El duelo

Arnaldur Indridason · Capítulo 39 de 48

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El duelo

Capítulo 39

 

 

Viðar observó la colilla en la mano de Albert y levantó la mirada hacia Marion. En la habitación reinaba un silencio opresivo. Viðar estaba a punto de hablar cuando se sobresaltó al oír que alguien llamaba al despacho. La puerta se abrió y una mujer mayor le comunicó que la reunión había comenzado y le preguntó si iba a ir.

—¿Qué reunión? —preguntó Viðar. La mujer percibió enseguida que pasaba algo raro. Al contable le ardía la cara, y su voz sonaba extrañamente aguda.

—¿Algún problema? —preguntó ella.

—No, nada, se me había olvidado —respondió Viðar aclarándose la garganta—. Gracias. Esta reunión se ha alargado un poco, pero ya estamos acabando. Empezad sin mí, ahora voy.

—De acuerdo —dijo la mujer, lanzándoles una mirada suspicaz a Albert y a Marion antes de cerrar la puerta.

Viðar trató de centrarse. Se acercó al escritorio, se sentó en su silla y fingió ordenar unos documentos dando a entender que estaba tremendamente ocupado y que aquel encuentro debía llegar ya a su fin.

—Llego tarde a una reunión, ya lo habéis oído —señaló—. Quizás podamos continuar más tarde.

Sin moverse del asiento, Marion veía que la angustia se iba apoderando silenciosamente de Viðar.

—¿Esos cigarrillos son tuyos? —le preguntó Marion.

Viðar hizo como que no había oído la pregunta.

—¿Dónde se puede adquirir esa marca?

Viðar seguía sin dar ninguna respuesta. Daba la impresión de que las paredes del despacho lo acorralaban, de que cada vez tenía menos libertad de movimiento. Miraba fijamente el escritorio, como esforzándose en ignorar la presencia de dos elefantes chapoteando en su despacho.

—¿Te los consigue Yuri Vigotski? —preguntó Albert.

—Hemos encontrado colillas de esos mismos cigarrillos en los alrededores del Hafnarbíó —le informó Marion—. Y, muy cerca del cine, un paquete de tabaco de una marca rusa que sin duda conocerás: Belomorkanal. Tus huellas estaban en el paquete. Debemos interrogarte sobre el suceso del Hafnarbíó. Sugiero que nos acompañes ahora y luego ya veremos. ¿Te parece bien?

—¿Mis huellas? ¿Cómo…?

—Pensamos que tanto tú como Vigotski os encontrabais en el Hafnarbíó en el momento en que se perpetró el homicidio —le expuso Albert—. Queremos saber qué estabais haciendo allí y por qué el chico tuvo que perder la vida.

Viðar alternó la mirada entre Marion y Albert mientras sopesaba las opciones que tenía.

—Yuri no le hizo nada a Ragnar —declaró finalmente.

—¿Quién fue, entonces?

—Podemos llegar a un acuerdo —propuso Viðar—. Vosotros me dejáis en paz…

—Descartado —lo interrumpió Marion.

—… me dejáis en paz hoy —continuó Viðar— y yo acudo a la comisaría mañana por la mañana. Entonces podréis tomarme las huellas y hacerme tantas preguntas como queráis. Prometo contaros todo lo que sé.

—¿Por qué no hoy? —replicó Albert.

—Si aceptáis lo que os propongo, colaboraré con vosotros —dijo Viðar volviéndose hacia Marion, pues suponía que era quien estaba al mando—. Si no, todo habrá sido en vano. Todo.

—¿La muerte del chico? —preguntó Marion—. ¿Eso también habrá sido en vano?

Viðar frunció el ceño.

—Si me dejáis en paz durante las próximas veinticuatro horas, os lo contaré todo —insistió—. Lo prometo. Si no lo hacéis, no puedo hacerme responsable de lo que vaya a ocurrir.

—¿Lo que vaya a ocurrir? —replicó Marion—. Te voy a explicar lo que va a ocurrir, Viðar. Albert y yo nos presentaremos en la embajada soviética con una orden de detención contra Yuri Vigotski. Alegarán inmunidad diplomática y no nos dejarán acercarnos a él, pero, aprovechando la presencia de la prensa internacional en nuestro país, podremos hacer que tu amigo se convierta en el centro de todas las miradas, y les contaremos a los medios que asesinó a un muchacho inocente con tu ayuda.

Viðar se había puesto de pie mientras escuchaba.

—Hagáis lo que hagáis, no podéis ir a la embajada soviética. ¡No vayáis bajo ningún concepto!

—Son de los tuyos, ¿no?

—No sabéis dónde os estáis metiendo —dijo Viðar—. ¡No cometáis ninguna tontería!

—¿Dónde nos estamos metiendo?

—¡No vayáis a la embajada soviética! —insistió Viðar. Su tono ya no era de exhortación, sino de súplica.

—¿Estabas en el Hafnarbíó durante el pase de las cinco, cuando el chico fue asesinado? —preguntó Albert.

