El duelo

Arnaldur Indridason · Capítulo 35 de 48

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El duelo

Capítulo 35

 

El día anterior, Albert se había puesto en contacto con un empleado islandés de la embajada británica, en la calle Laufásvegur, a fin de obtener información sobre el ruso de la fotografía. El hombre había recibido amablemente su petición y le había asegurado que no habría el menor impedimento para que la policía se reuniera con un especialista de la embajada. Le había dicho que se pondría en contacto enseguida y poco después llamó a Albert para citarlo a primera hora del día siguiente. Se reuniría con un tal Gordon Harris.

—¿Ha aceptado sin problemas? —preguntó Albert.

—Sí. Sin ningún problema.

—¿Y el conflicto? ¿Las cincuenta millas?

—Pásate mañana. Los británicos desean mantener buenas relaciones con los islandeses, precisamente por ese motivo.

Albert no sabía adónde más dirigirse para obtener información sobre el hombre del chaquetón beis. A los agentes que hacían guardia en el hotel Loftleiðir durante el duelo se les había entregado una fotografía del ruso. Si lo veían, debían retenerlo y avisar inmediatamente. Albert no consideraba prudente acudir a las embajadas estadounidense o soviética mientras no contara con una información más concisa. Investigar a través de la Interpol llevaría demasiado tiempo, y tampoco estaba claro en qué podría derivar el asunto tratándose de un individuo de las altas esferas rusas. La única opción que le quedaba era solicitar ayuda a los británicos a pesar del duro conflicto que había estallado entre Gran Bretaña e Islandia debido a la ampliación de las aguas jurisdiccionales desde doce hasta cincuenta millas náuticas. Reino Unido había amenazado con enviar buques militares y remolcadores a los caladeros islandeses para defender los arrastreros británicos. Se esperaban inminentes confrontaciones, y la relación entre ambos estados había alcanzado la máxima tensión. Albert pensaba en todo ello mientras subía las escaleras de la embajada. Antes de entrar, un guardia de seguridad le pidió explicaciones sobre el motivo de su visita.

El empleado islandés recibió a Albert con una amable sonrisa y le indicó un despacho de la planta baja; allí, un hombre de unos cincuenta años lo saludó con un apretón de manos; se presentó como Gordon Harris. Albert pensó que tenía más aspecto de escocés que de inglés: piel rosada, cejas espesas, tupidos rizos pelirrojos. Tenía un claro acento de Glasgow que procuraba disimular. Albert, a quien le interesaban los rasgos distintivos de las diferentes naciones, no alcanzó a preguntarle a Gordon sobre sus orígenes, pues saltaba a la vista que su interlocutor estaba acostumbrado a ir al grano y a no perder el tiempo en detalles insustanciales.

—¿Se están embarcando ustedes en un nuevo conflicto internacional? — preguntó mientras invitaba a Albert a tomar asiento. El empleado islandés había desaparecido sin que Albert se hubiera dado cuenta.

—Espero que no —respondió Albert en su perfecto inglés académico.

—Islandia no habría ampliado sus aguas jurisdiccionales de no ser por la presencia militar estadounidense en su territorio. Podríamos declararle fácilmente la guerra a su país, pero Estados Unidos es otra historia.

Gordon Harris sonrió.

—Sí —se limitó a decir Albert sin saber qué responder—. Sacamos cierto provecho de la presencia del ejército.

—Tengo entendido que busca información sobre un individuo de nacionalidad rusa, ¿no es cierto? ¿Por qué pregunta por él?

—Estamos tratando de identificar a todas las personas que se mueven en torno al duelo de ajedrez y no sabemos absolutamente nada de ese hombre — respondió Albert, escogiendo bien cada palabra—. Queremos andar sobre seguro.

—¿Por qué no preguntan a los rusos?

