Caos calmo

Sandro Veronesi · Capítulo 23 de 40

Páginas del PDF

Caos calmo

Capítulo 21

Ahora las cosas van decididamente mejor, pero esta mañana…

Esta mañana, antes del amanecer, cuando me he despertado en el sofá, Carlo ya no estaba y con él había desaparecido el opio y la parafernalia utilizada para fumarlo. Me he levantado para ir a la habitación pero me he dado cuenta de que me encontraba fatal y he tenido que ir corriendo al lavabo, para vomitar. Y mientras estaba allí, vomitando, abrazado a la taza del váter, he visto que Dylan me miraba desde la puerta entrecerrada, se diría que consternado. Ha sido un instante, Dylan ha desaparecido enseguida, pero en ese instante me he avergonzado como nunca en mi vida y me ha parecido literalmente imposible poder convivir con tamaña vergüenza. De tan sucio como me he sentido, en ese momento, y estúpido, e indigno incluso de la piedad de un perro, habría preferido hundirme con el vómito váter abajo, como en esa escena de Trainspotting, antes que salir del lavabo y cruzarme, quién sabe, con la mirada de Mac, la niñera de Claudia, que siempre se levanta antes del amanecer y es limpia de corazón. Despertar a Claudia, desayunar con ella, llevarla al colegio y quedarme delante a esperarla como todos los días me ha parecido de repente un Edén perdido. Todo estaba muy claro, en ese momento: yo no era digno de ocuparme de mi hija; antes o después esa verdad saldría a flote; antes o después haría algo terrible.

Luego, como suele ocurrir, esta sensación ha empezado a hacerse más débil, mucho menos nítida, yo he dejado de vomitar y cuando me he puesto en pie me he dado cuenta de que las piernas me sostenían y de que yo aún tenía un futuro por delante. Al tirar de la cadena, el vómito se ha marchado de allí en un remolino verduzco; a mi pesar, he empezado a pensar que podría salir como si nada. He cerrado la puerta con llave, he llenado la bañera con agua caliente, me he desnudado, me he sumergido en la bañera y luego me he lavado con tesón, utilizando todos los productos que tenía al alcance de la mano. Luego me he secado en el mullido albornoz, me he afeitado con esmero, me he puesto ropa interior y camisa limpias, un traje gris perfectamente planchado, zapatos brillantes, la corbata más bonita que tengo y así, recurriendo a todo lo mejor que tenía a mi disposición, he empezado a sentir dentro de mí el valor para seguir adelante. Era una especie de engaño, es cierto, pero funcionaba: el hábito hacía al monje. Entretanto, el sol despuntaba: un sol violento, absurdo a estas alturas de octubre. He mirado por la ventana del salón al exterior, abajo en la calle, viendo a las personas que se apresuraban para ir al trabajo, y me he sentido peor que todos ellos, sí, pero no hasta el punto de no poder ya ni siquiera mezclarme con ellos. He sacado a Dylan a la calle, he observado cómo cagaba en esa postura temblorosa y ridícula que adquieren los perros cuando cagan, y mientras recogía su caca de la acera he pensado que en lo concerniente a actitudes inapropiadas no era él quien podía darme lecciones. Al volver a casa, me he topado con Mac, en la cocina, y su legendario silencio me ha ayudado a creer que no se había enterado de nada: ni una palabra, un único gesto protector, colmado de piedad femenina, cuando con la mano me ha colocado bien el cuello de la americana que me hacía un pliegue bajo la nuca. En ese momento me he sentido ya capaz de ir a despertar a Claudia, y todo ha empezado a ir como una seda como siempre. Hemos desayunado, ella me ha explicado la cena con su tío —en un restaurante chino, porque el japonés estaba cerrado—, hemos salido pronto para poder jugar al «Por desgracia» con el GPS, y delante del colegio hemos visto llegar a todos los demás, como siempre, hasta que el timbre se la ha tragado a ella y a los otros niños hacia las clases, dejándonos a nosotros, los padres, allí fuera, charlando sobre el calor. En ese momento era impensable que la noche anterior yo hubiera montado todo ese follón, y no es que esto equivaliera a no haberlo montado, pero me hacía estar mejor: era algo así como quedarse con una vuelta de cincuenta euros después de haber pagado con sólo cinco, me doy cuenta, pero en comparación con lo que sentía cuando estaba abrazado a aquella taza, sólo tres horas antes, se trataba de una vergüenza soportable. Me salvaré, pensaba.

