Caos calmo
Capítulo 15
Ya estamos.
Enoch acaba de autoliquidarse y está marchándose. Ahí está, pasando al lado del Alfa presidencial de Jean-Claude/ya no de Jean-Claude, parado en doble fila. Ahí está, saludando también a Lino, el conductor de Jean-Claude/ya no de Jean-Claude, que como siempre se habrá puesto a leer la Gazzetta. Ahí está, ocultándose como una luna gris por detrás de la joroba que hace la calle para subir hasta aquí. Y es así de visible, ahora, la blasfemia que lo tortura: es una banderita que el Mal ha conseguido clavarle y parece de verdad que se la vea ondear. Ahí está Enoch, desapareciendo…
—Pues vaya —dice Thierry—. No se está nada mal aquí.
Ya estamos.
Thierry mira a su alrededor, con curiosidad. Tiene el mismo aspecto juvenil de siempre, la misma cara llena de pliegues alegres: no arrugas, cuidado, sino auténticas y verdaderas grietas en la arcilla de su carne, algo así como de una máscara tribal. No lo veía desde hace bastante, incluso diría desde el pasado Festival de Cannes, donde de repente aparecía para las recepciones, cogía del brazo a la gente y las contagiaba de ese refinado buen humor del que era considerado una especie de gurú. En ese momento aún creía que eran uña y carne con Jean-Claude, aún creía en la leyenda de los outsiders, y, por el contrario, ya estaba tramando, ya estaba traicionando. Tengo que tenerlo presente, todo esto, porque sea lo que sea que haya venido a hacer es capaz de hacerlo bien. Tengo que tener presente que creo a Jean-Claude, por tanto Thierry sólo es otro superejecutivo inquieto y sin escrúpulos que aspira a convertirse en un magnate con el dinero de los demás: decididamente más brillante y original que casi todos sus semejantes, incluyendo a Boesson, su patrón, pero precisamente por eso más peligroso. He de tener cuidado con este hombre, haya venido a lo que haya venido. Ya, pero ¿qué habrá venido a hacer?
—¿Sabes algo de Jean-Claude? —me pregunta.
—No.
Al diablo, ¿qué puedo perder?
—Bueno, sí —me corrijo—, sabía que le habían quitado el avión, y hace un rato Enoch me ha dicho que, palabras textuales, «nos ha dejado plantados». No sé nada más.
Thierry sonríe, con una mueca que parece al mismo tiempo espontánea y nada espontánea. Es así como son las cosas con él: todo lo que parece dejarte intuir sobre su estado de ánimo sigue siendo plausible aunque uno le plante por delante un rotundo «no».
—Bueno —dice—. Eso significa pues que ya sabes mucho más que los demás. ¿Y sabes también por qué se le ha quitado el avión?
Y ésta, cuidado, es una trampa. No tengo que contestarle yo, tiene que contestarse él solo.
—Recorte de gastos: es esto, me parece recordar, lo que estaba escrito en el acuerdo.
Thierry sonríe de nuevo y esta vez la ambigüedad de su mueca tiene que ver con el hecho de que podría contener o no contener admiración por cómo he evitado la trampa. Luego toma aire, eleva ligeramente los tacones y los vuelve a poner sobre el suelo pesadamente, como para plantarse de verdad.
—Jean-Claude dimitió anoche de todos los cargos que desempeñaba — dice—. Por lo que se refiere a la Internacional, después de la fusión, ese cargo será abolido, no hay problema, pues. Por lo que se refiere a la presidencia aquí en Italia, en cambio, es necesario buscarle sustituto. He venido pues a pedirte si te sientes capaz de ocupar su puesto.
Bum. Sostiene su bomba con una mirada directa, firme, carente —esta vez— de expresión. Por otra parte, su italiano casi perfecto, hecho de frases breves y repleto de «pues», tiene un extraño porte militar. Ahora soy yo quien sonríe; pero más que sonreír debería decir que siento que me ocurre una sonrisa en la cara. ¿Qué pasa ahora?
—Menuda idea —farfullo.
—No se trata sólo de una idea, es una decisión. He hablado al respecto con Boesson y está de acuerdo.
