El duelo
Capítulo 36
Desde que se marchó del sanatorio de Kolding, Marion siguió manteniendo el contacto con Katrín. Los primeros años se escribieron cartas con frecuencia, y de esa manera Marion pudo estar al corriente de la evolución de Katrín y de su recuperación final. No obstante, su vida no siempre era fácil, y Marion le enviaba numerosas palabras de consuelo en los momentos en los cuales la desolación y la depresión se apoderaban de su amiga.
Katrín no regresó a Islandia hasta después de la Segunda Guerra Mundial, con veinticinco años. En aquel entonces, Marion vivía en una habitación de alquiler, en la calle Bragagata, y había solicitado trabajo en la biblioteca municipal. Un día, Katrín había apareció como caída del cielo. Marion le había hablado de su habitación en sus cartas y, de pronto, la tenía llamando a la puerta de su casa. No había avisado de su llegada y llevaba un tiempo sin darle noticias suyas. Con la boca abierta y total desconcierto, Marion la reconoció inmediatamente. Vestida con una gabardina color beis con una bonita capucha de lana, Katrín no pudo contener una sonrisa al ver su cara de sorpresa.
—¿Puedo quedarme? —le preguntó.
—¡Katrín! —exclamó Marion.
—Mi madre se vuelve ya a Dinamarca, pero a mí me gustaría quedarme un poco más.
—¿Llevas aquí mucho tiempo?
—Unos días. He estado en Akranes. Fuimos allí directamente, a casa de mi tía. Mi abuelo acaba de fallecer. ¿Podrías alojarme?
—Por supuesto, puedes quedarte todo el tiempo que quieras —respondió Marion. Se acercó para abrazar a Katrín, pero la muchacha dio un paso atrás —. Mis condolencias por lo de tu abuelo.
—Me gustaría pasar unos días contigo. Solo un par, antes de coger el barco.
—No me puedo creer que te tenga delante —le dijo Marion—. Así, de golpe.
—Perdona, no era mi intención asustarte.
—No, es que… Pasa, pasa.
La habitación, amplia y ordenada, tenía una cama, una mesa, dos sillas, una enorme estantería con libros y una alfombra en el suelo. Estaba situada en la primera planta y desde la ventana se veía la calle Bragagata. Katrín paseó la mirada por la estancia, se sentó en la cama y dejó su pequeña maleta en el suelo.
—¿Ya no vives con tu abuela? —le preguntó.
—No —respondió Marion—. Llevaba tiempo pensando en irme. Aþanasíus encontró esta habitación y me ayudó con la mudanza hace más o menos medio año. Terminé la secundaria mientras trabajaba a media jornada en una librería. Debido al pulmón, no puedo desempeñar tareas que supongan grandes esfuerzos, así que intento buscar trabajos más cómodos, de interior. No es nada fácil. En cuanto la gente oye hablar de la tuberculosis…
—¿Y si continuases con los estudios?
Marion se encogió de hombros.
—Ya veré, no sé si me lo puedo permitir. ¿Y tú? Hace mucho que no sé nada de ti.
—He estado trabajando para la Cruz Roja en Dinamarca. Un puesto de oficina. Un trabajo cómodo, de interior —dijo Katrín con una sonrisa de complicidad.
Marion se echó a reír.
—Cuánto me alegro de verte. Después de tanto tiempo.
—Lo mismo digo.
—¿Qué tal te encuentras?
—Me libré de la tuberculosis, como te escribí —respondió Katrín—. En ambos pulmones.
Marion no percibió ningún atisbo de alegría en sus palabras. Había vencido al enemigo que tantas veces estuvo a punto de derrotarla a ella y, sin embargo, su rostro no expresaba la satisfacción y el orgullo de haber salido triunfante. Reflejaba más bien una tristeza que había echado raíces alrededor de sus ojos y de su boca, y que no haría sino acentuarse con el paso de los años.
—¿Has vuelto a Kolding desde entonces…?
—No, no sé si quiero ir allí alguna vez.
—Te salvaron la vida.
—Lo que me queda de ella.
Durante los días siguientes, Marion le hizo de guía por la ciudad y le mostró los lugares más emblemáticos. Se sentaron en el café Hressingarskálinn y le explicó que era la versión más pobre del mundo del Select de Montparnasse, frecuentado por poetas y artistas que se reunían para escribir. Le enseñó el pequeño parque de atracciones de Vatnsmýri y la invitó a ver una comedia musical en Gamla Bíó. Poco a poco, los ánimos de Katrín fueron mejorando y terminó sonriendo, divirtiéndose y disfrutando de descubrir Reikiavik con Marion.
—¿Sabes cuándo volverás? —le preguntó Marion la última noche de su estancia en Bragagata—. ¿Sabes cuándo nos volveremos a ver?
—No —respondió ella.
Marion dormía en un colchón en el suelo. Le había cedido su cama a Katrín. El propietario del apartamento les lanzó una mirada de suspicacia, pero se abstuvo de hacer preguntas. Había reparado en la chica bajita y guapa que pasaba unos días en su habitación y dijo farfullando que no quería invitados nocturnos.
