El duelo

Arnaldur Indridason · Capítulo 30 de 48

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El duelo

Capítulo 30

 

Marion se sentó junto a Albert en su despacho de Borgartún y compartió con él la información que Hrefna le había dado. Al mostrarle el número del Þjóðviljinn con la foto del hombre del chaquetón beis, Albert observó la imagen con atención, alzó la mirada hacia Marion y volvió a mirar la fotografía. Había llegado el momento de mencionarle el nombre de Viðar y de contarle que habían recibido un chivatazo sobre su implicación en el caso y que posiblemente era el tercer hombre que estaba fuera del cine. Marion le explicó que, en su momento, Viðar había guardado un estrecho vínculo con el antiguo Partido Socialista y que, al parecer, había mantenido contacto directo con altos funcionarios de la Unión Soviética desde los años treinta.

—¿No había mencionado Viktoría a un hombre con un chaquetón? — preguntó Albert.

—Sí —respondió Marion—. Pero hay miles de chaquetones como ese por ahí.

—¿No deberíamos mostrarle esta fotografía, por si fuera el tercer hombre del Hafnarbíó?

—La imagen es bastante nítida, pero podríamos pedirle los negativos al fotógrafo. Seguro que tiene más fotos. Deberíamos hacernos con ellas y volver a hablar con Viktoría para comprobar si lo reconoce. Y después hacerle una visita a Viðar. No he visto que otros periódicos hayan publicado imágenes de la llegada del ministro. Está claro que el Þjóðviljinn estaba obligado a hacerlo.

—¡Caray! —exclamó Albert sin despegar la mirada de la fotografía del ministro de Deportes—. ¿Qué está ocurriendo aquí?

—No lo sé —respondió Marion.

—¿No debería haberme enterado antes de la existencia de ese tal Viðar? —preguntó Albert sin preocuparse lo más mínimo por ocultar su decepción.

—Todo esto ha salido a la luz entre ayer y hoy —se justificó Marion—. Quería informarte de la situación. Estoy pensando en ir a hablar con Viðar esta tarde, creo que no deberíamos dejarlo esperar. Primero tienes que verte con el fotógrafo para conseguir imágenes de mejor calidad. Como es lógico, no le puedes explicar para qué las queremos, tendrás que inventarte algo creíble. ¿Crees que supondrá algún problema?

—No.

—Solo hacen falta los negativos, en la Científica los podrán ampliar. Hagas lo que hagas, no debes desvelar ninguna relación entre esas fotos y el caso del Hafnarbíó. Ninguna.

—No lo haré. ¿Cómo supiste de ese tal Viðar?

—Te lo contaré más adelante. Me dieron un chivatazo. De momento tendrás que contentarte con eso.

—Pensaba que trabajábamos juntos.

—Y lo hacemos, pero es confidencial y no puedo traicionar al informador. Tienes que entenderlo, Albert.

—Está bien —dijo el agente mientras le devolvía a Marion el ejemplar del Þjóðviljinn—. ¿Qué crees que ocurre?

—No lo sé. Estoy esperando los resultados de unos análisis de huellas dactilares. Conseguí las de Viðar obteniéndolas de su coche sin que se enterara. Las están comparando con las del paquete de Belomorkanal. Si se corresponden, es muy probable que Viðar hubiera estado fuera del cine.

—¿Vigilando el encuentro?

—Eso es.

—¿Y entonces? ¿Qué ocurrió en esa reunión?

—Creo que cabe considerar todo tipo de posibilidades —respondió Marion—. A juzgar por la información de mis fuentes, Viðar y el hombre del chaquetón beis son muy buenos amigos.

Albert guardó un largo silencio mientras asimilaba las novedades.

—Por lo que me han dicho, Viðar estaba al corriente del encuentro en el cine, pero él no participó —añadió Marion.

—Te lo voy a preguntar de nuevo: ¿cómo te has enterado? —insistió Albert.

Marion se abstuvo de mencionarle las escuchas clandestinas. La gente veía impensable que en Islandia pudiera espiarse con fines políticos. Ese tipo de prácticas eran más propias de otros lugares, de lejanas potencias mundiales. Si se destapaba la existencia de tales escuchas, las consecuencias políticas podían ser muy graves. Aunque, en realidad, lo que más le preocupaba a Marion era defraudar a su amigo Jósef.

—Es un poco complicado, Albert, pero debo reservarme esa información durante un tiempo. Espero que respetes mi decisión, por el bien del caso. Y no puedes hablar de esto con nadie. Debe quedar entre nosotros. No es necesario que se sepa lo que estamos tramando.

Albert miró fijamente a Marion.

—¿A qué viene de repente ese secretismo y esa fragilidad? —le preguntó.

—Si te digo la verdad, no lo sé. Pero así son las cosas.

—¿No es un tanto peligroso?

—¿El qué?

—¿Trabajar en secreto, a escondidas?

