Caos calmo

Sandro Veronesi · Capítulo 39 de 40

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Caos calmo

Capítulo 37

 

En las zonas salvajes de Illinois, entre la espesura de las hierbas altas y las viejas pistas de los ciervos, se oye el eco del aullido de los lobos. Viejos depredadores, se agazapan en la noche oscura para atacar a sus presas o para huir de quienes les dan caza. No son las brillantes luces de Chicago, sino más bien algo primordial, algo que ha resistido casi inmutable durante miles de años. Una caza que nunca termina. Una caza en la que de un momento a otro el cazador puede transformarse en presa. Asentada en el corazón de este caos calmo está la pequeña ciudad de Tuscola, donde viven criaturas oscuras que luchan por sobrevivir a la antigua batalla.

¿Sabéis esas cosas que uno empieza a sabiendas de que le van a interrumpir pronto? ¿Y luego, por el contrario, no le interrumpen a uno? ¿Y que entonces uno prosigue y el asunto se va haciendo interesante? Eso mismo, eso es lo que me ha pasado a mí.

Acabo de averiguar que en la Red existen 2180 sitios que mencionan «quiet chaos». He intentado abrir alguno, pero todos eran demasiado pesados y mi móvil no lo conseguía. El único que he conseguido abrir es éste, y ahora tengo una definición de caos calmo: una caza que nunca termina, una caza en la que de un momento a otro el cazador puede transformarse en presa. ¿Qué tiene que ver esto con mi vida? Puede ser interesante reflexionar al respecto. Pero antes puede ser interesante reflexionar sobre cómo he llegado hasta aquí.

Tiene que venir Boesson, ¿no? Pues bueno, para pasar el rato mientras espero su llegada, me han venido ganas de hacer algo: me he conectado a Internet con el teléfono, he ido a Google y he tecleado «Isaac Steiner»: han aparecido 54 800 enlaces. Luego he tecleado «Patrick Boesson», y los enlaces eran 53 600. Justo, he pensado: signifique lo que signifique, estas dos divinidades que dentro de tres días fundirán sus imperios tienen el mismo peso en la Web. Casi, de todas formas: y la diferencia del que estará por debajo no debe ser desdeñada. Si en ese momento hubiera llegado Boesson habría sido simplemente un buen pensamiento para tener en la cabeza en el momento de estrecharle la mano. Pero lo cierto en que no ha llegado, así que he seguido consultando en Google. He tecleado «Jean-Claude Sanchez» y los enlaces han caído hasta 317: esto también es justo, dado que a Jean-Claude siempre le ha gustado estar a la sombra. «Thierry Larivière», hemos remontado a 19 600. «Pietro Paladini»: 111. Perfecto. El pensamiento que tendría que tener en la cabeza al estrechar la mano de Boesson ha ido mejorando. Pero Boesson no llegaba y he seguido adelante. Se ha convertido en una especie de juego, y he empezado a anotar los resultados en la libreta. Carlo Paladini: 185 000. Barrie: 4 470 000. Giorgio Armani: 1 050 000. Federico Piquet: 113 (dos más que yo, qué rabia). Paolo Enoch: 9. Eleonora Simoncini: 207. Enrico Simoncini: 493. Marta Siciliano (mi cuñada): 101. Lara Siciliano (mi esposa): 0. Radiohead: 571 000. Elton John: 2 160 000. Silvio Berlusconi: 571 000 (como los Radiohead). Coca-Cola: 9 240 000. Pepsi-Cola: 1 110 000. Mafia: 4 280 000. Bill Gates: 7 100 000. William Gates: 51 100. Bil Gates: 5770. Bill Gathes: 92. Brill Gates: 142. Bill Grates: 242. Bill Gaites: 159. Bill Gatse: 450. Bill Ggates: 24. Bill Gsate: «quizás quiso decir Bill Gates». George Bush: 7 510 000. George W. Bush: 15 900 000. Bin Laden: 5 290 000. Sadam Husein: 17 000 000. Devil: 30 400 000. God: 63 900 000. Death: 115 000 000. Sex: 183 000 000…

Ha sido en ese momento cuando se me ha ocurrido teclear «quiet chaos», y el juego ha entrado en una fase completamente nueva. 2180 enlaces la verdad es que no me lo esperaba. Creía que el caos calmo lo había inventado yo, ¿me explico? Creía que no existía. Esperaba encontrarme algo, porque sé bien que en este mundo no se inventa nada de verdad: pero 2180 sitios que utilizan esta expresión realmente me han sorprendido. He probado en italiano y español: 8. En francés: 9. En inglés: 2180. Por tanto se trata de algo anglosajón, muy probablemente americano. Y me han venido ganas de abrir esos sitios, leer en ellos qué tiene que ver el caos calmo, y, sobre todo, qué es. Pero mi móvil no consigue abrir casi ningún sitio, porque siempre son demasiado pesados. El único que ha logrado abrir es éste, titulado Tuscola: Destinos Sepultados. Debe de haber alguna ilustración, algún gráfico, pero la pantalla no lo visualiza, y luego ese breve texto: fuerzas oscuras, criaturas primordiales, antigua batalla, cazadores que se transforman en presas, y «nestled in the center of this quiet chaos» —o, lo que es lo mismo, que el caos calmo sería el conjunto de todas estas cosas—, una pequeña ciudad de Illinois. Luego está el icono para clicar y entrar en el sitio, pero no hay nada que hacer, mi teléfono no es capaz de hacerlo, cuando te lo venden te dicen que puedes navegar por Internet, pero luego descubres que todo es siempre demasiado…

Ya está ahí. Boesson. Ha llegado. A pie. Solo. Está subiendo por el lateral, está surgiendo, me refiero a que cada paso descubre un nuevo trozo de su cuerpo. Parece un muchacho. Sube a buen paso, sin miedo a resbalar en la acera cubierta de nieve. Ya no nieva, pero la ventisca lo ha blanqueado todo, y los coches circulan a duras penas por la subidita que lleva al colegio. Boesson, no: él camina rápido como si la nieve fuera hierba. Va vestido de negro, con un abrigo ajustado que le llega hasta las rodillas. Me ve e incluso me saluda, desde lejos. Solamente nos hemos visto en una ocasión, en el Festival de Cannes, el mayo pasado, durante una cena con cuatrocientos invitados: una de las miles de manos que ha estrechado de mala gana en una de las docenas de ocasiones mundanas en las que ha participado de mala gana, porque parece que tiene fobia; ¿cómo habrá podido reconocerme? Yo también lo saludo, voy hacia él y nos encontramos delante del parque.

