Caos calmo

Sandro Veronesi · Capítulo 26 de 40

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Caos calmo

Capítulo 24

La cosa no va bien: estoy en el gimnasio, en mi templo zen, donde todo es esfuerzo, e infancia, y ligereza, y armonía, y movimiento, y espacio y tiempo perfectamente equilibrados, y las chicas se están entrenando incluso en la barra de equilibrio, espacio físico y símbolo al mismo tiempo de ese equilibrio, y a pesar de todo estoy descentrado como un… ¡Hops! Claudia ha salido con un salto mortal pero se ha quedado demasiado cerca de la barra, y la ha rozado con la cabeza. Gaia, la entrenadora, se lo indica, pero muy tranquilamente, sacudiendo la cabeza sin la más mínima aprensión —«¡Más lejos!»—, como si se hubiera tratado de un error cualquiera y Claudia no hubiera corrido el riesgo de romperse la cabeza. Aunque tal vez sea porque no lo haya corrido en modo alguno; tal vez ha pasado a medio metro de la barra; tal vez soy yo, que, como decía, hoy no consigo vaciar mi mente, alejar las preocupaciones como suelo hacer. Sobre todo, una: que no estoy haciendo lo bastante por Claudia. No estoy haciendo nada, es lo que me digo. Ha hecho más Carlo en una noche que yo en todas estas semanas. La ha hecho soñar, y yo no la hago soñar. Estoy celoso, ésa es la verdad. El pensamiento de ellos dos dentro de una nubecita dorada en el restaurante chino, anoche, me desmoraliza: ella haciéndole preguntas sobre los desfiles, las colecciones, Hollywood, las actrices famosas; y él contestándole con su tranquilizadora placidez, tratándola ya como a la muchacha en que se convertirá en unos años y dándole a entender que ese mundo que tanto la emociona se abrirá para ella cuando quiera con el simple sonido de su mágico bisílabo: tío; este pensamiento me desmoraliza. Me mortifica el entendimiento que existe entre ellos dos, que no se ven nunca, precisamente porque no se ven nunca, razón por la cual Carlo acaba convirtiéndose, a los ojos de ella, en un bien inestimable, mientras la verdad, banal como todas las verdades, es que Carlo piensa en ella sólo las pocas veces en que la ve, cuando se las apaña para hacerse el magnífico, el tío-mito, el tío-esposo, el tío-con-quien-se-puede-hablar-de-cualquier-cosa, el adulto Alfa, grande por fuera y niño por dentro, y el resto del tiempo no piensa en ella para nada; deja de pensar en ella cuanto empieza a quedarse dormida, y vuelve inmediatamente a dedicarse a sí mismo —el único verdadero gran amor de su vida—, a sus dolores, a su droga. Estoy celoso de él, maldita sea. Me cabrea la idea de que día tras día, durante años, yo voy a tener que hacer todo el trabajo, la acompañaré al colegio, al deporte, iré con ella por todas partes para tranquilizarla y hacer que sienta lo menos posible el vacío de no tener ya a mamá, y luego su futuro ella se lo va a ir a buscar junto a él. La alegría, la emoción de sentirse mayor, la de confiarle a alguien un secreto, la esperanza de hacer lo que más la apasiona en esta vida, todo eso lo va a ir a buscar junto a él. No junto a su padre, sino junto a su tío.