Cuando era joven quería ser productor cinematográfico. Incluso empecé a trabajar en eso, a los treinta años, con un proyecto que me entusiasmaba: la adaptación cinematográfica de Apuesta al amanecer de Schnitzler. Estaba convencido de que podría haber salido una obra maestra y compré una carísima —para mí— opción sobre los derechos sin tener todavía ninguna posibilidad aparente de poder explotarla. Estaba íntimamente convencido de que la simple bondad de esa idea provocaría por sí sola todos los acontecimientos necesarios para hacer de mí un productor, y así fue, por extraño que pueda parecer. Acababa de trasladarme a Milán y sucedió que un día, en el banco, me coloqué al final de una larguísima cola e, inmediatamente después, llegó Vittorio Mezzogiorno, que para mí era y seguirá siendo siempre el más grande de los actores italianos. En ese periodo su popularidad había aumentado vertiginosa y repentinamente porque acababa de interpretar el papel del comisario Licata en la segunda parte de la serie de televisión La piovra, por ello todo el mundo lo reconocía y le pedía un autógrafo. Me sorprendió mucho que no se hubiera aprovechado de su fama para evitar esa maldita cola y se entregara con total disponibilidad a las peticiones de sus admiradores, muchos de los cuales eran ancianos que estaban esperando para retirar su pensión: estrechaba esas manos, garabateaba su firma en esos papelitos y hacía el ademán de esquivar las balas que alguno fingía dispararle con la mano, sonriendo a todos con dulzura y sin dar la más mínima impresión de estar pensando en otra cosa. Tal vez fuera por esto por lo que encontré el valor de presentarme, calificándome como productor y proponiéndole — exactamente así: allí, en la cola, en medio de los admiradores que seguían molestándolo— hacer conmigo Apuesta al amanecer. Pues bien, se dio la circunstancia de que Apuesta al amanecer era su libro preferido y que había acariciado varias veces la idea de hacerlo en el teatro, posponiendo siempre el proyecto debido a los compromisos que se le multiplicaban, pero sin abandonarlo nunca del todo; y que sí, maldita sea, que si yo encontraba el dinero para hacerlo, él lo haría, como actor e incluso como director. La media hora siguiente —porque tanto se prolongó esa cola— fue para mí literalmente maravillosa, una especie de retorno a casa; como si fuera una abeja que, después de haber revoloteado en balde por toda la creación, hubiera encontrado por fin dónde se hallaba el néctar hacia el que la empujaba el instinto y cuánto saciaba libarlo. Constantemente interrumpidos por sus fans, hablamos durante todo ese tiempo de nuestro proyecto y nos enfervorizamos, descubriendo haber sido conquistados por las mismas páginas de ese libro y de tener más o menos las mismas ideas sobre cómo adaptar la historia a nuestros días. No había ni rastro, en mí, durante esos momentos, de la duda que me había acompañado siempre cada vez que había creído en algo: por muy disparatado que pudiera ser, estaba hablando con Vittorio Mezzogiorno de la película que haríamos juntos, estaba sucediendo de verdad, y en eso había una fuerza tal que barría cualquier clase de duda: simplemente había hecho bien en creer en el poder kármico de mi idea y simplemente estaba teniendo la demostración de ello. Me vuelve a la cabeza todo esto, ahora, delante de Thierry, quien sigue disfrutando de los efectos de la bomba que acaba de lanzar, porque las páginas del Apuesta al amanecer que más nos habían entusiasmado a Vittorio Mezzogiorno y a mí eran aquellas en que Willi, el protagonista, que ha ido a Baden Baden para jugar al bacará, empieza a ganar desaforadamente; y a medida que las montañas de fichas crecen delante de él, pierde el control de la situación. Sus pensamientos se desbocan y empiezan a galopar por sí solos hacia los bienes a los que esas ganancias tan conspicuas le dan repentinamente acceso: un nuevo uniforme, una nueva mantellina, un nuevo sable, cenas en los restaurantes de moda y luego, mientras sigue ganando cada vez más, nueva lencería, zapatos de charol, paseos en el Wienerwald, incluso un carruaje… En la misma situación me encuentro yo ahora y es ésta la razón por la que permanezco callado, con la vista