Luego ha llegado Carlo. En taxi, hacia las diez y media, camino del aeropuerto, se ha parado para despedirse y para dejarme un paquete para Claudia. Estaba sereno, tranquilo. Descarto que tuviera que hacer una escalada como la mía para poder salir a la calle: él ya debe de estar acostumbrado a ciertos despertares. No hemos intercambiado prácticamente ni una palabra, pero nos hemos abrazado, fuertemente, largo rato. El hecho de que me hubiera costado tanto esfuerzo distanciarme de ello no significaba que no recordara lo que había pasado durante la noche: nos habíamos drogado juntos, y él me había hablado de lo mucho que añoraba a esa chica que se había ahogado en el Támesis, de cuánto añoraba a mamá, de cuánto me añoraba a mí. No, no nos hemos dicho nada, pero ha sido el momento más tierno entre nosotros desde…, bueno, desde siempre, es lo que se me ocurre: desde siempre. También estaba Jolanda, ha llegado con Niebla y me ha saludado justo cuando abrazaba a Carlo, y cuando Carlo se ha marchado nos hemos quedado ahí un rato, hablando del tiempo. Debíamos de estar ya a más de 30 grados, y ella me ha dicho que había escuchado en la radio que la temperatura mínima de la noche había sido de 24, récord absoluto para esta época del año. Llevaba los tejanos Barrie de ayer y una camiseta amarilla con el lema gravity always wins prácticamente sobre las tetas; me ha parecido un lema verdaderamente ingenioso, descarado pero también desesperado, por otro lado, porque la chica es joven, sí, pero si uno lo piensa bien tampoco son tantos los años que la separan de esa verdad que, por ahora, sus tetas desmienten con tanta arrogancia, y me he sentido autorizado para comentarle: «Sabias palabras», he dicho. «Son de una canción», ha dicho ella. «¿Ah, sí? ¿Y de quién?». «De los Radiohead». Y se ha marchado a buscar no sé qué certificado al Registro Civil.

De manera que me he quedado solo, a la sombra, pensativo, y aquí estoy todavía. Pensando, sí, pero no en lo que he hecho esta noche, ni en cómo redimirlo, y por eso digo que las cosas van decididamente mejor, sino en esta enésima coincidencia. Tal vez no haya nada que comprender, tal vez sea de verdad únicamente el azar con su sordo tañido, pero lo cierto es que es extraño: parece de verdad que esos de Radiohead me estén persiguiendo. Por eso me subo al coche, cojo la tapa del disco de Lara y recorro todos los títulos para ver si hay alguno que tenga que ver con la gravedad: pero no lo hay. En el coche hace un calor infernal, por eso salgo y, con gran sorpresa para mí, llamo al móvil de Marta: si para hacerlo hubiera tenido que buscar su número en una agenda e ir a una cabina telefónica no lo habría hecho, sin duda alguna, pero aquí se trata sólo de pulsar dos teclas, y en el tiempo que tardo en darme cuenta Marta ya me ha contestado.

—¿Diga?

—Hola, Marta. ¿Cómo estás?

—Bien. ¿Y tú?

—Yo también. ¿Dónde estás?

—En la ginecóloga.

—¿En la ginecóloga? Ah, bueno, claro… Va todo bien, ¿verdad?

—Sí, todo bien.

—Oye, quería preguntarte una cosa, pero si te molesto te llamo más tarde.

—No, dime, dime; estoy esperando mi turno. ¿Qué quieres saber?

—Nada, es que aquí, en el coche, he encontrado un disco de los Radiohead, pero no es un disco oficial, es un recopilatorio grabado en casa. En la portada los títulos de las canciones parecen haber sido escritos por Lara, pero como ella y tú siempre habíais tenido la misma letra me preguntaba quién de vosotras dos lo habría grabado: ¿tú o ella?

—Yo.

—Ah. ¿Estás segura?

—Claro que estoy segura.

—Pero ¿por casualidad te lo pidió ella? ¿O fue una idea exclusivamente tuya?

—Fue una idea mía. ¿Por qué me lo preguntas?

—No, por nada. Y esta frase que hay en la portada, per appressarm’al ciel dond’io derivo, ¿la escribiste tú o fue ella?

—Yo, yo.

—Ya. De hecho, es el mismo rotulador. ¿Y cómo se te ocurrió?

