trata?
—Es una especie de…
Y de repente la ambulancia está detrás de nosotros. Claudia se interrumpe, porque ahora el ulular de la sirena es fortísimo, desgarrador, insoportable, y soy yo quien tengo que abrirle paso; sí, pero ¿cómo? Durante unos segundos no sucede nada, no tengo ni un centímetro a mi disposición para hacer ninguna maniobra en ninguna dirección, y la sirena sigue perforándonos los tímpanos; pero luego la masa de los automóviles de delante de mí se parte como una corteza de hielo, abriendo una larga hendidura practicable, y ahora el espacio para pasar lo tendría, pero yo no puedo todavía echarme a un lado, la ambulancia todavía está parada detrás de mí, su ridículo rótulo escrito al revés es rectificado por mi espejo retrovisor, y el ulular de la sirena se ha convertido en un concreto acto de acusación dirigido personalmente a mí, para culpabilizarnos de lo que pueda ocurrir si no nos quitamos de en medio. No me queda más opción que la de ir avanzando yo mismo por el fiordo que se ha abierto entre los coches, y lo hago, atravieso este Mar Rojo de plancha, perseguido por la ambulancia ululante, avanzo pero sigo sin encontrar un agujero donde apartarme para dejarla pasar, y entonces acelero y me la llevo detrás, le abro literalmente camino, me incorporo a su urgencia sumando mi claxon a su sirena, y esto es lo peor de todo, porque ahora es como si fuéramos uno de esos coches desesperados que a veces se ven correr tocando la bocina y pegados a las ambulancias —por regla general, detrás, a decir verdad, no delante—, todos comprendemos el porqué, y su carrera es más trágica que la de la propia ambulancia, porque no lleva nada luminoso ni profesional, y únicamente transmite angustia. Nosotros ahora somos esto: un grumo de angustia que escolta hacia el hospital a una persona querida que tal vez en este preciso instante está muriendo…
Por fin llegamos a un semáforo. Está en rojo, pero yo tiro recto lo suficiente para meterme en el centro del cruce, que está bastante despejado, así puedo hacerme a un lado y detenerme. La ambulancia pasa a nuestro lado como un proyectil, cayendo de lleno sobre la cola del otro lado del cruce y empezando a disgregarla a golpes de sirena. Es tragada, avanza con lentitud, a la fuerza, como un barco rompehielos, y el tormento que acaba de terminar para nosotros empieza de nuevo para alguien. Yo giro a la derecha, al azar. Tendría que seguir recto, pero quiero dejar bien claro que nosotros con ese drama no tenemos nada que ver. Lo quiero dejar bien claro conmigo mismo y con Claudia, en primer lugar: esa tragedia no nos concierne. Nosotros simplemente nos hemos encontrado en su camino. Nosotros estábamos hablando de regalos y de deseos: estábamos serenos, estamos serenos. ¿O no?
Miro a Claudia. Está tranquila, impasible: como si nunca hubiera sido afectada por tragedias y ambulancias. No hace comentarios. No me pregunta por qué he girado en vez de seguir recto. No dice nada. Está sentada más cómoda que antes, con la espalda apoyada en el respaldo y sus pies no llegan a tocar la alfombrilla. Parece preparada para seguir de nuevo con la conversación por donde la dejamos.
—¿Qué decías? —vuelvo a la carga—. ¿Una especie de…?
Me mira, sonríe. Luego vuelve a mirar hacia delante, más allá del parabrisas, esta calle que nunca había visto porque no lleva a su casa, pero donde al menos se circula algo mejor. El ruido de la sirena todavía se oye, pero se ha vuelto distante.
—Papá —dice—. ¿Te acuerdas de qué nos habló Gloria, la maestra, el primer día de clase?
—No. ¿De qué os habló?
—De la reversibilidad. ¿Te acuerdas? Dábale arroz a la zorra el abad…
Huy. En estas palabras hay algo que me alarma, y también en el tono grave con que Claudia las ha pronunciado.
—Sí, ya me acuerdo.
—Gloria, la maestra, nos habló de eso e inmediatamente después tú empezaste a quedarte allí delante. He pensado que esas dos cosas estaban relacionadas. Algo así como si quisieras ponerme un ejemplo de algo reversible. Algo bonito que sucede durante un tiempo y luego ya no vuelve a suceder. Porque es reversible, ¿no? Nadie puede quedarse allí para siempre.
Huy…
—Ya.