gacha, fija en la pantalla de los zapatos donde ha empezado a proyectarse una película llena de pompas y suntuosidades que hasta hace un momento habría dicho que nunca había deseado: sueldo fabuloso, poder, contrato blindado durante años, stock options, avión privado, obras de arte, coche antiguo, casas de lujo, chófer, beneficios adicionales de todas clases… Por muy cenagosa, interesada, rastrera y manchada de sangre que sea, hay que considerar de todas formas que la propuesta que se me acaba de hacer significa el acceso a todas esas cosas y yo me lo estoy pensando. Se trata de los frutos más apetitosos que la civilización a la que pertenezco es capaz de ofrecer, todos juntos, una especie de riqueza demostrativa hors categorie, puesta a disposición de un restringido círculo de elegidos: nada que ver con esa ordinaria e incluso banal con la que me había contentado; es obvio que voy a rechazarla: faltaría más, dado que no por nada se trata de una proposición bastante equívoca, tal vez incluso sea una trampa; pero hay que reconocer al menos que no existe una manera menos sucia y arriesgada para entrar a formar parte de ese círculo, y yo lo estoy reconociendo. Es obvio que voy a rechazarla, eso ni me lo cuestiono, como tampoco se cuestionaba Willi el hecho de dejar de jugar antes de perderlo todo, pero entre tanto estoy aquí mirando un velero de veintidós metros que pasa lentamente por delante de mis ojos, yo al timón y Claudia tomando el sol sobre la teca de la cubierta… Como esta noche, delante de la lista de los mensajes de Lara, ahí está un formidable límite mío que me impide hacer lo justo sin antes estar peligrosamente entreteniéndome con lo erróneo.
—No tienes que contestarme ahora —dice Thierry—. Sólo quería comunicarte nuestra decisión, así puedes pensarla un tiempo.
Es obvio que voy a rechazarla, pero entretanto, mientras callo, le doy a Thierry la sensación de que voy a pensarlo, de la misma manera que Willi, mientras sigue jugando, les da a sus compañeros la oportunidad de recuperar el dinero que les ha ganado. Oh, pero ¿por qué soy así? Yo no quiero ser avaricioso, ¿por qué lo soy? ¿Por qué quiero ser más rico y más poderoso de lo que ya soy? ¿Acaso no había decidido estar cerca de Claudia y desinteresarme de los jaleos del trabajo? Entonces, ¿por qué estoy pensando en cómo sería mi vida si ocupara el puesto de Jean-Claude?
—No, Thierry —me oigo decir—. Me temo que no es una buena decisión.
OK, ya lo he dicho, pero ¿por qué me ha costado tanto trabajo? ¿Por qué he tenido que llamar en mi ayuda a Schnitzler, Vittorio Mezzogiorno, Enoch, Claudia y a la propia Lara, que había llegado a ser amiga de Jean-Claude, y que nunca habría aceptado que yo ocupara su puesto? ¿Por qué he necesitado que todos estos espectros me guiaran, para hacer algo que por mí mismo sé que es lo justo? Ahí están, mirándome, decepcionados por mi titubeo, aliviados por la respuesta que al final, de todas formas, ha llegado; porque lo he dicho, he dicho: «No, Thierry», ¿verdad? No me lo he imaginado, como Maese Cereza: lo he dicho en serio, ¿verdad?
—Pietro, no me contestes ahora. Te encuentras en una situación difícil, por lo que no consigues pensar en el futuro. Pero dentro de un mes o dos las cosas habrán cambiado y recuperarás las ganas. Así le ocurre a todo el mundo, y así será también para ti. Confía en mí: tú eres el hombre indicado y nosotros podemos esperar.
El propio Thierry ha tenido que echarme una mano, con sus vacíos halagos de traidor: yo, el «hombre indicado»: pero ¿qué coño dice? Ahora me siento de nuevo dueño de la situación —ya me he negado, ¿verdad?—, pero estaría bien que no me olvidara nunca de que he sido capaz, frente a la propuesta más putrefacta que me han hecho en mi vida, de ver veleros y campos de golf. Existe ambición, en mí. Existe arribismo.
—Total —añade—, hasta que la fusión no esté completada, todo estará paralizado.
Willi no deja de jugar a tiempo, empieza a perder, y al final se encuentra con una deuda asombrosa, tres veces mayor que las ganancias que lo hacían soñar.
—No, Thierry. Si estoy aquí en vez de estar en la oficina eso significa que ya he tomado una decisión. A mí no me interesa en absoluto la fusión. A mí me interesa mi hija.