Le ha regalado un móvil, el muy canalla. Es eso lo que había en el paquete que me ha dejado esta mañana para ella, cuando ha venido a despedirse antes de marcharse: un móvil. No me ha preguntado si estaba yo de acuerdo, simplemente lo ha dado por descontado, y, por el contrario, se da el caso que no estoy en absoluto de acuerdo, y no se le debería regalar un móvil a una niña de diez años sin antes haber obtenido el consentimiento de los padres. Un móvil de ricos, con cámara de vídeo: igual que el suyo, ha dicho Claudia cuando ha abierto el paquete (emocionada, sí, pero no sorprendida, porque evidentemente habían hablado del tema en la cena, anoche, se habían puesto de acuerdo), así podrán verse aunque estén alejados; igual que el de Enoch, digo yo; y no carece de significado, claramente, el hecho de que yo haya visto a Enoch deshacerse del mismo de esa manera ejemplar y haya hecho esa apuesta sobre el contenedor en el que lo había colocado, hasta que, según su profecía, no había pasado ni un cuarto de hora cuando llegó una mujer que lo vio, y esta vez lo cogió y se lo metió en el bolso, convencida de que hoy era su día de suerte; una mujer, esto me ha sorprendido, no una chiquilla: una simple mujer de mediana edad, ni guapa ni fea, una representante perfecta de todas las mujeres y de todos los hombres de esta ciudad, cara a cara con un objeto dejado allí como representación de todo el mal del mundo; no carece de significado, decía, que yo haya asistido primero a esta desaparición e, inmediatamente después, haya visto reaparecer prácticamente el mismo móvil en las manos de mi hija. Por una persona que se ha liberado ante mis ojos, ha habido otras dos que ante mis ojos se han visto sometidas, una de las cuales era mi hija, y yo no he sabido hacer nada para impedirlo. Es ése, por tanto, el problema: yo no electrizo a mi hija como Carlo hablándole de moda y de jet set, ni tampoco le doy coba regalándole un móvil de última generación, pero tampoco consigo protegerla de la atracción que esta clase de cosas ejerce sobre ella. Por eso digo que no hago nada. No soy ni carne ni pescado. Lo que yo hago por Claudia podría hacerlo perfectamente su niñera o un abuelo particularmente cuidadosos; lo que Carlo hace, en cambio, esas tres o cuatro veces al año en que se acuerda de que tiene una sobrina, sólo puede hacerlo él, el tío. Y yo estoy celoso, porque para eso, dado que no consigo ponerla a salvo de la moda, del glamour y de los móviles, podría ser yo mismo quien la hiciera soñar con estas cosas, y no él. Pero eso de comprarle un videoteléfono ni siquiera se me había pasado por la cabeza, mientras que Carlo se ha despertado con la resaca de un colocón de opio y con toda la naturalidad de este mundo, antes de coger un avión que lo hará desaparecer legendariamente durante unos meses —Londres, Berlín, Nueva York—, lo ha pensado y lo ha hecho. Sí, tengo celos de él, y me avergüenzo, y no sé cómo arreglarlo, porque cuando uno tiene celos de su hermano la causa siempre es, obviamente, la misma, y yo ya no tengo tiempo de afrontarlo, dado que nuestra madre está muerta…

—La verdad es que Claudia ha mejorado mucho.

La madre de Benedetta. Barbara-o-Beatrice. No la había visto en el colegio, ni esta mañana ni a la salida, y al principio de esta clase había aparecido justo para entregar a la niña a su maestra, y se había marchado corriendo. Creía que por hoy la había esquivado, en cambio aquí está, sentándose a mi lado.

—Sí, a mí también me lo parece.

—A Benedetta en cambio le cuesta mucho. En mi opinión, no vale para esto.

Ahí está, Benedetta, en el grupo de las más flojas, haciendo cola para dar la voltereta en el potro. Ahora le toca a ella: coge carrerilla, salta con los pies juntos en el trampolín, y bien o mal da su voltereta, cayendo sin embargo de culo sobre las colchonetas. La profesora —Giusy, me parece que se llama, todavía más cáustica que la de Claudia— sacude inmediatamente la cabeza.

—Ese culo —gruñe—. ¿Quieres mantenerlo recto o no?

Con la pelvis hace un movimiento vulgar, irrisorio, haciendo macroscópico su fallo. Benedetta asiente y se queda escuchando, no vaya a ser que Giusy quiera humillarla un poco más; pero Giusy se limita a enviarla de nuevo a su lugar con un gesto de su cabeza.