—No responden a nuestras consultas —respondió Albert sin dudar un segundo—. Preferimos que la embajada de Estados Unidos no sepa de nuestras indagaciones, por eso había pensado en hablar con ustedes, nuestros mayores enemigos.

Harris sonrió.

—Ya conoce todo el circo que se ha montado alrededor de ese duelo — continuó Albert—. No hay más que desconfianza y suspicacia por parte de los dos bandos; gases tóxicos e hipnotizadores acechando en cada esquina para influir en el contrincante. Estamos colaborando con la Federación de Ajedrez. Quieren asegurarse de que no haya tongo, básicamente.

Albert sacó la fotografía del ruso y se la mostró a Harris.

—Se halla entre los miembros de la comitiva de Ivanov, el ministro de Deportes ruso —le informó.

El embajador británico cogió la fotografía y la observó con mucha atención.

—Estamos al corriente de su presencia en el país —dijo finalmente con gesto grave—. Es uno de sus hombres de mayor peso. Que haya venido demuestra lo importante que es este duelo para ellos. Yuri apenas sale de la Unión Soviética.

—¿Yuri?

—Yuri Vigotski —puntualizó Harris—. El número tres del escalafón.

—¿Qué escalafón?

—El escalafón del poder.

—¿Dónde?

—En el servicio de espionaje soviético —aclaró Harris—. Me asombra que hayan conseguido obtener una foto tan buena de él. Tiene que haber empezado a perder facultades. ¿Podría quedármela?

—Por supuesto. Tengo copias.

—Sabemos que ha venido a Islandia para acompañar al ministro con motivo del duelo. Suponemos que se encarga de controlar la actividad del servicio de espionaje. Por eso lleva tanto tiempo en el país. ¿Ha hecho algo que llamara la atención? Sería bastante raro en él.

—No, solo queríamos saber quién era. Somos conscientes de que tanto en la embajada rusa como en la estadounidense abundan los espías. En la suya también, evidentemente.

Harris sonrió.

—No me sorprende que quieran saber más de él. Yuri Vigotski dirige una red de espionaje que abarca Europa septentrional y todos los países nórdicos, incluida Islandia. Es un hombre del que apenas se oye hablar. Como digo, prácticamente no sale nunca de la Unión Soviética, está bien asentado y seguramente se le considera un príncipe heredero dentro del KGB. ¿Tiene conexiones en Islandia?

—No —respondió Albert—. Que nosotros sepamos.

—Pues no será por falta de motivos —opinó Harris—. La base estadounidense de Keflavík. Los vuelos de vigilancia. El paso de submarinos. Islandia se halla situada en un lugar privilegiado entre el Este y el Oeste. Así que los que salimos perdiendo somos quienes simplemente queremos pescar bacalao.

—O sea, que es uno de los peces gordos dentro del servicio de espionaje soviético, ¿no?

—Pocos pueden llegar más lejos que él.

Marion estrujó el telegrama en el bolsillo. Lo había recibido inesperadamente justo después de su reunión con Jóhannes e indicaba una fecha y una hora. Se lo habían enviado desde el Gullfoss, que en ese momento hacía su entrada en el puerto de Reikiavik. En el muelle Miðbakki se había congregado una muchedumbre para recibir a los pasajeros. Amantes y familiares ya comenzaban a saludar con la mano al navío, que acababa de aparecer. Entre los presentes se encontraban también los empleados que esperaban para descargar las mercancías, el personal de aduanas de Reikiavik, algún que otro transeúnte curioso y la plantilla de la compañía marítima que trabajaba en tierra.