Pero Thierry sigue mirándome como se mira a un pobre viudo, y eso también es justo, digo yo, dado que le respondo como un pobre viudo.
—Y, además —añado—, yo no puedo ocupar el puesto de Jean-Claude. No hace ni siquiera dos semanas estaba aquí, donde estás tú en este momento, y sufría como un perro por el tema ese del avión. Y no nos ha «dejado plantados», como dice Enoch: sé perfectamente que lo han echado, y dado que soy amigo suyo no puedo ser yo quien se siente en su sillón.
Lo he dicho claramente, esta vez: no he buscado excusas, no he puesto a mi hija de por medio, mis palabras han dicho con claridad de qué lado estoy; y pese a ello Thierry las encaja con elegancia, como si lo hubiera invitado al teatro. Por otra parte, no debo olvidar que este hombre, para venir hasta aquí y proponerme una traición, ha bajado un par de niveles en el videojuego, y para él lo que a mí me parece perentorio y pesado podría ser interlocutorio y ligero.
—Pero ¿tú sabes qué ha hecho Jean-Claude? —me suelta—. ¿Lo sabes o no?
—No.
—Ha robado, Pietro. Ha mentido, ha engañado y ha robado. Y me lo ha hecho a mí. Tú dices que eres su amigo, pero yo también era su amigo, ¿sabes?, y desde hacía treinta años. Se ha aprovechado de la confianza que tenía en él y ha robado dinero a la sociedad: mucho dinero, Pietro. Ha falsificado los balances para…
Oh, no. Yo estas cosas no quiero escucharlas. Sin duda alguna es mentira: no tengo ninguna posibilidad de verificarlo, ahora a Jean-Claude lo han quitado de en medio y ellos pueden decir lo que quieran. Estas cosas no quiero escucharlas…
—… y cuando me he dado cuenta me ha chantajeado. Tú estas cosas no las sabes, no puedes saberlas, porque eres un hombre honesto y Jean-Claude no te ha implicado en ellas, pero…
Y no puedo escucharlas, tan débil, y avaricioso, y sensible a los halagos como, por lo que parece, soy.
—… jugando con el hecho de que en este momento un escándalo de ese tipo habría hecho saltar la fusión; estábamos, pues, obligados a…
Después de haber registrado ante los juzgados mi sociedad de producción e invertido mis cuatro cuartos en el guión, Vittorio Mezzogiorno murió. Una tragedia fulminante: de pronto ya no podía localizarlo, la intimidad entre nosotros se desvanecía de un día para otro, no había nadie que me dijera nada; y en el tiempo que empleé para descubrir que estaba enfermo, él ya había muerto. Fui al funeral; había allí actores, directores, productores, pero también mucha gente corriente, lo que de golpe había vuelto a ser yo también; gente que a lo mejor podía encontrarse a Vittorio Mezzogiorno en el banco, pedirle un autógrafo, felicitarlo e ir a su funeral uniéndose al gentío, pero que no podía soñar ni remotamente en trabajar con él. Así, ése fue también el funeral de mi carrera como productor; nunca pensé en continuar ese proyecto con cualquier otro: la señal que debía interpretar me había parecido incluso perentoria, y seguí trabajando como productor televisivo; algo que fue determinante para conocer primero a Marta, luego a Lara, para hacer que tuviera una hija, y para todo lo que en los últimos doce años ha sido mi vida.
—… te honra, pero, créeme, él no se lo merece. Te ruego, pues, que no cometas el error de renunciar a esta oportunidad por el afecto que sientes por él. Yo también lo sentía, y me he sentido muy consternado al descubrir lo muy deshonesto…
La película de Apuesta al amanecer todavía no la ha hecho nadie, pero hace un par de años en Austria realizaron una miniserie para televisión; y lo divertido fue que la decisión de si comprarla o no para Italia fue prácticamente la primera que tuve que tomar inmediatamente después de haber sido nombrado —por Jean-Claude— director de programas.
—… los hermosos años pasados juntos, nuestros éxitos, la edad de oro de los outsiders, y no he logrado encontrar ni una sola huella de esa deshonestidad. Y pese a todo tenía que estar allí…
No la compré: era mala.
