El duelo

Arnaldur Indridason · Capítulo 34 de 48

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El duelo

Capítulo 34

 

A primera hora del día siguiente, el jefe de la Judicial llamó a Marion para que se reuniera con él.

—Tengo que hablar un momento contigo, Marion —le anunció Jóhannes con aire serio desde la puerta de su despacho—. ¿Podrías pasarte a verme un segundo?

—¿No deberíamos esperar a Albert? —respondió Marion—. Está a punto de llegar.

—No, solo quiero hablar contigo.

—¿Ahora?

—Sí, ahora, Marion. ¿Puedes venir inmediatamente?

—¿Qué ha pasado? ¿Algún problema?

—Nada, Marion. Solo tengo que comentarte un par de cosas. Ven.

Marion lo siguió por el pasillo hasta su despacho. Jóhannes cerró con cuidado al entrar.

—Has conseguido que ciertas personas se inquieten —le dijo Jóhannes mientras se sentaba al otro lado de su amplio escritorio—. Esta mañana me han llamado de la Oficina de Asuntos Exteriores y, después de haber discutido con ellos, he aceptado hablar contigo. No lo habría hecho de no ser porque puede haber cosas en juego. Cosas del ámbito político, quiero decir.

—¿Del ámbito político? —preguntó Marion pensando en su encuentro con Jósef.

—En todo caso, me he comprometido a hablar contigo —insistió Jóhannes, un tanto incómodo.

El teléfono sonó en el despacho. Jóhannes lo cogió y dijo que estaba ocupado y que no quería que lo interrumpieran durante el próximo cuarto de hora. Llevaba gafas y vestía un traje oscuro. Delgado, de labios finos y mentón afilado, sus movimientos pausados y su lenta dicción le conferían un aire venerable con un ligero toque paternalista. Al haber trabajado anteriormente en la Oficina de Asuntos Exteriores, estaba acostumbrado a los eventos sociales. Amable y diplomático, consideraba que la educación era un factor fundamental en las relaciones humanas.

Su espacioso despacho disponía de un gran escritorio y de una ventana con vistas a la calle Borgartún. En una pared colgaba un cuadro enmarcado en dorado de las colinas Rauðhólar, unos montes rojizos que habían permanecido intactos, cubiertos de musgo, durante casi cinco mil años antes de que las tropas británicas los destruyeran durante la Segunda Guerra Mundial y los emplearan como cantera para construir el aeropuerto militar de Vatnsmýri. Marion observó el cuadro y pensó en aquellas colinas que se alzaban solitarias al este de Reikiavik, junto a la carretera nacional, con una herida abierta que recordaba la negligencia y los abusos que había sufrido el paisaje islandés.

—No sueles llamar a nadie para echarle cosas en cara —señaló Marion.

—No te estoy echando nada en cara, Marion —respondió Jóhannes.

—¿De qué cosas del ámbito político estás hablando?

Jóhannes se aclaró la garganta. Se sentía cada vez más violento.

—Tienes que dejar en paz a Viðar —dijo con gesto serio.

—¿A Viðar?

—Solo durante un par de días. Luego podrás apretarle las tuercas todo lo que quieras.

Marion miró a su jefe.

—¿Viðar Eyjólfsson?

—Sí.

—¿Y quién lo ordena?

—No lo sé exactamente, pero me veo en la obligación de pedirte que dejes tranquilo a ese hombre los próximos días. Eso es todo. Que sepas que no es de mi agrado, pero hay intereses en juego y he prometido que hablaría contigo.

—¿Quién te lo ha pedido?

—No te lo puedo decir, Marion. Tal vez más adelante. El hombre con el que he hablado pertenece a la Oficina de Asuntos Exteriores y dice que no sabe de qué va la cosa. Y yo menos. No vas a sacar nada en claro hablando con él.

—¿Por qué? —preguntó Marion—. ¿Por qué tenemos que dejar en paz a Viðar?

—Lo sabremos en los próximos días. Si es que esto se llega a aclarar. Esta conversación que estamos teniendo es de carácter confidencial, y espero que lo respetes.

—Muy rápido han reaccionado, diría yo. No hice más que intercambiar unas palabras con él ayer por la noche y ya te han llamado sin tardar a la mañana siguiente. ¿Me han estado siguiendo? ¿Ha comunicado Viðar alguna queja?

—No lo sé. Lo único que sé es que lo consideran un asunto grave.

—¿Qué asunto? ¿Qué asunto se considera grave?

Jóhannes sonrió.

—Si lo supiera, te lo diría. Pero lo cierto es que no lo sé. Me llamaron a casa poco después de medianoche para decirme que debíamos dejar en paz a Viðar durante un día o dos. No lo expresaron así exactamente, pero así es como lo entendí. Pedí explicaciones, pero no me las dieron. Pregunté cuáles serían las consecuencias si no accediéramos a su deseo y me dijeron que podrían ser muy graves.

—¿Para quién?

—Para nosotros.

—¿Para la policía? ¿Para ti? ¿Para mí?

—Creo que el alcance es aún mayor.

—¿Mayor en qué sentido?