—¿Al final fuiste a esa reunión en Gorgonzola, anoche? —me pregunta Barbara-o-Beatrice.

—No, no pude.

—Lástima. Pero si fue por Claudia podías haberla dejado en mi casa, ya te lo dije.

—No, es que vino a visitarnos mi hermano y entonces…

—¿Tu hermano, el de la Barrie?

—Sí.

—Bueno, la próxima vez que lo veas dile que es mi ídolo.

Se levanta, y con una especie de movimiento de cancán agita su culo ante mis ojos —un culo firme y prieto, como por lo demás todo en ella es firme y prieto—, para que lea el mágico logotipo estampado en el bolsillo de los tejanos: Barrie.

—¿Lo ves?

¿Y si ahora se lo palpara, le palpara ese culo? ¿Con ambas manos? ¿Quién podría no darme la razón?

—Ya veo.

Se sienta en las gradas, satisfecha, mueve los hombros.

—Lorenzo se burla de mí, pero yo no me rindo.

Lorenzo es su marido: un pequeño tirano de aspecto terriblemente pedante, vanidoso, afeminado, con muchos humos y mucho dinero, que enseña no sé qué en la LUISS y es consejero de no sé qué multinacional de cosméticos. El año pasado lo mencionaron en Class en un artículo sobre los consejeros empresariales más importantes de Italia, y él, para celebrarlo, organizó una cena a la que fuimos invitados Lara y yo. Entre los invitados se encontraba también el periodista que había escrito el artículo.

—Mimesis de MTV, la define él, pero se equivoca de largo, porque yo la tele no la veo nunca. A mí la ropa de tu hermano me gusta de verdad, me encanta, y si se la pone también Jennifer Lopez qué quieres que te diga. Díselo: estoy dispuesta a divorciarme por él.

Bromea, es obvio; se ríe, claro está, enseñando esos dientes suyos tan puntiagudos y blanquísimos por los que uno no quisiera ser mordido nunca; pero de todas maneras ya ha pronunciado ese verbo y es el verbo que enseguida se le viene a uno a la cabeza al conocer a su marido. Y además, ahora que la miro mejor, vestida —o, mejor dicho, es más justo decir desvestida— como una quinceañera, con los tejanos de mi hermano y eso; con la cintura baja y asomando por ella el borde de las bragas y eso; ceñidos, y descoloridos, y rotos, por completo, y con la inscripción «Llevanta» en el muslo y eso; pero también con una camiseta ajustada que le llega a media barriga —¿será Barrie también ésta? No, me lo habría dicho, habría removido también en mis narices las tetas—, una veintena de anillas negras de goma en la muñeca que parecen, y tal vez lo sean, arandelas de teléfono de la ducha, y las Converse moradas en los pies; en fin, que si yo fuera su marido algún comentario sarcástico se me ocurriría decírselo a mí también.

—La próxima vez que venga a vernos te invito a cenar, así se lo dices tú directamente.

Pero yo no soy su marido, y cómo vista me importa un pimiento.

—¡Venga ya! ¿Me lo dices en serio?

Y además no es la única, a su edad, en vestirse así, sobre todo en verano, o en los inexplicables retornos de verano en pleno otoño, como el que estamos viviendo en estos días: es más, si no estuvieran todas sus coetáneas haciendo más o menos lo mismo, y hasta las treintañeras como Marta, y las de veinticinco como Jolanda; si Barbara-o-Beatrice fuera un caso aislado y el segmento de mercado de la Barrie fueran de verdad únicamente las chiquillas que ven la MTV, y una mierda Carlo podría hacer que pagaran 120 o 180 euros por esos tejanos, ni vender los muchos que vende.

—Pues claro que te lo digo en serio.