—Hola —me dice, sonriendo, y me tiende una mano. Es horrorosamente joven, para ser un dios.

—Hola.

El apretón es ligero, amigable. Está sonriente, relajado. La piel, lisa, pálida, sin arruga alguna. El pelo, negrísimo.

—¿Cómo estás?

Me tutea. Yo también tendré que tutearlo. Veamos qué tal suena.

—Bien. ¿Y tú?

Ligero. Natural.

—He dado un buen paseo —dice—. Cuando nieva no lo resisto: tengo que salir a caminar. Desde que era niño.

Sorprende su perfecto italiano, carente del más mínimo acento. Ni siquiera arrastra la erre. Sólo los espías, por regla general, aprenden las lenguas tan perfectamente.

—Así que es aquí donde estás.

Lleva los zapatos empapados. Uno de ellos hasta se ha desabrochado.

—Sí.

Levanta los ojos hacia los árboles cubiertos de nieve, los abraza con una mirada que comunica aprobación.

—Haces bien. Yo también lo haría, en tu lugar. Tal vez incluso en el mío, pero tendría el problema de que tengo cuatro hijos, y van a tres colegios diferentes. Por tanto, no podría hacerlo. Podría hacer turnos delante de los tres, pero no sería lo mismo.

Y sonríe, rodeado del vapor de su aliento. La verdad, menuda situación: había sólo un hombre en el mundo que fuera más importante que el que ha venido hasta aquí hace dos horas, y ahora está aquí él también, y me habla de sus hijos como un viejo compañero de universidad, y yo ni siquiera me sorprendo de ello. ¿Cómo habría podido suceder todo esto, si yo hubiera deseado que pasase?

—¿Tú conoces bien a Steiner? —me pregunta, a quemarropa—. ¿Es amigo tuyo?

Oh, no. Ha venido por esto. Bueno, está claro: sabe. Qué decepción. No es verdad que el misterio engendre misterio, se trata únicamente de pacotilla romántica. El misterio engendra consecuencias lógicas, como todas las cosas.

—No lo había visto hasta hoy.

—¿En serio? ¿Y qué ha venido a hacer aquí? —Sigue sonriendo. Ninguna amenaza, ninguna autoridad. Parece de veras sólo curioso: joven, distendido y curioso.

—Ha venido para contarme una historia.

Ahora querrá que se la cuente, maldita sea. Y yo tendré que decidir si lo complazco o no, porque su misma docilidad me dice que no estoy obligado a hacerlo, que puedo elegir; y sin duda alguna se trata de una elección importante, porque entre decírselo y no decírselo hay una gran diferencia, pero el hecho es que no sé qué es lo que está en juego, no tengo ningún criterio por el que decidir.

—¿Una historia? ¿Qué historia?

—Una historia muy íntima —respondo—. Pero ya te digo de entrada que no tiene nada que ver con la fusión.

—Humm —muge, con curiosidad. Se calla. Parece reflexionar. Yo miro a mi alrededor, desorientado, como si le preguntara a este lugar qué es lo que tengo que hacer. Ayúdame, lugar. Pero está desierto, toda esta nieve ha borrado cualquier clase de presencia. No, un momento: del bar sale la empleada de la agencia de viajes, con los cafés en vasos de cartón. Por tanto es la hora en que Matteo y su madre salen de la terapia, eso en el caso de que hayan venido. ¿Qué día es hoy? Viernes, por tanto, deberían venir. No los he visto llegar, pero hace dos horas estaba encerrado en el coche con Steiner y nevaba con fuerza; pues entonces vamos a ver: si salen, es decir, si han venido a la sesión hoy también, incluso bajo la nieve, con los autobuses paralizados y el metro repleto de gente, entonces dentro de poco saldrán por el portal y yo no le diré nada a Boesson. En cambio, si no salen, porque la madre ha visto el tiempo que hacía y ha decidido quedarse en casa, a pesar de que le hayan encarecido que no se saltara ninguna de las sesiones, sobre todo ahora que tiene la mitad de horas, en fin, si hoy esa mujer ha cedido, entonces también cederé yo, y le contaré a Boesson lo que me ha dicho Steiner. Es un criterio, en cualquier caso.

—Y nunca antes lo habías visto —dice Boesson, y sonríe, nuevamente.

—No.

Su inmovilidad es impresionante: quieto, plantado como un ciprés. No es sólo el cuerpo: la cabeza, las piernas, los brazos, las manos: todo inmóvil. Ahora por ejemplo ha movido los ojos, los ha bajado un instante y luego los ha vuelto a levantar, pero sólo ha movido los ojos. No creo que uno pueda estar tan quieto de manera espontánea, no con este frío. Es control.

El portal del edificio donde está la consulta de fisiokinesioterapia está cerrado.

—Verás —dice—, en La riqueza de las naciones Adam Smith sostiene que los capitalistas se reúnen rara vez, incluso para celebrar algo y divertirse, y que en cualquier caso su conversación acaba siempre con algún complot.

—Pero yo no soy un capitalista —digo.

—Ya —asiente Boesson, parece divertirse—. Y sin embargo…

Se saca un papelito del bolsillo, lee algo.

—Desde las 10.22 a las 10.46 —levanta los ojos, sonríe— uno de los mayores capitalistas del mundo ha estado encerrado en tu coche, junto a ti. Y te ha contado una historia. Sin que os conocierais de antes —asiente—. Es extraño, ¿no te parece?

—Sí. Es extraño.

Pero no, no es extraño. Steiner ha venido aquí a sufrir, como todos, porque este lugar atrae el dolor. Punto. El portal sigue estando cerrado.

—Oh, como es natural, la persona vigilada no eras tú —dice Boesson, y se mete la hojita en el bolsillo.

Dios tiene paciencia, dijo Enoch: ¿cuánta tendrá él? ¿Cuánto tiempo podré escabullirme? ¿Dentro de cuánto rato se podrá decir que Matteo y su madre no han venido?

