El duelo
Capítulo 27
Albert había prometido a sus padres que les echaría una mano con el jardín trasero de su casa, situada a orillas del mar, en Kópavogur. Así que mientras Marion charlaba con Dagný, él se ocupaba de cortar el césped con una vieja cortadora de gasolina que se calaba continuamente. Su padre dirigía una empresa que importaba frutas de países del sur. En sus recuerdos, Albert pensaba que durante su infancia no había comido otra cosa que naranjas, sabrosas manzanas y jugosas ciruelas.
La cortadora se caló por enésima vez y tardó una eternidad en volver a arrancar. Cuando por fin se puso en marcha, Albert terminó de cortar lo que le quedaba mientras pensaba en la conversación que había mantenido por la mañana con Klara, la madre de Ragnar.
El matrimonio había leído en la prensa acerca de los extranjeros, la mujer misteriosa e Hinrik, que había ingresado en el centro de detención preventiva, pero fue puesto en libertad al cabo de pocos días. Cada vez que los diarios publicaban una nueva noticia, Klara y su marido contactaban con la policía, bien llamando por teléfono bien presentándose directamente en Borgartún. Albert y Marion les informaban en la medida de lo posible sobre la evolución del caso y les rogaban encarecidamente que no hicieran mucho caso de lo que salía en los medios.
Albert atravesó de nuevo la extensión de tablones de madera y láminas de chapa oxidada para acceder al edificio de Klara. El nuevo barrio se expandía a toda velocidad sobre las colinas. Se levantaban casas continuamente y cada día aparecían calles nuevas. Las zonas de juego se llenaban de niños que construían cabañas con restos de madera. Los habitantes de Breiðholt parecían auténticos colonizadores recién llegados a un rincón inexplorado del mundo, una aglomeración de enormes bloques de hormigón sin pintar que se extendía en todas direcciones.
Albert deseaba poder contestar a todas las preguntas de Klara, pero poco de lo que podía decirle le iba a servir de consuelo. Se abstuvo de explicarle la hipótesis de Marion acerca de la presencia de un estadounidense y un ruso en el Hafnarbíó. La policía no tenía pruebas suficientes como para relacionarlos con el homicidio de Ragnar. Desconocían su identidad y no sabían cómo obtener más información sobre ellos. A decir verdad, ni siquiera sabían si existían realmente.
—Entonces, ¿no hay nada nuevo que puedas contarme sobre el caso? —le preguntó Klara con su amabilidad y su cautela de siempre—. ¿No habéis avanzado nada?
—Trabajamos en ello día y noche —respondió Albert—, pero está resultando más complicado de lo que pensamos inicialmente.
—¿Quién podría querer hacerle algo así? —preguntó Klara una vez más.
—Como ya te comenté, solo hay razones para pensar que fue una mera cuestión de azar. La agresión no parece responder a una acción deliberada. Tu hijo estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Precisamente por eso tenemos una idea tan vaga de las circunstancias en que se produjo. Simplemente se vio en una situación imposible de controlar que le costó la vida.
—¿A causa de la grabadora?
—Sigue siendo el único móvil que se nos ocurre.
—¿Que lo mataran porque grabó algo que no debía salir a la luz?
—Eso es.
Klara guardó un prolongado silencio. Solo se oían los martillazos de fondo.
—Qué desgracia —dijo al fin.
—Te comunicaremos cualquier novedad en cuanto la tengamos —le prometió Albert.
—Es que… es todo tan extraño… Esta mañana he entrado en su cuarto para despertarlo —comentó Klara, mirando a Albert—. Me he levantado temprano y andaba despistada, medio dormida. He entrado en su habitación y de pronto me he acordado de que ya no estaba. No sé qué me ha podido pasar. Quizás haya sido porque he soñado con él toda la noche. Por un instante he tenido la sensación de que todavía estaba ahí, que nada había cambiado. Y luego…
—Contactaremos contigo en cuanto sepamos algo —concluyó Albert tras un largo silencio—. Te lo prometo.
Una vez cortado el césped, pasó el rastrillo y metió la hierba en una bolsa. Seguidamente ayudó a su padre a cargar en un pequeño remolque todos los trastos del garaje que eran para tirar. Sus hijas, que habían estado en la cocina bebiendo un refresco y comiendo pastel con su abuela, se subieron corriendo al coche entre gritos y risas. Albert condujo hasta el vertedero de Gufunes y allí comenzó a descargar el remolque mientras las niñas lo observaban desde la ventanilla del asiento trasero. Cogió un viejo trineo y se lo quedó mirando unos segundos, pensativo. Pála abrió la puerta del coche y gritó:
—¿De quién es ese trineo?