—Cada día me preparaba, me decía: hoy me dirá que tiene que volver a la oficina, y yo le demostraré que ya me lo imaginaba. Pero luego tú no me lo decías, te quedabas ese día también, y yo estaba contenta, ¿sabes?, estaba muy contenta. Lo que pasa es que…
Huy…
—¿Lo que pasa es que?
Claudia mira hacia abajo, pero no está pensando. Sabe perfectamente qué tiene que decir, sólo está cogiendo fuerzas para decirlo.
—Bueno, en clase han empezado a tomarme el pelo, eso es lo que pasa.
Oh, no, maldita sea, no…
—Ya sabes cómo son los niños —añade—. Crueles.
Lo dice como si ella ya no fuese una niña y esa crueldad se limitara a comprenderla.
—Qué raro —farfullo—. Siempre hablo con tus maestras y no me han dicho nada…
—Qué quieres, las maestras no se dan cuenta de eso —dice ella—. Mis compañeros no me toman el pelo delante de ellas. Lo hacen de una manera más sutil.
—Más sutil… ¿Por ejemplo?
—Por ejemplo han escrito «Claudia Paladini mezquina» en la puerta del lavabo.
—Bueno, por lo menos así sabemos quién ha sido.
—Sí, pero verás —rebate ella—, la Roxanna lo dice abiertamente porque vive en la casa de acogida y siempre está cabreada, pero no es sólo ella. Cuando te saludo desde la ventana, luego me doy la vuelta de golpe y veo a las demás también haciendo unas risitas muy raras.
Oh, no, maldita sea, no: durante todo este tiempo he sido un problema…
—¿Ah, sí? ¿Y quiénes son?
—La Nilowfer, la Giuditta. La Lucilla. Todas, más o menos. Y los chicos también.
—¿También Benedetta?
—Una vez la vi reírse a ella también, sí. Pero no era por maldad, entiéndelo, o porque no sea amiga mía. Es únicamente porque ahora ya se ha convertido para ellos en una especie de costumbre: cuando tú y yo nos saludamos, a ellos les entra la risa, ya está. Y entonces, como ahora es así, pensaba que…
Se interrumpe, me hace este inmenso favor. Yo tiendo la mano hasta su boca, se la rozo.
—Ya está bien así, estrellita —susurro—. No digas nada más.
Y qué coño. Por qué no haces que te lo diga —que te largues—, no, esto no…
—No digas nada más —repito—. No digas nada más.
Estoy aturdido, literalmente aturdido debido a la vergüenza. Sigo rozándole la boca, lentamente, indignamente, luego le acaricio también los ojos, la frente, el pelo mojado: la acaricio toda ella. Se apoya sobre mi costado y me abraza.
—¿Te ha sentado mal? —dice.
Mal es decir poco, estrellita: me ha sentado malísimamente. Molido, así me siento, como los campeones de lucha libre que a ti tanto te gustan: los que pierden, los que lloran. ¿Cómo puedo haber sido tan estúpido?
—Nada de eso, has hecho bien en decirlo —digo—. No podía quedarme allí fuera todo el año de ninguna manera. Me he aprovechado de la situación, del caos generado por esa bendita fusión; pero era un caos reversible, precisamente. A partir del miércoles la fusión habrá terminado y tendré que volver a la oficina sea como sea.
—Oh, entonces era mejor que me hubiera quedado callada.
—No, ¿por qué? Estas cosas hay que decirlas.
Pues claro que estas cosas hay que decirlas: si no lo hubiera dicho ella, yo ni siquiera lo habría pensado, qué subnormal que soy. Yo solo no habría llegado de ninguna manera. Había encontrado para mí ese vientre de la ballena, ¿quién me habría sacado de allí?
—Has hecho bien —susurro—. Hazlo siempre. Estas cosas, dilas siempre.