—¿Eso significa que en este momento él te está haciendo vigilar a ti? — pregunto.

Boesson se ríe, pero mientras ríe mira a su alrededor: primero a la derecha, luego a la izquierda.

—Podría ser —dice—. Quién sabe…

Agacha la cabeza y permanece así, con los ojos bajos, en una postura que sería muy sensual si fuera una mujer. Claro, qué diferencia entre Steiner y él: todo lo que aquél ostenta su grandeza, la oculta éste. Con la cabeza agachada frente a mí…

—¿Sabes, Pietro? —dice y me mira—. Yo soy como el teniente Colombo: cuando las personas hacen algo raro las preguntas me entran en la cabeza y no salen de ahí hasta que no encuentro una respuesta. Y ahora la pregunta que está en mi cabeza es: ¿por qué Steiner ha venido hasta aquí para contarte una historia?

Ahí están. Primero sale la madre: mira al cielo, se da cuenta de que ya no nieva, luego hace salir a Matteo, completamente arrebujado. Y ahora veamos si tienes pelotas, Pietro Paladini…

—No tengo ni idea —digo.

Matteo lleva dos fantásticos descansos rojos, que sobre el blanco de la nieve se destacan como la sangre. La madre lleva en la mano un gran paraguas negro. Se encaminan hacia nosotros y cruzan la calle.

—A lo mejor si me dijeras qué historia te ha contado podríamos comprenderlo.

Alcanzada la acera, la madre empuña el paraguas por la punta y Matteo se agarra al mango y se deja llevar, como si fuera el enganche de un telesilla, patinando con sus descansos sobre la acera nevada. De la naturalidad con la que lo hacen, sin ningún preliminar, ninguna discusión, parece el cumplimiento de algún acuerdo preciso: «Venga, Matteo, si vienes te llevaré en un telesilla»…

—No, créeme —digo—, no lo comprenderíamos.

La madre ahora camina hacia atrás, llevando a Matteo agarrado al paraguas. Y Matteo sabe patinar bien, sin perder el equilibrio, en una posición desgarbada pero estable, con el culo hacia atrás y los hombros hacia delante, para compensar. Ahí está, ya ve mi coche, aparcado en el sitio de costumbre: a media calle, ahora, entre ellos y nosotros. Me meto la mano en el bolsillo y presiono la tecla del mando a distancia.

Beep.

—A lo mejor tienes razón —dice Boesson—. Aunque bien podrías decírmelo.

Matteo recibe el saludo pero no se arriesga a responder con la mano, como suele hacer, porque lo que está haciendo exige de él el máximo. Ahora también lo mira Boesson: en vez de cabrearse mira al niño con auténtico interés, y sigue mirándolo un rato antes de volver a observarme, sonriente. Lo que ocurre es que ahora yo sé lo que tengo que hacer, y con esta humildad de monje él termina facilitándome las cosas.

—Preferiría no hacerlo —digo.

Boesson no pestañea, como si fuera algo normal, para él, oír que le dice no el subordinado de un subordinado de un subordinado suyo, y ni siquiera deja de sonreír.

—¿Por qué? —se limita a decir, de la más pacífica de las formas.

Claro, por qué. Porque esta mujer que ahora me devuelve el saludo es una heroína, he aquí el porqué: también esta mañana ha salido, bajo la nieve, para llevar a su hijo a una sesión de fisiokinesioterapia que nunca hará que llegue a ser como los otros niños, pero que de todas formas le sienta bien, y ahora lo lleva tras de sí, lentamente, literalmente, no como un peso, sino como un ser humano que con un poco de trabajo, y de paciencia, y de atención añadida puede ser capaz de divertirse incluso mucho más que el resto de la gente. Por esto no te lo voy a decir. Total, lo que tú quieres, una explicación lógica, no existe.

—Hola, Matteo —digo, mientras el niño se desliza por mi lado.

—Hola —responde él, con su voz nasal. Está más contento que unas pascuas. Boesson debe de haberse dado cuenta ahora de que tiene síndrome de Down, porque su sonrisa se hace viva, sorprendida.

—Qué buenos sois, los dos —digo, y Matteo cierra los ojos como hace Dylan cuando lo acaricio debajo de la garganta. La mujer me lanza una mirada repleta de gratitud por haberla incluido en mi cumplido y así, mientras camina hacia atrás, con el hijo que sigue patinando sobre la nieve agarrado al mango del paraguas, se marcha hacia el lateral acompañada por nuestras sonrisas: según la teoría de Marta, ha hecho acopio de energía. Lo único es que ahora la pendiente de la calle ha aumentado y se ve que ella no se fía, y se para, decretando el final del juego del telesilla. Matteo no parece protestar: deja el mango del paraguas y así, llevado de la mano por su madre como siempre, desaparece paso tras paso tras la joroba que la calle hace bajando hacia el lateral, exactamente igual a como, hace un rato, ha aparecido Boesson por ahí. Boesson, que ahora empieza a mirarme de nuevo, dócil, conciliador, inmóvil, normal.

—Oye, Pietro —dice—. ¿Por qué no quieres decírmelo?

Y sigue sonriendo. La verdad es que parece una persona exquisita, llena de gracia y de humildad. Si ahora Claudia se asomara a la ventana, me vería junto a un amigo mío. Pero Jean-Claude dice que es megalómano y paranoico y yo le creo. No debo dejar que me jodan por lo que veo: este hombre no es lo que parece. No es humilde, es arrogante. Es uno de esos individuos que tienen la pretensión de sentirse afectados por todo lo que sucede, como Piquet: pero Piquet es un medio mierda y confunde un lector de CD con un portalatas, mientras que Boesson es un coloso de las finanzas y quiere conquistar el mundo.

—Porque no tiene nada que ver con la fusión, ya te lo he dicho. No tiene que ver con nada. Tan sólo ha sido una confesión sin sentido.

