El duelo
Capítulo 45
En el interior del apartamento se oyó el débil sonido del timbre. Pasados unos segundos, Bríet apareció en la puerta e invitó a pasar a Marion, que había querido hablar con ella y con Viðar, con ambos a la vez, para repasar lo acontecido en el palacio de deportes. Bríet había escogido su domicilio como lugar de encuentro.
Viðar fue detenido e interrogado inmediatamente después de los sucesos del Laugardalshöll. Se mostró cooperativo y explicó con detalle su versión de las circunstancias que rodeaban el caso. Según sus declaraciones, no se sorprendió el día que su amigo, Yuri Vigotski, le dio a entender que quería pasarse al Oeste. Mantenían una estrecha amistad desde los años de la Escuela Lenin y, cada vez que se reunían, Yuri le confesaba que estaba muy descontento con la evolución de las cosas en la Unión Soviética y que no descartaba la idea de irse de allí el día menos pensado. Se lo había mencionado por primera vez hacía dos décadas. Hasta su encuentro en Reikiavik, Viðar no tuvo conocimiento de que su amigo llevaba mucho tiempo filtrando información a sus contactos del servicio secreto estadounidense, y de que Yuri se temía que los rusos estaban estrechando el cerco a su alrededor. A Viðar también le sorprendió que Yuri le pidiera que actuase como enlace con la embajada estadounidense en Islandia para organizar una reunión. Yuri fue quien sugirió que el encuentro tuviera lugar en un cine. El Hafnarbíó fue una elección de Viðar.
Viðar fue sometido a un intenso interrogatorio sobre el asesinato de Ragnar. En realidad, la policía no ponía en duda que no hubiera estado dentro de la sala cuando el chico fue apuñalado, que no se hubiera enterado de lo ocurrido hasta más tarde y que estuviera desolado ante lo acontecido. Según él, se encontraba en el exterior del cine porque Yuri temía que alguien pudiera seguirlo y debía asegurarse de que no era así. El ruso y el hombre de la embajada estadounidense que había llegado a Islandia desde Estados Unidos aquella mañana, se conocían de vista. Quedaron en el vestíbulo del cine, se sentaron en la sala en penumbra y no repararon en el chico que estaba sentado detrás de ellos hasta que la cinta de su grabadora llegó al final y emitió un leve chasquido.
—¿Sabes algo de él? —preguntó Marion una vez se hubieron sentado en el salón de Bríet—. ¿Tienes noticias de Vigotski?
—No —respondió Viðar—. Pero supongo que las tendré en algún momento.
—¿Y de la embajada estadounidense? ¿Sabes algo?
—No, nada. Aunque tampoco espero noticias de ellos. Yo no pinto nada en todo esto.
—¿Tú crees que fue el estadounidense quien apuñaló a Ragnar?
—Sí, lo que ocurrió fue algo terrible —respondió Viðar—. Espantoso. Siempre igual con ese país. ¡Todo lo solucionan con armas!
—Hemos hablado con la embajada estadounidense. O lo hemos intentado, mejor dicho —le contó Marion—. Pero no nos han dado ninguna respuesta. No les suena ningún Jackson, y la descripción que nos diste de él no ha servido de mucho.
—No, no van a admitir nada, está claro. No cabe esperar otra cosa.
—Se desentienden del caso, desmienten que hayan enviado a alguien expresamente desde Washington para ayudar a un espía ruso llamado Yuri Vigotski a fugarse al Oeste.
—¿Acaso te sorprende? —preguntó Bríet.
El reloj del salón dio las cinco.
—Lo extraño es —dijo Marion, mirando a Bríet— que la bala que utilizaron cuando nos atacaron no es estadounidense.
—Ah, ¿no? —exclamó Viðar sorprendido.
—Tiene cierta lógica que los miembros de la embajada o del servicio secreto estadounidenses no utilicen armas fabricadas en su propio país — apuntó Marion—. De hecho, es algo que cabe esperar. Nunca se sabe a qué pueden estar jugando. El caso es que el tipo de bala que usaron ni se vende ni se produce en Estados Unidos.
