El duelo
Capítulo 16
En su primera noche en el sanatorio de Kolding, Marion recibió una visita inesperada que contribuyó a mitigar el sentimiento de soledad que ya había empezado a oprimirle el pecho. Una niña de su edad se había acercado a su habitación y le había preguntado si venía de Islandia. Después de que la chica se marchara, Marion apenas pudo conciliar el sueño.
El viaje había sido una auténtica odisea y duró una semana. El barco se llamaba Gullfoss y pertenecía a la compañía Eimskip, una empresa encargada del transporte de mercancías y pasajeros entre Islandia y el continente. Tuvieron mala mar durante buena parte del trayecto, sobre todo después de la tradicional escala en Leith. El barco se balanceaba sin cesar desde la mañana hasta la tarde y prácticamente ningún pasajero se libró del mareo. Marion tampoco tuvo esa suerte, y al disponer de un solo pulmón sano, se quedaba sin aire cada vez que vomitaba. Se pasó todo el trayecto deseando llegar a tierra lo antes posible. No conocía a nadie a bordo, pero Aþanasíus le rogó a un matrimonio joven que cuidase de que no le faltara nada durante el viaje, y que, una vez en Copenhague, se asegurase de que tomaba el tren correcto con destino al fiordo de Kolding.
El matrimonio accedió sin problemas a la petición de Aþanasíus y cuidó de Marion con solicitud, aunque también con cautela, ya que sabían de su enfermedad y tenían miedo a un posible contagio. Marion disponía de un camarote en primera clase y el matrimonio se alojaba en el mismo pasillo, no muy lejos del comedor. El hombre, de cuerpo recio y con aspecto de buena persona, no se mareó en ningún momento. Comía como un animal y fumaba como una chimenea. Pasaba buena parte del tiempo sentado en la sala de fumadores, situada encima del comedor, jugando a las cartas, al tresillo o al bridge. La mujer, bajita y delgada, tenía de tímida lo que su marido tenía de efusivo. Le confesó a Marion que a su esposo le encantaba la noche y que no regresaba a la cama hasta bien entrada la madrugada, con algunas copas de más. Se dirigían a Italia, donde el marido iba a estudiar canto. Por su parte, la mujer quería aprender pintura y decía que, obviamente, no había mejor sitio en el mundo para hacerlo.
—Cántanos algo a Marion y a mí —le pidió a su marido un día radiante en que el mar estaba en calma. El Gullfoss llegaba ya al puerto de Copenhague y el hombre había salido a cubierta, donde su mujer tomaba el sol en compañía de Marion.
—Ya lo sabes, cariño —respondió él con su voz grave de barítono, un tanto áspera después de unas cuantas partidas al tresillo en la sala de fumadores—, ¡nunca canto improvisadamente!
En la Estación Central de Copenhague no se separaron de Marion hasta que estuvieron seguros de que tomaba asiento en el tren correcto. En el momento de la despedida no hubo ni apretones de manos ni besos. Le desearon que se recuperara pronto y se marcharon. Tenían la intención de pasar unos días en Copenhague antes de continuar su camino hacia el sur. El hombre daba grandes zancadas, sin duda pensando en la cervecería más cercana, mientras que ella caminaba a paso lento y en silencio, deseosa de ahondar en la pintura italiana.
En el tren había otros niños con el mismo destino que Marion. Los que no iban acompañados de adultos llevaban una etiqueta identificativa con el nombre del sanatorio. El viaje duraba seis horas. El tren paró en Korsør, en Selandia, de donde zarpó un ferri que cruzó el estrecho del Gran Belt hasta llegar a Nyborg, en Fionia. Allí, Marion se subió a otro tren que atravesó la isla hasta Middelfart, y una vez allí tomó un nuevo ferri que trasladó a los pasajeros hasta Fredericia, en la península de Jutlandia, a través del Pequeño Belt. Cuando el tren procedente de Fredericia se detuvo en Kolding, los niños se agruparon y Marion bajó con ellos al andén. Allí, una mujer con uniforme de enfermera y un ayudante vestido de negro los reunió y pasó lista. En cuanto el tren hubo partido, les pidieron a los niños y a sus padres que abandonaran el andén y se subieran a un pequeño autobús que los llevaría a su destino.
