El duelo
Capítulo 28
A la mañana siguiente, Viðar llegó a su despacho de la compañía eléctrica de Reikiavik a las nueve en punto. Marion aparcó cerca de su domicilio sobre las seis y estuvo vigilándolo a cierta distancia. Viðar vivía en la calle Skeggjagata, del barrio Norðurmýri, en una pequeña casa revestida de arena de conchas. Al cabo de un rato, Marion detectó movimiento en el interior de la casa: el inquilino se había levantado. Dagný le había dicho que Viðar vivía solo. Nunca se había casado, pero seguramente mantenía una relación con Bríet, a la que conoció en Moscú. No tenían hijos.
No era el único madrugador del vecindario. Un hombre robusto metía unas cañas de pescar en un todoterreno mientras un impaciente chiquillo con gafas merodeaba a su alrededor. Después se subieron al coche y recorrieron la calle sin advertir la presencia de Marion.
En la radio, el duelo acaparaba de nuevo la actualidad informativa de la mañana. Esa tarde se jugaba la decimotercera partida. El comportamiento de Fischer frente al tablero todavía era motivo de noticia: actuaba de forma grosera, no dejaba de moverse, se mordía las uñas y se hurgaba la nariz y las orejas. El campeón mundial no parecía inmutarse. Marion recordaba que antes de la séptima partida, Spassky cambió su silla por una parecida a la que empleaba el estadounidense desde el comienzo del duelo. Los asesores de Fischer protestaron enérgicamente y uno de ellos trató de tirar la silla del escenario, pero el personal del Laugardalshöll se lo impidió. Le vinieron a la cabeza las palabras de Jósef: «¿Qué sabemos realmente de ese duelo?».
Apenas se veía un alma en Norðurmýri a esas horas de la mañana. Un hombre pasó por delante del coche sin percatarse de la presencia de Marion y continuó su camino a paso firme en dirección al sur. Marion lo conocía bien. Se llamaba Elliði, un delincuente macarra que se dejaba ver a menudo por comisaría. Entrado en carnes, vestía un anorak verde y caminaba cabizbajo cojeando levemente, como si tuviera una pierna más corta que la otra. Marion lo siguió con la mirada hasta que lo vio bajar unos escalones que accedían a un sótano.
Cuando quedaban pocos minutos para las nueve, se abrió la puerta del domicilio de Viðar y apareció en el umbral un hombre de unos sesenta años que encajaba con la descripción que le había dado Dagný. Cerró la puerta con cuidado, tiró dos veces del pomo para asegurarse de que no se quedaba abierta y caminó hasta su Moskvitch. El coche rugió al arrancar, recorrió Skeggjagata en dirección a Rauðarárstígur y adelantó al vehículo de Marion, que se hundió ligeramente en su asiento al verlo pasar. Tomando una serie de atajos, Viðar llegó a la sede de la compañía eléctrica a las nueve en punto.
Marion no vio motivo para quedarse esperando frente a las oficinas y bajó al Skúlakaffi para disfrutar de un buen desayuno, tomarse un café y leer los periódicos antes de salir hacia Borgartún. Albert aún no había llegado al despacho. Marion se tumbó en el sofá e inmediatamente le vino una idea a la cabeza. La hipótesis del tercer hombre que a Jósef le parecía tan interesante no sonaba muy disparatada. Numerosos indicios apuntaban a que Viðar podía ser ese hombre. Había estudiado en Moscú y durante una época fumaba tabaco de la misma marca que se encontró junto al Hafnarbíó. La llamada informándole del encuentro en el cine lo relacionaba directamente con el caso. Viðar estaba al corriente de la reunión entre el estadounidense y el ruso, si es que, en efecto, era ruso. Sin duda debió de actuar con total discreción. No cabría pensar en otro encuentro que no fuera el del Hafnarbíó.
