El duelo
Capítulo 32
Viktoría tenía la certeza de que el hombre del chaquetón beis era el mismo que se había sentado detrás de ella en la sesión de las cinco en el Hafnarbíó. Le bastó con ver la foto una sola vez para saberlo. También estaba segura de que era el individuo que había visto en el hotel Loftleiðir. No cabía duda de que pertenecía a la comitiva del Ministerio de Deportes soviético que había viajado a Islandia para apoyar a Spassky en el duelo del siglo, y de que había estado en el Hafnarbíó el día de la muerte de Ragnar.
Tras su encuentro con Viktoría, Marion y Albert se dirigieron al cine para mostrar la foto a la taquillera y al acomodador. Les preguntaron si habían visto al hombre de la imagen en algún momento, pero a ninguno le sonaba. El acomodador no recordaba haberlo dejado pasar a la sala, pero también mencionó que se había ausentado unos minutos.
Marion también había llevado una fotografía de Viðar que había recortado de una antigua publicación del Partido Socialista. No parecían existir fotografías recientes de él, razón por la cual no era particularmente relevante que ni Kiddý, la taquillera, ni Matthías, el acomodador, recordaran haberlo visto en aquella sesión. De hecho, su cara ni siquiera les resultaba familiar. Viðar no parecía un cliente asiduo del Hafnarbíó.
—¿No deberíamos encauzar por ahí la investigación y hablar con los compañeros y los jefes? —preguntó Albert mientras Marion lo llevaba a casa en coche.
—No lo sé, Albert. Ya lo haremos, pero no ahora. Primero quiero darle un toque a Viðar esta tarde y ver cómo reacciona.
—¿Darle un toque?
—Enseñarle la foto —respondió Marion—. Si me deja pasar y se muestra amable, es que no tiene nada que ocultar. Si me echa, será señal de que hay algo.
—¿No debería ir yo contigo?
—No, no hace falta.
—Parece una cuestión de alta política.
—De momento, sí —dijo Marion, que volvió a dudar sobre si debía contarle a Albert el asunto de las escuchas telefónicas.
—¿No quieres esperar a tener los resultados del estudio de las huellas? — preguntó Albert mientras Marion aparcaba delante de su casa—. Puede que Viðar no tenga nada que ver con nuestro caso.
—Solo quiero intranquilizarlo un poco —explicó Marion—. Algo me dice que es nuestro hombre.
—¿Por qué tienes esa seguridad?
Marion no respondió.
—¿Por qué, Marion? ¿Qué sabes que yo no sepa?
—¿Te importaría tener un poco de paciencia? Espero que las cosas se aclaren pronto y entonces podré contártelo todo.
Albert fulminó a Marion con la mirada.
—¡No confías en mí! —exclamó.
—Solo te estoy pidiendo un poco de paciencia.
—¿Cómo voy a trabajar contigo si no me explicas nada? ¿Qué forma de cooperar es esa? ¿Por qué no confías en mí?
—No es cuestión de confianza, Albert.
—¡Claro que lo es! —exclamó Albert exaltado mientras abría la puerta del coche y salía a la calle—. ¡Y no existe la más mínima confianza entre nosotros!
Dicho lo cual, se marchó dando un portazo.
Pasadas las nueve de la noche, Marion subió los cuatro escalones que daban acceso al domicilio de Viðar, en la calle Skeggjagata, y llamó a la puerta. No había ningún timbre ni ninguna placa donde pudiera leerse el nombre del inquilino. Según Hrefna, Viðar vivía solo. La casa tenía un amplio jardín florido. Los enormes árboles que lo bordeaban alcanzaban casi el tejado y entre estos asomaban unos coloridos macizos de flores bien cuidados, un césped verde y fresco recién cortado y, en una esquina, un pequeño huerto con patatas, zanahorias y colinabos. Sin duda alguna, a Viðar le gustaba dedicar tiempo a su jardín. La casa tenía dos plantas y las ventanas del sótano estaban enrejadas.
Marion llamó de nuevo. La puerta se abrió y apareció un hombre vestido con una camisa de cuadros y unos pantalones caqui. Tenía el pelo gris y tupido, peinado hacia atrás, y su rígido semblante daba a entender que no era amigo de las informalidades. Marion lo había molestado en plena noche de verano. No era un buen comienzo.
—¿Viðar Eyjólfsson, contable? —preguntó Marion.
—¿Quién pregunta, si puede saberse? —respondió el hombre de la camisa, por cuyo bolsillo asomaba un estuche de gafas de sol. Llevaba zapatillas de estar por casa.
—Me llamo Marion Briem, soy de la policía. Me preguntaba si podría molestarte un momento y consultarte un par de cosas. Sé que se ha hecho tarde, pero me ha parecido que era mejor no esperar.
—¿De la policía?