Durante la travesía, el pulmón de Marion había perdido el aire que le insuflaron antes de partir. Una vez pasaron al grupo a un gran salón en la entrada del sanatorio, Marion logró llamar la atención de la enfermera, y esta, comprendiendo la situación, le indicó que subiera unas escaleras y atravesara un pasillo hasta llegar a la consulta del médico. Allí, un doctor le auscultó el pecho y le preparó una insuflación. Marion llevaba consigo una copia del historial médico de Vífilsstaðir y se lo entregó al médico, que lo recibió con una sonrisa y lo hojeó.
—Has hecho un largo viaje desde Islandia —le dijo hablando despacio, en un danés sencillo que Marion entendió sin dificultad gracias a las clases que le había dado Aþanasíus.
Marion asintió.
—Y con un solo pulmón.
El médico le dedicó una sonrisa. La intervención salió bien. Los aparatos no se distinguían mucho de los de Vífilsstaðir y Marion apenas sintió cómo la aguja penetraba en su pecho y le insuflaba aire.
El doctor percibió el desasosiego que le causaba a Marion su nuevo destino y, para que pensara en otra cosa, le habló del sanatorio. El hospital había sido construido gracias a un fondo recaudado por el servicio de Correos danés y podía alojar a un total de ciento veinte niños. Su rasgo más distintivo era una preciosa terraza en curva que servía como sala de reposo. Situada al aire libre en la fachada del edificio principal, allí los niños podían disfrutar de la proximidad del mar.
—Listo —anunció el doctor mientras extraía la aguja con cuidado del enclenque cuerpo de Marion—. Si notas que disminuye la presión, háznoslo saber cuanto antes. Por lo demás, nuestro sanatorio no es muy distinto de cualquier otro. El tratamiento consiste sobre todo en que reposes y descanses; que hagas un poco de ejercicio físico mientras te alimentas bien, respiras aire puro y recibes los cuidados adecuados.
El médico acompañó a Marion de vuelta al pasillo.
—Ya verás qué simpáticos son los niños de aquí —añadió—. Tratan de hacer que la tuberculosis no afecte demasiado a sus vidas. Lo último que puedes hacer en Kolding es aburrirte.
El edificio principal del sanatorio era inmenso y disponía de una cocina moderna, dos comedores separados —uno para enfermos y otro para empleados—, un taller de carpintería y un espacioso solárium. En la planta superior se hallaban los quirófanos y la consulta del dentista. Los niños se alojaban en amplias habitaciones compartidas con enormes ventanas que se abrían a menudo para ventilar las estancias, como en Vífilsstaðir. En el tejado se alzaba una pequeña torre en cuya base había un bajorrelieve orientado hacia el fiordo de Kolding con ocho angelitos alrededor de un castillo de arena. En una inscripción se leía: Sundhed – Salud.
En su primera noche, Marion no pudo conciliar el sueño pensando en la despedida de Aþanasíus en la cubierta del Gullfoss, antes de zarpar desde el puerto de Reikiavik. Inquieto, Aþanasíus había comprobado mil veces que Marion no se olvidaba nada y que todo estaba en orden. Insistió en que era muy importante que se dirigiera directamente a la estación nada más llegar a Copenhague, que mostrara siempre buena educación y que siguiera todas las indicaciones que le dieran en el sanatorio danés. El barco ya estaba a punto de zarpar cuando Aþanasíus bajó a tierra. Desde el muelle, se despidió de Marion, diciéndole adiós con la mano.
—Te escribiré —le prometió—. Si algo no va bien, házmelo saber inmediatamente.
Marion hundió la cabeza en la almohada y, en ese momento, una niña de su edad se metió a hurtadillas en su habitación y caminó descalza hasta su cama.
—¿Puedes dormir? —le susurró en islandés.
Marion no la distinguía en la penumbra, pero recordaba haberla visto en la entrada junto a los otros niños del sanatorio. Marion se había fijado en ella porque no apartaba la mirada de la bandera islandesa que llevaba pegada en la maleta, regalo de Aþanasíus. Los demás niños dormían. La niña, de larga melena pelirroja, tenía la tez blanca y tersa.