—¿De dónde procede, entonces? —preguntó Bríet.
—Hemos despejado cualquier sombra de duda al respecto —respondió Marion—. Contamos con excelentes expertos en armas de fuego que han recurrido a sus colaboradores británicos para corroborar sus conclusiones. Se trata de una bala rusa.
—¿Cómo puede ser? —preguntó Viðar—. ¿Por qué van a utilizar los estadounidenses balas rusas?
—Me contaste que ese tal Jackson fue quien apuñaló a Ragnar —dijo Marion, dirigiéndose a Bríet, que guardaba silencio—. ¿Ya has informado a Viðar de que su teléfono está pinchado?
Bríet no respondió. Viðar la miró fugazmente.
—Sí, me lo ha dicho —confirmó él.
—Ya me lo imaginaba.
Viðar no apartaba la mirada de Marion.
—¿Por qué está pinchado mi teléfono?
Marion no respondió inmediatamente.
—¿Quién escucha mis llamadas? —preguntó Viðar—. ¿Cómo lo han conseguido? ¿Y cómo te has enterado? ¿Cuánto tiempo lleva así?
—Cuando se lo expliqué a Bríet —respondió Marion—, me di cuenta de que se asustó un poco. Es normal que la gente reaccione de ese modo al escuchar algo así, pero me pareció más inquieta de lo que cabía esperar.
—Me avisó inmediatamente —comentó Viðar—. No he hablado por teléfono desde entonces. Estoy tentado de hacer público todo esto.
—Tienes muchas otras cosas en que pensar —observó Bríet.
—Creo que ya han dejado de espiarte —dijo Marion—. Sean quienes sean los que han estado haciéndolo. No sé exactamente por qué te pincharon el teléfono. Supongo que porque eres socialista y detractor de la base militar estadounidense. ¿No basta con eso? Ignoro si alguna de tus actividades podría poner en peligro nuestra seguridad, pero no me imagino nada de gran relevancia, a no ser que trates con más hombres como tu amigo Vigotski.
Viðar guardó silencio.
—¿Es ese el caso?
—No —respondió Viðar.
—Hubo algo que me extrañó en la huida de Vigotski —señaló Marion—. Esperaba que quizás vosotros me lo pudierais explicar. Y es que no se subió al jeep en silencio y de manera tranquila.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Bríet.
—Me llamó poderosamente la atención. No dejaba de forcejear con los hombres que lo acompañaban. Como si se lo hubiera pensado mejor, pero los estadounidenses ya no le dejaran dar marcha atrás.
Bríet comenzó a removerse en su asiento. Se levantó y se dirigió a la cocina mientras murmuraba algo en un tono casi imperceptible. Marion la siguió. Viðar se acercó también.
—No fue el estadounidense —dijo Marion—. Mentisteis.
Bríet no respondió.
—No fue el estadounidense quien apuñaló al chico, sino Yuri Vigotski.
Bríet guardó silencio.
—Sabías que Vigotski había apuñalado a Ragnar —siguió diciendo Marion— y no querías que saliera impune.
Bríet no dijo una palabra; miraba fijamente la cafetera, como si fuera una tabla de salvación.
—Avisaste a los rusos y les contaste los planes de Vigotski. Un amigo mío tiene acceso a esas escuchas. Llamaste desde la casa de Viðar el día que Vigotski quería huir. Les dijiste que pretendía fugarse al Oeste, y que la operación iba a tener lugar en el Laugardalshöll ese mismo día. No se lo llevaron los estadounidenses, sino los rusos.
Marion miró a Viðar.
—Tú estuviste de acuerdo en hacerlo.
Viðar guardó silencio.
—Ella te convenció, ¿verdad? Fuiste tú quien lo llevó hasta los rusos. Le tendisteis una trampa. Los estadounidenses estaban listos para recibirlo. Tú conocías el plan, pero a la vez estabas en contacto con los rusos. Confiaba en ti, y lo traicionaste.
Viðar se volvió hacia Bríet, pero ella seguía absorta, mirando al frente.
