El duelo

Arnaldur Indridason · Capítulo 41 de 48

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El duelo

Capítulo 41

 

 

Sin decir palabra, Albert aparcó el coche en la entrada del Laugardalshöll. Un policía se acercó inmediatamente para apercibirlo, pero Albert le aclaró que pertenecía a la Policía Judicial y que se encontraba allí por motivos oficiales. No necesitó dar más explicaciones. Marion se dirigía ya como un rayo hacia la sala de espectadores. Albert consiguió convencer a un vigilante de que tanto Marion como él eran policías y de que tenían prisa. Le mostró sus credenciales y al final el vigilante quedó satisfecho.

Albert alcanzó a Marion en la entrada de la sala. Asistían al evento unos mil espectadores. La decimotercera partida se había reanudado tras el aplazamiento del día anterior. Sobre el escenario, Boris Spassky y Bobby Fischer miraban el tablero, concentrados al máximo. La partida prometía ser una de las más emocionantes del duelo. Ambos habían pasado un buen rato reflexionando; Fischer lo hizo hasta las ocho de la mañana. Spassky en ese momento perdía por dos peones y estuvo pensando durante veinticinco minutos antes de mover su primera pieza.

Entre los espectadores no se oía ni una tos, ni un suspiro. Con los codos sobre la mesa y la cabeza apoyada en la mano, Fischer miraba fijamente las casillas. Spassky, que jugaba con blancas, se había levantado para estirar las piernas y observaba a Fischer desde cierta distancia. El árbitro del duelo, Lothar Schmid, se había tomado un descanso, pero estaba disponible en caso de necesidad. Fischer se enderezó en la silla y se pasó la mano por el pelo. Spassky se sentó de nuevo.

Marion se concedió unos segundos para echar un vistazo entre el público, que estaba iluminado por la enorme pantalla instalada en la sala. Fischer había empleado la defensa Alekhine con la intención de que Spassky avanzara sus peones para poder atacarlos después. El ruso llevaba ya un peón de desventaja en la jugada número doce, pero había sabido reponerse, de modo que cuando se decidió aplazar la partida era difícil adivinar quién ganaría, aunque muchos apostaban por Fischer. La expectación se dibujaba en la cara de los espectadores. La tensión acumulada del día anterior aumentaba con cada movimiento.

 

Marion había hecho una parada de camino al Laugardalshöll. Prefería que Albert no estuviese presente, así que le pidió que esperara en el coche. Pese a las enérgicas protestas de su compañero, no dio su brazo a torcer, alegando que la visita sería más efectiva si no atosigaban a la mujer. Aquel argumento no convenció a Albert, que se mostró en total desacuerdo.

—¿Y si Viðar está con ella? —preguntó—. ¿Qué piensas hacer entonces? ¿Dejarlo escapar otra vez?

—Si está, creo que podré persuadirlo para que colabore con nosotros — respondió Marion.

—¿Cómo supiste de la existencia de Viðar? ¿Por qué no puedes decírmelo?

—No puedo romper mi palabra…

—¿Por qué no confías en mí?

—Lo hago, Albert…

—¡De eso, nada! ¡Me has ocultado información, y sigues haciéndolo al no dejarme ir contigo a hablar con esa mujer!

—¡Eso no es cierto, Albert! Yo solamente creo que lo mejor es no presionarla, y para eso lo ideal es que hable con ella a solas.

Albert no dejaba de insistir. Finalmente, Marion no pudo soportar por más tiempo su obstinación y salió del coche dando un portazo.

La mujer con la que Marion consideraba necesario hablar vivía en el barrio de Þingholt, en la planta baja de una casa de cemento de dos pisos construida a comienzos de siglo. Marion llevaba unos días pensado en hablar con ella, pero siempre posponía su visita. Ahora tal vez fuera demasiado tarde. Albert esperaba en el coche, hecho una furia. Se oyó el sonido del timbre en el interior del apartamento y la puerta se abrió enseguida.