—Te escribiré —le prometió Marion desde el colchón y sin moverse.
—Puede que pasen muchos años —respondió Katrín—. Tengo ganas de viajar. No solo por Europa, sino también más lejos. Me gustaría ir a India y a África.
Se hizo el silencio en la habitación. La luz de la calle se filtraba por la ventana y dibujaba una línea junto a la puerta, como un muro invisible entre la cama y el colchón. Katrín contemplaba el rayo de luz y parecía estar leyendo los pensamientos que ascendían desde el colchón de Marion.
—¿Puedo darte un abrazo? —le preguntó mientras se levantaba de la cama—. ¿Puedo tumbarme a tu lado?
—Pensaba que no querías…
—Pero ahora quiero.
—Claro que puedes —le dijo Marion.
Katrín se deslizó con cuidado por el borde de la cama y se metió bajo el edredón. Desde que Marion trató de abrazarla el primer día, apenas se habían tocado, pero ahora Katrín parecía necesitar el contacto físico.
—Te he echado de menos —susurró—. Eres mi único refugio. Siempre lo has sido.
—Llegué a pensar que igual no te veía nunca más —confesó Marion.
—He pensado mucho en ti. En ti y en mí. En las cartas que me escribías, en todas las palabras bonitas que me has enviado.
Katrín cogió la mano de Marion y la condujo hacia su enorme cicatriz. Marion deslizó lentamente el dedo índice por la herida, se inclinó hacia ella y le dio un beso. Besó el hueco de su cuerpo y hundió el rostro en él.
Katrín se acurrucó contra Marion.
—¿No te repugna?
—No hay nada en ti que me pueda repugnar.
Marion cogió la cabeza de Katrín entre las manos y la besó.
—Nada.
La volvió a besar.
—Nada.
La besó de nuevo.
—Nada.
No podía decirse que tuvieran una relación, pero ni Marion ni Katrín disponían de otra palabra para definirlo. Pasaron tres años hasta que Marion volvió a verla, y después, cuatro más hasta su siguiente encuentro. Pero no siempre transcurría tanto tiempo. Ocasionalmente, Katrín pasaba por Islandia tres veces en el mismo año. Las cartas que le enviaba, unas más extensas que otras, y las puntuales conversaciones telefónicas bastaban para llenar el vacío. Katrín siempre cruzaba el océano en barco, prefería no volar, y se quedaba dos o tres semanas en Reikiavik antes de partir de nuevo hacia algún lugar del mundo. A Marion le ofrecieron un puesto en la Policía Judicial después de haber trabajado unos años en los archivos del juez de lo Penal. Había dedicado sus días a leer expedientes e informes de investigación, prácticamente por mera curiosidad, y había almacenado todos los datos en su infalible memoria, de modo que pronto se convirtió en una enciclopedia andante. Los agentes recurrían a menudo a su sabiduría, y en ocasiones Marion participaba en la resolución de los casos. De ahí a formar parte de la policía solo había un paso.
Las criadas y los empleados domésticos habían pasado a la historia. Hacía tiempo que Aþanasíus no trabajaba para «la familia», y un día, poco antes del solsticio de verano, Marion se encontró junto al lecho de muerte de su benefactor, en el Hospital Nacional, tratando de hacer menos duros sus últimos momentos.
—No hace falta que estés todo el tiempo viniendo a verme —le dijo Aþanasíus—. Tienes otras cosas que hacer antes que estar pendiente de un viejo granuja.
—Creo que a lo largo de mi vida no te he agradecido como es debido todo lo que has hecho por mí —le dijo Marion—. Dudo de que haya tenido un amigo mejor que tú. O que haya necesitado a alguien más que a ti.
—No tienes que agradecerme nada —replicó Aþanasíus, sin fuerzas, antes de cerrar los ojos y quedarse dormido. Marion permaneció a su lado hasta el atardecer y Aþanasíus se despertó de nuevo.
—¿Sigues ahí? —preguntó al ver a Marion.
—¿Cómo estás? ¿Necesitas algo?
—He dejado de soñar —respondió Aþanasíus—. Siempre he soñado mucho… Echo de menos los sueños.
—¿Por qué crees que ya no lo haces?
—Pues… no lo sé… Tal vez… tal vez se vayan antes que nosotros.
Marion pasó la noche en el hospital junto a Aþanasíus, viendo cómo las fuerzas lo abandonaban poco a poco. El corazón había empezado a fallarle, le costaba respirar y se quedaba dormido a cada momento. Cuando se despertó por última vez, Marion le contó la historia de la muerte de Atanasio, padre de la Iglesia en Alejandría. Junto a su lecho de muerte, un sacristán llamado Timoteo vio aparecer al arcángel Miguel, que se llevó el alma del obispo a los cielos. Iba acompañado de un grupo de ángeles, y Timoteo los oyó entonar cánticos en honor de Dios.
—Sí, pero yo… no tengo ángeles —dijo Aþanasíus después de un largo silencio.
—No estés tan seguro —le susurró Marion mientras veía cómo se iba muriendo una leve sonrisa en los labios de su benefactor.