Jóhannes miró a Marion fijamente y respiró hondo.

—No lo sé. ¿Estos días no gira todo en torno al arenque y al bacalao? ¿Y a la base militar de Keflavík?

Marion meditó sus palabras.

—¿De qué intereses estamos hablando? Los rusos nos compran arenque. Los británicos pescan bacalao en nuestras aguas. Los estadounidenses dirigen la base militar.

—Marion…

—¿Los rusos, los británicos, los estadounidenses?

—Tómate un día de descanso en el caso, Marion, y luego volvemos a hablar.

—Los rusos son nuestros enemigos en la Guerra Fría. Se acerca una guerra del bacalao contra los británicos. Los estadounidenses deberían estar de nuestro lado. ¿Qué está ocurriendo?

—¿Quieres hacer el favor de dejar de hacerme preguntas?

—¿Conoces a Viðar?

—No —respondió Jóhannes—. No he visto a ese hombre en mi vida.

—¿Por qué quieren los rusos que lo dejemos en paz? —preguntó Marion.

—¿Los rusos?

—¿Por qué quieren que lo dejemos en paz? ¿Por qué les estáis haciendo caso? ¿Qué es lo que sabe Viðar? ¿Cuál es su vínculo con el Hafnarbíó? ¿Estaba en el cine? ¿Quién estaba con él?

—No lo sé. No puedo responder a eso.

—¿Qué tipo de relación tienes con ellos?

—¿Con los rusos? Ninguna.

—¿Qué va a ocurrir en los próximos días?

—¿Que qué va a ocurrir?

—Has dicho que en los próximos días se aclararía por qué debo dejar en paz a Viðar.

—No sé nada al respecto. Pero es solo cuestión de unos días. Eso es lo que quería decir.

—¿Quién ha hablado contigo? —preguntó Marion de nuevo—. ¿El ministro en persona? Tiene que haber sido él. No te tomarías tan en serio al primer tipo que te llama desde el ministerio.

—¡No me está gustando nada este interrogatorio, Marion! —exclamó Jóhannes irritado—. Eso es lo único que sé.

—Solo estoy tratando de entender las cosas.

—Soy yo quien te contrató en este departamento —le recordó Jóhannes —. No puedo decir que todos estuvieran muy contentos al respecto, pero te apoyé. Podrías mostrarme un poco de consideración.

—Disculpa. Pensaba que lo estaba haciendo. ¿Podría saber quién ha hablado contigo?

—No ganarás nada hablando con él. No más que hablando conmigo. Ya te lo he dicho: el mensaje llega a través de la Oficina de Asuntos Exteriores. No saben de qué trata todo esto ni lo quieren saber. Comprendo que resulta incómodo, pero…

—¿Hay intereses comerciales de por medio?

—Muy probablemente.

—El arenque y el bacalao, por ejemplo. ¿Nos están presionando los rusos? ¿Es por el duelo de ajedrez?

—No lo sé.

Marion miró el cuadro de Rauðhólar.

—No han tardado nada en contactar contigo después de mi conversación con Viðar.

—No lo sé —dijo Jóhannes.

—¿Me están siguiendo?

—Eso lo podrías responder tú mejor que yo.

—A no ser que Viðar haya llamado a alguien.

Jóhannes guardó silencio.

—¿No te estás olvidando de lo más importante? —añadió Marion—. Un chico fue apuñalado mortalmente en el Hafnarbíó. Un joven que no le había hecho nada malo a nadie. Un cinéfilo al que nada le gustaba más en esta vida que ver películas y que, de pronto, fue víctima de una agresión atroz. ¿No te estás olvidando de que su familia está desolada sin entender lo que ha pasado y sin saber si llegará a entenderlo alguna vez? ¿No te parece que sería más justo centrarnos en eso en vez de estar pensando en la política del arenque? ¿O en cuatro cabezas de bacalao?

—No soy idiota, Marion. No me hables en ese tono. Claro que también estoy pensando en el chico.

Marion guardó silencio.

Jóhannes se aclaró la garganta.

—Si te cuento lo único que sé con algo de certeza, ¿me harás el favor de investigar al respecto? Y una vez más: esto debe quedar exclusivamente entre nosotros, ¿de acuerdo?

—Está bien —respondió Marion.

—Sospecho que corremos el riesgo de perder los apoyos en nuestro conflicto con los británicos —confesó Jóhannes—. Me refiero al apoyo de los estadounidenses. Sin ese apoyo, los británicos se nos echarán encima. El día 1 de septiembre vamos a ampliar nuestras aguas jurisdiccionales hasta cincuenta millas. Lo más seguro es que los británicos reaccionen enviando buques militares a los caladeros islandeses. Necesitamos a todos nuestros aliados.

Marion miró fijamente a su jefe.

—No son los comunistas —susurró Jóhannes inclinándose hacia delante en su asiento—. No son los comunistas quienes quieren que dejemos en paz a Viðar. Son los otros.

—¿Los otros? ¿Qué otros?

—Los yanquis. Esto queda entre nosotros. Si lo he entendido bien, son los estadounidenses quienes quieren que no toquemos a ese hombre.