A cierta distancia ya se podía distinguir a los pasajeros, que se habían distribuido a lo largo de la cubierta desde el momento en que vislumbraron la ciudad de Reikiavik. Mientras unos se agrupaban en cubierta, otros todavía estaban haciendo las maletas y dejándolo todo listo en los camarotes tras haber concluido su travesía por el océano. La tripulación se preparaba para un nuevo fin de trayecto. En la cubierta superior, no muy lejos de la proa, había una mujer bajita que viajaba sola. Vestida con una chaquetilla marrón claro, miraba fijamente hacia la costa. Bajo el sol radiante del verano, sus ojos contemplaban el macizo Bláfjöll, las montañas de Reykjanes y el cono volcánico Keilir, que se alzaba entre los campos de lava como una antigua pirámide egipcia. Después dirigió la mirada hacia la ciudad, que extendía sus tentáculos más allá de lo que se había imaginado.

A medida que el Gullfoss se iba acercando a Miðbakki, Marion trababa de localizarla con la vista. Llevaba en el extranjero más tiempo de lo previsto y se habían mantenido en contacto de forma irregular. Marion llevaba medio año sin tener noticias de ella hasta que recibió primero su postal y después, aquella misma mañana, su inesperado telegrama. Había pasado un tiempo en África. Allí, desde un puesto fronterizo, le escribió una carta en la que le contaba que se moría de calor. Estaba sola, se había separado de sus compañeros y le habían ofrecido transporte en la caravana de la Cruz Roja. Le aseguraba que no corría ningún peligro y le rogaba que no se preocupase. Marion sabía que trabajaba desde hacía tiempo para asociaciones humanitarias en zonas asoladas por la guerra, y que solía viajar en condiciones difíciles. Se ocupaba de las víctimas de los conflictos: personas que habían resultado heridas, que habían sufrido mutilaciones o amputaciones. Las atendía y les procuraba los cuidados necesarios para su bienestar. Nunca se quejaba ni en sus cartas ni en sus breves conversaciones telefónicas con Marion, que apenas sabía en qué punto del globo se encontraba.

Marion habría preferido que hubiera llegado en otro momento. La difícil investigación del caso de Ragnar acaparaba todo su tiempo, y tenía miedo de no poder encontrar ni un segundo para estar con ella, aunque sabía que no le exigiría nada. Solo estaba de paso en Islandia y apenas conocía a nadie allí. Su hogar se hallaba en Copenhague, pero cada vez que visitaba el país se quedaba en casa de Marion y su encuentro servía para avivar la llama de la vieja amistad.

La mujer de la chaquetilla desapareció de la cubierta del Gullfoss cuando el barco atracó en Miðbakki. Lanzaron las amarras al muelle y el personal de aduanas subió a la embarcación. Al cabo de un rato descendieron por la pasarela los primeros pasajeros cargados de maletas y baúles. Marion podría haber subido a bordo, en virtud de su trabajo, pero prefirió esperar. Pasaron diez, quince, veinte minutos hasta que por fin la mujer apareció en la pasarela con su pequeña maleta negra, dedicándole una sonrisa. Se la veía más delgada que nunca, con su melena pelirroja y la piel morena después de su larga estancia en países meridionales. Sin embargo, no había perdido el aire decidido que le confería la penetrante mirada de sus ojos azules.

—Cómo me alegro de volver a verte —dijo Marion, estrechándola un buen rato entre sus brazos antes de darle un beso en la frente.

—Lo mismo digo, cariño —respondió ella.

—Tengo el coche aquí arriba. ¿Ese es todo tu equipaje?

—Sí —respondió la mujer sonriendo—, no llevo nada más.

—Me asusté un poco esta mañana al recibir el telegrama. Pensaba que igual te había pasado algo.

—Perdona. ¿No recibiste mi postal?

—Sí, me alegré de saber que estabas de camino.

—Me hubiera gustado llamarte antes, pero, por una cosa o por otra, no he podido hacerlo. Espero no estar incordiándote.

—Para nada —dijo Marion—. ¿Qué tal el viaje?

—Muy bien. El mar ha estado en calma todo el trayecto.

—Este Gullfoss es mejor que el viejo.

—Sí, pero echo de menos el otro.

—No habrá muchos que lo hagan —concluyó Marion sonriendo antes de coger la maleta y abrirse paso entre la muchedumbre.

