El duelo

Arnaldur Indridason · Capítulo 47 de 48

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El duelo

Capítulo 47

 

Los padres de Ragnar escuchaban en silencio mientras Marion les explicaba en qué circunstancias se había producido la muerte de su hijo en el Hafnarbíó. También les confirmó las sospechas iniciales de la policía: que el apuñalamiento había sido repentino y certero, y que, por tanto, Ragnar no había sufrido, por si eso les servía de algún consuelo. Todo había sido un trágico designio del azar.

El ruido de las excavadoras resonaba en el pequeño apartamento de Breiðholt. Por la ventana del salón se veían albañiles y obreros trabajando entre armazones de acero corrugado, andamios y muros de cemento gris. Por la radio se oía una música casi imperceptible.

—Ya habréis visto en las noticias que los rusos lo niegan todo —dijo Marion—. Aseguran que no es más que una gran mentira. Que los estadounidenses han tratado de alterar el duelo con acusaciones absurdas en su contra y que los islandeses han colaborado con ellos. Evidentemente, nuestras autoridades niegan haber realizado las escuchas ilegales de las que hablan Viðar y Bríet.

—O sea, que esto se ha reducido a una disputa política y a nadie le importa lo que le ocurrió a Ragnar —opinó Klara.

—El engranaje propagandístico de los rusos se ha puesto en marcha de inmediato —explicó Marion—. No hemos podido hacer nada. No nos permiten acceder a su embajada. Por su parte, la embajada de Estados Unidos afirma que el país no tiene nada que ver con el caso, se ha cerrado en banda y se niega a seguir hablando del tema.

—¿Y esos dos islandeses que iban a ayudarlo a fugarse? —preguntó Einar.

—Son cómplices de la muerte de Ragnar y serán acusados —respondió Marion, que ya les había explicado el papel de Viðar y Bríet en lo sucedido.

—Seguro que se sienten mal.

—Así es. Están desolados por la muerte de vuestro hijo. Creyeron encontrar un modo de apaciguar su conciencia. No sé si lo han conseguido, pero, al menos, fueron los únicos que pensaron en Ragnar cuando nadie más lo hacía. Eso no se lo podemos quitar.

 

Albert había decidido cambiar de trabajo. No dio explicaciones a sus superiores, pero Marion sabía perfectamente cuál era el motivo y no había conseguido disuadir a su compañero.

—No puedo trabajar contigo —le dijo Albert cuando Marion trató de hacer que cambiara de opinión—. No tengo ganas de colaborar con alguien que no confía en mí.

—Por supuesto que confío en ti, Albert —le replicó Marion—. Pero se daban unas circunstancias muy especiales.

—Claro, claro. Una excusa fantástica para poder tratarme como a un niño pequeño.

Evitaba mirar a Marion a los ojos. Su relación se había vuelto tensa. Marion le detalló todo lo ocurrido, pero no sirvió de nada. Albert mostró un interés muy limitado por sus explicaciones.

—Sé que podría haber hecho las cosas de otra manera —admitió Marion.

—Podrías haberme contado lo que sabías —murmuró Albert—. Podrías haber confiado en mí.

Marion asintió.

—Lo sé. Pero no podía contarte que el teléfono de Viðar estaba pinchado. Era información confidencial que me había facilitado un amigo. Le había dado mi palabra. Era un asunto especialmente delicado. Sabe que se realizan escuchas ilegales con fines políticos. Debí habértelo contado. Fue un error no hacerlo.

—Resulta desalentador seguirle la pista a tipos como Yuri sabiendo que no confían en uno —insistió Albert.

Marion asintió de nuevo.

—Yo sí confiaba en ti —añadió Albert.

—¿Estás seguro de que no quieres pensártelo? —le preguntó Marion.

—Seguro. Aquí también entra Guðný. Tengo que pensar en mi familia — dijo antes de suspirar profundamente.

—Nunca dimos con el hombre de la cazadora azul —añadió.

—No, no tenía nada que ver con el caso.

—Ya, pero sentía curiosidad por verle el careto.