Le suena el móvil y ahí empieza la rumba: lo busca en ese follón que es su bolso Freitag, hecho con toldo de camión reciclado (lo sé porque tiene uno igual Annalisa, mi secretaria), lo encuentra, mira en la pantalla quién es el que llama, hace una mueca como de disculpa, responde, se levanta, se hace a un lado para hablar, busca una esquina en que tenga cobertura… Lara, de todas maneras, no era así. Lara no estaba todo el día colgada del teléfono y nunca se habría llevado el de Enoch si se lo hubiera encontrado encima de un contenedor. Lara se vestía con sobriedad y no se dejaba encandilar por Carlo; es más, entre ellos había algo que no funcionaba: se tenían miedo, se sentían cohibidos, no tenían ninguna complicidad. Para mí, era bastante fácil estar con ellos dos, porque nunca me sentía superado, en ninguna circunstancia. Claudia en cambio idolatra a su tío, lo adora con independencia de mí, y esto es más difícil de aceptar. Mi hermano, su tío. La confesión que me hizo pocos días después de la muerte de su madre: «¿Sabes qué fue lo que más me turbó, más que ninguna otra cosa en la vida? Cuando descubrí que mi abuela también era tu madre»…

Pero yo no debo pensar, ésa es la cuestión. Yo debo mirar y ya está. Debo respirar, relajarme, vaciarme y mirar atentamente a mi hija, que se entrena en la barra de equilibrio. Stop. Ya está ahí, preparándose para ensayar la salida de la barra. Está inmóvil, tensa como una honda. Los pies ligeramente en diagonal aprovechan toda la superficie posible de ese exiguo espesor. Los brazos en alto, las manos que parecen colgadas de las muñecas, la espalda arqueada, elástica, cargada de energía cinética lista para desencadenarse. Está buscando concentración. Tiene que hacer algo difícil, que pocas niñas en el mundo son capaces de hacer, y tiene que hacerlo perfectamente, o de lo contrario será regañada. Está esperando el momento apropiado para saltar, el instante en que todas sus fuerzas y sus capacidades estarán bajo su control. Se concentra, espera. Pero sabe que tan sólo puede esperar unos segundos, cuatro, cinco, nada más, tras lo cual tendrá que saltar sea como sea. Yo estoy aquí arriba y no puedo ayudarla. ¿O sí puedo? Claro que puedo, estrellita. Yo puedo ayudarte, si me oyes. ¿Me oyes? ¿Te acuerdas de aquel cartel que había en tu clase, en primero de primaria? Hablaba de un niño que intenta levantar una roca delante de su madre; lo intenta y lo vuelve a intentar, tenazmente, con todas sus fuerzas, pero no lo consigue; entonces le dice a su madre: «No puedo hacerlo, mamá», y la mamá le dice: «Usa todas las fuerzas de que dispones, y ya verás como lo consigues». El niño le dice que ya lo ha hecho, que ya ha utilizado todas sus fuerzas, y la madre le responde: «No, cariño, todavía no las has utilizado todas. Todavía no me has pedido que te ayude». Piensa en ese cartel, estrellita, y antes de saltar mira hacia arriba, mírame a mí. Sólo un instante, sin distraerte: mírame como si formara parte de tu ejercicio y dispón de mis fuerzas también. Si yo sobrevivo en ti en el momento en que no existe nada más que tu cuerpo y los movimientos que debes realizar, entonces podré ayudarte, y de qué manera. Y también tu madre, entonces, sobrevivirá junto a mí, y ella también podrá ayudarte. Anda, estrellita, mira hacia arriba. Hagamos ese juego romántico que nunca se tendría que hacer en la vida (además, ¿no te acuerdas cuando en el parvulario te pidieron que definieras a tu papá con un adjetivo y todas tus amigas dijeron «grande», «bueno», «guapo», «importante», y tú sorprendiste a las maestras diciendo «romántico»? Ni siquiera sabías lo que significaba, pensabas que tenía algo que ver con Roma, la ciudad de la que siempre hablaba, donde había nacido y adonde te llevaba todos los años por navidades, pero eso es lo que dijiste de mí, «romántico», y a partir de ese día todas las maestras empezaron a mirarme con otros ojos…), el juego que hace Newland con Ellen en La edad de la inocencia, cuando la ve de espaldas, apoyada en la barandilla, bajo el pabellón que está sobre el puente de madera, pendiente de contemplar la bahía de Newport al ponerse el sol, y hay un velero que está pasando lentamente por delante de ella, y Newland reza para que Ellen note su presencia a sus espaldas y se dé la vuelta, pero Ellen no se da la vuelta, y entonces se dice a sí mismo: «Si no se da la vuelta hacia mí antes de que ese velero doble el faro, entonces me marcharé de aquí», y el velero dobla el faro, y Ellen no se da la vuelta, y Newland se marcha… Hagamos nosotros lo mismo, estrellita, apostémonos todo ahora. Si antes de saltar no miras hacia arriba, no lo vas a conseguir. Si antes de saltar no miras hacia arriba, voy a estar celoso para siempre del tío. Si antes de saltar no miras hacia arriba, será verdad que yo no estoy haciendo nada por ti. Venga, mira hacia arriba. Mira hacia arriba. Mira hacia arriba…