—¿Bríet?

—¿Sí?

—¿Bríet Lárusdóttir, enfermera? —preguntó Marion. La mujer asintió inquieta.

—¿Está Viðar contigo?

Marion y Albert buscaban a Viðar con la mirada, pero no conseguían localizarlo. Albert zigzagueó medio agachado por las filas de asientos, tratando de identificarlo entre los espectadores.

Había visto fotografías del embajador soviético en los periódicos y lo reconoció sentado en primera fila. También sabía quién era el hombre sentado a dos butacas del diplomático.

Yuri Vigotski.

 

—¿Quién eres? —preguntó la mujer que estaba en la entrada de su casa.

—Soy de la policía —respondió Marion—. ¿Podría molestarte un segundo? Dirijo la investigación del homicidio del Hafnarbíó. Seguro que has oído hablar del caso.

La mujer miró fijamente a Marion sin mostrar la menor sorpresa.

—¿Se encuentra bien Viðar? —preguntó al fin.

—¿No está aquí?

—No, ha pasado a verme hoy, pero no ha querido quedarse mucho tiempo.

—¿Por qué piensas que podría no encontrarse bien?

—¿Eres tú quien ha ido a verlo a su despacho?

—Sí.

—Viðar sabía que vendrías. Coincides con la descripción que me ha dado de ti.

—Creo que está en peligro —dijo Marion—. ¿Me dejarías pasar un momento?

—Me ha dicho que no hablara contigo.

—Puedo ayudarlo. Si tú me ayudas a mí.

—Cree que lo vas a echar todo a perder. Tiene la intención de hablar contigo mañana. Incluso hoy por la noche. Está muy afectado por lo que le ocurrió a ese pobre chico en el Hafnarbíó. Apenas puede dormir desde que sucedió. Se echa la culpa, aunque no la tenga.

—¿Me dejas entrar?

La mujer siguió sosteniéndole la mirada a Marion.

—Viðar me ha dicho que no hablara contigo —repitió.

—Puedo ayudarlo. Tienes que confiar en mí. Creo que corre un grave peligro.

Spassky no le quitaba ojo a las piezas. Encorvado, Fischer pensaba al otro lado del tablero. Nada podía perturbar la concentración de los ajedrecistas, y la expresión del rostro de los espectadores confirmaba que la tensión había alcanzado su punto culminante. Fischer dio un sorbo a su zumo de naranja. De vez en cuando, el árbitro rogaba silencio en la sala. Al menor susurro, pulsaba un botón y se encendía un cartel luminoso con las palabras SILENCE y SILENCIO. Albert regresó lentamente, bordeando las filas de asientos, hasta alcanzar a Marion, que esperaba junto a la entrada.

—Creo que Yuri está sentado cerca del embajador, en la primera fila — susurró Albert.

—¿Y Viðar?

—No lo veo por ninguna parte.

—Sigue buscándolo. Y no lo molestes si lo ves. Procura que no te vea. Obsérvalo. Yo voy a vigilar a Vigotski. Nos podría llevar hasta Viðar.

—¿Tienes la seguridad de que lo va a hacer aquí, en el Laugardalshöll?

—Eso ha dicho Bríet.

—¿Cómo se distingue a un estadounidense de un ruso?

—Albert, ve con cuidado —lo previno Marion—. No hay forma de saber cómo acabará esto. Pide ayuda a los agentes que están trabajando hoy aquí. Nunca se sabe. Debemos actuar con la máxima cautela.

 

Bríet se había esmerado en hacer de su piso de Þingholt un lugar cálido y acogedor. Marion dedujo inmediatamente que vivía sola, conocía bien todos los indicios. Junto al fregadero había una taza limpia y un plato boca abajo. El salón estaba decorado con gusto, todo estaba ordenado y no se oía ruido de niños. Las gruesas cortinas que cubrían las ventanas lo aislaban del mundo exterior.

