El duelo

Arnaldur Indridason · Capítulo 13 de 48

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El duelo

Capítulo 13

 

Los cigarrillos Беломорканал, o Belomorkanal, comenzaron a fabricarse en 1933, en homenaje a la faraónica obra que formaba parte del primer plan quinquenal de la URSS, diseñado por Iósif Stalin. La marca fue bautizada con el nombre del ambicioso proyecto: el canal de Belomor, también llamado canal del mar Blanco. Con una longitud total de 227 kilómetros, comunicaba la población de Belomorsk, en el mar Blanco, con el mar Báltico y estaba compuesto por una serie de canales conectados. La mano de obra consistió mayormente en convictos del régimen soviético de los campos de trabajos forzados de Belomorsk y se estima que en su construcción perdieron la vida varias decenas de miles de hombres.

Los Belomorkanal pronto se convirtieron en los cigarrillos más populares de toda la Unión Soviética, si bien es cierto que eran prácticamente los únicos disponibles antes de la Segunda Guerra Mundial. Consistían en las típicas papiroskas: sin filtro y con un alto contenido en alquitrán, el tabaco ocupaba tres o cuatro centímetros de un tubo de papel parcialmente vacío, a menudo enrollado de forma distintiva.

—No puede haber nada más soviético —afirmó Marion tendiéndose en el sofá tras su explicación. No había descansado ni un momento y la fatiga comenzaba a notarse. Sentado a su escritorio, Albert no parecía especialmente eufórico ante el hallazgo del paquete de tabaco cerca del Hafnarbíó.

—¿Estás hablando de un complot soviético? —preguntó.

—No estoy hablando de ningún complot —replicó Marion—. Solo de unos cigarrillos.

Habían entregado el paquete a la Científica para proceder a su investigación y comparar las huellas con las del interior de la sala. Por la mañana habían enviado un equipo de agentes al cine con órdenes de buscar posibles colillas del paquete en los alrededores del Hafnarbíó, pero la operación no había dado ningún resultado.

—¿Crees que asistieron extranjeros a esa sesión? —preguntó Albert.

—No veo por qué descartarlo, en vista de cómo están las cosas en Reikiavik debido al duelo —respondió Marion con voz cansada—. Ni que se avecinara el fin del mundo.

—Y, claro, justo encuentras unos cigarrillos soviéticos.

—Me parece obvio que hay que examinarlo —replicó Marion con la mirada entornada, esforzándose por no perder la calma ante el tono negativo con que reaccionaba su compañero.

—¿Por qué debería haber muerto el chico a manos de los rusos? — preguntó Albert—. ¿Qué tiene que ver con ellos?

—No tiene nada que ver con ellos, está claro —señaló Marion—. Y no sé si su asesinato guarda alguna relación con el duelo o con la presencia de extranjeros en Reikiavik. No tengo ni la más mínima idea. Está muerto, eso es lo único que sé.

Albert guardó silencio.

—¿Es verdad que estaba Spassky en el Naustið? —preguntó Marion.

—Un hombre muy llano y muy simpático, por lo poco que pude ver — respondió Albert—. Firmó algunos autógrafos y sonreía a todo el mundo.

—¿Así que ya te has visto con Bobby y con Boris?

—No podría decir que me he visto con ellos. Pero los he tenido cerca.

Marion cerró los ojos.

—Imaginemos que hubiera habido un hombre vigilando el cine desde la esquina de Hverfisgata con Barónsstígur. Se enciende su último cigarrillo, arruga el paquete y lo tira junto a la antigua vaqueriza Barónsfjós. Supongamos que tiene la intención de verse con alguien en el cine. ¿Por qué ha elegido el Hafnarbíó? ¿Por qué no el Háskólabíó? ¿O el Stjörnubíó? ¿Por qué no al aire libre en las afueras de Reikiavik, en un lugar como las colinas Rauðhólar o el lago Hafravatn? Puede que simplemente le atrajera el cartel, que le interesara el wéstern. The Stalking Moon. La noche de los gigantes. Se ha visto todas las de Gregory Peck. Puede que el hombre conozca bien Reikiavik y sepa que el cine Hafnarbíó es cutre, un viejo barracón sin pretensiones que le viene de perilla para su encuentro. Quiere estar rodeado de gente corriente en un lugar público, pero sin dar la nota, sin llamar la atención.

