El duelo
Capítulo 23
Cada mañana, en el sanatorio de Kolding, se realizaba una ronda de revisiones médicas por las habitaciones, durante las cuales un pequeño grupo de doctores y estudiantes de medicina en bata blanca examinaban a los pacientes. Las enfermeras llevaban cofia y un pequeño reloj fijado en la parte delantera del uniforme. Lejos de mostrarse serios, los médicos estaban siempre de buen humor, sonreían y acariciaban la cabeza de los niños. Y lo mismo podía decirse de las enfermeras. Marion no tardó en hablar en un danés fluido y entender cada palabra que oía a su alrededor.
Marion se encontraba bien en el sanatorio y enseguida entabló amistad con otros niños. Además, disfrutaba de la paz del entorno y de la esplendorosa naturaleza del fiordo. La buena alimentación, la vida saludable, las actividades de entretenimiento y las manualidades alejaban la mente de la continua presencia de la enfermedad. Marion debía someterse regularmente a una inyección de aire y a un examen radiológico para observar la evolución de sus pulmones. Ninguna de aquellas intervenciones le causaban una particular ansiedad. El peor trance por el que tuvo que pasar fue su visita al dentista, en la planta superior, que le detectó tres caries y se las reparó con sus chirriantes y amenazadoras turbinas. El edificio del hospital parecía más bien un lugar diseñado para jugar, con sus numerosas plantas de largos y misteriosos pasillos y una buhardilla de infinitos recovecos. En el piso superior, una alineación de enormes vigas le confería un aspecto de barco abandonado.
Si la presencia de un paciente procedente de Islandia siempre despertaba el interés de todos, aún lo hacía en mayor medida cuando los pacientes eran dos: Marion y Katrín. Llevados por la curiosidad, los niños daneses preguntaban sin ambages, y desde el desconocimiento, todo tipo de cosas. Marion respondía educadamente a sus preguntas sobre esquimales e iglúes y les explicaba que, a veces, los osos polares llegaban a las costas islandesas atrapados en bloques de hielo que se habían desprendido en Groenlandia. Recorrían a nado el último trecho, y en cuanto eran localizados los mataban de un tiro. Uno de los niños quería saber si de verdad el cráter del Hekla era la puerta del infierno. Otro preguntó si entrando a través del volcán Snæfellsjökull se podía llegar hasta el centro de la Tierra. Un tercero había oído decir que el duendecillo de la Navidad vivía en Islandia. Marion precisó que los duendecillos eran al menos trece y que sus padres, Grýla y Leppalúði, se llevaban a los niños que se portaban mal y los dejaban sin regalos. ¿Eran los inviernos eternos y oscuros? ¿Se llegaba a poner el sol en verano? ¿Y cómo se podía dormir habiendo luz en plena noche? ¿Estaba tan extendida la tuberculosis en Islandia como en Dinamarca? A esto último, Marion respondió que la enfermedad era una plaga de ámbito nacional. «Pero si Islandia nos pertenece», replicó un chico resabido de Jutlandia llamado Casper. «No, no es cierto —lo corrigió Marion—, solo tenemos el mismo rey».
A primera hora de la mañana, antes de que comenzara la ronda de visitas médicas por las habitaciones, Marion fue a buscar a Katrín para proponerle dar un paseo hasta el mar. Su amiga se encontraba en la gran sala de reposo de la planta baja. Hacía calor y las aguas del fiordo reflejaban la luz del sol en la calma de la mañana. Apenas se tardaba nada en llegar al embarcadero. Los empleados de la cocina habían bajado para recoger el pescado y se oían sus risas desde la sala de reposo.
—¿Qué estás leyendo? —preguntó Marion al tiempo que se sentaba junto a su amiga.
Acostada en una tumbona, Katrín sostenía unos folios escritos a máquina que dejó a un lado al ver aparecer a Marion.
—Quieren que haga de Caperucita —respondió—. Será porque soy horriblemente pelirroja. Me apetece, pero me da mucha vergüenza. No sé si me atrevo.
—Ya verás como todo sale bien —dijo Marion tratando de animarla—. ¿Es muy largo lo que te tienes que aprender?