Ya está, me has mirado: una mirada perfecta, déjame que te lo diga: toda bulbos, sin el más mínimo movimiento de la cabeza, fulminante, intensa, romántica, justamente, que nadie más ha logrado interceptar; una mirada purísima de hijo a padre, todavía carente del cieno provocado por la culpa y por la incomprensión que de todas formas algún día llegarán a lesionarla, cuando por primera vez, por una chorrada cualquiera, yo te hiera, o tú me hieras a mí; pero también una mirada inolvidable de hembra a macho, repleta de tensión erótica, que repetirás exactamente igual el día en que pierdas la virginidad, bajo una manta escocesa, en la gelidez de una casa de campo vacía y desconocida, cuando, recogida en tu cuerpo como ahora, levante los ojos de esta misma manera hacia los del chico tembloroso que estará entrando dentro de ti, y si los encuentras cerrados sabrás que no te habrás equivocado, y tú también los cerrarás; pero sobre todo una mirada valentísima porque, llegados a este punto, si no hubiera encontrado la mía, si se hubiera marchado de vacío porque yo estaba, supongamos, allí atrás hablando por el móvil como la madre de tu mejor amiga, o incluso sentado aquí, sí, pero ocupado en hablar con ella en vez de mirarte a ti, tú, la fuerza, en lugar de encontrarla, la habrías perdido. En cambio, la has encontrado, porque has tenido confianza en mí, y ahí estás, explotando una potencia que parecías no poseer, siendo tan grácil y diminuta; y brincas hacia arriba y adelante como un saltamontes: mucho más lejos que antes del extremo de la barra; el salto mortal es largo, abundante, dibujado en toda su rotundidad por tu cola de caballo que es como el pincel, y la caída es perfecta, a plomo sobre la colchoneta, sin imperfecciones, ni retrocesos, ni titubeos. Ya está hecho. Estás de pie, sorprendida, y me miras de nuevo: muy bien, estrellita, lo has conseguido, te ha salido perfecto, y también nuestro juego ha salido bien, y así será nuestra vida, por tanto: será una vida lograda. Gemma, tu compañera de más edad, tu ideal de muchacha y de gimnasta, te abraza; ella también está feliz, aunque por primera vez debe de haber oído un cric en su interior, la primera sombra de duda que a partir de este momento empezará a acompañarla, la duda de que en el futuro su supremacía aquí dentro puede dejar de ser indiscutible, que tú puedas algún día apearla…

También Gaia, la entrenadora, esta vez parece satisfecha. La miras como un cachorrillo, a la espera del cumplido que te corresponde.

—Muy bien —te dice—. Pero no mires a papá antes de saltar. Míralo después.

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