El duelo

Arnaldur Indridason · Capítulo 42 de 48

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El duelo

Capítulo 42

 

 

—Lo que ocurrió en el Hafnarbíó fue algo espeluznante —explicó Bríet, que procuraba evitar la mirada de Marion—. Espantoso. No tengo palabras. Pobre criatura. Pobre familia. Viðar no ha levantado cabeza desde entonces. No podía contactar con la policía a causa de Yuri. Son viejos amigos. No puedes detener lo que están haciendo. Si lo haces, apresarán a Yuri y lo matarán. Y no solo a él…

—¿Pretende fugarse a Estados Unidos?

—Sí, con los suyos…

—¿Tienen ya a su familia?

—En estos momentos su mujer y sus cuatro hijos se dirigen a la embajada estadounidense en Helsinki —explicó Bríet mirando de nuevo el reloj de pared—. En cuanto sepan que los cinco están a salvo, se pondrá todo en marcha.

—¿Son esas las vidas que, según Viðar, están en juego?

Bríet había asintió.

—Ese es el problema de todo este asunto: su familia.

—¿Qué tipo de relación tienen Viðar y Vigotski?

—Hicieron buenas migas en Moscú. Viðar te lo contará todo esta noche, o mañana, si todo sale bien. Los rusos se huelen algo. Saben que alguien en Moscú lleva años filtrando información. Viðar ignora cómo se han enterado, pero hace poco el círculo se estrechó en torno a Yuri y él no sabe cuánto han podido averiguar, si es que realmente han averiguado algo. Su familia recibió anteayer la autorización para viajar a Helsinki. El proceso fue interminable, pero al final se la concedieron, así que me parecería raro que Yuri encabezara la lista de sospechosos. Además, le han permitido desplazarse a Islandia con motivo del duelo; otra señal de que no disponen de evidencias para poder acusarlo en firme. El caso es que todo se ha retrasado debido a las dificultades que ha tenido su familia para obtener el permiso, y Yuri debe regresar mañana a la Unión Soviética.

—¿Y Viðar? ¿Es un espía? —preguntó Marion.

—No —respondió Bríet, permitiéndose una sonrisa—. No es más que un amigo. Y un enlace. Yuri se puso en contacto con Viðar en cuanto supo que iba a venir aquí. Confía plenamente en él. Viðar se puso en contacto con la embajada estadounidense y ellos organizaron el encuentro en el Hafnarbíó.

—Tengo entendido que Viðar era un comunista de la línea dura —señaló Marion—. Y que se codeaba con los dirigentes de Moscú, por lo que me dijeron.

—En efecto. Y así fue precisamente como conoció a Yuri. Iban juntos a la Escuela Lenin. Pero, con el tiempo, terminaron sin querer saber nada del sistema. Yuri le habló de persecuciones, asesinatos y campos de trabajos forzados. El propio Yuri perdió a algunos familiares durante la Gran Purga de Stalin. Viðar piensa que ese fue el motivo de su traición y de su decisión de trabajar como espía. Como ya te he dicho antes, Yuri confía plenamente en Viðar.

—¿Y así es como Viðar se vio implicado en el plan de Vigotski?

—Yuri podía verse con él sin levantar sospechas. La embajada soviética invitaba a Viðar con frecuencia, era un buen conocido. También viajaba a menudo a la URSS, y así fueron estrechando sus lazos de amistad. Lo primero que hizo Yuri fue pedirle a Viðar que hablara con la embajada estadounidense. Ya no se atrevía a emplear sus métodos habituales para contactar con el Oeste. La embajada envió unos expertos de Estados Unidos a Islandia para urdir el plan de fuga. Uno de ellos fue el que se reunió en el Hafnarbíó. Viðar no sabe quién es, pero Yuri sí lo conocía. Fue él quien…

Bríet guardó silencio.

—¿… quien apuñaló a Ragnar?

Bríet asintió.

 

Viðar esperaba sin moverse un ápice junto a uno de los teléfonos de la sala de prensa. Consultó su reloj de pulsera. La ruidosa sala bullía de actividad. Periodistas de distintos países escribían a máquina frenéticamente o hablaban por teléfono describiendo el desarrollo de la partida aplazada, el ambiente del Laugardalshöll y los movimientos y las reacciones de los maestros ajedrecistas. Los teléfonos sonaban por todas partes, la conexión no siempre era buena y los periodistas tenían que hablar a voces. Algunos gritaban para que los pudieran oír. La partida prometía ser histórica.

El teléfono sonó. Viðar observó el aparato. Segundo tono. Viðar esperó y respondió al escucharlo por tercera vez.

Se acercó el auricular, pero no oyó nada y se llevó el dedo a la otra oreja para atenuar el alboroto reinante.

—Are they safe? —susurró.

No recibió respuesta al otro lado de la línea.

—Are they safe?