—Es un verso de Michelangelo. Cuando grabé el disco acababa de terminar una lectura de sus sonetos, en Vigevano, y se me había quedado grabado.

—Vale, entiendo.

—¿Por qué me haces estas preguntas?

—Nada, para saber.

—¿Para saber qué?

—Nada, nada, curiosidad. Dado que ese disco me gusta, me preguntaba de dónde había salido. Eso es todo.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo. Otra cosa, ¿cuándo vais a venir, tú y los niños, a cenar?

—No lo sé…

—¿Estás libre mañana por la noche?

—Sí.

—Entonces, venid mañana por la noche.

—…

—¿Quedamos así?

—Vale, de acuerdo. Gracias…

—¿De qué? Venga, hasta mañana.

—¿Pietro?

—¿Sí?

—Esta llamada es extraña.

—¿Extraña? ¿Y por qué?

—No lo sé, pero es extraña.

—Que no, mujer, qué va a ser extraña. Es normal.

—Oh, me toca a mí. Me tengo que ir.

—Ya está, qué bien. Venga, nos vemos mañana. Adiós.

—Hasta mañana. Adiós.

Cuelgo. En efecto, Marta tiene razón, ha sido una llamada extraña; pero también ha sido decisiva, porque si el disco no lo ha grabado Lara, si lo ha hecho ella, entonces todo este cúmulo de coincidencias no quiere decir verdaderamente nada. ¿Qué sentido tendría? Está bien abandonar la lógica, pero si las cosas son así, Lara no tiene nada que ver con esas canciones: tan sólo me las ha traído hasta el coche, ha sido sólo un medio entre Marta y yo. Y no se entiende por qué una muerta iba a hacer de medio para que las canciones de un grupo musical hagan de medio entra dos personas vivas que podrían, fácilmente, comunicarse entre…

—¡Eh, usted, señor!

Me vuelvo instintivamente, aunque aquí nadie me llame a mí señor. Nada, no se ve ni un alma.

—¡Eh, usted, señor! ¡Aquí arriba!

Levanto la vista y veo a un hombrecito que agita los brazos, en una ventana de la manzana de enfrente. Viejo, me parece. Agita los brazos y asiente, sonriendo: se dirige a mí, sin duda; y ahora que está seguro de haber conectado con mi mirada me hace un gesto con la mano; un gesto que apenas distingo, pero que incluso así, visto de refilón, posee un significado claro, en Italia, inequívoco…

—¿Le apetece? —dice el hombrecito.

… Unos espaguetis, eso significa. El hombrecito está haciendo girar la mano hacia abajo, con el índice y el corazón formando una V; me está invitando a comer unos espaguetis.

—¡Tomate y albahaca! —grita—. Voy a echar la pasta. ¡Suba!

Es sorprendente —¿verdad?— la cantidad de cosas que pueden sucederle a uno quedándose parado delante de un colegio. Un desconocido que le invita a uno a comer desde una ventana. Y yo acepto, claro que sí: porque a pesar de que esta invitación pueda parecer absurda, seguro que no lo es más que la teoría metempsicótica que mi cuñada hace poco acaba de mandar al garete, ni que las tenaces coincidencias que, al querer darles un sentido, me llevaron a formularla, ni que las condiciones mismas en las que la formulé, esta noche, mientras fumaba opio junto a mi hermano en el sofá de casa; es más: en comparación con todo esto, se puede decir que es lo menos absurdo. Por eso se lo agradezco y acepto, sí; el hombrecillo me hace una señal para que suba al segundo piso (ese índice y corazón en forma de V que hace un momento eran los dientes del tenedor se han convertido en el número dos) y ya me veo cruzando la calle, y paso por un portal de aluminio anodizado y subo las escaleras sin adornos, impregnadas del olor de todos los sofritos de Milán. Primer piso: un perro ladra histéricamente dentro de un apartamento. Segundo piso: el hombrecillo está en la puerta, con la mano tendida y una gran sonrisa impresa en la cara. No es un hombrecito, por otro lado: está más gordo que yo.

—Pase usted, señor. —Me estrecha la mano—. Me llamo Cesare Taramanni, soy romano, como usted.