Se cree omnipotente y, pese a todo, lo que quiere saber, es decir, por qué Steiner ha estado aquí, eso nunca podrá saberlo. Y, dado que por lo visto tengo las pelotas para decirle que no, ni siquiera sabrá la razón por la que me niego a decírselo. Ja. Me parece que se ha achicado bastante. Ay, la prosopopeya del poder sirve, ya lo creo que sirve: los cochazos, el lujo, los chóferes, los guardaespaldas, el mal genio: sirven. No es por azar que, mientras él está callado, probablemente reflexionando sobre el hecho de que ahora ya es demasiado tarde para ordenarme lo que hasta aquí se ha limitado a pedirme con amabilidad, yo esté pensando algo que también valía para Steiner, igual igual, pero que delante de Steiner no he pensado: estoy pensando que con todo su poder, ni siquiera sabe la razón por la que él mismo está aquí. Si Lara no hubiera muerto, estoy pensando, él no estaría aquí. Si no hubiera muerto mientras yo estaba salvando a Eleonora Simoncini, él no estaría aquí. Si la primera mañana no le hubiera dicho en broma a Claudia que la esperaría fuera hasta la salida, y si luego no hubiera decidido hacerlo de verdad, y si al día siguiente no hubiera decidido decírselo de nuevo y luego hacerlo, y al hacerlo de nuevo no me hubiera sentido tan bien, ahora él no estaría aquí. Y tampoco estaría aquí si hace seis años hubiéramos matriculado a Claudia en el colegio privado en cuyo parvulario había estado antes, y donde habría sido matriculada efectivamente si en el curso de seis meses los padres de Lara no hubieran sido liquidados por la misma extraña clase de tumor glandular, dado que la cuota la pagaban ellos, encarnizados defensores de la escuela privada, como regalo a su amada nietecita, y habría sido imposible matricularla en un colegio público sin generar malos rollos. Y si, tras la muerte de los padres de Lara, la hubiéramos matriculado en la otra escuela pública que nos gustaba, la Rossari-Castiglioni, más cómoda porque nos quedaba más cerca de casa, y porque Marta ya había matriculado a Giovannino, pero, por lo que parece, según opiniones recogidas aquí y allá y nunca verificadas de verdad, mucho más complicada que ésta, razón por la que nos quedamos indecisos hasta el último día; y si al final Lara no me hubiera dicho decide tú, y para decidir yo no hubiera hecho algo que nunca le dije, es decir, ir a Annalisa, mi secretaria, y preguntarle, sin decirle nada, «¿cuál de estos nombres te gusta más, Cernuschi o Rossari-Castiglioni?», y Annalisa, esa mañana, sin tener la más mínima idea de lo que se trataba, no hubiera respondido «Cernuschi» con su habitual expresión de abatimiento, él ahora no estaría aquí…

—Oye, Pietro —vuelve a la carga, sin haber perdido ni un ápice de paciencia—. Yo entiendo tu discreción, y hasta la aprecio: pero deja que te exponga mi punto de vista. El lunes Steiner y yo tenemos que formalizar la mayor fusión del mundo, porque se trata de esto: la mayor fusión del mundo. Las negociaciones han durado nueve meses, y al final el acuerdo contempla que yo seré el presidente y él, el vicepresidente. Ahora mírame, por favor. Mírame…

Levanta los brazos y da una vuelta sobre sí mismo, voluptuosamente, muy satisfecho por la humildad que se obstina en exhibir, y que lo está jodiendo.

—¿Te das cuenta de que no soy como él? ¿Te das cuenta de que soy igual que tú? De acto podría ser tú. —Ya está ahí, el galicismo, la imperfección que a un espía podría costarle la piel—. ¿De qué trabajaba tu padre? —pregunta.

—De abogado.

—¿En serio? ¿Lo ves? También el mío trabajaba de abogado. Somos iguales. Y a partir del lunes yo, es decir, tú, estaré un escalón por encima de Steiner. Él es el Tiburón Judío, Pietro, y ya lo era cuando tú y yo éramos niños. Él es de la clase dirigente. Nunca ha sido vice de nada: nunca, en toda su vida. Pero esta vez no tenía la fuerza para estar encima y ha tenido que aceptar estar debajo.

Hace una pausa, que me permite darme cuenta de una cosa: al apodo de Steiner le ha pasado como a la película de Spielberg, que se llamaba Jaws y que se transformó en Tiburón. De la misma manera, hace dos horas Steiner ha dicho que era the Jewish Jaws, lo que más o menos sonaba como Mandíbula Judía; pero ahora Boesson lo llama como yo también lo conocía, Tiburón Judío. En mi opinión, no es una casualidad. En mi opinión depende del hecho de que Steiner esa película no la ha visto simplemente, como todos nosotros: él esa película la ha producido.

—Verás —prosigue—, no sé tú, pero yo nací en una pequeña ciudad de trece mil habitantes. Una pequeñísima ciudad donde todo el mundo se conocía. Y cuando mi padre me llevaba a la fiesta del 14 de Julio yo miraba al alcalde, en el palco, y pensaba que era la persona más importante del mundo. Pensaba que debía de tener como mínimo trece mil preocupaciones, una por cada uno de nosotros. Ahora, nuestra fusión afecta a cerca de doscientos diez mil empleados y para ellos yo seré como ese alcalde. A partir del lunes, todos, empezando por el más humilde de los recaderos de nuestra sede en Bangalore, tendrán derecho a estar entre mis preocupaciones. Tendré que preocuparme de que todos y cada uno se sientan investidos de la energía producida por la fusión, y que sean optimistas, que esperen mejorar sus condiciones. Tendré que preocuparme de que trabajen y que produzcan, pero también de que busquen un concreto objetivo personal. Y lo haré, porque voy a ser un buen alcalde.

Se calla, sonríe. ¿Qué está intentando decirme? Ya las sé, maldita sea, todas estas cosas, ya las he oído: soy un buen jefe, confiad en mí, la energía, la comprensión, si mi perro es atropellado por un coche la culpa es mía… ¿Fue así como embrujaste a un viejo zorro como Thierry? ¿Así lo convenciste para que vendiera su alma, con la retórica del buen alcalde de provincias?