—Guarda relación con…
Marion miró a su alrededor y se giró hacia ambos lados de la calle preguntándose si habría alguien vigilando la casa de Viðar. Marion no había percibido nada, no había visto a nadie sospechoso sentado en el interior de un vehículo, o enfundado en un sombrero, fumando bajo una farola. Nadie bajaba y subía por la calle continuamente. Marion se tomaba a broma sus propios pensamientos. Pero ¿tenía realmente algo de broma lo que le había ocurrido a Ragnar en el Hafnarbíó? ¿Acaso unos hombres que habían sido capaces de apuñalar de muerte a un adolescente conocían algún límite? ¿Estaba Viðar compinchado? ¿O había sido un mero observador?
En ese momento a Marion le asaltó una pregunta muy distinta: ¿estaba en peligro la vida de Viðar?
—… guarda relación con un caso que estamos investigando.
—¿Eres tú quien está preguntando a mis amigos acerca de posibles irregularidades en la contabilidad de la compañía donde trabajo? —preguntó Viðar—. ¿Has estado por ahí haciendo preguntas sobre mí?
Marion pensó inmediatamente que Hrefna no se había podido contener y le había contado a alguien que la policía estaba interesada en Viðar. Y la voz había corrido hasta llegar a sus oídos.
—He estado tratando de reunir información sobre ti —reconoció Marion —, y no ha sido tarea fácil. Creo que lo mejor sería que me dejaras pasar para hablar contigo. No me parece adecuado explicártelo todo aquí, en los escalones de la entrada.
—¿Te lo pasas bien difundiendo mentiras sobre mí?
—Prefería usar esa excusa a tener que abordar directamente el caso del que…
—Ya, bueno, disculpa —interrumpió Viðar mientras cerraba la puerta—, pero no tengo nada que decirte.
—… el caso del que me gustaría hablar contigo y que guarda relación con el chico que fue asesinado hace unos días en el Hafnarbíó.
La puerta no llegó a cerrarse. Se volvió a abrir lentamente y Viðar reapareció tras el umbral fulminando a Marion Briem con la mirada.
—¿De qué estás hablando? —preguntó.
—Esperaba que me pudieras aclarar algunas cosas —respondió Marion, ignorando la expresión de hostilidad que traslucía el rostro del hombre de la puerta.
—¿Qué quieres que te aclare?
—¿No piensas invitarme a pasar?
—¿Se puede saber qué es lo que estás contando por ahí sobre mí? ¿A qué vienen esas insinuaciones sobre el Hafnarbíó? ¿Qué estupidez es esa?
—¿Estabas en el Hafnarbíó cuando agredieron al chico?
—¿Cómo se te ocurre preguntarme algo así? ¿Estás insinuando que tengo algo que ver con esa tragedia?
Marion no le respondió inmediatamente. Un coche cruzó con gran estruendo y giró a la altura de Snorrabraut. Tres niños en bicicleta pasaron dando voces por la acera sin prestarles atención; sus gritos resonaron entre las casas antes de que el grupo desapareciera al final de la calle.
Marion sacó la fotografía del hombre del chaquetón beis y se la mostró a Viðar sin soltarla.
—¿Conoces a este hombre? —le preguntó.
Sin apenas fijarse en la imagen, Viðar miró la fotografía de soslayo y volvió a mirar con hostilidad a Marion.
—No —respondió.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿No quieres mirarla más de cerca?
—No, no me hace falta.
—Me he decidido a venir a hablar contigo en vista de ciertas informaciones que hemos recibido —explicó Marion—. Puede que no tengan fundamento alguno, así que te pido disculpas de antemano.
—No pienso seguir escuchando. ¿Ciertas informaciones…?
—¿Piensas que tu vida podría estar en peligro? —lo interrumpió Marion.
Viðar guardó silencio. Los segundos transcurrían en la calma nocturna.
—Todo esto tiene que ser un enorme malentendido. Debes de haberte equivocado de persona.
—¿Crees que tu vida podría correr algún peligro? —insistió Marion.
—No voy a responder a esa pregunta —declaró Viðar.
—Muy bien. Buenas noches.
En silencio, Viðar siguió a Marion con la mirada mientras bajaba los escalones y se dirigía al coche. Por un instante, pareció que iba a decirle algo a aquella visita inesperada, pero cambió de opinión y se limitó a cerrar la puerta.
Marion subió al coche y permaneció un rato en silencio. Era de esperar que Viðar se pusiera a la defensiva al hablar con él por primera vez. Aun así, su visita no había llevado a ninguna parte. Y no solo eso, ahora el contable sabía que la policía preguntaba por él y que sospechaba de su posible vinculación con el caso del Hafnarbíó. Sin embargo, quizás aquella visita sirviera para dar un empujón a la investigación, para sacar a Viðar de su agujero e inducirlo a cometer un error.
Marion cogió de nuevo la fotografía y observó al hombre del chaquetón beis. Viðar había reaccionado de forma curiosa al verla. Apenas la miró, como si el asunto no fuera con él, pero, al mismo tiempo, fue incapaz de disimular su sorpresa.