 

Vigotski abandonó lentamente la sala de espectadores sin mirar a su alrededor. No parecía haberse percatado de los dos hombres que se habían levantado al mismo tiempo que él y que lo seguían de cerca. Se detuvo al llegar al vestíbulo. Marion procuró no llamar la atención. Albert también había salido de la sala. Estaba buscando a Viðar, y Marion no sabía dónde se encontraba. Pensaron en llamar a todas las fuerzas policiales de la ciudad para acordonar el palacio de deportes, pero Marion sabía que no dispondrían de tiempo para diseñar la operación, pedir refuerzos y ejecutar el plan. La partida estaba en pleno desarrollo y detenerla tendría consecuencias impredecibles. Había unas dos mil personas en el interior del recinto y el Laugardalshöll contaba con un sinfín de puertas de salida. Si el asesino de Ragnar se hallaba allí dentro, una operación policial de gran envergadura podría facilitar su huida.

Vigotski sacó un paquete de tabaco y se encendió un cigarrillo. Le dio una calada e inhaló el humo profundamente antes de expulsarlo mientras paseaba la mirada a su alrededor. Sabía con exactitud cuál era el siguiente paso: su amigo le haría una señal cuando estuviera seguro de que su familia se encontraba a salvo. Alguien llamaría a un teléfono en concreto de la sala de prensa y Viðar recibiría noticias de su mujer. Había ayudado a los periodistas rusos durante el duelo, siempre estaba en el Laugardalshöll cuando se jugaba una partida y a menudo tenía algo que hacer en la sala de prensa. Su presencia allí no levantaría la menor sospecha.

Marion observaba a distancia. Vigotski escudriñaba su entorno como si quisiera cerciorarse de que no lo seguía nadie. Parecía tranquilo. La gente iba y venía por el vestíbulo. De pronto, Marion vio aparecer a Viðar frente a la sala de prensa.

 

Bríet hablaba sin dejar de mirar a Marion a los ojos.

—Fue el estadounidense. Yuri le contó a Viðar lo que había pasado. Yuri y el enviado de Estados Unidos hablaban sobre cómo se coordinaría la fuga cuando, de repente, escucharon un extraño chasquido detrás de ellos. Entonces vieron la grabadora en las manos del joven. En ese momento, la pantalla se oscureció y la sala quedó en penumbra. Antes de que Yuri pudiera darse cuenta, el estadounidense ya había apuñalado al chico. Todo ocurrió en cuestión de segundos sin que Yuri pudiera hacer nada. Cuando la pantalla se iluminó de nuevo y se dio cuenta de lo que había pasado, de que no era más que un muchacho inocente, quiso interrumpir la reunión y salir del cine, pero el estadounidense lo disuadió advirtiéndole de que aquella acción lo delataría. El estadounidense pensaba que los estaban espiando y que alguien había enviado al chico con la grabadora para escucharlos en secreto. A Yuri le parecía una idea absurda.

—¿Fue Yuri quien se llevó la grabadora de Ragnar?

—No, fue el estadounidense. Y también la mochila ensangrentada que mencionaban los periódicos. La metió en aquel coche para confundiros.

—Creemos que Ragnar murió en el acto.

Bríet miró al suelo.

—Yuri dijo que al chico no le dio tiempo ni de saber qué pasaba. No sufrió. Yo…, es muy duro hablar de esto. Viðar no pensó en ningún momento que pudiera poner en riesgo la vida de nadie organizando la reunión. Pero luego sucedió aquel drama inesperado, una absoluta tragedia.

—¿Por qué Viðar no acudió a la policía?

—Sabía que nunca podríais detener al estadounidense debido a su inmunidad diplomática. Además, Yuri estaba a punto de conseguirlo. El asesinato no cambiaba nada. No podía dar marcha atrás. Solo quería esperar a que su familia se encontrara a salvo. El momento se retrasaba continuamente.

—Yuri escoge lugares públicos para llevar a cabo sus planes. El Hafnarbíó. El Laugardalshöll.

—Ahí es donde están ahora.

—¿Viðar cree que Yuri le ha contado la verdad? —le preguntó Marion mientras se ponía en pie.

—Yuri nunca le ha mentido. Viðar confía ciegamente en él.

 

Vigotski se acercó a Viðar. Marion, que observaba con discreción desde los escalones de la entrada derecha de la sala, no distinguía a los hombres que antes habían seguido a Vigotski. Viðar y el ruso intercambiaron unas palabras y este último apagó lentamente el cigarrillo en el cenicero. Marion sabía que debajo de la sala de prensa había unos aseos y que desde allí no se podía acceder al exterior del edificio. Vigotski le dio a Viðar unas leves palmadas en el hombro antes de caminar hasta una gran cristalera y encenderse otro cigarrillo. El vestíbulo estaba abarrotado de gente. Unos iban de camino a la cafetería; otros, a los servicios; otros fumaban mientras discutían la partida a media voz. Marion esperó un momento para comprobar si alguien seguía a Vigotski.

