El duelo
Capítulo 18
Marion y Albert regresaron a la sala de interrogatorios después de haber acompañado a Hinrik a su celda. El detenido había protestado ante el trato recibido, se declaraba inocente de cualquier cargo y seguía pidiendo que le dieran un «sorbito». Marion se ausentó un momento para comentar la cuestión con el jefe del centro. A Hinrik le esperaba una dura noche en su celda, seguramente tendría que luchar contra el síndrome de abstinencia después de tantos años bebiendo. Marion sugirió que llamaran a un médico por si hacía falta aliviar el sufrimiento del preso.
Habían registrado su domicilio, pero no habían hallado nada que guardara alguna relación con el homicidio cometido en el Hafnarbíó.
Albert había llevado al interrogatorio una grabadora como la de Ragnar y unas cintas. Las colocó en la mesa, frente a Hinrik, pero este negó rotundamente haber visto antes un aparato igual, y menos en el Hafnarbíó. Cuando Marion regresó, Albert ya había introducido una cinta y había pulsado el botón de reproducir. A través del altavoz se oía un leve zumbido, casi imperceptible.
—¿Esquiusmi? —dijo Marion.
—Excuse me, es lo que ha dicho —precisó Albert.
—Con acento estadounidense, según Hinrik. Ni británico ni francés ni alemán. Típico americano.
—¿Será el extranjero que estás buscando? —preguntó Albert.
—Me parece innegable que cuadra con la hipótesis.
—En todo caso, me da que este Hinrik no es nuestro hombre.
—No lo parece.
—Bien —dijo Albert—. La película dura ciento diez minutos, y en algún momento durante ese intervalo, Ragnar es apuñalado mortalmente. ¿Qué ocurre a continuación? La película debe de ir por la mitad. Los asesinos cogen la mochila, las cintas y la grabadora.
—Esperan —continuó Marion—. Esperan hasta que termine la sesión.
—Se lo piensan —prosiguió Albert—. No se arriesgan a salir por el vestíbulo. Ven el cartel verde iluminado por encima de la puerta de salida: EXIT. Pero no pueden salir por ahí a media película sin llamar la atención.
—Seguramente, uno de ellos lleva la ropa manchada de la sangre de Ragnar.
—O ambos.
—Puede que se separen —conjeturó Marion—. Uno se aleja de la escena desplazándose varios asientos o incluso saltándose algunas filas. Tiene margen de movimiento.
—Se quitan las chaquetas, o los abrigos, para esconder debajo los objetos y ocultar la sangre.
—Y esperan sentados a que termine la película.
—Con el cadáver de Ragnar en el asiento que tienen detrás.
—Poco más pueden hacer. No tienen muchas opciones. Están atrapados en la sala.
—El de la mochila sale disparado de la sala en cuanto termina la película, puede que incluso sea el primero en hacerlo —prosiguió Albert—. Aun así, espera a que haya movimiento entre las filas, a que se levanten los primeros espectadores. Después, se apresura. Lleva la mochila, ve el Cortina de Hinrik, la tira dentro y sigue su camino. El otro actúa con más calma y se mezcla con los espectadores, tratando de pasar inadvertido.
—Luego desaparece por la calle Barónsstígur. O baja hasta Skúlagata.
—Entretanto, Ragnar permanece en su sitio, bañado en su propia sangre.
—Ragnar se queda en la sala.
—Nadie se da cuenta de nada.
—Nadie mira a su alrededor. Es un pase de las cinco normal y corriente. No tiene nada de especial.
—Dos extranjeros —dijo Albert pensativo.
—¿Están en Islandia a causa del duelo? Esa sería la primera pregunta.
—¿Guardan algún tipo de relación con el evento? ¿Se intercambian información?
—Uno es estadounidense. El otro, ruso.
—El duelo está a punto de comenzar cuando tiene lugar el crimen. Bobby todavía se encuentra en Nueva York. Spassky ya ha llegado a Islandia.
—¿De qué hablan esos dos hombres a los que ha grabado Ragnar?
—¿Quiénes son?
Marion guardó silencio, con la mirada clavada en el aparato, cuyo zumbido todavía se escuchaba sobre la mesa. Albert reconstruía mentalmente el trágico suceso. La hipótesis que barajaban no era más inverosímil que otras. Pensó en Guðný y en las niñas. A la mayor le habían hecho una prueba de tuberculosis en el colegio y le molestaban las dos tiritas que llevaba en el pecho.
—Dicen que tuviste tuberculosis —dijo de repente, antes de poder darse cuenta de que se le había escapado. Hacía tiempo que quería preguntarle a Marion sobre su enfermedad, pero nunca se había atrevido a hacerlo.
—¿Dicen? ¿Quiénes?
—Los compañeros de Borgartún.
—Ah, esos.
—¿Por eso tienes un sofá en el despacho? ¿Para poder descansar?
—Tuve una tuberculosis pulmonar muy grave —le explicó Marion—. Evitaban que evolucionara inyectando aire entre el pulmón y la pleura. Más tarde descubrieron algunos medicamentos: primero la estreptomicina, al final de la guerra, y después la isoniacida, hace solo veinte años. Ahora casi nadie conoce la tuberculosis en Islandia.
—Era una variedad endémica.
—Sí —dijo Marion bruscamente, dándole a entender a Albert que cualquier cosa que pudiera decirle sobre tuberculosis no iba a ser de su interés.
—Solo estaba pensando en mi hija —le aclaró Albert, sintiéndose algo violento—. Pála se ha hecho una prueba. Ahora se la hacen todos los niños una vez al año, como ya sabrás. Entonces me ha venido a la cabeza lo que me comentaron los del trabajo. Tiene que haber sido muy duro enfrentarse a la tuberculosis.
—¿Tu hija se llama Pála?
—Sí, como su abuela.
—Habéis hecho bien, tu mujer y tú —concluyó Marion antes de retomar la cuestión del Hafnarbíó—. ¿Cómo se dieron cuenta de la presencia de Ragnar?
—¿Cómo sabían que Ragnar estaba allí, sentado en la oscuridad?
Tras las palabras de Albert se hizo un largo silencio que se rompió bruscamente con el chasquido de la grabadora. La cinta había llegado a su fin y el botón de reproducción acababa de saltar.
Marion se sobresaltó y miró con sorpresa a Albert, quien, a su vez, observaba el aparato.
—Ahí tienes la explicación.
En ese momento se escuchó un aullido desde la celda de Hinrik que fue aumentando de intensidad hasta convertirse en un grito desgarrador. Era el único detenido en el centro de detención preventiva de Síðumúli y pronto sus alaridos resonaron por todo el pasillo.
—Deberíamos hacer que lo viera un médico —sugirió Marion, poniéndose en pie—. Ese pobre no va a poder soportar la abstinencia.