—Así, lo que va a ocurrir es que cualquiera de los empleados va a generar una presión sobre sus inmediatos superiores, ¿comprendes? Los investirá de una fuerza que ellos irán recogiendo y, a su vez, la descargarán sobre sus respectivos superiores, y así irá para arriba, ascendiendo, de un nivel a otro, de una sociedad a otra del grupo, hasta arriba del todo. Todos serán atravesados por este flujo de energía positiva, tú también: alguien que está por debajo de ti esperará ocupar tu lugar, mientras que tú esperarás ocupar el de quien está por encima de ti. Hablo de cosas muy simples, Pietro, muy humanas: ponerse a prueba con tareas más importantes, comprarse un coche más bonito, trasladarse a una casa más grande, o a un barrio más elegante… Ahora intenta imaginarte la presión que se va a generar: intenta imaginarte esta acumulación de doscientas diez mil aspiraciones individuales en una única tensión colectiva, desde abajo hacia arriba; será esta tensión la que nos haga verdaderamente grandes; y yo sé cómo producirla.

Pues claro, es así como lo convenció. No importa lo que se dice, importa quién lo dice. Y es así como nos convencerá a nosotros también, soldadesca de directivos, en la convención que se va a organizar dentro de un par de meses en Biarritz, o en Palma de Mallorca. Llegaremos sombríos, pesimistas, enervados por las dudas sobre nuestro futuro que de manera imprevista se nos ha hecho incierto, y en esa especie de lujo automático de los hoteles de cinco estrellas nos ensartará como a tordos con su bulliciosa demagogia del sano capitalismo de antaño, que su discurso nos presentará tan dulce y tentador como un vergel. Y nosotros no podremos hacer otra cosa que creerle, claro, porque veremos con nuestros propios ojos que él mismo lo cree, que lo creen Steiner y Thierry, mientras que el único que no ha creído en ello se ha descubierto que era un ladrón y un malversador. Pero hay algo que no entiendo: ¿cómo puede pensar que va a convencerme a mí, ahora, aquí? Y sobre todo, ¿de qué?

—Lo único que ocurre es que en toda esta historia yo voy a ser el único que no podrá descargar nada sobre quien está por encima de él, porque por encima de mí no habrá nadie. Mientras que inmediatamente por debajo tendré a Steiner, quien nunca ha estado por debajo de nadie; y también Steiner, como todos los demás, podrá aprovecharse de esa gran presión colectiva que se le echará encima para intentar mejorar su propia posición, o lo que es lo mismo: ocupar mi puesto.

Hombre, eso es: ya hemos llegado. Tiene miedo. Y claro: lo habrá visto él también, que en la Red aparece el nombre de Steiner más veces que el suyo; habrá sentido también el formidable respeto que es capaz de imponer Steiner simplemente apareciendo, respeto al que sólo supieron resistirse esos estúpidos banqueros suizos, que fueron castigados a sangre y fuego de inmediato. Después de tantas vueltas, al final él también ha venido aquí para sufrir: bienvenido, Boesson, a la tierra del dolor.

—¿Comprendes ahora por qué es tan importante lo que diga o haga Steiner? ¿Sobre todo si es algo raro?

Ya, lo decía también ese sitio que abrí hace un rato: la caza continua, el cazador se convierte en presa; y, en medio de este caos calmo, un hombrecito vestido de negro no es capaz de hacer que le digan algo que no significa nada.

Se ha achicado en exceso, ésa es la cuestión.

—Lo entiendo —digo—. Pero lo que Steiner me ha dicho no tiene ninguna relación con este asunto. Tú imagínate que me ha montado un numerito de celos.

—No bromeemos —susurra, volviéndose de golpe hacia el otro lado. Es el primer gesto de impaciencia que se le ha escapado en una situación en la que alguien como Steiner ya me habría pasado por encima con el Maybach. Y pensar que ese numerito de celos ni siquiera es tan absurdo como él se piensa—. Lo he dicho por poner un ejemplo —insisto—. Comprendo tus dudas, pero te aseguro que el hecho de que Steiner haya venido aquí es un misterio. Un misterio, créeme. En el mundo también existen éstos, y hay que aceptarlos.

La sonrisa de Boesson se frunce de sarcasmo.

—Ya, los misterios: la Inmaculada Concepción, la Santísima Trinidad, Steiner que viene aquí para contarte una historia…

¡Enoch! Aquí, hace un mes: ¡me dijo que le dijera a los capitostes aquello tan bonito! Boesson es el jefe de los capitostes…

—A propósito —suelto—. ¿Puedo cambiar de tema y decirte algo respecto a la fusión?

—Claro.

—¿Así, sinceramente? ¿Cómo si fuera un amigo tuyo?

—Tú eres un amigo mío, Pietro. Los amigos de mis amigos son mis amigos.

Retorcido ha sido esto. Muy retorcido.

—Porque lo has dicho bien —digo—. Es verdad: a partir del lunes todo se descargará sobre ti, y tú no podrás descargar nada. Y Steiner no se va a quedar haciendo de vicepresidente, es lógico, y buscará deshacerse de ti. Pero la que presupone todo esto es la propia estructura que le habéis dado a la fusión; es ésa (perdóname que te lo diga) la que es errónea.

Por Dios, ¿cómo lo dijo Enoch? No dijo estructura, utilizó otro término…

—¿Qué quiere decir con que es errónea?

Modelo. Dijo modelo.

—Es una cuestión de modelo. Del modelo que habéis adoptado.

—No se puede elegir entre tantos modelos, cuando se realiza una fusión como ésta.

—Entre muchos, no. Pero sí entre dos. Hablo de modelos de poder. De jerarquía de poder.

—Es el modelo más ventajoso, Pietro.

—Podrá ser el más ventajoso en teoría, no lo pongo en duda; pero cuando se habla de ti y de Steiner, entendidos justamente como personas, entonces ya no lo es. Acabas de demostrarlo tú mismo.

Le he sorprendido. A las personas siempre se las sorprende cuando uno utiliza sus propios argumentos.

—Tú eres creyente y practicante como dicen, ¿verdad?

—No sé lo que dicen, pero sí, soy creyente y practicante.

—Que vas a misa todas las mañanas, dicen. Que rezas. Que pasas las vacaciones en monasterios para meditar.

—Sí, esto es verdad.

—Entonces estoy seguro de que comprenderás lo que estoy a punto de decirte. Porque, verás, también Steiner está vinculado a su religión, a partir de su mismo apodo: claro, él no es practicante, todo lo contrario. Pero es percibido como judío exactamente del mismo modo que tú eres percibido como católico. ¿Es así o no es así?