Cierra la puerta y me abre paso a lo largo de un lúgubre pasillo de color ciruela, repleto de cajas, hasta una habitación que, en cambio, es amplia y luminosa, con dos grandes ventanas que dan a la calle. Lo que ocurre es que también la habitación está repleta de cajas, muebles desmontados, butacas empaquetadas, objetos envueltos en celofán…

—Disculpe usted este desbarajuste, pero es que mañana por la mañana tengo la mudanza. Me vuelvo a Roma, ¿sabe usted?, después de treinta y seis años…

Se dirige hacia una mesa que está puesta para dos personas, al lado mismo de una de las ventanas, frente a la que blanquea la mole del colegio.

—Venga usted, señor, póngase aquí. Desde aquí el colegio se ve perfectamente.

Por la ventana veo el lugar en el mundo en el que paso mis días, por primera vez sin formar parte del mismo. Mi coche, el portal del colegio, el parque: visto desde aquí, parece un lugar como cualquier otro.

—Perdóneme, señor —dice el hombre—. Voy a ver cómo va la salsa.

Y desaparece tras una puerta, del otro lado de la habitación. Ahora, es obvio que hay un montón de preguntas que se están acumulando en mi mente (¿quién es este hombre? ¿Por qué me ha invitado a almorzar? ¿Cómo es posible que sepa todas estas cosas sobre mí?, etcétera), pero esta vida suya desmontada aquí a mi alrededor tiene un impacto tan fuerte que ahoga cualquier pregunta. Yo he hecho bastantes mudanzas, pero eran mudanzas mías: nunca había tenido ocasión de encontrarme en medio de la mudanza de un desconocido. Es escalofriante. A pesar del cuidado con que han sido empaquetados, muchos objetos se dejan identificar a través del celofán y del papel de periódico —jarrones, asas, pies de lámpara—, y hay algo de implorante en ese asomarse suyo desde las cajas, como si pidieran ayuda para escaparse. Las desconsoladas siluetas de los cuadros impresas sobre el papel pintado, las marcas de desconocidas aristas sobre la pared, la brutal suspensión de la piedad doméstica que durante años debe de haber hecho acogedor este comedor; todo contribuye a producir la impresión de que uno se encuentra de golpe en otra parte, en un espacio imaginario plagado de símbolos que hay que interpretar, como sucede en los sueños; una impresión que todavía hace más fuerte la mesa preparada con esmero entre las cajas —mantel blanco, cubiertos relucientes, vasos de agua y de vino—, una de esas imágenes-símbolos con las que uno suele soñar, precisamente, y luego va durante meses al psicoanalista tratando de comprender qué es lo que significa: estaba ahí, vestido elegantemente, en medio de todas esas cajas de mudanza, y un desconocido me estaba preparando unos espaguetis, y por la ventana se veía la ventana del aula de mi hija, y era octubre pero hacía un calor como de agosto, pero lo más incongruente era la mesa puesta que dominaba el centro de la escena. ¿Qué simboliza, doctor? ¿La normalidad que perdura en mi vida vuelta del revés? ¿El calor doméstico que sobrevive en el hielo del cambio? ¿El caos calmo que hay en mi interior?

Ya está aquí de nuevo, con una jarra de vino en la mano. Hacía años que no veía una jarra de vino.

—Discúlpeme usted el atrevimiento, pero hace ya tiempo que quería invitarle y lo he dejado para el último momento. No le sienta nada bien comer únicamente bocadillos, ¿sabe? Un buen plato de pasta al dente, con tomate fresco y poquísimo aceite, es mucho más apropiado para la salud.

Llena de vino los dos vasos pequeños, hasta el borde, a la manera de los campesinos.

—Beba un poco de éste, se lo ruego. No es un vino caro, pero es genuino.

Me tiende el vaso, coge el suyo, lo levanta.

—Salud —dice.

Bebe un trago firme, decidido, y despacha la mitad del vino. Yo bebo menos. Es uno de esos vinos fuertes, ásperos, que uno no sabe si han salido así a propósito o por azar.

—¿Le gusta?

—Sí. Está bueno.

—Frascati. Me lo envía mi hermana desde Velletri. Me lo enviaba: a partir de ahora iré a buscarlo yo mismo. Siéntese. Si su hija se asoma, desde aquí lo puede ver bien.

Me esfuerzo para que no se me note mucha curiosidad dibujada en la cara, o incluso estupor, desconcierto. Quién sabe si lo consigo.

—En realidad, lo único que quería es conocerle a usted, señor, antes de marcharme de aquí. Quería conocerle y presentarle mi más sincero pésame: siento mucho lo de su esposa.