Ya está. Hay que ver la que he sido capaz de montar. Ni siquiera me atrevo a mirarla, de la vergüenza que siento: le han tomado el pelo por mi culpa…
Y, a pesar de todo, ahora que he sentido el mal, y he experimentado la vergüenza, en lo que se está revelando como la culminación de un largo fracaso —temido, tal vez, y también tal vez inconscientemente buscado, pero sólo en este momento afrontado—, empieza a liberarse un alivio. Seguimos acariciándonos en silencio, y ahora el silencio ya no me produce ansiedad, porque ya no contiene las palabras que ella mantenía en su interior. Qué magnífica es esta niña, pienso, qué magnífico ser humano. Y qué lección me ha dado, qué modo más magistral ha encontrado para decirme que me aparte de una vez. No como esa ambulancia, hace un rato, con su salvaje ulular, su acusación humillante —«¡Sal de ahí de una vez, maldito, largo, largo!»—, no: ella lo ha hecho con el soplo de una metáfora. Dábale arroz a la zorra el abad. Ja. Dábale arroz a la zorra el abad. 335 8448533. 3358448 533. El número de Jolanda. ¿Hola? ¿Jolanda? Hola, soy el Hombre de los Abrazos. Perdona, verás, pero vi tu número en la medallita de Niebla y se me quedó en la cabeza, porque es un palíndromo, ¿entiendes?, sigue siendo el mismo aunque lo leas al revés, y una vez que lo has visto no hay forma de olvidarlo. Te he llamado para decirte adiós, Jolanda. Ya no volveremos a vernos. Mi hija tiene razón: mi lugar no está delante del parque, mi lugar está en la oficina. Donde probablemente a partir de hoy ya no esté mi lugar. Quería despedirme de ti. Perdona, ¿podrías ponerme ahora con mi hermano, que tengo que decirle una cosa? Hola, ¿Carlo? ¿Sabes que respecto a Claudia dijiste una cosa que era muy cierta? ¿Sabes que captaste el secreto de su belleza? Te vienen ganas de ser ella, dijiste, y es exactamente así. Y mira, no es cierto que ella no sufra: su madre murió y ella se ha visto obligada a entender muchas cosas por sí sola, a vivirlas en su propia piel, a decirme a mí qué es lo que tengo que hacer, y esto es sufrir. Y yo también estoy mal, tú tenías razón. Desde que Lara murió me he plantado delante de ese colegio y ya no me he movido, y he dejado que la gente sufriera sobre mí, y mi vida se ha puesto a cero; y éste, evidentemente, es mi modo de sufrir. Si no sufro más profundamente, si no estoy destrozado o desesperado, es únicamente porque soy una persona superficial, y las personas superficiales no pueden tener experiencias profundas. Soy como nuestro padre, Carlo, y por eso, ¿no ves de qué manera tan distinta a ti todavía soy capaz de quererlo, que hasta aún soy capaz de perdonarlo? Es porque soy como él, ésta es la verdad, y en su lugar creo que habría hecho como él. Sí, y todavía hay más, pero quisiera decírselo a Marta, si es posible: ¿me pones con ella, por favor? Hola, Marta. Todavía hay más, iba diciendo; y es que me parece que tú tenías razón, yo a tu hermana no la quería. Me parece que tenía razón aquella maga: ella no me tenía. Pero —te lo digo sinceramente, nunca he sido más sincero que ahora— no creo que muriera por esto. A lo mejor estuvo mal, como tú dices, a lo mejor la hice sufrir, y a lo mejor la hiciste sufrir tú también, como dices, pero el dolor no mata, Marta, no de esa forma. Te lo digo porque tengo la impresión de que tú te sientes un poco demasiado culpable, en serio, respecto a la muerte de Lara; te sientes culpable también respecto a mí, pero lo cierto es que ni tú ni yo tenemos culpa de lo que pasó. Tenemos las culpas que tenemos, Marta: no todas las culpas. ¿Me entiendes? Y ahora, ¿me pones con Jean-Claude? ¿Jean-Claude? ¿Qué tiempo hace en Aspen? ¿De verdad? Aquí en cambio está nevando, ya ves tú. Una cosa, nada más. No te conmuevas en exceso por mi fidelidad. Simplemente he hecho lo que era justo, lo que más me convenía: tan sólo he evitado a un tramposo. Yo soy amigo tuyo, es verdad, te admiro, estoy de tu parte y todo lo demás, pero si las oportunidades que me fueron ofrecidas no hubieran estado podridas, y todo no estuviera condenado a derrumbarse dentro de poco tiempo, no creo que hubiera renunciado únicamente por no traicionarte. Creo que habría ocupado tu puesto, ¿sabes?, si no hubiera estado tan claro que dentro de poco todo se vendrá abajo. Lo habría ocupado y me habría comprado un velero. Sólo