Por las tardes los niños participaban en distintos juegos y actividades, como la escenificación de obras infantiles. Ellos mismos se encargaban de los decorados, los disfraces y la interpretación. Caperucita Roja se había vuelto muy popular desde que la había puesto en escena un médico del sanatorio unos años atrás. El papel de lobo feroz le venía que ni pintado al gran Casper, mientras que una chica de Odense hacía de abuelita. El papel de cazador se lo adjudicaron a un chico británico de la edad de Marion que no entendía ni una palabra de danés. La obra se había representado en numerosas ocasiones, bien fuera porque a los niños les encantaba la historia y se la sabían, o bien porque el argumento guardaba un sutil paralelismo con su situación: el malvado lobo simbolizaba la enfermedad con la que debían vivir y al final del cuento lograban vencerlo.
—No —respondió Katrín—, pero es la primera vez que lo hago. No he actuado en mi vida y no sé si soy capaz.
—Pero habrás jugado a las imitaciones, ¿no? —dijo Marion—. Es lo mismo.
—Pero va a estar mirándome todo el mundo. Seguro que me caigo o me quedo en blanco y todos se ríen de mí.
—¿Y eso te preocupa tanto?
—Para ti es muy fácil decirlo. No eres tú quien tiene que actuar.
Marion no sabía qué responder.
—Pues diles que no lo quieres hacer.
—Pero es que me apetece.
—Entonces, hazlo.
—Me da vergüenza.
—Ven, vamos a dar un paseo hasta el mar.
—Hoy no puedo andar mucho. El médico me ha dicho que…
—¿Qué te ha dicho?
—Nada —respondió Katrín con un poso de tristeza.
Su pelo era de un intenso color anaranjado y tenía una piel muy sensible que el sol quemaba con facilidad. Siempre llevaba camisetas de manga larga y una enfermera le había dado un viejo sombrero de paja para que se protegiera de los rayos solares. Se puso el sombrero y dijo que por la mañana el médico le había indicado que pasara tumbada todo el tiempo posible y sin hacer esfuerzos. Bajó con Marion hasta el mar y luego siguieron el sendero que bordeaba la orilla hacia el interior del fiordo. Agosto llegaba a su fin y el salitre se mezclaba con la fragancia de los árboles. Marion procuraba caminar despacio para que Katrín no se cansara. A lo lejos, más allá del sanatorio, se distinguía un pequeño pueblo que Marion quería visitar algún día, y algunas granjas que dormitaban bajo el cálido sol del verano.
—No te alejes más, Marion —le pidió Katrín sentándose en el borde del camino—. Regresemos ya.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó Marion.
—Estoy un poco cansada —respondió Katrín—. Vamos a sentarnos aquí un momento.
—Como quieras, volvamos —sugirió Marion.
—Sí, pero descansemos primero.
Katrín se tumbó en la hierba y se tapó la cara con el sombrero. Marion se sentó junto a ella. Una leve brisa refrescante soplaba desde el mar. Con la mirada perdida en un pequeño barco que surcaba las aguas del fiordo, Marion se preguntó qué estaría haciendo Aþanasíus. Seguramente habría empezado a ocuparse de la recogida de las patatas en Kringlumýri y pronto devolvería las truchas al Þingvallavatn. Marion había comenzado a escribirle una carta por la mañana.
¡Querido Aþanasíus!
Por aquí todo va muy bien. No tengo palabras para describir lo grande que es el sanatorio. Debe de
tener la sala de reposo más grande del mundo. El médico que se encarga de mi caso dice que la
tuberculosis no se ha extendido. Más bien cree que está remitiendo. Dice que las inyecciones de aire
están surtiendo efecto. Es una gran noticia. Los niños son muy majos y siempre tenemos cosas que
hacer. Hay una niña islandesa ingresada que se llama Katrín y es amiga mía. Es la prima de Anton,
el chico que estaba ingresado conmigo en Vífilsstaðir. Tiene tuberculosis pulmonar, como yo, pero
ella se encuentra mucho más débil.
Hasta ahí llegaba la carta. Katrín dormía bajo su sombrero mientras el barco navegaba lentamente en la brisa estival. Un día, Marion le preguntó a Aþanasíus por Dios. Desconcertado, le respondió que no servía de nada preguntarle a él porque era ateo hasta la médula y siempre lo había sido. «Para mí, son todo pamplinas —le dijo—. ¡Antes creo en los elfos y en los trolls! ¿No sería lógico pensar que si hubiera un Dios, entonces no existiría la tuberculosis? ¿Eh? ¡Dime! Y no solo la tuberculosis. Las penas de este mundo no tienen fin. ¡La injusticia! ¡La maldad! ¿Quién es ese Dios que quiere reinar sobre nuestras desgracias? Pero qué sabré yo… No sé nada de nada. Aunque yo no lo haga, es normal creer en una fuerza superior que cuida de uno. Es normal, angelito. ¿Qué sé yo?».