En circunstancias normales, Marion habría ido a casa de Viðar para intimidarlo o incluso para llevarlo directamente al centro de detención preventiva. Pero la información que le había dado Jósef era de carácter confidencial y, además, había sido obtenida de manera ilegal, así que Marion no tenía más remedio que mantenerla en secreto. Había que reunir más datos sobre Viðar para poder relacionarlo de alguna manera con el suceso del Hafnarbíó.
En el paquete de tabaco hallaron una huella casi entera que quizás correspondía a un dedo pulgar. Marion estaba a punto de dormirse en el sofá cuando se le ocurrió la idea de obtener las huellas de Viðar sin que se enterase.
El jefe de la Científica se mostró reacio.
—¿De dónde pretendes sacarlas? —preguntó con aire indiferente frente a su taza de café y su bollo de mantequilla.
—Su Moskvitch nuevo debe de estar plagado de huellas suyas.
—¿Y por qué no lo llamas simplemente a declarar?
—Las circunstancias del caso nos lo impiden —respondió Marion.
—También podemos ir a su casa.
—El problema es el mismo.
—Pero ¿por qué no podemos hablar con ese hombre?
—De momento iría en contra de los intereses de la investigación.
—¡Los intereses de la investigación! —le espetó el jefe con tal vehemencia que unas migas salieron despedidas de su boca y cayeron en el café—. Pero ¿quién te crees que soy? ¿Un periodista de la prensa amarilla? ¿Qué estás ocultando? No podemos ir por toda la ciudad tomando huellas de la gente sin permiso. ¡Es ridículo, y lo sabes perfectamente!
—Tiene que ver con los cigarrillos rusos —aclaró Marion.
—¿Los que se encontraron cerca del Hafnarbíó?
—Sí.
El jefe sumergió el bollo en el café.
—¿No cabe la posibilidad de que ya tengamos registradas las huellas de ese hombre? —preguntó—. ¿Cómo se llama?
—Ni siquiera puedo desvelar su identidad —respondió Marion—. Al menos, no de momento. He revisado el registro de huellas y no lo he encontrado.
—¡Pero qué secretismo es este, Marion! No es propio de ti.
—Se trata de un caso complicado. Me gustaría proceder así. Es mejor contar con pruebas sólidas. No sabría explicarle exactamente por qué ha suscitado nuestro interés y es muy posible que montara un escándalo. Necesito poder esgrimir argumentos de peso. Me hacen falta tus dispositivos. Te los traigo de vuelta dentro de una hora.
—¡Qué profesionalidad la tuya! —exclamó el jefe de la Científica.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Te pasas la vida diciendo que hacen falta más profesionales y ahora vienes con caprichos.
—Es un caso especial —precisó Marion.
—Esto es una patanería. La típica patanería islandesa, eso es lo que es.
—Llámalo como quieras.
—¿Qué coche dices que conduce?
—Uno ruso. Un Moskvitch.
—Pues estás de suerte —observó—. El tirador de la puerta actúa prácticamente como un tampón de los que usamos para tomar huellas. Tommi te mostrará cómo hacerlo.
Una hora después, Marion se hallaba de nuevo frente a la compañía eléctrica con una cajetilla de rapé llena de polvo, un pincel fino, un rollo de cinta adhesiva y las instrucciones de Tommi grabadas en la cabeza. «Una lupa puede ser de gran utilidad», le había comentado el experto. Marion nunca había usado una lupa en toda su carrera y se negó en redondo a hacerlo ahora.
El Moskvitch de Viðar estaba aparcado junto al edificio de la compañía, pegado a unos arbustos que lo resguardaban de las miradas curiosas de los viandantes. Tommi coincidía con su jefe en que lo mejor era centrarse en el tirador. Estaba cromado, tenía forma aplanada y se abría introduciendo cuatro dedos por detrás y apoyando el pulgar por delante. Por tanto, las huellas del pulgar quedaban bien registradas en la zona exterior.