—Es así.

—Entonces intenta imaginarte si en lugar de fusionar vuestros dos grupos tuvierais que fusionar vuestras religiones. También en ese caso, si bien con todo el empeño puesto en la equidad, al final una estaría encima y la otra debajo. Sería inevitable. O está Cristo o no lo está, ¿cierto? Bueno, si cristianismo y judaísmo se fusionaran como nosotros nos fusionamos con Steiner, sería el final de Cristo. En ese modelo, el modelo que habéis elegido para la fusión, está ausente Cristo.

Está turbado. Sigue sonriendo pero en la sonrisa se le ha enquistado el horror.

—Porque el modelo es judío, Patrick. —Patrick: le he llamado por su nombre—. Yo no entiendo mucho del tema, pero hay algo que sé: el Dios-mónada que ve y que provee en una tensión plenamente vertical con su pueblo es el Dios de los judíos, es rígido, pesado, carente por completo de los mecanismos de amortización puestos en funcionamiento por el cristianismo, que no por nada es mucho más reciente, más moderno…

Oh, qué correoso me está quedando: ¿dónde está la gracia que Enoch le daba? ¿Dónde aquella ligereza?

—El Dios de los judíos está solo —prosigo—, como lo estarás tú a partir del lunes. Pero es Dios, no por nada, así que él se las apaña bien incluso así. Tú, en cambio, eres un ser humano y ningún ser humano puede soportar la presión que ha sido concebida para Dios. Por eso lo que has dicho es verdad, y tu vida a partir del lunes se va a convertir en un infierno: una angustiosa, una cotidiana sospecha de no haber sido lo bastante prudente, o astuto, o precavido, o ágil, frente a cualquier acción que Steiner realice…

Y sin embargo Boesson parece muy concentrado en mis palabras. Escucha, atento, casi preocupado, y su sonrisa no es más que una sombra, el recuerdo de una sonrisa.

—Ahora, no obstante, intenta pensar si a la fusión se le hubiera impuesto el modelo cristiano.

Lo intenta, ah, se esfuerza en ello, pero todavía no lo ve. Parece un cercopiteco que mira, estrábico, el misterio de la evolución humana…

—La has nombrado hace poco: la Trinidad…

Y ahora hay que dibujar un triángulo en el aire lentamente, perfilando bien los ángulos, como hiciera Enoch, más o menos en el mismo lugar en que lo hizo Enoch, además, porque estábamos precisamente aquí delante del parque. Enoch en este momento está rellenando el camión cisterna.

—Padre, Hijo y Espíritu Santo. —Y esto hay que decirlo con solemnidad, con la mirada iluminada que acompaña a las auténticas revelaciones—. No hay un único vértice, ni siquiera dos, sino tres. Porque junto a Cristo destacaría también esta clamorosa invención de la tercera divinidad que solamente tenemos nosotros, los cristianos: neutra, abstracta, sin poderes, que permanece ahí, sin influir, y al mismo tiempo necesaria, que garantiza la relación entre los otros dos. Y dado que todos sabemos cuál es el destino del Hijo…

Aquí hay que realizar una pausa y representar la crucifixión, tendiendo los brazos e inclinando la cabeza hacia un lado: es así. No importa que sea infinitamente menos lánguida y hermosa que la que Enoch imitó: igualmente causa efecto, estoy seguro.

—… Steiner y tú podríais luchar en igualdad de condiciones para conseguir el papel del Padre. También así resultaría estresante, claro, pero nunca igual que de la otra forma, y sobre todo sería estresante para los dos. Steiner: setenta años y cascado. Tú: ¿cuarenta…?

Ahora lo he dejado aturdido. Literalmente, a pesar de mi torpeza, ha caído de lleno con los dos pies.

—Cuarenta y cinco… —murmura.

—Tú, cuarenta y cinco: ¿cuánto tiempo podría durar la situación? ¿Cuánto tiempo antes de que en el lugar de Steiner se asome el hijo de Steiner, ese lechuguino?

Sí, lo he dejado aturdido. Lo que pasa es que, ahora me doy cuenta, en su aturdimiento hay algo que me aturde a mí. Me doy cuenta de golpe, al mirarlo a los ojos en el mismo momento en que he dejado de hablar: está viendo algo iluminador en mis palabras, es evidente, pero también está dando por descontado que el Espíritu Santo de esa situación sería yo…

—Es lo más inteligente que he escuchado en mi vida —dice.

Sí —es increíble—, en esos ojitos atónitos está la certeza de que yo, Pietro Paladini, me acabo de presentar como candidato para el papel del tercer vértice del triángulo. Pues claro: son los ojos de quien acaba de oír que le hacen la más inesperada, descarada, demencial —e inteligente, claro, y hasta providencial, para él, a estas alturas— de las propuestas: haz de mí un dios, y estarás salvado.

—Tú eres un genio —sentencia.

Ja. Nada menos. Ahora ni siquiera tiene ya la necesidad de achicarse: de repente me he convertido en un genio. Es esto lo que tenía en la cabeza, se está diciendo, por esto rechazó la presidencia y le ha sacado a Thierry el permiso para permanecer aquí… Sí, queda poco margen, las cosas ahora ya están así: nada importa que yo solamente le haya repetido como un loro lo que me dijo otro, y todavía importa menos que, mientras lo hacía, ni siquiera se me haya pasado la más leve idea por la cabeza de que lo que estaba diciéndole podía afectarme a mí directamente. Le he sugerido la solución a su problema y a cambio he pedido un tercio del botín: ¿qué hay de extraño? Para alguien como él, es completamente sensato: es lo único que es capaz de pensar. Soy un jodido genio, y pido la compensación que me merezco. Cómo que lameculos: soy el rey de los lameculos… Y ahora es difícil no pensar en lo que esto significa, y de hecho no consigo evitarlo: lástima no habérselo dicho antes, pienso, cuando todavía estábamos a tiempo. De haber sabido que picaba así…

—Gracias —digo—, aunque por desgracia ya es demasiado tarde para…

—No es tarde —suelta él, decidido.