—No —respondió Viðar—. No estaba. Esto es…, no podéis ir a la embajada soviética. Dejadlo para mañana. Hoy no. Sobre todo, hoy no. Hay vidas en juego. Y lo mismo en lo que a mí respecta. No podéis detenerme hoy. Todavía no. Mañana. Esperad a mañana.

—¿Qué vidas? —preguntó Marion—. ¿De qué estás hablando? ¿La tuya? ¿Tu vida corre peligro?

—Yo no estaba dentro en la sala —declaró Viðar, mirando a Albert—. No me enteré de lo que había ocurrido hasta que lo escuché por la radio. Estaba fuera, pendiente de la reunión.

—¿Así que había un tercer hombre? —preguntó Marion.

Viðar asintió.

—¿Quién? —preguntó Marion.

—Si no os mantenéis alejados de la embajada soviética…

—Tú aquí no pones ninguna condición —interrumpió Marion—. ¿Queréis deshaceros de Bobby Fischer? ¿Queréis hacer todo lo posible por que pierda el duelo?

Viðar no respondió.

—Queréis que Spassky se asegure la victoria, ¿no es así? ¿Cómo lo pensáis lograr? ¿Qué pretendéis hacer? ¿Escucháis a Fischer de forma ilegal? ¿Estáis empleando dispositivos electrónicos? ¿Cócteles químicos? ¿Queréis quitároslo de en medio? ¿Qué habéis planeado? ¿Cómo pensáis hacer que gane Spassky?

Viðar negaba en silencio sin moverse de su sitio.

—¿Escuchó Ragnar vuestros planes? —preguntó Albert—. No os esperabais la presencia de una grabadora en la sala. ¿Quién pensabais que era? ¿Un espía peligroso? ¿Por qué tuvisteis que matarlo? ¿Qué estabais tramando?

Viðar miró primero a Marion y luego a Albert.

—Dios santo —suspiró—, lo habéis entendido todo mal.

—Ahora mismo te vienes con nosotros a comisaría —ordenó Marion poniéndose en pie—. Allí tendrás tiempo de sobra para aclarárnoslo todo.

—Están ocurriendo cosas que no entendéis y que son muy difíciles de explicar —señaló Viðar—. Está bien, tenéis razón, guardan relación con el duelo, pero no de la manera que pensáis. Los soviéticos no están intentando manipularlo. ¡Eso es absurdo!

—¿Qué me dices de la tercera partida? ¿No fue cosa vuestra?

—No sé nada de esa tercera partida —respondió Viðar—. ¡Yo qué sé por qué decidieron jugarla en la sala de ping-pong! ¿Por qué me lo preguntáis a mí? No tengo ni idea. ¡No sé de qué me estáis hablando! ¡Esto no tiene nada que ver con el ajedrez!

Albert se acercó con la intención de agarrarlo del brazo, pero Viðar se zafó.

—Estáis cometiendo un error.

—Por supuesto —ironizó Marion.

Albert sujetó por fin a Viðar.

—¿Es que no podemos hacer esto como gente civilizada? —preguntó Viðar—. Os voy a acompañar. No hace falta que me agarréis. No quiero llamar la atención innecesariamente en mi lugar de trabajo.

—¿Por qué no podemos ir a la embajada soviética? —preguntó Marion—. Llevas toda la vida jurando fidelidad y dedicándole elogios a la Unión Soviética, ¿no? ¿Por qué no podemos ir a hablar con ellos?

—No vayáis —insistió Viðar—. Dejadlo para mañana. Os lo pido por favor.

—Pero ¿por qué? —repitió Albert—. ¿En qué cambian las cosas?

—No os lo puedo explicar. ¿Alguien más tiene conocimiento de que la policía está interesada en mí? ¿Me lo podríais decir?

—¿Crees que podría ocurrirte algo? —preguntó Albert.

Viðar guardó silencio.

—¿De qué tienes miedo? —preguntó Marion.

Viðar negó con la cabeza, rendido. Albert lo acompañó a la puerta. Marion abrió y salió a un pequeño pasillo que accedía a otros despachos.

—No estoy pensando en mí —murmuró—. Estoy pensando en otras personas. Son otros los que corren peligro.

La mujer que había aparecido antes apremiando al contable se acercó de pronto.

—Viðar —dijo en tono amable—, ¿puedo molestarte un segundo? Han aplazado la reunión y necesito que vengas a mi despacho para revisar unas cosas que hay que enseñarle a Hafsteinn. No nos llevará mucho tiempo. Cree que no hemos hecho bien los cálculos.

Viðar esbozó una sonrisa y se volvió hacia a Marion, que a su vez miró a Albert y le hizo un gesto de negación con la cabeza. Aquel instante de duda fue suficiente para que Viðar aprovechara la ocasión, agarrara a la mujer, se metiera con ella en su despacho y cerrara con llave. Albert se abalanzó contra la puerta para intentar abrirla y la golpeó con fuerza mientras llamaba a Viðar. Desconcertados, los empleados de la compañía se levantaron de los asientos y observaron el escándalo. Pasado un momento, la puerta se abrió y apareció la mujer mirando a Albert, aturdida.