—Gracias.

—Sé lo que eso significa, créame, porque también mi esposa desapareció, hace dos años. Yo también me encontré solo de un día para otro. Sé lo que significa…

Sacude la cabeza, sonríe. Tendrá unos sesenta años. Pelo gris todavía espeso, hermosos rasgos plebeyos, pasolinianos, que contrastan con su manera de hablar, carente de acentos. Dientes opacos de fumador, aunque no veo ni un solo cenicero; lo habrá dejado.

—Porque lo de viudo se dice enseguida, pero luego las cosas son complicadas —le da un segundo trago al vaso de vino y lo vacía—, el luto es algo complicado. Se requiere tiempo. Y requiere algo en lo que concentrarse. Por suerte, usted cuenta con esa espléndida niña que le llena la vida, pero nosotros, por ejemplo, Rina y yo, no teníamos hijos. Y además yo ya estaba jubilado, no tenía ocupaciones. Tan sólo estábamos yo y el tiempo que tenía que pasar. Piense que durante un año no hice prácticamente otra cosa, que barrer. Barría la casa, como un loco, hasta quince, veinte veces al día. Me obsesioné con la idea de que no tenía que haber ni siquiera una mota de polvo y así iba tirando, ¿comprende? Barría…

… Y sus ojos cansados, desertizados, se clavaban en un punto preciso de la habitación, correspondiente a una torre de cajas, donde parecían ver algo que yo no veía —tal vez estuviera allí el sofá desde el que veía la televisión junto a su esposa—, pero antes de abandonarse por completo al opio de la reminiscencia, volvían a posarse sobre mí…

—No se asuste, señor. No pretendo contarle mi vida. Tan sólo quería decirle que creo saber cómo se siente usted. Y que comprendo perfectamente por qué se queda ahí delante todo el día. Ahora, no obstante, voy a mirar cómo están los espaguetis, con su permiso: no querría que se pasaran de cocción.

Y se vuelve a la cocina con un buen paso, ágil, ligero.

—¡Ajá! ¡Ya estamos! —grita, a través de la puerta—. ¡Treinta segundos más y adiós pasta al dente!

Desde la puerta llegan ruidos de las operaciones que está llevando a cabo, tan nítidos y precisos que me parece estar viéndolos: los espaguetis cayendo en el colador, la olla colocada en el lavadero, los espaguetis colados a conciencia, echados a la sartén con la salsa y luego removidos sobre el fogón que seguía encendido. Y hay ahora un olorcito a pommarola, que viene de la cocina, me pasa bajo la nariz y sale por la ventana, tan fuerte y bueno que hasta me parece estar viéndolo, denso y fluctuante como en los dibujos animados.

—¿Le apetece parmesano, cayena? —Desde detrás de la puerta, como antes. Yo dudo, no sé qué decir, pero enseguida sale de la cocina, con la sartén en la mano llena de espaguetis humeantes, y la coloca en el centro de la mesa.

—Yo no se lo pongo, ni lo uno ni lo otro, pero a mucha gente le gustan. Si quiere, aquí están.

Con una especie de juego de prestidigitación hace aparecer dos frasquitos de cristal y los coloca también sobre la mesa: en uno está la cayena y, en el otro, el queso rallado.

—No —le digo—. Yo tampoco se los echo.

—Muy bien. Porque el tomate tiene un sabor suave y si le echas cayena, adiós: al final lo único que notas es eso…

Se pone a llenar los platos: primero el mío, una ración enorme; luego el suyo, una ración enorme. Sé de qué se trata: es el culto romano a la abundancia, la cantidad que se convierte en calidad. En Milán no lo practican, piensan que es algo vulgar.

—El parmesano, en cambio, no mata el sabor de los tomates, pero lo cambia. Y cuando los tomates son frescos, y crudos, y sólo están ligeramente cocidos, y pelados, naturalmente, cocidos y pelados, y son de los buenos, de los de huerto, como éstos, pues bueno, digo yo, nunca podrán tener un sabor mejor que el que ya tienen, por tanto, cualquier cosa que se les añada supondrá un paso atrás…

Y mientras el hombre que me llamaba señor llenaba los platos, la salsa de tomate empezaba a gotear por el trinchante, manchando de rojo el mantel blanco. Simboliza la sangre, ¿no es cierto, doctor? Pero ¿la sangre de quién?