—… o por lo menos la predisposición, ¿se dice así? La predisposición tenía que estar allí forzosamente, si luego ha hecho lo que ha hecho. Pero ¿dónde estaba? Me lo he preguntado durante meses, no he podido dormir hasta que he encontrado la respuesta. ¿Y quieres tú saber esa respuesta? ¿Quieres saber dónde estaba la deshonestidad de Jean-Claude cuando todavía era honesto?
Y tres. Esto resulta interesante. ¿Dónde estaba la blasfemia de Enoch? ¿Dónde estaba la avaricia que hace un rato me ha hecho vacilar? Y ahora — aunque yo sigo sin creer en esta historia—, ¿dónde estaba la deshonestidad de Jean-Claude? Por tercera vez en una hora me encuentro delante de la misma pregunta, una pregunta que hasta hoy nunca se me había planteado ni remotamente. No puede ser casualidad. Y si ahora Thierry sabe la respuesta, la respuesta me interesa.
—¿Dónde estaba?
—No estaba, Pietro. Ésta es la respuesta. No estaba.
Hay, ahora, una extraña luz en su mirada.
—Mira, en la universidad yo hice físicas. Y me acuerdo de haber aprendido que un átomo, al pasar de un estado a otro, emite una partícula de luz llamada fotón. Y sobre todo me he acordado de la pregunta que me pusieron en un examen sobre este tema: ¿de dónde surge, me preguntaron, ese fotón? ¿Cómo hace para surgir? ¿Dónde estaba antes? Esto, en el libro, no estaba explicado: era una forma de comprobar si había razonado al respecto. Y yo, que no había razonado al respecto, dije una tontería: dije que el fotón se encontraba ya dentro del átomo. Me explicaron, pues, que no es así, que el fotón no se encuentra, de ninguna de las maneras, dentro del átomo. El fotón hace su aparición en el momento mismo en que se verifica la transición del electrón, y eso ocurre precisamente debido a esa transición. ¿Comprendes? Es un concepto simplicísimo: los sonidos que mi voz produce en este momento no se encontraban dentro de mí. Es así como he podido resignarme a la deshonestidad de Jean-Claude sin tener que borrar treinta años de mi vida: las acciones que ha cometido en los dos últimos años no se encontraban dentro de él. Como los fotones, han hecho su aparición en un momento muy preciso, por causas muy precisas. Para ser precisos, igual que como cualquiera de los átomos de que está compuesto, Jean-Claude ha producido esa deshonestidad en el momento del paso de un estado al otro. Porque ¿sabes desde cuándo empezó a robar Jean-Claude? Desde hace dos años, Pietro, es decir, desde que se volvió a casar con esa especie de princesa vaishya. Ella ha tenido que renunciar a su casta, ¿entiendes?, para casarse con él, y él debe de haberse sentido repentinamente inapropiado, inferior, sensación que nunca…
Ya es suficiente. Me interesaba la respuesta, no todo el resto de cieno que Thierry tiene para echar sobre Jean-Claude. Y la respuesta ha llegado, importante. Hasta que no es golpeada por la raqueta, una pelota de tenis no contiene ninguna velocidad. El juicio que acompaña a nuestras acciones califica únicamente lo que somos, no lo que éramos con anterioridad. Yo he sido avaricioso tan sólo hace un rato, y sólo en ese momento. La blasfemia de Enoch existe tan sólo desde esta mañana. Sí, esta historia de los fotones me convence. Y, ahora que ya tengo una respuesta convincente, puedo aplicársela también al tema que hasta este momento he evitado afrontar cuidadosamente: yo deseé físicamente a Marta solamente ayer, solamente durante ese largo abrazo en este banco; porque es inútil negarlo: yo, ayer, mientras la abrazaba, la deseé, y ella debió de darse cuenta; pero ese deseo no estaba dentro de mí previamente, no se había quedado ahí desde que acabamos yéndonos a la cama juntos, hace doce años, como es probable que ella haya creído; y puesto que no estaba ahí, ese deseo no ha torturado a Lara para nada durante la vida que hemos vivido juntos; no la ha agobiado de celos y, con mayor razón, no la ha matado. Yo deseé a Marta hace doce años, antes incluso de conocer a Lara; luego me uní a Lara porque deseaba a Lara, y mientras estaba unido a Lara seguí deseando a Lara; y luego he vuelto a desearla, a Marta, ayer, en una fase completamente nueva de mi vida, después de que la transición no de uno sino de miles de millones de electrones haya cambiado radicalmente mi vida, mi condición: mi estado, justamente. Todo lo ciego y salvaje que se quiera, considerando también que Marta está embarazada: pero lo que sentí ayer era únicamente un impulso, un fotón de deseo en estado puro generado por el repentino, e inesperado, y casi intimidatorio, coño, flamear de sus tetas ante mis ojos durante su ataque de pánico: punto final, tema cerrado.