esto. Ah, otra cosa: el más brillante, de entre tus hombres, el que es de verdad inteligente y genial, no era yo: era Enoch. Enoch, ese alto y brumoso, que parece un pastor anglicano, el de personal. El mejor era él, sí. Y de largo. Y ahora, por favor, ¿me pones con el exmarido de Eleonora Simoncini? No, ella no: ponme con el exmarido, ese alto y delgado, con el pelo rojo y la cuerda en la mano. Sí, él, gracias. ¿Hola? Buenas tardes. Quería decirle una cosa, por si sirve de algo. Quería decirle que si su exesposa viniera hasta donde estoy, ahora, con esa foto de cuando se casaron, a hacerme aquella pregunta, yo le respondería «no me acuerdo». Porque, verá, a mí esa cuerda que lleva usted en la mano sigue pareciéndome de verdad demasiado corta, algo ridículo para la utilidad que pretendía darle, pero la verdad es que no la medí, por tanto no puedo decir con certeza que usted estuviera dejando morir a su esposa. En fin, que dado que ella al final no murió, creo que lo mejor que se podría hacer era no inmiscuirse, por lo menos, no decir aquel «sí», tan perentorio, tan arrogante. Pero la verdad es que estaba empalmado, y yo a su exesposa me la quería follar, por tanto actué con cierta ligereza. Ya está, ya lo he dicho. Vamos a ver, yo sigo estando convencido de que usted es un cabrón infame y de que quería quitarla de en medio para hacerse con el dinero del chocolate, pero acabo de tener la prueba de que mis convicciones pueden llevarme muy lejos de la verdad. Imagínese que he estado tres meses delante del colegio de mi hija y estaba plenamente convencido de que eso le iba bien a ella, mientras que por el contrario me iba bien a mí, y a ella, mezquina, por ese motivo le tomaban el pelo. Imagínese que habría seguido estando ahí delante, tranquilo, feliz, a ultranza, sobre todo ahora que he perdido el trabajo, ya, dado que prácticamente he mandado a tomar por culo a dios en la tierra y él me lo hará pagar, y en resumen que al final ha tenido que decírmelo ella misma, mi hija, imagínese, una niña de diez años y medio que hace poco ha perdido a su madre: ha tenido que rogarme que me marchara de ahí. Sí, ha sido necesario esta vuelta de tuerca paradójica, contra natura, porque, como le he dicho hace poco a mi hermano —¿aún estás ahí, Carlo?, OK, quédate ahí, y también todos los demás, seguid a la escucha, por favor, total, casi he terminado—, porque, como decía, yo soy superficial, tengo las cosas delante de los ojos y no las veo, o bien como en el caso que a ella le concierne, no las tengo pero creo que las veo. Necesitaba que alguien me abriera los ojos, ¿comprende? Y mi hija me los ha abierto. Ha tenido que ser ella, por desesperación, porque tal y como yo estaba era un problema. Ha tenido que decirme las cosas que por mí mismo no era capaz de comprender. Papá, me ha dicho, tienes que volver al trabajo; y si el trabajo que tenías lo has perdido, me ha dicho, tienes que encontrar otro. Tienes que pensar en nuestro futuro, papá. Tienes que ocuparte del coche de mamá, tienes que notificar la pérdida de la matrícula y traerlo para aquí. Tienes que dejar de tener celos del tío. Tienes que impedirme que sude y que me empape cuando hace frío, tienes que protegerme. Tienes que poner orden en tu vida, darle una dirección, un sentido, porque el caos que gobierna la de los niños es bonito, es verdad, pero tú eres un hombre. Y no has de tener miedo de que la burbuja se rompa, porque la burbuja ya se ha roto. Esto es lo que me ha dicho. Mi hija, una niña. Ahora, de todas formas, me toca a mí deciros algo importante a vosotros: ¿estáis todos ahí todavía? Luego os prometo que me callaré, porque el silencio ya no me da miedo, pero ahora os pido que prestéis atención a lo que tengo que deciros. Es algo decisivo que he comprendido en este mismo momento, y que os concierne también a vosotros. Jolanda, escúchame, porque a ti te concierne sin duda. Pero también te concierne a ti, Marta, que no logras encontrar la paz, y también a ti, Carlo, con tu obsesión por Peter Pan. Y quizá también a ti, Jean-Claude. La verdad es que tal vez nos concierne a todos. Así que escuchadme bien: la pelota que lanzamos jugando en el parque ya hace tiempo que ha caído. Tenemos que dejar de esperarla.
Y, ahora, ¿me ponéis con Lara, por favor?
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