El duelo
Capítulo 48
Unas dos semanas después de los acontecimientos del Laugardalshöll, Marion Briem escuchaba la radio con los ojos cerrados en el sofá de su despacho. La lluvia repicaba contra el cristal. Fischer y Spassky jugaban la decimonovena partida y todo apuntaba a que Fischer saldría triunfante en el duelo. En las noticias anunciaban la apertura de los Juegos Olímpicos de Múnich.
Por la mañana, Marion leyó en los periódicos una esquela sobre el fallecimiento de un armador de Reikiavik. Dagný había llamado el día anterior para comunicarle que su padre había fallecido en el Hospital Nacional. Le preguntó si finalmente había hablado con él. La respuesta fue «no». Le preguntó si tenía alguna intención de ir al entierro. La respuesta volvió a ser «no».
Llamaron a la puerta de su despacho. Albert había vaciado su escritorio y se había llevado a casa sus objetos personales: una fotografía de su familia y unos dibujos de sus hijas que había pegado en la pared. Marion no podía dejar de reflexionar sobre los acontecimientos de los últimos días y se preguntaba constantemente si podría haber evitado lo ocurrido de alguna manera. Pero no hallaba una respuesta convincente.
El día que Katrín partió hacia Copenhague en el Gullfoss, Marion la llevó en coche fuera de la ciudad, atravesando Kópavogur, hasta la comarca de Garðahreppur, donde se encontraba el sanatorio de Vífilsstaðir. Con sus paredes blancas y sus tejados rojos, el hospital se alzaba como un monumento en memoria de los estragos causados por la tuberculosis.
—Con la de veces que había oído hablar de este lugar, y aún no había venido —comentó Katrín mientras salía del coche y paseaba la mirada por el edificio—. Qué casa tan bonita.
—Se estaba bien, a pesar de todo —dijo Marion mientras la acompañaba a la parte trasera del sanatorio, donde se hallaba la sala de reposo, ahora vacía y deteriorada. Las aguas del lago brillaban bajo el sol estival. Marion señaló una de las ventanas.
—Esa era mi habitación. Tenía vistas al lago. Y esa era la de tu primo Anton. Y allí arriba, en lo alto de esa colina, está Gunnhildur, un mojón de piedras que hacía las veces de barómetro. Decían que, si uno podía llegar hasta Gunnhildur sin ayuda de nadie, era señal de que estaba mejorando.
Katrín sonrió y siguió a Marion hacia el mojón, caminando un buen trecho cuesta arriba. Al llegar, se sentó en un viejo refugio de la época de la guerra.
—¿Quién era Gunnhildur? —preguntó.
—Nunca lo supe —respondió Marion mientras recobraba el aliento—. Creo que nadie lo sabía. Alguna mujer que vivía por estos pagos, supongo.
En el interior del hospital había señales de cierta actividad. El número de tuberculosos se había reducido enormemente y se barajaba la idea de aprovechar el espacio y trasladar allí a todos los enfermos con dolencias respiratorias.
—Hemos llegado hasta aquí arriba —comentó Katrín—. No todos tuvieron tanta suerte.
—Eso es cierto —admitió Marion—. Podemos dar las gracias. Y ahora, de pronto, te vas.
—Espero que me entiendas, Marion.
—Ya no sé si soy capaz de entender nada.
—Te debo tanto… —añadió Katrín—. Nunca dejaré de pensar en ti. Siempre serás una parte importante de mi vida.
—Solo puedo decir lo mismo de ti, Katrín.
—Tal vez prefiera dejarlo así. Conservarte como un recuerdo que es doloroso pero a la vez preciado. Así es como me siento mejor contigo. Cuando estoy sola. No sé cómo explicarme. No me parece justo mantenerte en la incertidumbre. Nunca me voy a trasladar aquí y nunca voy a vivir con nadie, ni contigo ni con ninguna otra persona. Lo sé. De alguna manera, siempre lo he sabido.
Marion miró hacia aquel montículo levantado con piedras de la colina. No se podía decir que las hubieran apilado cuidadosamente; más bien las habían hacinado de forma desordenada.
—Me gustaría recibir cartas tuyas para saber que estás bien —dijo Marion.
—Sí —respondió Katrín—. Por supuesto.
—Y si cambias de opinión, ya sabes dónde encontrarme.
—Siempre lo he sabido, Marion. Siempre lo he sabido.
Por la tarde, el Gullfoss zarpó haciendo sonar su sirena al abandonar el puerto. Cuando Marion regresó a casa, el olor de Katrín flotaba todavía en el salón. En una pequeña nota dejada en la mesa de la cocina se leía un mensaje:
Perdóname.
K.
Volvieron a llamar a su despacho, esta vez con más decisión. Marion bajó el volumen de la radio. En la puerta apareció un joven de tupidos rizos pelirrojos al que Marion no había visto antes. Era de estatura media y complexión robusta, pero sin estar entrado en carnes. Su rostro reflejaba inteligencia, y la expresión de su boca le confería un aire decidido. Sin embargo, el contorno de sus ojos estaba surcado por unos profundos signos de dolor que a Marion le parecieron inusuales en un hombre de su edad. Daba la impresión de que no se sentía a gusto en su uniforme de policía, como si aquel fuera el primer día que se lo ponía y lo encontrara rígido e incómodo. Sostenía un sobre en la mano.
—¿Necesitas algo? —preguntó Marion poniéndose en pie.
—Estoy buscando a Marion —anunció el hombre antes de rascarse el cuello por debajo de la chaqueta.
—¿Eres nuevo? —preguntó Marion, que conocía a casi todos los agentes de Reikiavik.
—He comenzado como guardia de tráfico —respondió el hombre—. ¿Eres…?
Marion asintió.
—Tengo correo para ti —le informó el agente entregándole el sobre.
—Gracias, ¿cómo te llamas? —preguntó Marion.
—Erlendur —respondió el hombre de expresión melancólica—. Me llamo Erlendur Sveinsson.
Terminaste El duelo
Arnaldur Indridason
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