—¡¿Qué estás haciendo aquí?!

Viðar acababa de aparecer de repente junto a Marion, encolerizado.

—Tengo que hablar con Yuri Vigotski.

—¡No puedes venir y echarlo todo a perder! —exclamó Viðar.

—Acabo de ver a Bríet. Está muy preocupada por ti. Me ha explicado lo que está ocurriendo. ¡Tengo que hablar con esos hombres!

—Entonces ya te ha contado que se va a fugar.

—Lo sé todo sobre Vigotski. Sé que su familia está ahora en Helsinki. ¡Es un asesino y debemos ir a por él!

—Eso no es cierto —replicó Viðar—. No fue él.

—¡Pero es cómplice! ¡Tienes que entenderlo! ¿El estadounidense también está aquí? ¿Este es el lugar donde van a encontrarse?

Viðar agarró a Marion del brazo.

—¡No puedes detener esto!

Albert salió de la sala de espectadores y se dirigió hacia ellos. Iba acompañado de tres policías.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—No vais a poder ponerle la mano encima —le advirtió Viðar a Marion —. Yuri está aquí trabajando para la embajada ¡No podéis hacer nada! Su familia se encuentra en un lugar seguro. Hemos planeado esto durante mucho tiempo. Dejadnos terminar.

—¿Y el estadounidense? —preguntó Marion—. ¿Está aquí?

—Deja que todo siga su curso, te lo suplico —le rogó Viðar—. Es cuestión de cinco o diez minutos. No más.

—¡¿Está aquí, sí o no?! —insistió Marion.

Viðar asintió.

—Vigotski nos llevará hasta él —señaló Albert—. ¿Cómo se llama el estadounidense, el asesino?

—Se llama Jackson —respondió Viðar—. No sé nada más de él. Ni siquiera sé si ese es su verdadero nombre. Es experto en todo lo relacionado con la Unión Soviética, un hombre del servicio secreto estadounidense. Lo sacaron del país inmediatamente después del suceso del Hafnarbíó. Ahora ha vuelto para dejarlo todo zanjado.

—¿Y las autoridades estadounidenses no piensan tomar cartas en el asunto en cuanto al homicidio?

—No saben nada de ningún homicidio —respondió Viðar—. Os puedo asegurar que no admitirán nada de lo ocurrido.

—¿Y por qué ha escogido el Laugardalshöll como escenario de la operación? —preguntó Marion, volviéndose hacia Vigotski, que seguía fumando junto a la cristalera.

—Yuri quería aprovechar la celebración del duelo —explicó Viðar—. Aprovechar que todas las miradas están puestas en Fischer y en Spassky. Aquí resulta más difícil tenerlo vigilado. No lo detengas ahora.

Vigotski apagó el cigarrillo y se dirigió hacia la salida.

Marion comenzó a caminar, y antes de que Albert pudiera hacer lo mismo, Viðar lo agarró del brazo.

—¡No lo hagáis! ¡Os lo ruego! ¡No sabéis lo que estáis haciendo!

—Solo queremos detener al asesino —respondió Albert—. Lo demás no nos incumbe.

—Por el amor de Dios —suspiró Viðar—. ¡Esos hombres van armados! La situación escapa a vuestro control. Mirad lo que le pasó al chico en el cine. ¡No deis ningún paso en falso, os lo ruego!

 

Bríet acompañó a Marion hasta la puerta.

—Gracias —le dijo Marion—. Tengo que irme.

—No hay nada que agradecer. Nuestra vida ha sido una pesadilla desde que el chico perdió la suya. Nadie debía morir por Yuri, y mucho menos un joven inocente.

—No, pero aun así ocurrió.

—Estoy preocupada por Viðar —dijo Bríet—. Por si algo sale mal. Me prohibió que me acercara al Laugardalshöll. Me pidió que esperara aquí.

—Supongo que eso es lo mejor —comentó Marion por decirle algo.

Bríet había titubeó un instante.

—Viðar…

—¿Sí?

—Viðar… se sorprendió tanto cuando lo encontrasteis y lo interrogasteis sobre el trágico suceso del Hafnarbíó… No se explicaba de ninguna manera cómo habíais logrado dar con él.

Marion paseó la mirada por aquel apartamento donde nada desentonaba. Todo estaba donde tenía que estar, cada cosa en su sitio. Los pilares en los que se sustentaba la vida de Bríet eran la seguridad, la estabilidad, y una relación en la que su pareja, cuando iba a verla a su casa, solo estaba de paso. Le recordó a Katrín. Ambas tenían la necesidad de estar solas.

—¿Eres tú la que no quiere que viváis juntos?

Bríet no respondió inmediatamente.

—Perdona, no es asunto mío —dijo Marion, a modo de disculpa.

—Ya veo que no se te escapa una.

—Su teléfono está pinchado —le reveló Marion.

—¿Pinchado?

—Tiene derecho a saberlo.