—No —susurró Marion.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Me he imaginado que venías de Islandia —susurró mientras se sentaba en un pequeño taburete junto a la cama—. Cuando he visto la bandera de tu maleta.
—Sí —confirmó Marion.
—Yo también. Pero vivo en Aarhus. Creo que ahora no hay más islandeses ingresados. El año pasado también estuve aquí y entonces había dos. Ya verás qué bien vas a estar.
—Es enorme —dijo Marion, sorbiéndose la nariz.
—¿Quieres decir la sala de reposo? —preguntó la niña.
—Sí, es gigantesca. ¿Cómo te llamas?
—Katrín —respondió la chica.
—Yo soy Marion.
—¿Marion? ¿Eso es nombre de niño o de niña?
—Es el nombre que me puso mi madre. Era de aquí, de Dinamarca.
—¿Y tienes otro nombre?
—¿Otro nombre?
—Sí, no sé.
—Aþanasíus me llama a veces Marion Briem. Es mi amigo, y dice que Briem es un viejo nombre de familia que viene de mi abuelo, el padre de mi madre. Esa parte de mis antecesores vivía en Skagafjörður. A Aþanasíus le gusta mucho la genealogía.
—¿No tienes padre?
—Sí, claro. Pero no quiero saber nada de él. Los niños de Ólafsvík decían que yo era descendiente de una criada. Según Aþanasíus, mi nacimiento causó problemas y por eso prefiere llamarme Marion Briem.
—¿Y tu madre?
—Murió.
—¿Cómo?
—Se ahogó en el mar. Cuando yo tenía dos años.
Katrín permaneció un rato en silencio.
—Y ahora estás aquí —dijo por fin.
—La tuberculosis también llegó a nuestra granja. Se extendía por todas partes. Hubo una finca en la que murieron todos menos la madre y la hija.
—Sí, qué horror, ¿verdad?
—Nunca había viajado antes al extranjero —confesó Marion, a quien le estaba sentando bien hablar con aquella chica desconocida—. La travesía ha sido espantosa, pero me ha hecho ilusión ver Copenhague. Las casas son altas y hay un montón de coches. Y ruido. El viaje en tren ha sido impresionante. No había ido tan rápido en mi vida. Ni siquiera cuando Aþanasíus me llevaba en coche a Kringlumýri.
—¿Estuviste en Vífilsstaðir? —susurró Katrín.
—Sí —respondió Marion—. ¿Y tú? ¿Has estado?
—No, pero quería preguntarte…, un primo mío estuvo allí… Murió este verano. Quería saber si lo habías conocido.
—¿Cómo se llamaba?
—Se llamaba Anton —murmuró Katrín.
Marion la miró fijamente.
—¿Anton?
—Sí.
—¿Anton era tu primo?
—¿Os conocisteis?
—Era amigo mío —respondió Marion—. Se alojaba en la habitación de al lado. Yo…, murió de repente.
—Estaba muy enfermo.
—Sí.
—Anton era el sobrino de mamá. Mi familia es de los fiordos del noroeste. Vivíamos en Ísafjörður, pero, con la crisis, papá pensó que nos iría mejor aquí. Nos mudamos a Aarhus. Es albañil. Me acuerdo de cuando Anton estaba bajo tratamiento en el hospital de Ísafjörður y a veces venía de visita. Padecía mucho. Papá le construyó una ventana en la buhardilla para que tuviera vistas desde su habitación. Más tarde lo enviaron al sur, a Vífilsstaðir.
—Estuvo conmigo en su última noche —le explicó Marion—. Cuando me desperté al día siguiente, estaba muerto. Entré en su habitación y su cuerpo estaba tapado.
—Pobre Anton.
—La tarde anterior miró el lago desde la ventana de mi habitación y dijo: «Qué día más bonito».
—¿Y luego murió?
—Sí. Por la noche.
Katrín guardó silencio. En la oscuridad se escuchaba el lento respirar de los otros niños.
—Mamá dice que me la pegó él —susurró por fin—. Se echa la culpa a sí misma. Dice que nunca debieron dejarle acercarse a mí.