—Reikiavik no para de crecer —comentó la mujer mientras subía al coche —. Me he estado fijando al llegar. Se extiende por todo el campo.

—Sí —dijo Marion mientras arrancaba el vehículo—. La gente sigue mudándose a la capital. Granjeros, aldeanos… Esa es la tendencia, y así va a seguir siendo. ¿Dónde te has metido estos últimos cuatro años?

—¿Tanto tiempo ha pasado?

—Sí.

—He estado aquí y allá.

—Hay desastres por todas partes —dijo Marion—. La guerra de Vietnam…

—Sí, desde luego. Pero creo que nunca he visto mayor penuria que en África: guerra, hambre, carencia en todos los ámbitos. No tienen cubiertas las necesidades vitales. El índice de mortalidad infantil es terrible. Es duro pensar en ello.

—Creo que nadie piensa en África, lamentablemente.

—No, así es.

Marion condujo a través de la ciudad. La mujer miraba por la ventanilla y en silencio las tiendas y el ajetreo de la gente.

—Y yo en minifalda —es lo único que dijo por el camino—. Con el frío que hace aquí.

Marion aparcó delante de su casa, entró con la maleta y la dejó en el suelo. Insegura, la recién llegada cruzó la puerta y miró a su alrededor temiendo que, a pesar de su larga amistad, estuviera invadiendo la intimidad de Marion, que negó con la cabeza ante su excesiva consideración.

—¡Cómo eres! Vamos, pasa.

—¿No estoy siempre dándote la lata?

—¡Siempre, dice! ¡Pero si llevamos cuatro años sin vernos!

Su invitada sonrió, cerró al entrar y siguió a Marion hasta el salón, que estaba amueblado con un sofá, una mesa, un sillón y unas estanterías rebosantes de objetos decorativos. A lo largo de los años, la mujer le había enviado a Marion una serie de detalles, siempre acompañados de algún mensaje breve o alguna carta más larga, objetos que había encontrado en sus viajes, en mercados o en pequeñas tiendas alejadas de los lugares más concurridos, ornamentos, estatuillas o esculturas talladas. Marion los había distribuido en los estantes del salón y con el tiempo se había hecho con una buena colección de objetos procedentes de países lejanos.

—Voy a hacer café —dijo Marion entrando en la cocina.

—Buena idea.

Se acercó a las estanterías para observar los objetos. Conocía cada uno de ellos, sabía de dónde procedían y dónde los había comprado. Los más antiguos se remontaban a comienzos de los años cincuenta, y el más reciente, al pasado invierno. Este último consistía en una estatuilla de una mujer de grandes pechos, un símbolo de fertilidad procedente del continente negro. La cogió y se sentó con ella en el sofá.

En la mesilla lateral había una vela prácticamente consumida frente a una fotografía en la que aparecía Aþanasíus sosteniendo una caña de pescar junto a un bote de remos, a orillas del lago Þingvallavatn. La imagen estaba borrosa, pero se le veía sonreír en dirección a Marion, que era quien sostenía la cámara.

Marion entró con el café y se sentó en el sofá junto a su invitada. Se fijó en que no apartaba la mirada de la fotografía.

—Pobre hombre —dijo Marion—. Se puso tan contento cuando le regalé esa caña.

—¿Se la regalaste tú?

—Íbamos todos los veranos a pescar truchas.

—Y luego las soltabais.

—Sí. Nunca vi a Aþanasíus matar a ningún animal. ¿Cuándo vas a dejar de trotar por el mundo para instalarte definitivamente en Islandia?

—Siempre me preguntas lo mismo.

—Siempre me das la misma respuesta.

—Debería considerarme más danesa que islandesa. A veces digo que soy de Dinamarca porque me complica la vida tener que explicar que soy de Islandia. Nadie sabe ni de qué hablo.