—Quizás fuera algún profesional acostumbrado a reunirse en secreto en salas de cine —señaló Albert.

—Puede ser. Hay indicios de que se trata de un profesional, aunque no sabría decir a qué se dedica. En todo caso, agredió al chaval sin pensárselo dos veces.

—¿Por qué piensas que fue él quien eligió el lugar de encuentro y no la persona con quien se iba a reunir? —preguntó Albert.

—No lo sabemos. El caso es que está ahí en la esquina fumándose un cigarrillo mientras observa el cine. Están a punto de dar las cinco y hay algunas personas en la entrada. Ni muchas ni pocas. Entonces ve a su contacto…

—¿No llegaron juntos?

—Me figuro que cada uno llegó por su lado y que tampoco se conocían especialmente bien. El lugar que escogieron lo deja entrever. Esperó, guardando una distancia prudencial, a que apareciera su contacto, y cuando lo vio supo que tendría lugar la reunión.

—¿Crees que el chico grabó su conversación?

—Sí.

—¿Por qué no pudieron simplemente ir juntos a ver la película y que el chico hiciera algo que los molestara y lo apuñalaran? Si es que fueron ellos los autores del crimen. Había más gente en la sala.

—Ahora sabemos —señaló Marion— que poco antes había un hombre en la esquina de la calle situada por encima del Hafnarbíó fumando tabaco ruso. ¿Qué estaba esperando? Puede que un taxi. Puede que a un amigo para ir de compras por Laugavegur. O puede que esperara a que comenzara la sesión de las cinco. Justo antes o después de empezar, entra discretamente y se sienta junto a su contacto en un lugar previamente acordado.

—Pero entonces habrían visto al chico y se habrían sentado lejos de él, ¿no?

—No lo sé. La sala estaba en penumbra, puede que totalmente a oscuras. Ya sabes lo que ocurre cuando hace sol y uno entra de repente en una habitación oscura: que no se ve nada. El muchacho estaría ocupado con su grabadora y ellos no advirtieron su presencia.

—Puede que el paquete lo tiraran anteayer —sugirió Albert—. No se sabe. Reikiavik está llena de extranjeros procedentes de todos los rincones del mundo. No podemos encontrar un paquete de tabaco cerca del cine y relacionarlo directamente con la agresión.

—Tienes razón. No sabemos cuándo tiraron el paquete. Puede que lo hicieran unos días antes de que se cometiera el crimen. Puede que después. Esperemos poder averiguarlo.

—Si, como tú dices, ese hombre quería reunirse en un lugar público, ¿es que le tenía… le tenía miedo a la persona con quien se iba a encontrar?

—Es posible. Aunque también podría ser al contrario. Quizás fuera la otra persona quien quería quedar en un lugar público porque le tenía miedo al hombre de los Belomor.

—¿El hombre de los Belomor?

—De alguna manera vamos a tener que llamarlo.

—¿Por qué tiene que ser extranjero? Aquí en Islandia también hay gente que fuma ese tabaco.

—Lo he consultado. No se vende en la licorería del Estado. Así que tendría que ser de contrabando. Y ya me dirás quién se va a molestar en traficar con cigarrillos malos rusos en lugar de hacerlo con el excelente tabaco que se vende en Estados Unidos y que se importa ilegalmente en nuestro país para revenderlo a mitad de precio.

—Debes de haberte pasado toda la noche dándole vueltas. Qué claro lo tienes.

—En absoluto, Albert. No hay nada claro. Tenlo bien en cuenta.

Albert guardó silencio. Le pareció ver que Marion daba una cabezada en el sofá.

—Así que crees que se trata de al menos dos personas —dijo Albert—. Te parece que deben de ser extranjeros porque ahora ha llegado una horda de turistas y, además, consideras que el homicidio tiene algo de peculiar, algo distinto. ¿Estás pensando en dos extranjeros? ¿O en un extranjero y un islandés?

—Espero que lo sepamos pronto —respondió Marion con muestras de cansancio.

—¿De qué crees que hablaron? ¿Cuál era el motivo de su encuentro?

—Hablaron de algo lo bastante peligroso o importante como para no poder perdonarle la vida al muchacho. Lo poco que el chico pudiera haber oído o entendido fue razón suficiente para no poder correr el riesgo de dejarlo vivo.

—¿Pensaron que Ragnar había grabado su conversación?

—Sí, sin duda.