—A Bríet no le daba igual lo que le había ocurrido a Ragnar —concluyó, lanzando un profundo suspiro.
Guardó silencio, con la mirada clavada en Bríet, como si estuviera esperando su reacción.
—No pasa nada —murmuró ella—. La familia de Ragnar tiene derecho a saber la verdad.
—Desde que lo conozco, Yuri siempre ha llevado un cuchillo encima — explicó Viðar—. Es un excelente cazador y un aficionado a las armas blancas, las colecciona. Siempre parece como en constante estado alerta, y está un tanto desequilibrado, como ya te habrás imaginado. Cuando me enteré de lo que había ocurrido en el cine, de que habían apuñalado al chico, yo estaba convencido de que había sido cosa de Yuri. Lo cosí a preguntas, pero lo negó todo. Le dije que sabía que no salía de casa sin un cuchillo.
—Tenemos un testigo que estaba presente en la sala, una mujer que vio a Vigotski —reveló Marion—. Estaba sentado detrás de ella, pero no le pareció que estuviera manchado de sangre. El caso es que solo le vio los hombros y la cabeza, así que, de hecho, era posible que tuviera sangre en la ropa.
Bríet alzó la mirada.
—Admitió haber apuñalado al chico —dijo—. Al final se lo confesó a Viðar. Tienes razón. Fui yo quien convenció a Viðar. De lo contrario, Yuri se habría salido con la suya. No me parecía justo.
Miró a Viðar.
—No me arrepiento —añadió.
Viðar no se inmutó.
—No podíamos denunciarlo —continuó Bríet—. Al quedar fuera de vuestra jurisdicción, no podíais tocarlo. Si los rusos hubieran sabido lo que tramaba, habrían tomado represalias contra su familia, que esperaba la autorización para viajar a Helsinki. Todo se complicó de la noche a la mañana. Elena y yo somos muy buenas amigas y conocemos a sus hijos.
—¿Elena?
—La mujer de Yuri. Les enviamos regalos por Navidad. Se me hacía imposible pensar que pudiera pasarles algo. Son amigos nuestros.
—Me mentiste cuando dijiste que el estadounidense había apuñalado a Ragnar —insistió Marion—. No querías que nadie alterara vuestros planes.
Bríet asintió.
—Y Viðar llevó a Yuri hasta los rusos. Le explicó en qué lugar del aparcamiento del Laugardalshöll se encontraban, haciéndole creer en todo momento que eran los estadounidenses, y Yuri fue derecho a sus brazos.
Bríet asintió de nuevo.
—Tenemos el aparato —anunció Viðar.
—¿Qué aparato? —preguntó Marion.
—El que llevaba Ragnar —respondió Bríet.
—Yuri nos pidió que nos deshiciéramos de él —añadió Viðar.
—¡¿Tenéis vosotros la grabadora?!
—No tenía intención de escuchar la cinta —admitió Bríet—, pero luego me pareció que se lo debía a Ragnar.
—El estadounidense se encargó de la mochila —explicó Viðar—. Yuri envolvió la grabadora en su chaqueta para ocultarla y, de paso, disimular los rastros de sangre. Luego se cambió de asiento y no se movió hasta que terminó la película. Yo vivo cerca, como ya sabes, así que vino a mi casa para darme la grabadora, las cintas y la chaqueta. Confiaba en que encontraría la mejor manera de deshacerme de ellas. Lo enterré todo en mi jardín. Bríet me prohibió tirarlas.
—Quería saber qué había ocurrido —apuntó Bríet.
—Me pidió que lo llevara todo a su casa —dijo Viðar— antes de que te lo entregara a ti.
—Lo tengo todo aquí —dijo Bríet mientras se agachaba y sacaba una caja de zapatos del último cajón de un armario. Retiró la tapa y aparecieron una grabadora y una cinta.
—¿No había dos casetes? —preguntó Marion.
—La otra está dentro, donde la dejó Ragnar.
Bríet sacó el aparato de la caja. Estaba impregnado de sangre.