—Ah, ¿no? —inquirió Marion sonriente—. Y yo que pensaba que éramos famosos en todo el planeta y que teníamos un papel de lo más relevante en el mundo.

—Ya, pues debe de ser un malentendido. Menos ahora, que todo el mundo habla del duelo entre Fischer y Spassky.

—Ah, claro, el duelo.

—¿No te parece interesante?

—Ya lo creo. Ha suscitado un buen revuelo. En mi opinión, un poco excesivo. Todos libramos nuestras propias batallas sin necesidad de montar tanto drama. Nadie lo sabe mejor que tú.

—¿Trabajas en algo relacionado con el campeonato?

—No —respondió Marion dándole un beso en la mano—. Para nada. Estoy al cargo de un caso que es un auténtico rompecabezas.

—¿Un rompecabezas?

—Al principio pensábamos que no iba más allá de un apuñalamiento, pero de golpe se ha convertido en un extraño complot de lo más enrevesado. No tengo ni idea de lo que hay detrás: escuchas ilegales con fines políticos; un islandés que vivió en Moscú durante los años de la crisis; un ruso que acompaña a dignatarios de la Unión Soviética; un encuentro clandestino en un antiguo barracón militar que hoy es un cine; un chico que resultó estar ahí y fue asesinado.

—¿El adolescente apuñalado?

—Sí.

—Ya veo que te ha afectado.

—Es muy duro. Sobre todo cuando ves que nos intentan alejar de lo que realmente importa. Cuando tratan de reducir el caso a un asunto político secreto de extrema delicadeza. Se me llevan los demonios. Parece que hayan perdido de vista lo esencial: que apuñalaron en el pecho a un chico inocente. Un chico que ya había pasado por ciertas dificultades en su vida. No estamos tratando de resolver un simple acertijo.

—Y encima vengo yo a molestarte.

—Qué va.

—Siempre me he preguntado por qué decidiste meterte a policía. No sé, siempre te vi más en el mundo académico. Me parecía que sabías tantas cosas… Y te acuerdas de todo. No he conocido a nadie con una memoria como la tuya.

—Me leí todos los libros de la biblioteca municipal —dijo Marion sonriendo—. Me arrepiento de no haber trabajado allí. Sigo leyendo mucho.

Ella le devolvió la sonrisa.

—Qué alegría verte de nuevo —susurró Marion—. Pienso en ti cada día.

—Y yo en ti, Marion. He esperado tanto este momento…

Se acercó y besó a Marion en los labios. Todavía llevaba la chaquetilla marrón y Marion se la quitó. Debajo llevaba puesta una blusa blanca.

—Te he echado de menos. Lo hago todos los días. De haber sabido que venías hoy, habría preparado algo.

—No quiero que prepares nada. Perdona que no te haya avisado. No sabía que venía hasta el último momento. He pospuesto mucho este viaje. Hay algo de lo que me gustaría hablarte.

—¿De qué?

—No hay prisa.

Marion le dio un beso.

—¿Podemos ir a la habitación?

—¿Ahora…?

—Es que… te necesito tanto…

—Ven.

Marion se levantó, la acompañó al dormitorio, cerró la puerta al entrar y se sentó en la cama junto a su inesperada visita, que seguidamente se desabrochó la blusa y se quitó el sujetador, con lo que dejó expuesto su cuerpo mutilado, su torso hundido en un costado y la enorme cicatriz que se extendía desde la axila hasta la cadera.

—¿No te lo he contado ya alguna vez? —susurró Marion antes de inclinarse y darle un beso en la cicatriz.

—¿Qué?

—A veces tengo pesadillas y sueño que te rendiste —le confesó Marion apoyando la cabeza en su cuerpo, en el lugar donde deberían estar las costillas —. Que te arrojaste al fiordo.

—Sentí el deseo de hacerlo —admitió—. Se me pasó por la cabeza. Pero la toracoplastia me había salvado la vida, ¿por qué no sentirme afortunada?