El duelo
Capítulo 10
En el sanatorio de Vífilsstaðir se oía la misa matutina por la radio todos los domingos. Los cánticos de los salmos resonaban tanto en los pasillos como en la sección de pediatría, donde Marion reposaba en su habitación, entre una puerta y una ventana abiertas. Se insistía mucho en dejar pasar la corriente cuando hacía buen tiempo para que el aire limpio pudiera recorrer sin obstáculos todos los departamentos.
Los pacientes paseaban por los pasillos. Algunos se acomodaban con una manta de lana y un libro en la espaciosa sala de reposo, al oeste del edificio. Orientada hacia el sur, la sala estaba siempre iluminada por el sol y ofrecía unas vistas preciosas sobre el lago Vífilsstaðavatn que llegaban hasta la bahía Straumsvík. Otros caminaban hasta Gunnhildur, un mojón de piedras que se alzaba sobre una colina situada al este del edificio. Nadie conocía el origen del nombre, pero se decía que si un enfermo conseguía alcanzarlo sin ayuda de nadie, significaba que estaban mejorando. Otros remaban en el lago. El centro disponía de un proyector y por las tardes veían películas que estaban en cartelera en Reikiavik.
—¿A que te encuentras bien aquí? —le preguntó el doctor amablemente mientras le apoyaba el gélido estetoscopio sobre el pecho caliente.
Era la segunda mañana de domingo que Marion pasaba en el sanatorio. Un buen número de visitantes iba y venía por los alrededores del hospital. Los amigos y los parientes de los enfermos acudían a Vífilsstaðir para pasar allí el día, aunque tenían prohibido entrar en el edificio y debían situarse bajo las ventanas de la fachada sur del sanatorio para hablar con los pacientes. A menudo, la separación entre padres e hijos resultaba dura, y alguna vez se oían llantos desgarradores desde el otro lado del lago.
Como en otros muchos veranos, se había tomado la medida de instalar unas tiendas junto al edificio para ingresar a más enfermos, ya que la cantidad de pacientes era tal que superaba la capacidad del hospital. Las tiendas estaban destinadas a hombres adultos. Frente al sanatorio se hallaban la vivienda del médico jefe y una enorme vaqueriza que alojaba al numeroso ganado vacuno de Vífilsstaðir.
El médico, un hombre de mediana edad con el pelo repeinado hacia atrás, tenía unas enormes manos que inspiraban confianza. Al ser domingo, no llevaba puesta su habitual bata blanca. Solo se había acercado un momento para saludar a Marion y a los otros niños.
—Sí —respondió Marion, consciente de la intención bondadosa del médico. A lo largo de su dilatada carrera, el doctor había visto sucumbir a muchos de sus pacientes después de que hubieran librado con asombrosa vitalidad su batalla contra la muerte. Su mirada transmitía aquella realidad sin poder disimularla. Marion había leído que en Islandia el índice de mortalidad relacionado con la tuberculosis era uno de los más elevados del mundo. La causa de una quinta parte de los fallecimientos que se producían en la isla se atribuía a la enfermedad.
—Primero debemos dejar que repose el pulmón infectado —explicó el médico—. Lo haremos practicando insuflaciones, como ya te comenté cuando te hicimos la radioscopia. Te lo explicaré mejor mañana. No tengas miedo, se trata de una intervención muy simple que apenas duele. Dentro de lo malo, podríamos decir que has tenido suerte de tener un solo pulmón afectado. Vamos a intentar que siga siendo así. No queremos que se extienda.
Al día siguiente, Marion se sometió por primera vez a la intervención que le había mencionado el médico. Aþanasíus había llegado desde Reikiavik y le habían permitido estar presente. Desde su asiento, junto al aparato de radioscopia, las jeringuillas de la anestesia y el maletín con el material para practicar las insuflaciones, el médico explicó con su voz sosegada cada paso de la intervención. Comenzó hablando de un italiano llamado Forlanini, inventor del neumotórax artificial, un método que consistía en insuflar aire entre la pleura y el pulmón para que este colapsara debido a la presión ejercida por el gas. Así se evitaba la progresión de la tuberculosis y se aislaba el foco de infección. Con el tiempo, el pulmón se depuraba.