Katrín observaba el fiordo sentada en la hierba.
—Vámonos a casa —dijo sin apartar la mirada del barco.
—Sí —dijo Marion levantándose—. Volvamos ya.
—No, no digo al sanatorio. Digo a casa. A mi casa. Esta no es mi casa. No quiero estar aquí. Quiero irme a mi casa.
—Nadie quiere estar aquí. Ni tú, ni yo, ni nadie.
—Quiero irme a mi casa —repitió Katrín, y comenzó a sollozar en silencio. Sus pequeños hombros temblaban bajo el sombrero de paja. Marion se sentó de nuevo junto a ella y la abrazó.
—Pronto volverás a casa. Piensa solo en las cosas buenas. Olvídate de lo demás. Te sentirás mejor.
Katrín se frotó los ojos con el dorso de la mano.
—Me tienen que cerrar el pulmón.
—Sí, ya me lo habías dicho.
—No pueden insuflar aire. No consiguen despegar las adherencias.
—¿Van a tener que…?
Katrín asintió.
—El médico me ha dicho que no podemos esperar más.
—¿Quieren hacerlo ya?
—Igual lo mejor sería morir —sentenció Katrín.
—No digas eso.
—No te imaginas lo horrible que es. No sabes cómo se te queda el cuerpo después de la operación.
—Sí que lo sé.
—¿Cómo puedes saberlo?
—A veces venía de visita a Vífilsstaðir un hombre que era tapicero, o algo así —le explicó Marion—. Nos contaba que había estado ingresado en tres ocasiones con tuberculosis pulmonar. La primera vez se recuperó al cabo de unas semanas. Unos cuatro años después, sufrió una recaída y pasó unos meses en el sanatorio hasta que le dieron el alta. La tercera vez, pensaba que se estaba muriendo. La tuberculosis lo había asaltado de nuevo. La única solución era la toracoplastia. La operación salió bien, y aunque tardó mucho en recuperarse, se libró de la enfermedad definitivamente y nunca más la volvió a contraer.
—¿De verdad?
—No podría ser más cierto. Le daba igual que le hubieran extirpado unas costillas. Estaba feliz de seguir viviendo.
—He visto cómo te quedas después de la operación —insistió Katrín—. Lo he visto y no quiero ser así.
El barco había desaparecido por la entrada del fiordo. Katrín se levantó y caminó lentamente hasta la sala de reposo sin que Marion pudiera encontrar palabras que la reconfortaran y mitigaran su angustia.
Por la tarde, Katrín hizo de Caperucita y sonrió cuando la felicitaron por lo bien que había salido todo y por haber recordado su papel. A la mañana siguiente la trasladaron al quirófano. Lloró en silencio toda la noche y siguió haciéndolo mientras la preparaban para la operación. Los doctores trabajaban a conciencia y fue el médico jefe del sanatorio quien practicó la incisión y extirpó las costillas para que el pulmón se cerrara e impidiera la evolución del monstruo.
Marion acompañó a Katrín hasta las puertas del quirófano, y una vez allí tuvo que separarse de su amiga. Esperó con angustia a que terminara la operación, pero, en vista de que no acababa nunca, perdió la paciencia y se coló en el vestíbulo del quirófano sin decir nada. A través del cristal, la imagen de la mesa de operaciones era escalofriante: los médicos manipulando utensilios relucientes, el cuerpo abierto de Katrín y sus costillas ensangrentadas en el recipiente de la mesilla auxiliar.
—¿¡Qué hace ahí esa criatura!? —se oyó gritar en el interior. Marion sintió una ráfaga de aire helado recorriéndole el cuerpo y retrocedió hasta el pasillo; una vez allí vomitó, y una enfermera acudió en su ayuda. Después, regresó a su habitación.
Por la tarde, Marion terminó la carta destinada a su amigo de Reikiavik, que concluía con aquella misteriosa reflexión sobre Dios que Aþanasíus nunca consiguió descifrar.
Es más fácil creer en Dios
cuando sabes que no existe.