—No deberías manipularla —le advirtió Marion.
—¿Acaso importa a estas alturas?
Rebobinó y pulsó el botón de reproducción. Se escuchó un zumbido acompañado del sonido de la película y una conversación confusa y entrecortada. Solo se entendían palabras sueltas.
»—… yes, yes of course…
»—… possibly… around the thirteenth…
»—… and have to be safe…
»—… embassy… Helsinki…
»—… and… to Virginia… air base…
»—… they will join you there».
Se escuchó un chasquido al terminarse la cinta y Bríet apagó el aparato.
—Estoy segura de que hemos hecho lo correcto —afirmó Bríet—. Yuri nunca habría sido acusado de homicidio en Estados Unidos. Ahora los rusos se encargarán de que se haga justicia y actuarán según consideren.
—Yuri estaba neurótico el día de la reunión en el Hafnarbíó —añadió Viðar—. Apuñaló al chico sin reflexionar y se llevó la grabadora con las cintas. Para cuando vio que solo se trataba de un adolescente, de un muchacho inofensivo que simplemente había ido al cine, ya era demasiado tarde. Actuar antes de pensar. Típico de Yuri.
—Se debió de llevar un buen susto al darse cuenta de que eran sus propios hombres quienes lo recibían en el aparcamiento —dijo Marion.
—Supongo.
—Seguro que pensó inmediatamente que era cosa vuestra.
—No me cabe ninguna duda.
—Erais muy amigos, ¿no?
Viðar asintió.
—Os había confiado su vida.
—No debió apuñalar a Ragnar —dijo Bríet.
—¿Y su familia?
—Seguimos con el plan establecido —respondió Viðar en voz baja.
—Primero esperamos a que estuvieran a salvo —añadió Bríet.
—Sabíamos que la operación tendría lugar en torno a la decimotercera partida. Yuri había dicho que, en cuanto la situación estuviera bajo control, había que actuar con rapidez, sin perder tiempo en preparativos. Le vino de perlas que se aplazara la partida. Yuri lo dispuso todo para que Elena se encontrara de camino a la embajada estadounidense en Helsinki durante la reanudación. Los estadounidenses estaban preparados para recibir a Yuri en el exterior del Laugardalshöll.
—Y entonces llamaste a los rusos.
Bríet asintió.
—Nadie que cometa un acto como el de Yuri puede quedar impune — sentenció—. Viðar se mostró muy reacio, pero al final se puso de mi lado.
Marion miró a Viðar, que asintió confirmando aquellas palabras.
—¿Por qué no nos entregaste a Yuri en cuanto supiste que su familia estaba a salvo?
—Nos pareció la forma más limpia de actuar —respondió Viðar—. Cualquier otra cosa se podría haber interpretado como una intervención política en el contexto de la Guerra Fría.
—La familia de Ragnar está desolada —observó Marion—. Espero que os pese menos la conciencia sabiendo que dejasteis a Vigotski en manos de los rusos mientras él pensaba que estaba a salvo.
—Soy muy consciente de lo que hicimos —dijo Bríet mientras se acercaba a Viðar y le cogía la mano—. De lo que le hicimos tanto a Ragnar como a Yuri. No hay consuelo posible para esta tragedia. Ninguno.
—Eres cómplice de Yuri, Viðar. Eso es un hecho ineludible.
—No pensaba eludirlo y nunca tuve la intención de hacerlo No era nada fácil… hasta que…
—¿Qué?
—Como recordarás, os seguí hasta el exterior del Laugardalshöll. Justo antes de que lo metieran en el coche, antes de que os dispararan, Yuri se volvió hacia mí y me miró… Sabía que era yo quien lo había traicionado. Lo leí en su mirada… Estaba hecho trizas.
—Si hubierais hablado inmediatamente con nosotros, todo habría salido de otra manera —observó Marion—. ¿Habéis pensado en ello?
—Lo hacemos cada día —respondió Bríet—. Y, sin embargo…
—Sin embargo, creo que hemos hecho lo correcto —concluyó Viðar.