Mientras tanto, Thierry se ha quedado callado. Parece que se ha desahogado, él también, o tal vez lamenta que se le haya escapado algo de sincero, habiendo venido hasta aquí desde París únicamente para poner en práctica la jugada 109 de su elaborada estrategia como traidor. Y ahora yo tengo una oportunidad: un semidiós ha descendido hasta mí, se ha empequeñecido para llevar a cabo una misión y, de hecho, los que nos ven en este momento —el paquistaní, la mujer con el carrito, el quiosquero— no tienen la más mínima posibilidad de adivinar hasta qué punto es más poderoso que yo el hombre que está hablando conmigo: como mucho, pueden pensar que es apenas un poco superior, por una mera cuestión de madurez. Esto es algo que él ha querido, por motivos que nunca conoceré: por tanto, si quiero resistirme a él —y lo quiero, aunque acabe de saber que soy más débil de lo que yo me pensaba— me conviene colocarlo de nuevo encima del pedestal del que se ha bajado. Total, esto es una obra de teatro: se trata únicamente de no confundir los papeles ni de intercambiar las réplicas. Ese famoso velero me lo puedo alquilar en todo caso por un par de semanas, lo importante es que él vuelva a ser el futuro vicejefe del mayor grupo mundial de telecomunicaciones y yo un pobre directivo de la periferia, que se ha quedado viudo hace poco.
—Entonces —dice Thierry—, ¿te lo vas a pensar?
Jugada número uno: cobrar todos los créditos de los que uno dispone.
—Contéstame a una cosa —le digo—. ¿De verdad me consideráis tan preparado?
—Sí —responde, decidido—. No es Jean-Claude el único, en este mundo, que te tiene aprecio.
Óptimo.
—Entonces, ¿puedo decirte lo que de verdad me gustaría?
—Pues claro. ¿Qué quieres?
Jugada número dos: apostarlo todo a algo que, para él, resulte incomprensible.
—Me gustaría quedarme aquí.
Jugada número tres: hacer una pausa. Es importante darle tiempo para creer que eso lo contemplo como una condición para aceptar la presidencia, y para empezar a pensar lo muy incómodo que sería volver a París con un nuevo presidente que quiere quedarse todo el día delante del colegio de su hija. Pero antes de que elabore el concepto es necesario interrumpir la pausa —jugada número cuatro— y recordarle quién es.
—Y si no es posible, entonces me gustaría que me despidieras ahora mismo, tú, y no se hable más, sin que este asunto se alargue innecesariamente. De hecho, no voy al trabajo, tenéis una causa justificada.
Ya está hecho. Fin de mi estrategia, pero sobre todo, llegados a este punto, fin también de la suya. Está desconcertado, lo veo, no sabe a qué carta quedarse. Tenía como objetivo promocionar a este individuo a presidente y una potencia de fuego fenomenal para conseguirlo: ¿cómo habrá pasado?, se estará preguntando, ¿cómo diablos habrá pasado, que hemos acabado a un paso de su despido? ¿Y por qué estamos hablando de lo que quiere él y no de lo que yo quiero? ¿Cuándo me ha birlado este sujeto el control de la situación? Ah, las viejas discusiones con mi hermano sobre cómo luchar contra el sistema: él estaba por atacarlo desde fuera, por tanto, por la rebelión; yo, por disolverlo desde dentro, por tanto, por la subversión; él ponía cien gloriosos ejemplos sobre cómo podía uno rebelarse contra el sistema, yo ni siquiera conseguía poner uno sobre lo que significaba, exactamente, subvertirlo. A esto, Carlo: me refería a esto.
—Pero ¿por qué aquí? —dice.