—¿Sabes si has tenido pleuritis alguna vez? —le preguntó el doctor a Marion mientras hojeaba su historial médico.
—Creo que no —respondió.
El médico interrogó a Aþanasíus con la mirada y el hombre le indicó con un gesto que no lo sabía.
—¿No te suena?
—No —respondió Aþanasíus.
—¿Cómo… cómo vas a insuflarme el aire dentro? —preguntó Marion, que apenas había podido dormir a causa del miedo. No había revistas que leer y el progreso de la tuberculosis le causaba malestar, fatiga, tos y sudores.
—Con una jeringuilla como esta —respondió el médico, levantando la mirada del historial y cogiendo de la mesilla una fina aguja alargada para mostrársela a Marion—. La introduciré entre las costillas, aquí —explicó, apoyando un dedo sobre el costado de Marion—. Te hará un poco de daño, como ya te dije ayer, pero no queda más remedio. Como es lógico, te anestesiaré levemente, pero aun así lo notarás. Tendremos que repetir la intervención cada cierto número de semanas ya que el aire se escapa de la caja torácica y el pulmón se hincha de nuevo. Lo que queremos es que repose. La tuberculosis necesita oxígeno para progresar. Nosotros le cortamos el suministro.
—¿Crees que podría tener adherencias?
El médico miró a Marion, asombrado.
—¿Has oído hablar de ellas?
—Anton me ha contado que tenía muchas adherencias y que tú trataste de quemárselas.
—El estado de Anton es más grave que el tuyo —le aclaró el médico—. No se puede comparar. A veces, al contraer una pleuritis, los pulmones y la pleura se adhieren entre sí. Entonces, introducimos un cable eléctrico finísimo y tratamos de quemar esas adherencias para despegarlos. De lo contrario, no podemos inyectar aire entre ambos, y el pulmón no puede colapsar, ¿entiendes?
Marion había oído a Anton mencionar la intervención del cable eléctrico incandescente, y pensar en ello era mucho peor que la idea del pinchazo en el costado. Anton, un chico de catorce años originario de la región de Snæfjallaströnd, en los fiordos del noroeste, padecía una grave infección tuberculosa en ambos pulmones. Recientemente habían descubierto que la tuberculosis se había extendido. Pasaba la mayor parte del tiempo acostado, tanto en su habitación de la sección de pediatría como en la sala de reposo. Hablaba de su familia, de la impresionante colonia de aves en la isla Æðey y del hielo que bordeaba la laguna Kaldalón.
—Tengo entendido que está previsto tu traslado a Dinamarca —comentó el médico.
—Sí.
—Me parece una idea excelente. Aquí andamos justos de espacio, como habrás podido comprobar. Hemos recomendado que te envíen al fiordo de Kolding, en Jutlandia, donde hay un sanatorio enorme para niños con tuberculosis.
—Anton me ha contado que no conseguiste quitarle las adherencias.
—Así es —constató el médico—. Son muy difíciles de tratar. Por desgracia.
—¿Qué le va a pasar, entonces? —prosiguió Marion.
—Ya veremos —respondió el médico—. Vamos a ocuparnos primero de tu caso.
La intervención fue prácticamente indolora. Marion procuraba no pensar en cada paso que daba el médico y se esforzaba en no mirar cómo desaparecía la aguja en su cuerpo esquelético. Por el contrario, Aþanasíus observaba sin perder detalle, como si quisiera asegurarse de que se cumplían todos los protocolos, aun desconociéndolos. Marion emitió un gemido y el médico le advirtió de que el más mínimo movimiento podría hacerle daño. Después terminó la intervención. La presión del aire mantenía aplanado el pulmón infectado.