—Me he estado informando un poco sobre vosotros dos —le anunció Marion mientras se sentaba en el mullido sofá del salón—. Espero no haber fisgoneado demasiado. Tenéis una relación pero no vivís juntos, ¿me equivoco?

—Viðar me ha hablado de ti —respondió Bríet—. No le has causado mala impresión. Piensa que eres una persona justa, y no lo pongo en duda.

—Cuéntame qué está ocurriendo.

Bríet se acomodó en una silla. La mujer, de aspecto afable, tenía más de sesenta años y se movía con lentitud. Las arrugas que le surcaban el contorno de los ojos y de la boca se habían hecho más profundas con el tiempo. La expresión de su rostro era seria, y a Marion le pareció que apenas debía de sonreír. Bríet miraba fijamente un reloj de pared, un recuerdo de familia cuyo pequeño péndulo se movía de un lado a otro, al compás de un tictac que recordaba un débil latido.

—¿Viðar volverá luego? —le preguntó Marion.

—Sí —respondió Bríet sin despegar la mirada del reloj—. Cuando todo termine.

—¿A qué te refieres con «todo»?

Bríet se volvió hacia Marion.

—Aún es pronto para que te lo cuente —respondió—. Todavía no puedo hacerlo.

Marion desvió la mirada hacia el péndulo.

—Me han intentado explicar que se trata de una cuestión política. Que gira en torno al ajedrez, al duelo, a ese gran evento mundial que acontece en Islandia; a la guerra del bacalao; a los rusos; a los estadounidenses; a la Guerra Fría. Me dicen que todo esto va más allá del asesinato del chico. Pero nadie piensa en él, y eso me entristece. ¿A ti no te parece raro? Me importa un comino la Guerra Fría. Las grandes potencias. El duelo del siglo. Lo único que me importa es Ragnar y la trágica forma en que murió. Nada más. No me digas que tú también eres como los demás.

—Pienso en ese chico cada día. Él…, todo fue…

Bríet no pudo concluir su frase.

—¿Está ocurriendo en este momento? —la interrumpió Marion—. ¿Está pasando ahora? ¡¿En el Laugardalshöll?!

Bríet guardó silencio.

—¡Vuestras maquinaciones ya se han cobrado una vida! —exclamó Marion en tono acusador—. ¿Es que eso no te parece bastante?

—¿En serio crees que puedes ayudar a Viðar? —le preguntó Bríet.

—Sí.

—La verdad es que no sé lo que…

Bríet dejó escapar un leve suspiro.

 

Fischer llevaba un tiempo reflexionando. Miró el reloj de la mesa. Le quedaba más tiempo que a Spassky. Una asombrosa calma envolvía al jugador pese a todas las tensiones vividas los últimos días. Si ganaba la partida, se alzaría con ocho victorias frente a cinco de Spassky. Si el ruso perdía, se desvanecerían sus esperanzas de defender el título de campeón mundial.

Marion vio a Yuri levantarse con tranquilidad, salir de su fila y recorrer el pasillo entre los asientos. Sin prisa, se ajustó la chaqueta, se metió una mano en el bolsillo del pantalón y caminó lentamente en dirección al vestíbulo.

Marion se detuvo y escudriñó la sala. Dos hombres, uno en cada extremo, se levantaron y siguieron a Vigotski a cierta distancia.

 

—Para Yuri, el duelo fue un regalo caído del cielo —le explicó Bríet—. Llevaba tiempo planeándolo, pero nunca había encontrado la ocasión de llevarlo a cabo. Y, de pronto, anunciaron que el duelo se celebraría aquí, en Islandia.

—¿Quién planeaba qué?

—Yuri.

—¿Yuri Vigotski?

—Sí.

—¿Planea fugarse?

Bríet guardó silencio.

—¿Quiere pasarse al Oeste? —preguntó Marion.