—Pero, entonces, ¿no habría bastado con quitarle las cintas y la grabadora? ¿Era necesario matarlo?

—Querían asegurarse.

—¿Asegurarse de qué? El chico no sabía ruso. No entendía nada de lo que decían.

—¿Quién te ha dicho que hablaban en ruso?

—¿No has dicho que eran rusos? Te estás refiriendo al KGB, ¿verdad?

—He dicho que, presumiblemente, uno era ruso. Insisto: presumiblemente. Yo no sé nada de servicios de espionaje rusos.

—¿Y el otro?

—Del otro no tengo ninguna información. Puede que sea ruso o puede que no.

Albert permaneció confuso unos segundos.

—Pero ¿para qué se reunieron? ¿Qué era lo que el chico no podía grabar?

—Estos días están pasando muchas cosas en Reikiavik. Lo más lógico sería relacionarlo con el duelo, pero me parece que de momento deberíamos dejarnos de elucubraciones. Sabemos demasiado poco. Todas las grandes embajadas tienen espías a su servicio que se hacen pasar por «agregados comerciales», y está claro que ahora, con el duelo, su número se habrá multiplicado. Pero no debemos perder de vista otras cosas: el aeropuerto internacional de Keflavík y la polémica en torno a la base estadounidense; la inminente guerra del bacalao contra los británicos; submarinos rusos en aguas islandesas; la guerra de Vietnam.

—O sea, ¿que en realidad no descartas que guarde alguna relación con el duelo?

—Sería absurdo descartarlo.

—¿Insinúas que podrían estar en peligro?

—¿Podrían? ¿Quiénes?

—Fischer y Spassky.

—No tengo ni la menor idea —respondió Marion.

—¿No deberíamos dar una alerta? ¿Hablar con la Federación de Ajedrez para que refuercen la vigilancia de los ajedrecistas?

Marion alzó la mirada hacia Albert.

—¿No te parece que la Federación ya tiene bastante con lo que tiene?

—Pero…

—Me parece que no hay ninguna necesidad de hacerlo mientras no tengamos más que meras especulaciones. Ya sabes que solo estoy barajando posibilidades. No tengo nada tangible que respalde mi hipótesis. Necesitamos pruebas más sólidas. La Federación está desbordada de trabajo con todo el jaleo del duelo.

—El análisis de las huellas debería darnos alguna pista.

—Lo más inteligente sería esperar a los resultados —sugirió Marion.

El teléfono sonó sobre el escritorio de Albert. Respondió, escuchó, afirmó dos veces, miró a Marion con gesto serio, continuó escuchando, afirmó de nuevo, dio las gracias y colgó despacio.

—Han hallado un cigarrillo procedente de tu paquete —informó—. Al otro lado de la calle Barónsstígur, en el borde de la acera, cerca del Hafnarbíó. Un cigarrillo ruso.

Marion no respondió.

—Han encontrado un cigarrillo del paquete.

Siguió sin obtener respuesta.

—¿Marion?

Albert se inclinó sobre Marion y comprobó que se había dormido.

 

Al final del día, Marion todavía estaba en su despacho de Borgartún cuando sonó el teléfono y una voz de mujer preguntó si había llamado al número correcto.

—Sí.

—Soy Dagný.

—Hola, Dagný, me alegro de oírte.

—¿Todavía en el trabajo?

—Sí.

—¿Investigando el caso del Hafnarbíó?

—Sí. No nos deja descansar.

—¿Habéis averiguado algo?

Marion sonrió. Dagný era una persona de insaciable curiosidad y solía hacerle preguntas sobre los casos que investigaba.

—Poco a poco.

—¡Hay que ser un monstruo para hacer algo así! Pensábamos que en Islandia no ocurrían estas cosas.

—Ya.

—En fin, ¿tú qué tal estás?

—Muy bien —respondió Marion—. Siempre tengo la intención de pasarme por tu casa. Podríamos ver algún partido.

—Claro, pásate. ¿Ha contactado papá contigo?

Marion se esperaba la pregunta.

—Me ha llamado.

—¿Y?

—Nada.

La mujer guardó silencio al otro lado de la línea.

—Tiene ganas de verte —dijo a continuación.

—Ya lo sé, Dagný, pero no va a ocurrir.

—¿No puedes hacer un esfuerzo y perdonarlo?

—No hay nada que perdonar. Él a mí no me importa. Y yo no le importo a él. Las cosas no van a cambiar.