Aþanasíus acompañó a Marion a pediatría. Sentado en la cama, con el sombrero y la gabardina sobre las rodillas, comenzó a darle nuevas de «la familia». «Las truchas del estanque están como una rosa», dijo para subirle los ánimos, pero le pareció que Marion tenía la cabeza en otra parte, que guardaba silencio mientras un profundo dolor oprimía su pecho, y no en el sentido puramente médico. A Aþanasíus siempre le había alegrado ver que, a pesar de las vicisitudes, aquel pequeño ser a su cargo no perdía la vitalidad, el arrojo y la curiosidad por todo lo habido y por haber. Marion pasaba todo el tiempo con un libro en la mano y asimilaba lo que leía con pasmosa rapidez. Tenía una memoria de elefante y recordaba cualquier cosa sin dificultad: no solo hechos, réplicas y personas, sino también poemas y cuentos, así como todas las enseñanzas que Aþanasíus nunca pensó que podrían despertar el interés de una mente infantil.
—Aunque está claro que ya tienen ganas de regresar al lago Þingvallavatn —añadió con una sonrisa.
—Aquí todo el mundo tiene ganas de volver a casa —dijo Marion—. Al menos los niños. Aunque, en realidad, no estamos mal. Anton quiere volver a casa. No habla de otra cosa.
Anton y Marion apenas habían tenido tiempo de conocerse. Anton había pasado buena parte de su corta vida en el sanatorio, y cuando Marion ingresó, la salud del niño había empeorado gravemente y pasaba en cama casi todo el tiempo. Aun así, siempre se preocupaba de conocer a los recién llegados y se interesaba por ellos, en especial por todo lo relativo a su enfermedad, como dónde la habían contraído y cuál era su estado de gravedad. También le gustaba saber de qué parte del país procedían. Si venían del campo o de algún pueblo, les preguntaba por el ganado y la pesca. A pesar de su aparente seriedad, los niños ingresados en pediatría se acercaban a él porque siempre terminaba animándose.
—Es normal que sea difícil mantener amistades en un sitio como este — observó Aþanasíus mientras contemplaba el lago a través de la ventana abierta.
—Eso mismo me dijo ayer Anton. Se le han ido buenos amigos desde que llegó. Quiere irse a casa, pero no cree que vaya a salir de aquí alguna vez. Está muy enfermo.
—Tu estancia aquí te va a venir muy bien —le aseguró Aþanasíus.
—No puedo dejar de pensar en Anton. Lo está pasando muy mal.
Por la tarde, cuando Aþanasíus ya se había marchado y la calma había regresado al hospital, una enfermera entró en la habitación de Marion empujando la silla de ruedas de un muchacho enfermo. Encorvado y con dificultades respiratorias, el chico parecía extenuado.
—Anton quería darte las buenas noches —anunció la enfermera—. Vendré a por él enseguida.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Anton.
—Bien, creo —respondió Marion—. Me han clavado la aguja entre las costillas, como me dijiste.
—¿No tienen que quemar?
—No.
—¿No tienes adherencias?
—No.
—Qué bien.
La luz estival de la tarde iluminaba la habitación mientras Anton contemplaba en silencio el lago Vífilsstaðavatn. Sus aguas en calma parecían un espejo, casi un objeto divino.
—Qué día más bonito —murmuró.
A la mañana siguiente, cuando Marion fue a la habitación de Anton para darle los buenos días, lo encontró tumbado, inmóvil bajo una fina sábana que habían extendido sobre su cuerpo para que solo se apreciara el contorno de su frágil figura. Junto al cabecero de la cama, Marion observó los pliegues de la tela. Una extraña calma reinaba en la estancia, y el hospital, que normalmente bullía de vida, estaba sumido en el más absoluto silencio.
Marion dejó escapar un suspiro imperceptible al tiempo que hundía sus pequeños hombros y dejaba caer los brazos. Inmóvil, contemplaba los pliegues blancos mientras imaginaba a su nuevo amigo sobrevolando las montañas de Snæfjöll, de regreso a casa.