—Era mío, pero está roto —respondió Albert.
—¿Por qué lo quieres tirar?
—Porque está roto —repitió Albert mostrándole el esquí partido debajo del asiento.
—¿Y no lo puedes arreglar? —le preguntó Pála.
—No —respondió Albert antes de lanzarlo al montón de basura.
—Pues lo podríamos guardar en casa —sugirió Pála.
—¿Quién guarda un trineo en su casa? —preguntó Albert mientras abría una maleta vieja y la tiraba.
—Yo lo pondría en el salón y lo usaría de silla —respondió Pála mirando a su padre.
—¿En el salón?
—Sí. Una silla para niños.
—Porque me lo pides tú —le dijo a su hija mientras arrancaba el coche, con el trineo en el remolque.
Por la radio emitían un programa de rock estadounidense, algo inusual, ya que por las tardes solían poner sinfonías clásicas. Albert escuchaba mucho rock. Le encantaban los Beatles, y su afición por el grupo no había hecho más que aumentar desde que debutaron. Había salido corriendo a comprarse Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band y lo consideraba el mejor disco de todos los tiempos. También escuchaba a Cream y seguía a Clapton, a Jimi Hendrix y al cantautor Neil Young. Le parecía brillante que Miles Davis hubiera incorporado al jazz instrumentos eléctricos: Bitches Brew era uno de sus discos favoritos. Sabía tocar un poco la guitarra y llegó a montar un grupo con tres amigos suyos que no duró más que un par de días.
Había conocido a Guðný mientras pasaba unos días en la reserva natural de Þórsmörk con sus amigos músicos. Ella había ido con unas compañeras de su trabajo de verano en el Servicio de Cementerios de Reikiavik y se tomó demasiados vasos del combinado de ginebra que habían preparado. Todo el mundo se sentó alrededor de una hoguera y Guðný cayó literalmente en los brazos de Albert.
Por las tardes, si todo estaba en calma, tocaba la guitarra y componía la música y la letra de canciones que, como mucho, oía Guðný, y nadie más. Los dos escuchaban mucho pop islandés y tenían discos muy famosos de grupos como Hljómar y Trúbrot. Guðný canturreaba a menudo Í sól og sumaryl, el tema que acababa de sacar ese verano Hljómsveit Ingimars Eydal. Y hacía poco que le había regalado a Albert un disco que compró por casualidad en la librería universitaria y que había sido publicado en primavera. También escuchaban las canciones Gamli sorrí Gráni y Vertu mér samferða inní blómalandið, y ambos coincidían en que el cantante, un tal Megas, era un genio.
En la radio sonó otro tema de rock. Mientras las dos pequeñas dormían en el asiento de atrás, Pála miraba el tráfico por la ventanilla. Cuando llegaron a casa, el ambiente estaba húmedo y el cielo se había encapotado. Guðný le informó de que Marion había llamado preguntando por él. Albert llamó al despacho inmediatamente y le comunicaron que Marion se había marchado a casa. Albert esperó veinte minutos antes de volver a llamar, esta vez a su domicilio. Ya eran más de las once. Marion respondió.
—¿Querías hablar conmigo? —le preguntó Albert.
—He estado dándole vueltas a la hipótesis de la presencia de un tercer hombre en las proximidades del cine. No sé si ya la habíamos discutido. Pero puede esperar hasta mañana. No me había dado cuenta de lo tarde que era. Solo quería comentar contigo un par de cosas.
—¿Tres hombres? —dijo Albert—. Se me ha pasado alguna vez por la cabeza. El tercero debería ser ruso si tenemos en cuenta los cigarrillos Belomorkanal.
—¿Y si fuera islandés? —objetó Marion—. También hay gente en Islandia que fuma esos cigarrillos.
—¿Por qué islandés?
—Simplemente se me ha ocurrido. Me parece que no deberíamos descartar esa posibilidad.
—En ese caso estaba al corriente del encuentro en el Hafnarbíó —supuso Albert—. ¿Cómo se habría enterado?
—Está en contacto con uno de los otros dos hombres —respondió Marion, cuidándose de no mencionar el nombre de Viðar—. O bien se enteró por otros medios.
—¿Sabe por qué se reúnen?
—Podría ser.
—¿Y sabe que mataron al chico durante o, mejor dicho, como consecuencia de ese encuentro?
—Con toda certeza.
—¿Y sabe quiénes son?
—Presumiblemente.
—¿Por qué no nos lo ha contado?
—Ahí está la cuestión.
—¿Qué te hace pensar que es islandés?
—No pienso nada. Simplemente, creo que no deberíamos descartar esa posibilidad.
—¿Puede que esté tramando algo?
