Caos calmo
Capítulo 31
No se lo he explicado todo a mi hermano. No…
Sí, es verdad, Marta se echó atrás en el último momento ayer por la mañana, con una llamada lapidaria, dejándome ante la elección de venir a la playa yo solo o de no venir de ninguna manera; y es verdad que decidir que iba a venir fue un poco osado: solos, aquí, Claudia y yo, en la casa en que Lara se desplomó delante de sus propios ojos (he intentado imaginarme muchas veces esa escena, pero nunca he logrado ir más allá del momento en que Lara cae de golpe, y la bandeja con el melón y el jamón acaba por los suelos y vuela en pedazos; la reacción de Claudia, su probable grito de sobresalto, su seguro gesto de acudir y arrodillarse y repetir «mamá, mamá» al maniquí inanimado en que Lara se había convertido, y sobre todo la sensación de abandono que debe de haber sentido al constatar que yo no estaba ahí, que todavía estaba en la playa y que ni siquiera contestaba al móvil…; bueno, eso nunca voy a ser capaz de imaginármelo). Y es verdad que parece julio, es verdad que se está muy bien, es verdad que Claudia está verdaderamente, misteriosamente serena aquí también, y que después de la cena se ha ido por la pineda con una pequeña máscara sobre los ojos junto a un grupo de niños para hacer el «Trato o Truco»; es verdad que Maria Rosa, la mujer que viene del interior para ocuparse de la casa, ha intentado piadosamente esconder todas las huellas de Lara, metiendo sus vestidos en el baúl, lavando toda la lencería, ventilando los armarios, quitando de la vista todos los productos y objetos que pudieran llevar hasta Lara, desde los crackers dietéticos que sólo ella comía hasta las cremas hidratantes y las ceras para depilarse. Todo eso es verdad, y en el fondo es verdad que al venir aquí, como le he dicho a Carlo, he secundado la inclinación del mundo, dejando que fueran las circunstancias las que decidieran por mí; pero no he especificado cuál ha sido la circunstancia decisiva, el último apoyo sobre el que he saltado para acabar aquí. Esto no se lo he dicho a Carlo, no…
El hecho es que la duda sobre si venir o no venir la tuve tan sólo un puñado de minutos, y la razón por la que me decidí tan deprisa no tiene nada que ver con Claudia, y es la misma razón por la que nunca le habría permitido a Carlo que se reuniera con nosotros y no tomé en consideración ni un instante siquiera la idea, en sí misma nada descabellada, de subirnos al coche y llevar a Claudia a Roma para disfrutar de la borrachera de la MTV. El hecho es que, estando yo allí, en el banco del parque delante del colegio, inmediatamente después de la llamada con que Marta me comunicaba que no podía venir a la playa, recibí una visita. Ya. De Eleonora Simoncini. Vestida con ropa clara, esta vez, de una elegancia mucho más agresiva, casi predatoria, con un escote sugerente bajo la chaqueta, una falda descaradamente ceñida sobre esas nalgas suyas redundantes, y un par de botas de piel color crema, diferentes a las botas de la mujer de mi sueño, pero para mí igual de hipnóticas y hasta sorprendentemente vulgares. Llevaba el pelo envuelto en una especie de turbante castaño, del cual le llovían sobre la cara rizos rebeldes que parecían estudiados con esmero para reforzar la impresión de una tremenda tensión interior. Que volviera resultaba fatal: su aparición no me sorprendió ciertamente como dos días antes, sin embargo me turbó mucho más, porque expresaba algo obsceno, de verdad, era una especie de rugido libre y salvaje, a despecho de todas las razones que podrían haberla retenido en el ámbito de todas las apariciones compuestas y vagamente afligidas con las que, desde hace dos meses, están constelados mis días delante del colegio.
Vino Eleonora Simoncini y me dijo algunas cosas, con una intimidad desconcertante. Me comunicó que había echado de casa a ese cabrón (lo llamó exactamente así: ese cabrón), y mientras lo decía estaba sideralmente alejada de la solemnidad con que dos días antes la había visto tirar la alianza por la cloaca: era ligera, por el contrario, y desprendía energía por todos sus poros, como si en esas cuarenta y ocho horas se hubiera dado cuenta de que en su vida nunca había deseado otra cosa que escapar de un uxoricidio para poder librarse de su marido con todas las razones del mundo; y era una energía totalmente física, como si el rebote de ese descubrimiento se le hubiera descargado sobre su carne, liberándola de una antigua mortificación. Me explicó que le había presentado al cabrón un borrador de acuerdo de separación de mutuo acuerdo redactado por sus abogados suizos, según el cual ella se quedaba con casas e hijos y, en calidad de cónyuge más acaudalado, le pasaría la ridícula suma de 1032,91 euros mensuales, equivalentes al salario neto percibido por el marinero llamado Oreste, que se ocupa del yate que ella le regaló con ocasión del decimoquinto aniversario de boda y que representa para él la más significativa propiedad personal; me hizo alegremente inventario de los costosos vicios que de ahora en adelante el cabrón ya no podrá permitirse (desde el coleccionismo de arte moderno hasta el patrocinio de una escudería de motonáutica), y también las etapas de la ruina total — económica y, sobre todo, legal— a la que se vería arrastrado si se atreviera a rechazar su propuesta de acuerdo. Luego, no obstante, como si guardara relación con su venganza, y sin que yo me hubiera referido lo más mínimo a esa cuestión, me dijo que se iría a pasar el fin de semana a su casa de Roccamare, y que si por casualidad iba yo también podíamos vernos. Toda su energía, hasta ese momento dirigida contra su marido, se concentró entonces sobre mí, estableciendo con unos pocos elementos primitivos —el perfume, la mirada astutamente baja, la indumentaria depredadora y, lo dicho, esa simple frase en condicional— un formidable campo de fuerza sexual que hizo que pareciera un cheque en blanco metido en el bolsillo de mi chaqueta. Toma, rellénalo e ingrésatelo. Ésta es la inclinación del mundo.