—Yo tan sólo le echo un chorrito de aceite. ¿Quiere?

—Sí, gracias.

Le tiendo el plato hondo que me acaba de pasar y él dibuja por encima una «c» con el aceite. Hace lo mismo con el suyo, se sienta y se mete la servilleta por el cuello de la camisa.

—En fin, buen provecho —dice.

—Gracias, igualmente.

Empieza a comer los espaguetis con gran vigor, como si tuviera que acabarlos en un tiempo limitado. No los enrosca: se los mete en la boca como si fuera paja y con el tenedor se limita a acompañarlos a medida que le suben hasta la boca. También es éste un sano gesto de la plebe romana — Alberto Sordi jamándose los macarrones—, que aquí en Milán se toma como de mala educación.

—¿Y así que mañana se vuelve a Roma? —le digo yo, por decir algo; pero lo hago justo en el momento en que él me pregunta si me gustan sus espaguetis, de manera que nuestras preguntas se superponen. Sigue un momento de aprieto, en el que ya no se sabe bien a quién le toca hablar. Y dado que los espaguetis están buenísimos, entonces, aunque sólo sea para salir del atolladero, hablo yo.

—Están buenísimos, de verdad.

—Gracias —dice él—. Hasta el año pasado no habría sabido hacerlos así. Luego me inscribí en un curso de cocina y…

Y basta, su frase se termina aquí. Yo no digo nada, porque en rigor ahora le tocaría contestar a él a mi pregunta de hace un momento, pero él sigue triturando bocados de espaguetis, de manera que yo también me limito a comer, yo también a la romana, como él; en silencio, como él, ese silencio que en la mesa suele ser roto por alguien que dice «fíjate qué silencio: quiere decir que la comida es buena». Y en efecto estos espaguetis con tomate son verdaderamente clamorosos: hay algo así como un toque de naranja, me parece, entre el sabor del tomate y el de la albahaca, que tiene toda la pinta de ser el secreto que le enseñaron en el curso. Aunque haya muchísimos, creo que me los voy a comer todos. Sí, y luego le pediré que me enseñe a hacerlos, y él me lo dirá, me revelará su secreto, en nombre del inmenso respeto que siente hacia mí, será su regalo antes de regresar a Roma, y yo se lo diré a Mac, y ella nos los cocinará todas las veces que queramos, y serán así, exactamente así…

¿Comprende? Me comía toda esa montaña de espaguetis y no pensaba en nada más. Pensaba únicamente en lo buenos que estaban y en cómo podría hacer para poder seguir comiéndolos una, y otra, y otra vez más. ¿Qué significa?

De repente, no obstante, todo cambia de nuevo. La mirada se me va hacia fuera, por la ventana, justo en el momento en que Matteo y su madre están pasando al lado de mi coche, por sorpresa, porque ésta no es su hora. El niño mira el coche sin sospechar lo más mínimo que hoy pueda no saludarlo, e incluso cuando ya lo ha rebasado, y el coche no lo ha saludado, sigue caminando con la cabeza girada hacia atrás, llevado de la mano por su madre, esperando el beep del mando a distancia. Sí, de repente todo cambia de nuevo porque, debido a ese niño, y a la confianza indestructible que a estas alturas ya abriga en ese saludo (es decir, en mí, en mi capacidad de hacer que salte), me siento desventuradamente fuera de lugar: tendría que estar allí abajo, maldita sea, no aquí, ya tendría que haber cumplido con el deber cotidiano que asumí para con él, y no importa una mierda que ésta no sea su hora: ¿soy o no soy el hombre que se pasa todo el día delante del colegio? ¿Pues entonces? ¿Qué tendrá que ver que uno pase a las nueve o a la una? Yo tendría que estar allí… Saco el llavero del bolsillo y pulso el botón del seguro: a lo mejor funciona desde aquí también, pienso. Nada. Pulso de nuevo el botón, una, dos veces, ante la mirada interrogativa del hombre, que deja de masticar debido a la sorpresa. Venga, seguro: es importante, ¡funciona! Todavía estás a tiempo, el niño todavía cree; empieza a sentirse un poco perdido, es cierto, se detiene, pegándole un tirón a su madre, se vuelve hacia ella, quien no puede sin embargo ayudarle porque no tiene ni siquiera un ápice de su fe, sólo tiene quebraderos de cabeza, preocupaciones, citas, pero luego se da la vuelta de nuevo hacia el coche —¿lo ves?—, con esa lentitud que para él es velocidad y empieza a caminar girado hacia atrás, porque todavía tiene fe… Me asomo hacia fuera por la ventana, me cago en la hostia, apunto y presiono el botón y lo mantengo apretado, con fuerza, hasta el fondo, y por fin: beep, el seguro funciona. El niño parece no reaccionar, pero es tan sólo lentitud, reacciona, y de qué manera, y ya está ahí levantando la mano y dice adiós a su amigo el coche, y luego se vuelve hacia la madre, que se ha detenido. Ahora es ella la que parece aturdida, dado que no me ve en los alrededores: se da la vuelta y otra vez se da la vuelta, mira hacia el parque, hacia el colegio, no lo entiende. La conozco poco, casi nada, pero tengo la sensación de saber lo que está pensando: estará preguntándose cómo demonios tengo yo ganas de jugar al escondite, yo, aquí, a estas horas, y con ella, que si no se echa a llorar en cualquier momento del día es únicamente porque consigue con todas sus fuerzas posponerlo para el momento de después…