Exacto, Thierry: ¿cómo demonios este lugar se ha convertido repentinamente en decisivo?
—Porque estoy bien aquí.
—Lo entiendo, pero ¿aparte de eso? No consigo entender qué es lo que tienes en la cabeza, Pietro.
Exacto: ¿y decisivo para qué?
—No hay nada más, aparte de esto. No tengo nada en la cabeza.
—No lo creo. En este momento tú puedes pedirme dinero, puedes pedirme tiempo, puedes poner condiciones muy ventajosas para tu futuro, y lo único que me pides es quedarte todo el día delante de un colegio, algo que podrías hacer perfectamente tomándote un mes de vacaciones.
—Las vacaciones ya se me terminaron.
—Da igual, lo decía por decir: no consigo creer que en lo único en que piensas es en tener contenta a tu hija. ¿Dónde está el truco?
—Mi hija no me ha pedido que me quedara aquí. Es una idea mía. Y no hay ningún truco.
En este momento no viene nada mal una palabra cuyo principio activo, a Thierry Léon Larivière, en esta época, debería resultarle tan urticante como el vitriolo.
—Es la verdad —añado.
Pero no produce mucho efecto. Tan sólo una pequeña pausa.
—¿Así que de verdad no quieres la presidencia?
—No, Thierry, de verdad. No está hecha para mí.
—Perdona mi sinceridad —dice—, pero ¿tú estás seguro de que estás bien?
Un primer matrimonio con una americana, una hija de dieciocho años —según parece— drogadicta; una nueva esposa francesa más joven, dos niños con los que nunca está, una amante canadiense todavía más joven a la que todo el mundo conoce —yo incluido— porque de vez en cuando la luce en sociedad, y una semana hecha de ir arriba y abajo y de una orilla a otra del océano Atlántico: apostaría a que no consigue creerse que yo quiero quedarme aquí y basta.
—Sí. Estoy bien.
—Lo que quiero decir es que, después de lo ocurrido, sería comprensible que…
Le dejo todo el tiempo necesario para que pueda encontrar cómo acabar la frase, en el caso de que se haya interrumpido por el azoramiento: pero no está de ninguna manera azorado y no tiene nada más que añadir. Mucho mejor.
—Estoy bien, Thierry —repito—. Lo que pasa es que he cambiado mis prioridades.
Frunce el entrecejo y asiente. Tiene que decidir si me despide o si me autoriza a permanecer aquí; pero, sobre todo, lo que ocurre es que no estaba preparado para esto —¿cómo puedo despedirlo, se estará preguntando, si he convencido a Boesson de que lo necesitábamos vivo e incluso de presidente?—, y que en ningún caso se va a volver a París con lo que pretendía conseguir. No está mal. Tal vez él tenga razón, tal vez sería un óptimo tiburón. O tal vez no; es más, seguro que no: nunca fui tan bueno y esta obra de arte no es más que otro fotón, del que hace media hora en mi interior no había ni la más mínima huella.
Es hora de recoger beneficios, entre paréntesis, antes de que se reorganice.
—Entonces, ¿qué?, ¿puedo quedarme aquí?
Sonríe, mira de lado, hace una mueca que no podría ser más francesa. ¿Cómo coño lo habrá hecho este sujeto, se está preguntando, para pillarme así?
—No para siempre, de todas maneras —silba.
—Trato hecho. —Le tiendo la mano—. No para siempre.
Me estrecha la mano, luego me atrae hacia sí e, incluso, me abraza: y resulta hasta posible que este abrazo sea sincero, puede ser que hasta me aprecie de verdad, a su manera. Se separa, se mete una mano en el bolsillo y se saca un paquetito rojo con una cinta plateada. Me lo tiende.
—Dale esto a Lara de mi parte —dice.
Sí: voy al cementerio, profano la tumba, abro el ataúd con una palanqueta y se lo dejo dentro. La niña se llama Claudia, capullo: Claudia…
—Gracias.
Y se marcha de aquí, ignorante por completo de esta metedura de pata final. Le he ganado, pero en modo alguno se marcha con aspecto de derrotado. Es un profesional, diablos, sabe perfectamente que una mala pasada de vez en cuando puede llevársela. Le dirá a Boesson que no estoy en condiciones de ser presidente y se vengará en la primera ocasión que tenga.
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