Por Dios…

—¿Quieres decir que todavía podrías cambiarlo? No, ¿verdad? Ya no puedes cambiar, a estas alturas…

—Puedo hacer lo que quiera —señala, absorto.

Por Dios, se lo está pensando. Es increíble. Está pensado en serio hacer saltar todo por los aires y colocarme a mí en el lugar del Espíritu Santo. Es de locos: yo, un titán, un dios. Sin poder, naturalmente, un supertestaferro, una cáscara vacía, un muñeco teledirigido, pero a quién le importa eso, mientras tanto mi vida sería fabulosa. Así, zas, de un día para otro. ¿Sabes la novedad, estrellita? Nos vamos a trasladar a París a vivir. Avión privado, Maybach, chófer, un imprevisto chaparrón de abundancia medieval. Portada de Fortune: Pietro Paladini, el hombre nuevo de las finanzas mundiales. Romano, 43 años. Signo zodiacal: cáncer. Viudo, padre de Claudia, 11 años, pequeña campeona de gimnasia artística, hijo de un conocido abogado de la capital, hermano del famoso diseñador fundador de la Barrie: lo que se dice, una familia de triunfadores. Licenciado en Filosofía en la Sapienza con las máximas notas. Máster en Harvard. Doce años de aprendizaje en la producción televisiva, luego el gran salto a las altas finanzas, y ahora se sienta al lado de Isaac Steiner y Patrick Boesson al frente del mayor grupo de telecomunicaciones del mundo. Es un excéntrico: por lo que parece, en Davos, durante el último World Economic Forum se ha pasado los tres días esquiando con su hija. Otras aficiones: caballos, surf y vela. ¿Cómo era de larga la embarcación que se me pasó por delante cuando Thierry me propuso la presidencia? ¿Veinte metros? Pfui. Cincuenta metros: una goleta, tres mástiles, quince personas de tripulación. ¡Claudia! ¡Claudia! ¡CLAUDIA! Nada, no me oye, este maldito barco es demasiado largo, tendré que poner un interfono…

De golpe es de esto de lo que estamos hablando. Lo que Boesson está pensando significa esto.

—Pues claro —dice, se ríe—. Tienes razón. A esta operación le faltaba gracia —ya habla en pasado— y el Espíritu Santo es la gracia…

Nada de Willi ganando al bacará: podría de verdad producir Apuesta al amanecer. En América, coño, en Hollywood. Annalisa, búscame el número de Spielberg, por favor. ¿Hola, Steve? Qué hay, soy Pietro Paladini. Yo muy bien, ¿y tú? Fantástico. Mira, tenemos un proyecto para ti. Pensaba que podríamos hacerlo juntos, nosotros y Dreamwork, al cincuenta y cincuenta. Apuesta al amanecer, de Schnitzler: lo conoces, ¿verdad? Lo sé, lo sé… Bueno, digamos que estoy bien informado. Formidable, sí… Una espada apuntando al corazón, sí… Bueno, ahora los derechos los tenemos nosotros y… ¿Cómo dices? ¿Stanley? Ah, sí, claro: no, no lo conocí, pero no me sorprende que te lo hiciera leer él. De hecho, Eyes wide shut estaba basada en Relato soñado…

—Pues claro… —repite, y me mira, y se ríe, y reflexiona— Maintenant l’Esprit a droit de cité parmi nous et nous accorde une vision plus claire de lui-même…

Podría mejorar la situación de Matteo y de su madre, porque se ve que ella va muy cansada. Anónimamente, es lógico: el benefactor desconocido…

—Ici il ne s’agira donc de l’Esprit Saint que dans l’économie divine. L’Esprit Saint est à l’oeuvre avec le Père et le Fils du commencement à la consommation du dessein de notre salut…

Podría mantener también a Marta y a sus tres hijos, de manera que podría seguir actuando sin ganar ni una mierda y no estaría tan estresada. A lo mejor se curaría…

—La mayor fusión del mundo, inspirada por el catecismo de la Iglesia católica. Imagínate cómo se quedaría el Tiburón…

Podría retirarme dentro de cinco o seis años, una vez cumplida la santa misión, y vivir de renta.

—Claro, de este Espíritu Santo tendría yo que fiarme ciegamente —dice Boesson, con una voz distinta, más cortante. Lo miro: toda la cucaña que tenía ante mis ojos se disuelve ante sus rasgos tan ordinarios, simples y, pese a todo, ahora tensos, ya no tan frescos ni relajados como cuando ha llegado.

—Es lógico —digo—, pero tú coges a un hombre normal, reservado, y suficientemente inteligente, y haces de él un dios: no tendrá otra alternativa que serte fiel.

La intención era tranquilizarlo pero, por el contrario, su mirada se oscurece de golpe, como atravesada por una bandada de cuervos.

—¿Te la ha sugerido Steiner esta historia de la Trinidad? ¿Ha venido hasta aquí para esto?

Nada, que de repente se ha hecho de noche. Ahora se parece de verdad al hombre-casuario en mitad de la sabana.

—Vamos —protesto—. No seas paranoico. De esta manera tú lo jodes a él: ¿por qué demonios iba a sugerirte él la manera de joderlo?

—Lo jodo si el Espíritu Santo está conmigo. Si está con él, quien se jode soy yo.

—No, vamos a ver: ¿tú haces de un hombre cualquiera una especie de dios y ése se va a aliar con tu enemigo?

—Depende de su naturaleza…

Y ahora va y rompe su inmovilidad, y gira a mi alrededor lentamente, observándome, ya sin sonreír.

—¿Puedo fiarme de ti? ¿Puedo fiarme de ti? ¿Puedo fiarme de ti?

Pronuncia esta triple pregunta y se para, mientras sigue observándome con ojos de loco.

Así da un poco de miedo.

Pero luego se diluye en su sonrisa de costumbre, y asume de nuevo teatralmente su aplomo, para dar a entender que estaba actuando: pero a mí me parece que es ahora más bien cuando actúa y que ha estado activando todo el rato, excepto hace un instante. A propósito de verdadera naturaleza.

—¿Te acuerdas de quién lo dice? —suelta.

Yo qué sé. Será algo bíblico, esto también: la santidad del tres, precisamente, el gallo que canta tres veces…

—¿Jesús?

Mueve la cabeza, se ríe a carcajadas.