—Vayamos con cuidado.

—Puede que nos veamos en alguna situación que escape a nuestro control —observó Albert—. Me gustaría saber dónde me estoy metiendo.

—Paso a paso —respondió Marion—. Primero consigue las fotos. Luego iremos a ver a Viktoría.

—Ah, hablé con su amante piloto —le informó Albert.

—¿Ha servido de algo?

—No, lo que más le preocupa es que su amigo y su mujer se enteren de todo.

 

Por la tarde, Albert y Marion se dirigieron al domicilio de Viktoría. Había salido de trabajar del hotel Loftleiðir a las cinco y no había respondido al teléfono de su casa. Probablemente lo había dejado descolgado mientras se acostaba un rato. O quizás estaba con su amante, el piloto de eterna expresión de concentración con quien se había visto en el Hafnarbíó.

Albert llevaba la fotografía del Þjóðviljinn. Los de la Científica habían ampliado la imagen del hombre del chaquetón beis. Marion le recriminó que no le hubiera pedido al fotógrafo los negativos, pero Albert opinaba que habría sido demasiado sospechoso. La nueva imagen era más nítida que la del periódico y el hombre se distinguía mucho mejor. Quedaba por ver si Viktoría lo identificaba como el individuo que se había sentado detrás de ella en el cine.

Vivía con su marido en una enorme casa unifamiliar de Fossvogur, un nuevo barrio que se estaba construyendo entre la calle Bústaðavegur y el valle Fossvogsdalur. Los nombres de las calles parecían puestos en honor de los poetas románticos del siglo XIX y estaban dedicadas a marismas, a antiguos cabecillas medievales, a quillas de barcos y a grandes hogueras. Las obras de la casa de Viktoría estaban ya muy avanzadas y la vivienda se hallaba al fondo del valle, donde médicos y abogados habían comprado la mayoría de las parcelas. El suelo estaba encharcado a pesar de que habían cavado zanjas para drenarlo y de que el agua discurría por los cimientos en construcción. El camino atravesaba un paisaje de cobertizos, excavadoras, andamios y tablones amontonados.

—¿Vivirías aquí? —preguntó Marion Briem mirando por la ventanilla.

—Estoy muy contento donde estoy —respondió Albert.

—No te llaman las mansiones —dijo Marion.

—Para nada.

Albert aparcó frente a una vivienda unifamiliar pintada de blanco con el tejado plano y un salón de amplias ventanas. El exterior aún no estaba terminado. En el jardín solo había tierra suelta, y frente al garaje, de dos plazas, se extendía una explanada de grava salpicada de enormes charcos de barro. Marion saltó por encima de uno cuando se dirigía a la casa. En el último trecho habían colocado tres tablones de madera. En la pared se veía el hueco del timbre, aún por instalar. Albert golpeó la puerta con los nudillos.

—Está visto que volar da dinero —comentó Marion mientras miraba a su alrededor.

—Y ella también trabaja —señaló Albert.

—Sí, supongo que así son las familias del futuro —dijo Marion—. Los padres trabajando fuera de casa y los niños metidos en un trastero todo el día.

—¿Quieres decir en una guardería? Creo que Viktoría no tiene hijos.

Albert llamó de nuevo, pero no obtuvo respuesta. A través de las ventanas no se apreciaban señales de vida.

—No hay nadie —concluyó.

—Supongo que no. El hombre estará volando.

—Y ella, con su amigo.

—Qué bonito todo —ironizó Marion de regreso al coche—. El siguiente paso es hablar con Viðar. Creo que la primera vez no deberíamos ser muchos. Es suficiente con que vaya yo.

—¿Tienes pensado ir a su casa esta misma tarde?

—¿Para qué alargarlo? Además, las tardes son el momento ideal.

—¿No quieres esperar a conocer los resultados del análisis de huellas?

—A saber cuándo los recibiremos.

Marion entraba en el coche cuando Albert vio que Viktoría volvía a casa haciendo jogging por un camino entre las filas de viviendas. Iba vestida con ropa deportiva y zapatillas, y se detuvo jadeando junto al vehículo, empapada en sudor.

—¿Queríais… hablar… conmigo? —dijo con la respiración entrecortada.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Marion.

—Footing… —respondió Viktoría entre resuellos.

—¿Footing?

Albert sacó la ampliación de la foto del Þjóðviljinn y se la tendió. La foto solo mostraba al hombre del chaquetón, no se veía ni al ministro de Deportes ni a su comitiva.

—¿Es este el hombre que viste en el Hafnarbíó? —le preguntó.

—Un momento, déjame que recupere el aliento.

Viktoría se inclinó hacia delante, inspiró profundamente y expulsó el aire hasta volver a respirar con normalidad. Cogió la fotografía, la miró unos instantes y observó al hombre con atención antes de emitir su veredicto.

—Sí —confirmó—. Es él. Este es el hombre que vi en el Hafnarbíó.