El hombre que me llamaba señor me miraba cada vez más asombrado, casi incrédulo.

—No, no es nada, perdóneme: es que me había dejado el coche abierto —farfullo.

Pero nuestra comida se ha terminado de verdad porque, mientras la madre y el niño desaparecen camino del paseo, veo un Twingo azul destrozado que aparca cerca de mi coche. ¿Es el coche de Marta? Sí, es el coche de Marta, y de hecho de él sale Marta, vestida como una chiquilla — minifalda, camiseta, botas—, en modo alguno como una madre embarazada. Mira hacia un lado, luego hacia el otro, luego hacia el parque, luego dentro de mi coche, luego hacia las mesitas del bar donde el otro día nos tomamos un capuchino tras su ataque de pánico, luego vuelve a empezar por el parque, aturdida también ella como hace poco la madre de Matteo al no verme por ningún sitio, mejor dicho, aturdida como Matteo mientras mi coche no lo saludaba…

—¡Marta! —me asomo por la ventana, doy un silbido—. ¡Estoy aquí!

Marta levanta la vista, se protege con la mano formando una visera sobre la frente. No creo que pueda verme, así, a contraluz. Pero puede oírme.

—¡Estoy aquí! —grito—. ¡Ya voy!

Y luego llegaba mi cuñada, doctor, y yo lo dejaba todo; dejaba a ese hombre que me llamaba señor, los espaguetis que estaban buenísimos, la casa invadida por las cajas, me inventaba una excusa, le daba las gracias y corría hacia abajo, y mientras bajaba corriendo las escaleras me daba cuenta de algo que no obstante ya sabía, y es que la única razón por la que nadie consideraba que estuviera loco, aunque estuviera todo el día delante de un colegio, era por el hecho de que pensaban que estaba siempre ahí, clavado por el dolor en ese punto del mundo, y este hecho se había convertido en una de las pocas certezas de su vida, tal vez la única, y de alguna extraña manera los tranquilizaba, razón por la cual cuando venían a verme también encontraban el valor para afrontar el suyo propio, su dolor, para admitirlo, en primer lugar, y luego para tocarlo y para hablar de él y para liberarse del mismo por un momento, echándomelo encima, inundándome con la materia secreta y podrida de que estaba hecho, porque en ese lugar que, en su opinión, yo había elegido para sufrir, todos éramos misteriosamente fuertes, pero si yo empezaba a estar y no estar, si tanto podía hacer como para tener la exigencia de moverme, de ausentarme, de drogarme, de comer espaguetis; es decir, si empezaba a comportarme como ellos, y sucedía que venían hasta allí a verme y no me veían, entonces todos éramos débiles, ellos se aturdían y yo tan sólo era un desequilibrado que no sabía aceptar la realidad, y esto creo saber lo que significa sin ayuda, doctor, porque cuando uno decide quedarse en un sitio, entonces debe quedarse en serio, siempre, sin medias tintas; y en fin, el sueño terminaba conmigo saliendo a la calle y el sol me cegaba y el bochorno de octubre me deshacía y sentía un amor inmenso por todo lo que quedaba en mi campo visual y decidía que no me iba a alejar de allí nunca más, nunca más, nunca más.

OceanofPDF.com