—Había pensado que igual lo podías consultar con la almohada —dijo Marion para concluir la conversación—. Saluda de mi parte a la pequeña Pála.
Cuando se fueron a dormir, Guðný abrazó a Albert, lo besó y le preguntó qué pretendía hacer con el trineo que había metido en casa. Albert le explicó que quería repararlo, quitarle el óxido y barnizarlo para dárselo a Pála, que quería ponerlo en el salón, aunque él lo veía un tanto excesivo.
—A mí me parece buena idea —opinó Guðný, deslizando la mano por el vientre de Albert.
—Tengo la impresión de que Marion no me lo está contando todo en relación con el caso del Hafnarbíó —confesó Albert tras un breve silencio.
—¿Por qué lo crees?
—Tengo ese presentimiento y no lo puedo soportar.
—¿Por qué no hablas con…?
—Sí, al final lo haré —respondió Albert—. Si esto sigue así.
—¿Qué tendría Marion que ocultar?
—No sé, hay algo. La conversación de antes… Marion sabe más que yo. Y eso no funciona así.
—¿Qué crees que puede ser?
—Ni idea.
Guðný deslizó la mano por el ombligo de Albert hasta que alcanzó el vello púbico y tiró de él suavemente.
—Lo podría usar para las macetas.
—¿Qué?
—El trineo.
—Quedaría bien —convino Albert antes de besarla.
—Están dormidas, ¿verdad? —susurró.
—Sí.
Guðný notó un aumento de tamaño en su mano.
Albert dejó escapar un gemido.
—¿Te hago daño? —le preguntó ella.
—No —dijo acariciándole el pelo, que desprendía una fragancia veraniega. Se besaron apasionadamente; ella deslizó la cabeza hacia su pecho y su vientre, y Albert sintió las caricias de su cálida lengua y sus besos, que se hacían cada vez más largos y profundos, hasta volverse tan húmedos y silenciosos como la noche.
Marion aparcó el coche junto al colegio Laugarnesskóli y caminó sin prisa hacia la piscina Laugardalslaug. Frente a la entrada encontró tres vehículos aparcados. Pasó disimuladamente por delante de los coches y luego bordeó las imponentes gradas.
El lado este del recinto estaba parcialmente cercado por una valla de alambre. Marion encontró un lugar desde el que podía ver la piscina, las pequeñas pozas de agua caliente, los vestuarios exteriores y la entrada a las duchas. En el borde de la piscina más próximo a las duchas, un grupo de hombres bien abrigados charlaba tranquilamente. Unos fumaban y otros tenían las manos metidas en los bolsillos mientras disfrutaban de la calma nocturna. Marion seguía de cerca las noticias sobre el duelo y creyó reconocer a uno de los hombres. Se trataba de un ayudante que salía constantemente en los medios.
En ese momento se abrió la puerta del vestuario masculino y apareció un tipo desgarbado de brazos larguiruchos. Iba en bañador, les hizo un comentario a los hombres y se echaron a reír. Después caminó por el borde de la piscina, estiró los brazos hacia delante, dobló las rodillas y se zambulló en el agua.
Marion lo reconoció inmediatamente: su determinación al moverse, sus gestos característicos, su pelo oscuro. Albert no mentía. Bobby Fischer nadaba por las noches.
La prensa decía que procuraba mantenerse en forma. Primero nadaba unos cuantos largos a toda velocidad. Después se relajaba, se daba la vuelta y flotaba boca arriba para luego bucear tranquilamente y disfrutar de tener la piscina para él solo, de estar absorto en su mundo, puede que olvidándose por un momento del ajedrez.
Viéndolo chapotear en el agua, nadie diría que era toda una celebridad; que todo el planeta estaba pendiente de cada uno de sus movimientos; que las potencias mundiales temblaban ante él. Probablemente no volvería a existir nunca un jugador como Bobby Fischer, uno con semejante labor histórica, con tanta responsabilidad sobre los hombros; uno que sometiera el mundo del ajedrez a su voluntad. Solo ante la potencia hegemónica que había monopolizado el título durante un cuarto de siglo, tenía la oportunidad de convertirse en el primer campeón mundial estadounidense. Respetado por su adversario. Admirado por millones de personas.
Y allí estaba él nadando en la piscina Laugardalslaug, ajeno a todas aquellas disquisiciones, como si hubiera vuelto a ser el mismo Bobby que nadie conocía cuando jugaba en las calles de Brooklyn.
Al cabo de un buen rato, se acercó de nuevo al borde. Una nube de vapor emanaba de su cuerpo en el frescor de la noche. Les dijo algo a los hombres de camino a las duchas, y cuando Marion decidió marcharse, ya había desaparecido.