—Robert de Niro, en Casino. Se lo dice a su mujer, Sharon Stone, a la que había sacado de la calle convirtiéndola en una reina, cuando ella le pide veinticinco mil dólares pero no le dice para qué los necesita. ¿Tú la has visto, has visto Casino? ¿Te acuerdas de esa escena?

Se sigue riendo a carcajadas, satisfecho. Ni siquiera se da cuenta de que me ha insultado.

—Sí, la he visto. Pero no me acuerdo de esa escena.

—Bueno, es la escena más importante de la película. Él le hace la pregunta de las preguntas, esa de la que depende toda su vida. Y por eso se la hace tres veces.

—¿Y ella qué responde?

—Ella responde «Sí».

—¿Y él la cree?

—Él le dice: «Pues entonces dime para qué necesitas veinticinco mil dólares».

—¿Y ella se lo dice?

Cambia de nuevo de expresión: ahora se hace soñadora, reminiscente. Ahora lo cierto es que ya ha perdido el control.

—Es extraño —dice—, pero no me acuerdo. Es tan trágico lo que sucede después que mi inconsciente debe de haberlo reprimido.

—¿Y la tragedia viene determinada por lo que le responde ella?

Tocado. Porque mientras tanto me he acordado de esa película; una película precisamente sobre la paranoia: es trágica, en todos los sentidos, cualquier cosa que le dijera cualquiera a cualquiera. Nacida trágica.

—Dime qué te ha dicho Steiner —me intimida.

Sí: derecha, ¡ar! Que te den por culo. Ahora ya es demasiado tarde para darme órdenes. Y compara a tu mujer con una puta a la que has sacado de la calle.

—No.

Boesson frunce la frente, con desprecio. No es humilde, no es conciliador, no es igual que yo. Es un megalómano y un paranoico, como dice Jean-Claude. Es la mala conciencia de todos nosotros reunida. Es el hombre que lo está estropeando todo.

—Es una lástima, Pietro. —Mueve la cabeza, y sonríe, y se pavonea, exactamente igual que Robert de Niro—. Es una verdadera lástima. Has dicho cosas geniales, y de buena gana te llevaría conmigo, pero si actúas así…

Y me mira. Conozco esta mirada, quiere decir: «Cede, te conviene». También mi padre me la dirigió, cuando era joven y quería dejar la universidad para ir a América, y yo cedí, y a América fui tan sólo cuando ya me había licenciado y siempre pensé que, en efecto, era lo que me convenía. Pero cuando se la dirigió a Carlo, y él no cedió, y dejó la universidad y se marchó a Londres, y no salió perdiendo, y ahora, para decirlo sin ambages, por lo menos para la gente de la Red mi hermano es aproximadamente ciento ochenta veces más importante que yo. Y no es que haya vendido su alma por ello, al contrario: él es capaz de sufrir todavía por una drogadicta que se mató hace veinte años, mientras que yo no sufro por una esposa que se me murió hace tres meses. Pero esta vez no voy a ceder. Tú crees que sólo soy ese ser ávido que acabas de ver abrir los ojos de par en par ante el botín, pero también soy otro. Tú estás seguro de que te he dicho todas esas cosas para sacar un provecho, y en realidad ha sido por casualidad. Yo no razono como razonas tú. Por ejemplo, sigo viendo un montón de buenas razones para mantenerme fuera de este delirio tuyo. Primero, el genio no soy yo, sino Enoch: un hombre que se ha pasado el último año de su vida tranquilizando a las personas que desestabilizaba tu ambición, y se hartó hasta tal punto que en este momento se encuentra llenando camiones cisterna en el norte de Zimbabue; es él el Espíritu Santo, yo soy un perverso materialista, un ateo, un subversivo, y el Espíritu Santo en mi boca es tan sólo una blasfemia. Segundo, no quiero tener sentimientos de culpa que me estén tocando las pelotas: y ser premiado de ese modo, por un mérito que ni siquiera es de uno, por una boa que ha triturado a tus amigos, y además en el momento que culmina un periodo en el que uno ni siquiera ha sufrido por la muerte de su esposa ocurrida mientras salvaba la vida a una desconocida con la que a continuación ha mantenido una cruenta relación sexual arriesgándose a traumatizar a su propia hija; bueno, tú mismo, pero a mí no me parece que prometa excesiva serenidad. Tercero, esta fusión fracasará, como todas las demás: lo sabe Jean-Claude, lo sabe Enoch, y lo sé yo también; por eso mismo, ¿de qué estamos hablando?

—Resígnate —digo, con dureza—. Nunca te lo diré.

Pregúntame ahora otra vez por qué. Adelante, pregúntamelo. Cuarto, me había dicho a mí mismo que si ese niño salía por aquel portal no te contaría anda: él ha salido, por tanto yo no te cuento nada. Stop. Ésta es la razón que te mereces, y no hay necesidad de molestar a las demás.

—OK —dice—. Haz lo que te parezca.

Puedes estar seguro. Asiente lo que quieras, frunce la frente lo que quieras, sigue pavoneándote: que por lo pronto ya te he borrado esa sonrisa de la cara.

—Hasta pronto.

—Adiós.

Muy bien, dame la mano y date la vuelta, que es lo mejor. Vuélvete al despacho, haz estos seis kilómetros a trocitos. Y despídeme si quieres. Acabas de decirme que soy un genio: despídeme, muy bien. Está lleno de genios, ese tu megagrupo de los cojones. Y el lunes vas y firmas esos papeles y te dejas despedazar por el tiburón: total, es así como va a acabar. Y anúdate ese zapato.

Ya está, ya se ha marchado. Y si acaso tenía que marcharse también lo que de podrido hay en mi interior —porque lo hay, siempre lo hubo, y yo siempre lo he sabido—, entonces se ha marchado junto a él, ahora, hace un momento. No he aprovechado mi oportunidad, no cabalgaré junto a los hombres poderosos, pero hoy me he construido un recuerdo fenomenal. Algo que es tan grande que no podré hablar de ello con nadie. Recordaré durante años este momento: los montones de nieve a lo largo de la acera, el olor a mojado en el aire, las nubes del aliento. Luego, algún día, si llego a ser un buen hombre, lo olvidaré.

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