Así que ahora estoy aquí, en camiseta, fumando en el porche de la casa en la que hace apenas dos meses murió mi mujer, con la luna llena brillando en el calor tropical y el viento tibio agitando las frondas de los pinos, preparado para enviar un sms como un maldito adolescente. Ahí está, brillando en la pantalla de mi móvil en toda su famélica y hormonal absurdidad: Vía libre. Pero no lo envío aún. Lo tengo aquí, por ahora, en la recámara, y no lo envío. En realidad, no es que esté indeciso, no: sé perfectamente que al final pulsaré la tecla y el mensaje saldrá, pero al mismo tiempo me estoy esforzando por eliminarlo de mi mente, por un momento, y por pensar del modo en que Carlo piensa en mí, perdido como un solo de trompeta en esta noche maravillosa, melancólico, bueno, concentrado en mi dolor y en la tarea de mantenerlo lo más lejos posible de la cama donde duerme mi hija, como mucho tentado de beberme dos o tres copas de ron para aligerar el gran peso que soportan mis hombros. El cine americano está lleno de héroes así: Gregory Peck. James Stewart. Henry Fonda. Kevin Costner. En el fondo, hasta aquí aún podría ser ese héroe. Todavía no he hecho nada que ellos no harían, y si el dolor se me echara encima, aquí, ahora, si dejara de dar vueltas a mi alrededor, agazapado en la vida de los demás, y de una vez por todas me clavara sus curvadas garras en el estómago, podría convertirme de verdad en uno de ellos. Estoy preparado para esto, hace dos meses que estoy preparado, que espero sufrir…
Vía libre.
Pongo de nuevo el disco de los Radiohead en el equipo que he traído hasta aquí fuera. Ahora ya no me hablan por sorpresa, ahora ya me conozco de memoria todas sus canciones, y soy yo el que las interroga, a propósito. Pista 2. Pyramid song. Ahí está el lamento del piano, el tormento de esa voz que gime antes de empezar a cantar: I jumped in the river and what did I see / Black-eyed angels swam with me… ¿Cuántas noches se habrá pasado Carlo sufriendo mientras escuchaba esta canción, pensando en todas las cosas que habría podido hacer con esa chica si no se hubiera tirado al río, hasta no poder más, hasta entregarse para siempre a las basculitas, las jeringuillas, los billetes enrollados y las hojas de papel de aluminio?
Vía libre.
Pista 17 ahora. Big ideas. La canción que consulté enseguida, la otra mañana, en cuanto Eleonora Simoncini se marchó, porque recordaba que contenía algunas diáfanas, sabias palabras muy apropiadas para mí, y que escuché y volví a escuchar durante el viaje, anoche, bajando de Milán a aquí, con Claudia dormida en el asiento trasero, y luego también esta noche, mientras ella estaba por ahí celebrando el Halloween a la luz de la luna, hasta que ha vuelto con una bolsita llena de Mars, Kit-Kat, huevos de chocolate y otras porquerías, cansada, sucia y lista para irse a dormir. La habré escuchado ya unas cien veces, reconociendo en todas las ocasiones la absoluta verdad de lo que dice y, no obstante, sin dejar de pensar en ningún momento en mi cheque en blanco. Eso es, aquí: She kisses you with tongue / and pulls you to the bed / Don’t go you’ll only want to come back again. Es verdad, canción. No te equivocas. Es lo que pasaría. So don’t get any big ideas / They’re not gonna happen / You’ll go to hell for what your dirty mind is thinking. Es verdad. Es lo que va a pasar…
Me levanto, entro en casa, Claudia duerme profundamente en su habitación. Carlo le ha enviado al móvil la imagen de una calabaza que castañetea los dientes de miedo. Le ha gustado mucho, sí, pero enseguida me la ha dejado ver, por tanto, no se trataba de un secreto, de ninguna manera. Vuelvo al porche. El Golf de Lara brilla en el paseo bajo los rayos de luna. Así, sin matrícula, tiene un aspecto siniestro, espectral. En el fondo Carlo tenía razón, Halloween es la fiesta de los muertos. Según el artículo que había en el periódico, los celtas temían que el Primero de Noviembre los espíritus de los difuntos pudieran unirse al mundo de los vivos, provocando de este modo la disolución temporal de las leyes del tiempo y del espacio: entonces todo podía suceder, incluso que los muertos regresaran del más allá, para unirse a los vivos y celebrarlo con ellos.
Vía libre.
Ya está, lo he enviado. No tiene nada que ver la inclinación del mundo, he actuado con intención.
Nunca voy a ser uno de esos héroes.
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