Marion actuó con calma y vigiló los alrededores del coche durante media hora antes de comenzar su operación. Apenas pasaba gente. Se acercó despacio, examinó el tirador y distinguió unas huellas. El siguiente paso consistía en aplicar el polvo sobre la superficie soplando levemente. El tirador quedó cubierto de una fina capa blanca. Marion cepilló la superficie con el pincel hasta aislar las huellas. A continuación, pegó la cinta, la presionó para que se adhiriera, la retiró y la guardó en una cajita. El proceso no duró ni dos minutos.
Un poco más tarde, Marion entregaba la cajita al jefe de la Científica con el encargo de que realizara un análisis comparativo de las huellas del paquete de tabaco y las del interior de la sala del cine. Añadió que se trataba de una cuestión de máxima urgencia.
Mientras Marion se ocupaba de la obtención de huellas, Albert había localizado al único hombre que la policía todavía no había interrogado y del que se sabía con certeza que había asistido al fatídico pase de las cinco: el piloto que mantenía una relación con Viktoría. Había estado fuera, destinado en vuelos internacionales desde el día que su amante se reunió con Albert y Marion en el Skúlakaffi, pero ya había regresado a Islandia. Albert habló con él por teléfono y acordaron verse en algún lugar que se hallara lejos del domicilio del piloto y de la comisaría de Borgartún.
—¿No había nada mejor? —preguntó el piloto bruscamente mientras tomaba asiento frente al agente en el Skúlakaffi. Era poco después del mediodía, la franja horaria de menor afluencia.
—Aquí sirven un café muy bueno —respondió Albert sin pretender darle mayores explicaciones—. Y se está tranquilo.
Vestido con un atuendo veraniego, una chaqueta fina de color claro y unos vaqueros, el piloto era un hombre delgado, guapo —«guapo a rabiar», habría dicho Guðný—, bien afeitado, con unas gruesas patillas y el pelo largo, como Albert. La expresión de su rostro parecía de máxima concentración, como si estuviera siempre en fase de aterrizaje. No cabía duda de que Viktoría lo había puesto al corriente de su encuentro con la policía; estaba bien enterado de lo que ocurría y fue directo al grano.
—No sé lo que sucedió en ese cine —declaró—. Cuando leí los periódicos al día siguiente, no me podía creer que hubieran asesinado a ese chico en la sesión de las cinco. No tengo palabras. Quienquiera que fuera, lo mató fulminantemente sin que nadie se enterara. ¿Tenéis alguna idea de quién lo hizo?
—¿Te fijaste tú también en ese hombre que Viktoría dice haber visto…?
—¿El que había visto en el Loftleiðir? —lo interrumpió el piloto—. No, yo no quería llamar la atención. Solo fui al cine para estar con Viktoría. ¿Habéis hablado con su marido?
—No.
—¿Vais a tener que hacerlo? —le preguntó el piloto.
—No lo sé —respondió Albert.
—¿Es necesario que me mencionéis?
—No lo sé —repitió Albert.
—Es amigo mío, ya sabes.
—Me parece que eso no es de mi incumbencia —replicó Albert.
—Vale. O sea, que no me vais a mencionar.
—Eso no es lo que yo he dicho.
—Viktoría quiere contarle lo nuestro, quiere divorciarse y venirse a vivir conmigo. Yo también tengo familia…
—No es de mi incumbencia —insistió Albert, que no tenía ganas de escuchar la dura realidad del hombre infiel—. ¿Te percataste de la presencia de extranjeros en la sala?
—¿De extranjeros?
—Sí.
—No me enteré de que hubiera ningún extranjero. En todo caso, el hombre que Viktoría pensaba haber visto en el Loftleiðir… ¿Sabéis quién es?
—¿Lo viste salir del cine?
—No, yo no, pero ella sí. ¿No basta con eso? Si vais a hablar con su marido, ¿tendréis que hablar también con mi mujer?
—Aquí nadie va a hablar con su marido —lo tranquilizó Albert.
—Menos mal —dijo el piloto, que dejó escapar un hondo suspiro de alivio, como si de algún modo Albert le acabara de hacer un favor personal.