—Ha… ha salido corriendo por esa puerta, ¿qué… qué está ocurriendo?

Albert entró a toda velocidad. Dentro del despacho había una segunda puerta por la que se accedía a un pasillo que conducía a la parte trasera del edificio. Albert salió al exterior disparado, pero solo vio árboles y coches aparcados. No había ni rastro de Viðar. Dobló la esquina, corrió hasta la fachada delantera, cruzó la calle, dio media vuelta y regresó sin saber si debía dirigirse hacia el norte, hacia el sur o buscar mejor en el aparcamiento.

—¿Puedes verlo? —gritó Marion, que acababa de aparecer tras la esquina.

—¡Se ha esfumado! —respondió Albert—. No lo encuentro.

—¡Mierda!

—¿Qué hacemos ahora?

—Vamos a dar un aviso de búsqueda. Luego iremos a la embajada soviética.

—Nos ha pedido que esperemos.

—Sus intereses no tienen por qué ser los nuestros, Albert. Y más viendo cómo acaba de reaccionar.

—Ha perdido los nervios cuando hemos mencionado la embajada. Ha dicho que había vidas en juego.

—Lo sé —asintió Marion—. Pero tenemos que ir, diga lo que diga quien sea. No podemos perder a Vigotski. Está claro que ahora Viðar ha ido a ponerlo sobre aviso. No se me ocurre otra razón para que haya salido corriendo de una forma tan absurda.

—¿Por qué no querrá que vayamos a la embajada? —preguntó Albert—. ¿De qué vidas está hablando? ¿Qué está ocurriendo que no nos pueda contar?

—Esto a mí no me cuadra —murmuró Marion, como reflexionando en voz alta.

—¿Con qué no te cuadra? —preguntó Albert—. ¿Qué sabes? ¡Necesito saber todo lo que tú sabes!

—Querían que dejáramos en paz a Viðar —le explicó Marion—. Yo pensaba que eran los rusos, pero no eran ellos quienes lo ordenaban. Al contrario. ¡Eran los otros!

—¿Quiénes? ¿De quiénes hablas? ¿Qué otros?

—¡Los estadounidenses! —exclamó Marion—. ¡Me transmitieron un mensaje de parte de la embajada de Estados Unidos para que dejáramos en paz a Viðar!

 

Unos minutos más tarde, Marion y Albert se sentaron junto a la mujer que Viðar había utilizado para escapar. En los despachos reinaba el desconcierto. La noticia de que Viðar se había escapado de la policía había corrido como la pólvora entre los empleados, que ahora miraban fijamente la puerta cerrada de la oficina de su compañera, invadidos por una mezcla de asombro y desconfianza.

—¿Qué miembro de la plantilla conoce mejor a Viðar? —preguntó Marion.

—Supongo que yo —respondió la empleada—. Llevamos mucho tiempo trabajando juntos. ¿Qué ocurre? ¿Qué ha hecho? ¿Por qué lo busca la policía?

—Simplemente tenemos que hablar con él. Pero no se ha visto con fuerzas para hacerlo y nos ha pedido que aplacemos el interrogatorio. ¿Tienes idea de adónde ha podido ir o dónde podría estar?

—No —respondió la mujer—. Se habrá ido a casa, digo yo.

—Lo dudo —discrepó Marion.

—Pues entonces no sé dónde puede estar.

—¿Sabes de algún amigo suyo a quien haya podido acudir?

—Puede que esté en el Laugardalshöll —señaló la mujer.

—¿En el palacio de deportes?

—Sí, por el duelo. Siempre va cuando juegan.

—¿El duelo del campeonato mundial?

—Sí, habla ruso. Bueno, ya… ya lo sabríais, supongo.

—¿Y qué hace allí?

—Trabaja para ellos, para los rusos. Hace de intérprete y les ayuda con varias cosas.

La mujer miró sucesivamente a Marion y a Albert.

—Bueno, o eso es lo que me ha contado.

—¿Crees que correremos algún peligro si vamos a la embajada? —preguntó Albert mientras se subían al coche, aparcado frente a la compañía eléctrica de Reikiavik.

 

—Vamos a tantearlos —respondió Marion, sentándose delante—. Improvisemos. A ver cómo nos reciben. Intentemos saber qué traman sin darles mucha información.

—¿Qué fue lo que escuchó el chico? —dijo Albert mientras arrancaba.

—Buena pregunta.

—¿Puede que tengan intenciones de asesinarlo? —preguntó Albert.

—¿A quién?

—¿Los rusos?

—¿Matar a quién?

—Joder, pues…

—¿Qué?

—¿Cabe la posibilidad de que los rusos tengan intenciones de matar a Bobby Fischer?